Sociedad

Aquaman y la hipótesis del simio acuático

Luis Javier Plata Rosas 14 / Dec / 18
¿Evolucionó nuestra especie gracias a la adaptación a los ambientes pantanosos y marinos? Conoce la respuesta que dan algunos antropólogos y evolucionistas

Es difícil hallar un superhéroe que, por razones inexplicables haya sido en estos tiempos más ninguneado que Aquaman: en programas como La Teoría del Big Bang no dejan de ridiculizarlo (nadie quiere disfrazarse de él, y cuando el astrofísico Raj acepta, lo vemos montado en un hipocampo tan grande y morado como inexistente), en su propio cómic se burlan tanto de su “habilidad telepática” como de su vínculo con las criaturas marinas (al menos en los números escritos por Geoff Johns, como cuando entra a un restaurante de mariscos y una de las comensales le pide disculpas por estar a punto de comerse unos camarones) y en las más recientes animaciones de Warner Brothers hacen mofa de su inteligencia (Batman: “Tú no eres un detective”. Aquaman: “¿No soy un detective? ¿Por qué no? Soy un genio investigando corrientes submarinas ocultas”. Batman: “Eso es oceanografía, no investigación criminal”).

Pero Arthur Curry —nombre del soberano de la Atlántida concebido por la unión de un humano con una atlante— ha regresado, en su versión Cuarta (más bien enésima) Transformación, para salvar al Universo DC de las malas reseñas y del escarnio de los fanáticos de la competencia. En una evolución digna de un Pokémon,  atrás quedaron el pelo rubio, el aspecto bonachón y la pérdida temporal de una mano devorada por pirañas (que, por lo visto, obedecen a Aquaman tanto como una manada de gatos callejeros a cualquier humano… o atlante); ante nosotros tenemos ahora al monstruoso (en cuanto a dimensiones, claro está) cuerpo de Khal Drogo (¿o es Jason Momoa?) y los tatuajes estilo maorí.

No es ocioso que introdujésemos la palabra evolución en este texto tan fluido, dado que, siempre que se menciona a la Atlántida en los cómics es forzoso hablar de sus habitantes, quienes en estos universos de ficción comparten siempre un origen en el que sus ancestros humanos se vieron forzados a adaptarse para sobrevivir debajo del mar.

Del mono desnudo al mono acuático
Así como el zoólogo Desmond Morris llamó, sin ninguna intención peyorativa, a nuestra especie “el mono desnudo” (más bien “simio”, para ser taxonómicamente correcto; en fin, cosas de los traductores traidores) en un libro homónimo, bien podríamos bautizar nosotros a Aquaman y a sus congéneres como “los simios acuáticos”. Y aunque es pura fantasía imaginar que hace millones de años alguna especie próxima a la nuestra se sumergió en el océano y evolucionó, como sí ocurrió con los antecesores terrestres de las ballenas, lo que sí es verdad es que existe en la ciencia una teoría —más que controversial, ninguneada por los investigadores; como Aquaman por el resto de sus super “amigos”— conocida como la hipótesis del simio acuático, según la cual nuestros antepasados pasaron por una fase acuática en algún momento de la evolución del Homo sapiens.

El autor de la hipótesis del simio acuático es el biólogo marino Alister Hardy, y la dio a conocer en abril de 1960 en las páginas de New Scientist, una revista de divulgación científica. Hardy propuso que, debido a la disminución de las áreas boscosas por las sequías causadas por un cambio climático experimentado durante el Mioceno (hace entre 5 y 25 millones de años), ciertos antropoides antepasados de nuestra especie tuvieron que abandonar su vida arbórea e irse a vivir a zonas costeras o pantanosas, y que somos el resultado de las adaptaciones a estos hábitats, lo que contradice la hipótesis aceptada de acuerdo con la cual la evolución humana se dio en las sabanas.
 

