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Antropoceno: La época en que transformamos nuestro planeta

Federico Kukso 01 / Sep / 19
El concepto tiene muchas implicaciones y resistencias en la comunidad científica, pero su uso se extiende cada vez más para nombrar la alteración implacable del planeta Tierra por parte de la humanidad

Muy pocos recuerdan su nombre pero con seguridad todos alguna vez usamos su creación en una frase o documento. Era 1952, la Guerra Fría recién comenzaba y se volvía imperioso mapear los distintos actores de aquella contienda global silenciosa. Alfred Sauvy fue uno de los que se atrevió a hacerlo. 

Llamado el Balzac de la economía por su obra prolífica, este erudito francés que detestaba los automóviles pero defendía la industrialización dividió a las naciones en categorías. Y en un artículo de 1952 titulado Tres mundos, un planeta, acuñó el penoso término Tercer Mundo para referirse a los países de África, Oriente Medio, Asia y América Latina que no estaban activamente alineados con los protagonistas del conflicto: el Primer Mundo (Estados Unidos y sus aliados capitalistas en Europa Occidental, Japón y Australia) y el Segundo Mundo (la Unión Soviética comunista y sus satélites de Europa del Este). 

Con el tiempo, el Muro de Berlín cayó y estas referencias ingresaron en el olvido. Sin embargo, la infame expresión inventada por Sauvy se las ingenió para sobrevivir pero con una mochila de negatividad: empezó a ser asociada con el nivel de desarrollo de una nación y desde entonces se la usa de manera peyorativa, despectiva. Es decir, la denominación países tercermundistas perpetúa la idea de que existen países de primera y países de tercera categorías. Y que las desigualdades y sucesivos fracasos económicos son de su exclusiva responsabilidad y no tienen que ver con el orden económico mundial.

Las palabras importan, en la política, en la economía, en la historia, en las ciencias, en la vida cotidiana. Moldean nuestra forma de ver y pensar. Encuadran una discusión, dirigen o impiden acciones. 

Son tan cruciales que desde hace casi 20 años un debate sacude a la comunidad científica. Impulsada por la ansiedad flotante sobre el cambio climático y las transformaciones a escala planetaria de los últimos 150 años, una pregunta genera fricciones, alianzas, enemistades: “¿En qué era vivimos?·.

Taquigrafía de un tiempo turbulento

Así como fraccionamos nuestros días en horas, minutos y segundos, dividimos el tiempo geológico en unidades: períodos, que duran varias decenas de millones de años; eras, que abarcan cada uno varios períodos; y finalmente, las divisiones de tiempo más grandes, los eones. En la biografía de nuestro planeta que se extiende por 4530 millones de años, hasta ahora solo ha habido cuatro: Eón Hádico o Hadeano -los primeros 500 millones de años cuando el planeta era un infierno puro, un mundo de fuego y azufre-; el eón Arcaico -marcado por el comienzo y origen de la vida-; eón Proterozoico -cuando el oxígeno de la fotosíntesis comenzó a acumularse en la atmósfera, generando el Gran Evento de Oxigenación-; eón Fanerozoico, desde hace 541 millones de años hasta el presente y se caracteriza por una abundante vida animal y vegetal.

Nadie pensó seriamente en redefinir el tiempo en el que vivimos hasta febrero del año 2000 cuando el científico atmosférico Paul Crutzen se hartó. En una conferencia en Cuernavaca, México, mientras se discutía sobre la intensidad del impacto humano en el planeta, este ganador del Premio Nobel interrumpió a un colega y exclamó: “Deja de usar la palabra Holoceno. Ya no estamos en el Holoceno. Estamos en ¡el Antropoceno!".

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El registro de nuestra presencia podría estar escrito en sedimentos mezclados con productos químicos y plásticos desconocidos previamente | Foto: Universidad de Leicester

En su libro de 2014 El antropoceno, el periodista Christian Schwägerl describe cómo la sala quedó en silencio y después la palabra -acuñada por el ecologista Eugene Stoermer en la década de 1980- se ubicó en el centro de la conversación.

