SCI-Tech

¿Año nuevo?: para muchos aún no comenzó el 2019

Federico Kukso 04 / Jan / 19
Vivimos en un mundo temporalmente fragmentado. El sistema que utilizamos para contar los años no es el único ni ha existido siempre

A fines de diciembre de 1983, cuando se pensaba que una guerra nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética era inminente, el periódico canadiense The Toronto Star se contactó con uno de los seres humanos con imaginación más frondosa, el escritor de ciencia ficción Isaac Asimov. No fue para hacerle una entrevista sino para solicitarle una misión mucho más ambiciosa: esbozar los futuros posibles con los que nuestra especie podría llegar a encontrarse en un para entonces lejano año 2019. 

La fecha, en verdad, no había sido elegida al azar ni por capricho: por entonces, hacía exactamente unos 35 años que otra mente brillante, el novelista y ensayista inglés George Orwell, había imaginado y visto venir un mundo distópico y lo había localizado en el año que estaba a punto de comenzar, 1984. 

Asimov, entonces, aceptó el desafío. Aunque en lugar de predecir o profetizar —como muchos insisten en repetir—, el famoso autor de la saga de la Fundación y de Yo, robot se enfrascó en una tarea menos fantasiosa. Lo suyo fue un ejercicio de prospección. Esto es, partir de tendencias científicas y tecnológicas incipientes para su época y extenderlas, desplegarlas en el tiempo. Así, por ejemplo, propuso para 2019 un mundo inundado de computadoras que alterarían fundamentalmente la forma en que trabajamos y vivimos. “La educación será revolucionada por la computadora: habrá una oportunidad para que cada joven, y de hecho, cada persona, aprenda lo que él o ella quiere aprender, en su propio tiempo, a su propia velocidad, a su manera. La educación se convertirá en diversión porque brotará desde dentro y no será forzada desde fuera”.

No vio venir muchos sucesos: la edición genética, nacimientos a partir de trasplantes de útero o hijos de tres padres, por ejemplo. Si bien se equivocó al decir que los robots estarían en todas partes, planteó que construiríamos una estación espacial y regresaríamos al espacio con vigor, así como también sufriríamos "las consecuencias de la irresponsabilidad humana en términos de desperdicio y contaminación".

Asimov murió en 1992 y no pudo ser testigo del debut de 2019, año en el que transcurren los sucesos de la película Blade Runner (1982) y que arrancó con dos grandes hitos científicos: la exploración del mundo más lejano y antiguo —Ultima Thule, observado por la sonda New Horizons en el borde del sistema solar- y el aterrizaje de la nave china Chang'e-4 en la cara oculta de la Luna. 

Lo que hasta hace unos años era ciencia ficción hoy es simplemente ciencia: conquistas, hitos, eventos, descubrimientos, hazañas técnicas que por su espectacularidad se sitúan en, como dice el narrador y ensayista Gerardo Sifuentes, un territorio donde la realidad y la fantasía se confunden. "En las historias de ciencia hay elementos que son familiares —escribe en su libro Ghostware—, pues los hemos visto anteriormente en novelas o películas de ciencia ficción o terror".

Y en especial porque luego de traspasar la frontera temporal más anticipada por la imaginación de escritores del género —la de 2001—, todo nuevo año que inicia tiene sabor a sci-fi. Olvidamos al brindar que en el fondo se trata de una ilusión, una convención socialmente construida: que nuestra manera de contar el tiempo es una entre muchas. Que no siempre existió. Que vivimos en un mundo temporalmente fragmentado.
 

La sonda espacial "Chang'e 4" tomó las primeras fotografías, en el momento del alunizaje en la cara oculta de la Luna, informó la Administración Espacial de China.
 

Contra el tempocentrismo
"¿Qué año es?". La pregunta parece fácil pero la respuesta correcta es "depende". En el calendario hebreo es el año 5779; para los budistas estamos en el 2563; en el calendario islámico es el 1440; el calendario norcoreano o Juche dice que estamos en el año 108; 1468 (calendario armenio); 6769 (calendario asirio);  1426 (calendario bengalí).

