Sociedad

Annabelle: la muñeca asesina, vista desde la pedagogía

Luis Javier Plata Rosas 29 / Jun / 19
Juguetes poseídos por espíritus malignos... ¿Qué aprende con esto nuestra sociedad?

Dentro del género del terror cinematográfico hay un nicho ocupado por los muñecos asesinos. Si en Toy Story de entrada todos los juguetes están vivos por obra de algún dios a quien posiblemente le gusta de sobremanera jugar más que a los dados, y aun considerando los guiños de esta saga con el horror vía los híbridos creados por Sid, el vecino de Andy (juguetes que, sin explicación alguna y a diferencia de sus congéneres, no pueden hablar… ¿o no quieren, luego de la tortura a la que fueron sometidos por su dueño?), en las dos más recientes apariciones de los ya bastante famosos Annabelle y Chucky estas creaciones de plástico matan como posesos porque, tal cual, están poseídos por espíritus diabólicos (rigurosamente hablando, dentro de esta ficción, en el primer caso; metafóricamente, en el segundo).

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Muñecos de Sid | Foro: Especial

Bestiario infantil y demoniaco

No se requiere de un Piaget para saber que los niños aprenden jugando con muñecos, pero entender qué puede aprender nuestra sociedad entreteniéndose mientras Chucky ensarta por enésima vez en sus tres décadas de existencia su cuchillo cebollero en Andy niño/adolescente/adulto para poder mudarse de cuerpo, o divirtiéndose en tanto Annabelle imanta a la casa en turno todos los demonios que viven en su misma zona postal, ni siquiera investigadores paranormales de la talla de los Warren del universo fílmico de El conjuro pueden lograrlo. 

No. Para ponernos en contacto, más allá del celuloide, con este bestiario infantil y demoniaco, se requiere de un vidente de las ciencias de la educación como David W. Kupferman, quien se ha interesado en indagar cómo los directores, escritores y guionistas construyen en gran medida una muy peculiar definición de la infancia y de su relación con las macabras antítesis de Pimpón, aunque para ello tengan que barrer previamente debajo de la alfombra de este terrorífico subgénero toda explicación psicológica sobre cómo piensan, sienten y actúan los niños de ficción que pueblan estas películas (y, al igual que con el montón acumulado de polvo, sin evitar que éste revele su existencia). 

Infancia desde la filosofía

Kupferman señala que, dado que las raíces del terror como género cinematográfico (y de la literatura gótica) pueden ser rastreadas en el Romanticismo, es necesario considerar las formas en que definían la infancia los tres filósofos más influyentes de la época: Hobbes, Locke y Rousseau.

El niño hobbesiano era un ser nacido en pecado como parte de una sociedad cuya naturaleza era un eterno estado bélico y que requería de constante vigilancia y control de los adultos. El niño lockeano era una hoja en blanco, desprovisto de toda tendencia natural y que requería de constante vigilancia y control de los adultos. Y el niño roussiano era una criatura celestial e inocente, de naturaleza benevolente, que requería de constante vigilancia y control de los adultos. En todas estas construcciones sociales, los niños eran prácticamente entidades carentes de lo que los científicos sociales denominan agencia: la capacidad de pensar y actuar con un propósito. Es claro que pedagogos como Vygotsky y Montessori estaban aún a más de un siglo de distancia.

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Chucky | Foto: Especial

Dado este antecedente histórico-filosófico, que no nos extrañe que los niños que aparecen en las cintas de terror deambulen más como espectros, ya sea en modo angelical o modo satánico, y con una personalidad que los hace prácticamente intercambiables entre cintas. ¿O alguien recuerda algún rasgo -que no tenga que ver con lo sobrenatural- que distinga a Danny (El resplandor) de Robbie (Poltergeist) y a estos de Damien (La profecía)?

Una vez que el niño deja de ser un problema psicológico para convertirse en un recipiente de bondad o maldad susceptible de ser trasvasado por obra de un espíritu maligno, un demonio o hasta otro humano mediante magia negra y vudú, en realidad (por así decirlo) las posibilidades no son tan grandes (de hecho, se limitan a cambiar de espíritu maligno, demonio o asesino serial) y obtenemos variaciones infinitas (o casi) con el tema de la posesión y de la obligada contratación de un representante de la Agencia de Exorcismos del Vaticano.

Violencia chocante y satisfactoria

Es aquí cuando se agradece que los muñecos asesinos echen una mano, pues como señala Kupferman, el horror funciona de manera más efectiva cuando proviene de un lugar seguro, ¿y qué hay más seguro que la infancia, rodeada de inofensivos juguetes?

Porque una cosa es que un niño, una criatura viviente, sea poseída, y otra muy distinta es que el diablo se meta en lo que no le incumbe: muñecas desalmadas (en todos los sentidos posibles) como Annabelle, muñecos de ventrílocuo como los de… ¿Toy Story 4? ¡No! Más bien como Slappy, el villano sobrenatural de Escalofríos.

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Escena de la película Annabelle | Foto: Especial

Y para añadir una gota más al sudor frío que nos provocan estos seres, dejemos la responsabilidad de aniquilarlos a los niños. Que sea Robbie quien despanzurre a su maldito payaso una vez que se libere del abrazo mortal del muñeco, y que sea Andy quien tenga la última palabra –un “ya no” como respuesta al “creí que éramos amigos” de Chucky, tan memorable y apropiado como un “hasta la vista, baby”- y con un cerillo ponga límites incendiarios a su relación tóxica con el asesino atrapado en un cuerpo en el que no se siente a gusto. 
 

Dejemos que Kupferman posea este último párrafo: “La violencia perpetrada por el niño en el género de horror es tanto la más chocante como la más satisfactoria, por que es típicamente este acto final de asesinato infantil el que derrota al monstruo…” Paradójicamente, al actuar actúa como poseído cuando el niño muestra su capacidad de agencia, negada o inexplorada (o inexplotada) por décadas en varias cintas de terror. Como en el resto de los géneros fílmicos, esto también ha ido cambiando con el tiempo, y para comprobarlo no hay más que ver algún episodio de Stranger Things. 

Autor: Luis Javier Plata Rosas
Divulgador científico y profesor de la Universidad de Guadalajara. Doctor en oceanografía costera. Autor de, entre otros libros, "La ciencia y los monstruos", "El océano tiene onda" y "La física del Coyote" y el "Correcaminos". Columnista de Nexos(Sobre ciencia, en teoría) y colaborador de ¿Cómo ves? (sección ¿Será?). Premio Estatal de Ciencia, Tecnología e Innovación de Jalisco en la categoría Divulgación (2014).