En un artículo publicado en Nature, este investigador holandés amplió:

Durante los últimos tres siglos, los efectos de los humanos en el medio ambiente mundial se han intensificado. Debido a estas emisiones antropogénicas de dióxido de carbono, el clima global puede apartarse significativamente del comportamiento natural durante muchos milenios por venir. Parece apropiado asignar el término Antropoceno al presente, una época geológica dominada por los humanos que suplanta al Holoceno, el período cálido de los últimos 10-12 milenios".

De ahí en más, el término se extendió incluso fuera de la comunidad científica. El Antropoceno se unía al Paleoceno, Eoceno, Oligoceno, Mioceno, Plioceno, Pleistoceno y Holoceno como las épocas de la historia geológica que comprende la Era de los Mamíferos, o Era Cenozoica, que comenzó hace 65 millones de años, después de la extinción masiva que puso fin a la era de los dinosaurios.
 
Un tiempo turbulento e impredecible

En verdad, la idea no era completamente nueva. En 1864, el ecologista estadounidense George Perkins Marsh ya había detallado el poder transformador de los seres humanos en la morfología de la superficie terrestre. El geólogo italiano Antonio Stoppani en 1873 usó la palabra “antropozoico” para hablar sobre la era moderna dominada por la humanidad, "una nueva fuerza telúrica comparada en poder y universalidad con las mayores fuerzas de la tierra". 

En 1913, el geoquímico ruso Vladimir Vernadsky subrayó el papel de los seres humanos como una “fuerza geológica significativa” y usó el término noósfera -"mundo de pensamiento"- para marcar el crecimiento del papel del poder cerebral humano en la configuración de su propio futuro y entorno.

Pero fue Paul Crutzen, que ganó el Nobel por ayudar a identificar la amenaza que representaban ciertos químicos sintéticos para la capa de ozono del planeta, quien logró mover el avispero e instalar su propuesta aún en discusión.

Como dice el periodista Andrew Revkin: “El Antropoceno se ha convertido en lo más parecido a la taquigrafía común para este tiempo turbulento, trascendental, impredecible”.

El fin de la inocencia

Oficialmente, durante los últimos 11.700 años hemos estado viviendo en el Holoceno, del griego "totalmente nuevo". Fue el paleontólogo francés Paul Gervais quien en 1867 lo bautizó de esta manera, si bien se formalizó en el Tercer Congreso Geológico Internacional en Bolonia en 1885 y recién 84 años después la Comisión Internacional de Estratigrafía -el órgano de gobierno que nombra formalmente las eras geológicas- aprobó el término en 1969.

Se dice que es un período interglacial, marcado por temperaturas más altas y por la elevación del nivel del mar, en el que pasamos de casi un millón de seres humanos a los actuales 7.500 millones. 

Pero, según detalló Crutzen, en el siglo XVIII algo ocurrió: para la misma fecha en la que hizo su debut la máquina de vapor de James Watt, las concentraciones de dióxido de carbono y metano en la atmósfera comenzaron a ascender.

No hay lugar ni cosa viviente que no hayamos alterado. La población de ganado productor de metano ha aumentado a 1.400 millones. Alrededor del 50 por ciento de la superficie terrestre del planeta es explotada por humanos. Las selvas tropicales desaparecen a un ritmo acelerado, liberando dióxido de carbono. Según las estimaciones más conservadoras, la tasa de extinción actual es cien veces mayor que la existente antes de que el Homo sapiens apareciera en el planeta.

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El humo de múltiples incendios en la región de Mato Grosso de Brasil fotografiado desde la Estación Espacial Internacional el 19 de agosto de 2014 | Foto: NASA

Por primera vez desde que la vida existe sobre la Tierra, la humanidad es la primera especie que se ha transformado en una fuerza geológica global, como los volcanes y las placas tectónicas. En un pestañeo de la larga historia del planeta hemos dejado una huella en la corteza que perdurará por generaciones. El registro de nuestra presencia podría estar escrito en sedimentos mezclados con productos químicos y plásticos desconocidos previamente y no depositados por ríos o presas naturales.

“Pensar en la nueva época -indica el astrobiólogo David Grinspoon-, nos reta a mirarnos en el espejo del tiempo profundo, medido no en siglos o incluso en milenios, sino en millones y miles de millones de años. Clasificar a nuestra época como Antropoceno implica reconocer lo que le estamos haciendo a este mundo. Es el fin de nuestra inocencia”.