A lo largo de la historia cada gobernante —rey, emperador, noble, papa— decidió comenzar a contar los años a partir de referencias disímiles: eclipses lunares, invasiones, el inicio de un reinado, la fundación de una gran ciudad. “En ningún momento de la historia mundial ha habido un solo sistema de citas uniformes que se haya acordado por unanimidad”, advierte Carlos Noreña, especialista en historia antigua en la Universidad de California-Berkeley. "En la Edad Media y en la Antigüedad, hubo múltiples eras que luchaban por el reconocimiento".

Los griegos fueron los primeros que se esforzaron en consensuar las referencias temporales, si bien, como se sabe nunca formaron un imperio sino más bien vivieron en Estados-Nación. Luego de consultar sus archivos, establecieron como el año 1 el primer año en que se celebraron los Juegos Olímpicos (para nosotros el 776 a.C.). 

Los romanos, en cambio, empezaron a contar desde la fundación de Roma (el 753 a.C.), que devino en la expresión "Ab Urbe condita". En verdad, nunca lo impusieron a todo su imperio. De hecho, también denominaban los años según el gobernante o el comienzo de su mandato. Así, por ejemplo, para hablar del 44 a.C. se referían al "quinto consulado de Julio César". Este sistema duró bastante: recién se dejó de usar en el siglo VI de nuestra era, es decir la llamada "era cristiana" o "era común", cuyo punto de partida es el año del nacimiento del mesías de tal religión. Pero este modo de ordenar la cronología no se impuso sino hasta muy tarde en la historia. Hubo que esperar hasta el final del siglo XVII para que su utilización se difundiera prácticamente en todas partes del mundo cristiano.
 
Hacia referencias más inclusivas
"Occidente ha tenido éxito en imponer al mundo su manera de medir los años, los días y las horas", dice el físico francés Oliver Marchon, autor del increíble libro 30 de febrero y otras curiosidades sobre la medición del tiempo (Ediciones Godot).

Mucho tiempo antes de que se adoptase el calendario actual —el gregoriano, promulgado en 1582—, portugueses y españoles vivían en la llamada "era de España", que comenzaba 38 años antes de nacimiento de Jesucristo y que había sido establecida por el emperador romano Octavio para marcar su poder sobre la península. Recién fue abolida en Cataluña en el 1180, en Castilla en 1383, en Portugal en 1422 y en Navarra: a finales del siglo XV.

Los rusos, en cambio, se valían de la "era de Constantinopla" que tomaba como punto de partida la fecha en que creían que se había creado el mundo, o sea, 5509 años antes del nacimiento de Jesucristo.

Como se aprecia, el mundo estaba sumido en un caos temporal. Ciudades y países limítrofes vivían en años totalmente distintos, lo cual traía complicaciones para el comercio y las comunicaciones.
 

 

Asimov murió en 1992 y no pudo ser testigo del debut de 2019, año en el que transcurren los sucesos de la película Blade Runner (1982) y que arrancó con dos grandes hitos científicos: la exploración del mundo más lejano y antiguo

Al primero que se le ocurrió tomar como punto de partida de datación la llegada de Jesucristo fue un erudito religioso de Escitia, en lo que hoy es Rumania, llamado Dionisio El Exiguo. Hasta entonces —lo que hoy conocemos como el siglo VI— se contaban los años a partir del comienzo del reino del emperador romano Diocleciano. "¿Por qué seguimos contando de esta forma?", habrá pensado. "Seguramente podemos encontrar otro evento más significativo". Así, tras largos cálculos y noches en vela, el monje fijó el nacimiento de Jesucristo unos 283 años antes del hasta entonces año 1. Sin embargo, por entonces nadie, ni siquiera el papa, advirtió la importancia de adoptar el anno Domini ("el año de nuestro Señor") como punto de referencia para contar los años.