Ciertos antropoides antepasados de nuestra especie tuvieron que abandonar su vida arbórea e irse a vivir a zonas costeras o pantanosas, y que somos el resultado de las adaptaciones a estos hábitats
Foto: Alister Hardy / Especial

¿Una teoría vigente?
La hipótesis del simio acuático ha sufrido numerosos cambios con el paso del tiempo, sin haber sido abandonada o descartada por completo. En años recientes, aquello que sus proponentes consideran como evidencia que apoya su teoría ha sido discutida incluso en  revistas científicas de prestigio; en mayo de 2002, específicamente, el antropólogo Marc Verhaegen y sus colegas publicaron en una de ellas un artículo en el que, entre otras evidencias, señalan que[1]:

1) Características que distinguen típicamente a un simio (nuestro pariente más próximo) de un mono (como la pérdida de la cola) pudieron haber sido adaptaciones “aquarbóreas” a un ambiente con árboles y agua, ya que la postura vertical y la habilidad de saltar con los brazos arriba de la cabeza pudo ser útil a un primate para entrar o salir del agua, al permitirle agarrar ramas de la vegetación más próxima; y la cola no ayuda en nada a un primate que vadea o que nada. El bipedalismo (caminar en dos pies) erguido es visto cotidianamente en gorilas de las tierras bajas cuando buscan juncos en zonas pantanosas. Esqueletos y huellas de pies fosilizadas sugieren que australopitecinos (antepasados de nuestra especie) exhibían una mezcla de bipedalismo y de locomoción apoyada en los puños, ambos rasgos útiles para moverse en aguas poco profundas (donde “poco profundo” se traduce como “cubre hasta mi cintura”).

2) La superficie pulida del esmalte de especies de homínidos como Australopithecus afarensis es típica de especies semiacuáticas que se alimentan de plantas de marismas.

3) El cerebro de nuestros ancestros no habría podido alcanzar un tamaño tan grande en proporción al resto del cuerpo sin dos lipoproteínas -ácido araquidónico y ácido docosahexaenoico- esenciales que se encuentran predominantemente en pescados y mariscos.

     En 2017 unos otorrinolaringólogos añadieron lo que ellos consideraron una prueba más[2]:
     4) La exostosis (crecimiento excesivo de hueso) en el canal auditivo externo que se presenta en nadadores y surfistas tras varios años de actividad puede ser una respuesta adaptativa de nuestra especie al ambiente acuático, dado que permite estrechar este canal y con ello disminuir el riesgo de ruptura de la membrana timpánica debido al incremento rápido en la presión externa al nadar o bucear. Se ha visto exostosis en cráneos de neandertales y de Homo erectus, lo que sugiere que sus poseedores realizaban actividades acuáticas de manera frecuente.

     Como bien se han apresurado en mencionar otros antropólogos, ninguna de estas pruebas implica estrictamente una fase acuática ni que nuestros ancestros pudiesen competir con Aquaman. Lo que es más probable es que, al igual que ahora no perdemos tiempo en dirigirnos a la playa más próxima en cuanto empiezan las vacaciones, en la prehistoria varios de nuestros antepasados no desaprovecharan, cuando se presentaba, la oportunidad de comerse unos pescados a las varas a la orilla del mar.
 
 

Autor: Luis Javier Plata Rosas
Divulgador científico y profesor de la Universidad de Guadalajara. Doctor en oceanografía costera. Autor de, entre otros libros, "La ciencia y los monstruos", "El océano tiene onda" y "La física del Coyote" y el "Correcaminos". Columnista de Nexos(Sobre ciencia, en teoría) y colaborador de ¿Cómo ves? (sección ¿Será?). Premio Estatal de Ciencia, Tecnología e Innovación de Jalisco en la categoría Divulgación (2014).
Referencias:
Verhaegen, M., P.F. Puech y S. Munro, 2002, Aquarboreal ancestors?, TRENDS in Ecology & Evolution, 17(5), 212-217.,P.H. Rhys-Evans y M. Cameron, 2017, Aural exostoses (surfer’s ear) provide vital fossil evidence of an aquatic phase in Man’s early evolution, Annals of the Royal College of Surgeons of England, 99, 594-601.