Los geógrafos Erle Ellis y Navin Ramankutty sostienen de hecho que ya no estamos alterando los ecosistemas naturales. En cambio, ahora vivimos en "sistemas humanos con ecosistemas naturales incrustados en ellos". 

Lo que estamos observando así son los efectos no solo de una nueva fuerza geológica, sino de un nuevo tipo: nunca antes ha habido una fuerza geológica consciente de sus propias acciones.

Un bautismo lleno de vanidad

La idea ha generado un intenso debate dentro de la comunidad científica en los últimos años. No solo por el nombre en sí sino por su momento de inicio: ¿hace 50.000 años cuando los mamuts lanudos, rinocerontes o perezosos gigantes terrestres comenzaron a desaparecer? ¿Hace seis mil años con la tala de bosques? ¿El 16 de julio de 1945 cuando se produjo la primera explosión nuclear del dispositivo Trinity en Alamogordo, Nuevo México, y la ráfaga de posteriores explosiones de pruebas termonucleares dejaron una firma de radionúclidos con una vida media de 24.110 años? O tal vez, durante el período posterior a la Segunda Guerra Mundial conocido como la "Gran Aceleración", cuando los países de todo el mundo se industrializaron y enormes cantidades de gases de efecto invernadero comenzaron a fluir a la atmósfera cada año.

En mayo, un panel interdisciplinario de investigadores de geólogos, derecho, antropología e historia votó justamente designar Antropoceno esta una nueva época geológica para marcar las formas profundas en que los humanos han alterado el planeta. Este grupo planea presentar una propuesta formal para en 2021 ante la Comisión Internacional de Estratigrafía.

Muchos influyentes especialistas, sin embargo, han expresado un profundo escepticismo sobre este nombre. Y en especial, sobre la autoridad de la actual generación para imponerlo. Los estratigráficos Whitney Autin de la Universidad Estatal de Nueva York y John Holbrook de la Universidad Cristiana de Texas, por ejemplo, afirman que el trabajo de clasificar esta época debería recaer en los geólogos del año 3000 o 4000.

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Lo más probable es que los seres humanos seamos conocidos por nuestra impronta en la atmósfera, cuyas alteraciones quedan registrado en los hielos antárticos | Foto: Logan Mitchell
 

Otros críticos ven el concepto como un exabrupto de arrogancia. Se preguntan si, en el inmenso telón de fondo de la historia de la Tierra, la humanidad es realmente tan importante. En términos geológicos, toda la historia humana registrada es irrelevante.

Como destaca Peter Brannen, autor de The Ends of the World: Volcanic Apocalypses, Lethal Oceans, and Our Quest to Understand Earth's Past Mass Extinctions: "Muy poco de nuestro trabajo sobrevivirá a la destrucción de los siglos. La idea del Antropoceno sirve para inflar el legado de la humanidad en un planeta en constante movimiento que destruirá rápidamente, u ocultará para siempre, incluso nuestras creaciones más increíbles".

O sea, según estos autores, la idea del Antropoceno agranda nuestra propio ego al prometer vida geológica eterna a nuestras creaciones. La evidencia muestra lo contrario: las áreas abandonadas de Nueva Orleans volvieron a ser una jungla subtropical a los siete años de la devastadora llegada del huracán Katrina. Por eso Brannen repite que más que una época los humanos constituimos en la larga historia terrestre un evento, equivalente a un meteorito.

"Debemos usar las palabras con cautela. Las palabras son poderosas, mágicas, imposibles de controlar", dice la filósofa Kathleen Dean Moore. "El nombre Antropoceno confunde completamente el mensaje. No nombramos nuevas épocas a partir de las fuerzas destructivas que terminaron con la época anterior. El Comité Internacional de Estratigrafía no nombró el Período Terciario como 'Asteroide'".

Batalla de palabras

El término Antropoceno en sí es espinoso, además de reflotar aquella idea bastante occidental de que los humanos estamos separados de la naturaleza, que constituimos un orden aparte. "El concepto de Antropoceno tiene buen marketing", asegura el ambientalista Brad Allenby. "Pero es profundamente engañoso y corre el riesgo de hacernos sentir demasiado cómodos, ya que sugiere largos períodos de estabilidad".

Antropólogos cuestionan la denominación, en especial porque "antropos" interpela a toda la humanidad cuando sólo pequeños grupos de personas en los países industriales son los verdaderos responsables de los problemas ambientales de la modernidad. 