Gracias a la paulatina adopción por parte de algunos monjes e historiadores, la idea comenzó a prender en el mundo cristiano. Recién en el año 800, Carlomagno lo impuso en su Sacro Imperio Romano Germánico y en el 878 el papa lo instauró en una de sus bulas. El caos temporal no desapareció por la simple razón que esta referencia no fue adoptada de inmediato: España empezó a usar esta fecha en el 1384 y Portugal en 1422. El imperio ruso cedió recién para el 1700.
 
Hubo varios intentos de derrocar a este sistema de referencia. "Toda revolución que se precie atente contra el contenido referencial de la temporalidad que la precedió", escribió alguna vez el psicoanalista francés Ali Magoudi. Así ocurrió el 24 de noviembre de 1793 cuando el gobierno revolucionario francés reemplazó oficialmente el calendario gregoriano. Los franceses resetearon el tiempo y adoptaron como comienzo el 14 de julio de 1789. Inmersos en una política de descristianización, el político Charles-Gilbert Romme introdujo el calendario republicano. 

El año fue dividido en doce meses (Vendimiario, Brumario, Frimario, Nivoso, Pluvioso, Ventoso, Germinal, Floreal, Pradial, Mesidor, Termidor, Fructidor) de treinta días cada uno, compuesto por tres semanas de diez días. Cada día duraba diez horas, o mil minutos, o diez mil segundos. Recién fue abolido por Napoleón el 11 de nivoso del año XIV (o sea, el 1 de enero de 1806) cuando el emperador reanudó relaciones con el papa. 

Una de las grandes y persistentes críticas que incluso actualmente se le hacen al calendario gregoriano es que está atado a la religión cristiana, lo que lo hace no universal. En el campo de la historiografía, los investigadores solucionaron la cuestión al eliminar las implicaciones religiosas. Hace varios años abandonaron las expresiones "antes de Cristo" (a.C.) y "después de Cristo" para reemplazarlas por "BCE" (Before Common Era o ANE, antes de nuestra era) y "CE" (Common Era o era común). Si bien en el fondo no resuelve el problema pues se sigue tomando como referencia temporal el mismo evento.

La expresión "Era Común", sin embargo, no es nueva ni un invento "políticamente correcto". La expresión se remonta a 1615 cuando apareció por primera vez en un libro de Johannes Kepler, quien usó la frase "vulgaris aerae" (que no significa vulgar sino común). El uso de la abreviatura CE (era común) fue introducido por académicos judíos a mediados del siglo XIX.
Pese a las críticas, en los últimos años esta convención laica se está esparciendo por el mundo, en especial en escuelas y planes de estudio de Australia e Inglaterra como señal de respeto a musulmanes, judíos, hindúes, budistas y no cristianos en la sociedad multicultural en la que vivimos. Como dice el filósofo Joshua J. Mark: "Además de ser más precisa, la designación BCE/CE es inclusiva. Las personas de diferentes culturas y sistemas de creencias deben poder acceder y discutir la historia sin tener que fecharla de acuerdo con la creencia cristiana en Jesús como el hijo de Dios y como el mesías". 

Autor: Federico Kukso
Periodista científico independiente. 2015-16 Knight Science Journalism Fellow at MIT. Escribe sobre ciencia, tecnología y cultura para publicaciones como La Nación (Argentina), Undark (MIT), Muy Interesante Argentina, Agencia Sinc (España), Scientific American (Estados Unidos), Brando, Le Monde Diplomatique, Suplemento Soy de Página 12 (Argentina), Bank Magazine, entre otras. Fue editor de las secciones de ciencia en diarios como Página 12, diario Crítica de la Argentina y subeditor de la sección Ideas en la Revista Ñ (Clarín). Autor de los libros: Todo lo que necesitás saber sobre Ciencia y Dinosaurios del fin del mundo, entre otros.