Es decir, el término, como criticaron el ecólogo sueco Andreas Malm y el antropólogo cultural Alf Hornborg, oscurece la responsabilidad: "El proceso de cambio climático mundial refleja relaciones de poder, de intercambio y de distribución inequitativas en la sociedad mundial. Al decir que esta es la época de los humanos, estamos sugiriendo que todos los humanos son la causa. En otras palabras, que hay algo intrínsecamente malo en los humanos".

El nombre Antropoceno tiene una carga política. De ahí que en oposición hayan surgido conceptos alternativos. James W. Moore, profesor de historia ambiental, defiende un término completamente diferente: el "Capitaloceno" o la era geológica del capitalismo. Según esta concepción, no es debido a la máquina de vapor que hemos visto un uso sin precedentes de combustibles fósiles. Es más bien un sistema de gobernanza y organización social lo que condujo a las alteraciones globales que estamos viendo hoy. 

Identificar las causas del cambio climático impulsado por el ser humano implica no solo estudiar aumentos de temperaturas, crecimiento de población, deshielos de glaciares, deforestación sino en particular comprender la forma en que históricamente el progreso tecnológico ha sido impulsado por relaciones desiguales de poder.

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Residuos marinos y contaminación plástica a lo largo de la costa de Haití | Foto: Timothy Townsend

Así los verdaderos responsables de la degradación ambiental y social no sería la especie per se sino una pequeña élite acomodada y el poder político que impulsa la desigualdad y, como se ve por estos días en el Amazonas, la destrucción de la naturaleza.

Donna Haraway, profesora emérita de Historia de la Conciencia y Estudios Feministas de la Universidad de California, por su parte propone "Chthuluceno" para hablar de la simbiosis entre humanos y no humanos en un planeta dañado. Y el centenario James Lovelock -creador de la hipótesis de Gaia y el mayor pensador ambiental de nuestro tiempo- va más allá y argumenta que el Antropoceno está llegando a su fin después de 300 años. 

Según este químico, una nueva era, el "Novaceno", ya ha comenzado: un tiempo en el que los robots pueden pensar 10.000 veces más rápido que nosotros, y en el que se programarán a sí mismos y sus descendientes en formas que estarán más allá de toda comprensión humana, para entonces vernos como nosotros hoy vemos a las plantas.

Debemos abandonar la idea de que el Antropoceno es un gran crimen contra la naturaleza", dice en su reciente libro Novacene: The Coming Age of Hyperintelligence. “La verdad es que, a pesar de estar asociado con cosas mecánicas, es una consecuencia de la vida en la Tierra. Es un producto de la evolución; es una expresión de la naturaleza".

Dada su relevancia, el sociólogo francés Bruno Latour señala que el Antropoceno es el concepto filosófico, antropológico y político más decisivo producido hasta el momento como una alternativa a las nociones mismas de "moderno" y "modernidad". 

Como muchos activistas saben, el cambio climático es también un campo de batalla de palabras. Y este debate, se ha demostrado, es también una lucha por el futuro. 

"Imagina a nuestros descendientes en el año 2200 o 2500", sugiere el mismísimo 'Hombre antropoceno', Paul Crutzen. "Podrían recordarnos como bárbaros que saquearon su propia casa. Vivir de acuerdo con el Antropoceno significa construir una cultura que crezca con la riqueza biológica de la Tierra en lugar de agotarla. Recuerda, en esta nueva era, la naturaleza somos nosotros".

Autor: Federico Kukso
Periodista científico independiente. 2015-16 Knight Science Journalism Fellow at MIT. Escribe sobre ciencia, tecnología y cultura para publicaciones como La Nación (Argentina), Undark (MIT), Muy Interesante Argentina, Agencia Sinc (España), Scientific American (Estados Unidos), Brando, Le Monde Diplomatique, Suplemento Soy de Página 12 (Argentina), Bank Magazine, entre otras. Fue editor de las secciones de ciencia en diarios como Página 12, diario Crítica de la Argentina y subeditor de la sección Ideas en la Revista Ñ (Clarín). Autor de los libros: Todo lo que necesitás saber sobre Ciencia y Dinosaurios del fin del mundo, entre otros.