Cosmos

Astronautas: De héroes mundiales a burócratas del espacio

Federico Kukso 23 / Nov / 18
La película 'First Man' rescata del olvido a la mayor aventura tecnológica de la humanidad, la llegada del ser humano a la Luna. Pero al mismo tiempo desnuda la intimidad de una figura que hasta el siglo XX no existía, y cuya imagen hemos visto degradarse de trascendental a mundana: el astronauta

Todos recuerdan la expresión políticamente correcta del primero, pero pocos siquiera conocen las palabras poéticas del segundo. Unos 20 minutos después de que Neil Armstrong pusiera un pie -el izquierdo- en la Luna y ante una audiencia de 600 millones de personas arrojase su inmortal frase (“Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad”), Buzz Aldrin descendió por la escalinata del módulo lunar Eagle, escaneó con la mirada aquel paisaje inerte debajo de un firmamento oscuro y dijo: “Hermosa vista. Magnífica desolación”.
 
Entonces, antes de deambular en la penumbra grisácea, una preocupación asaltó su mente. Aldrin le advirtió a Armstrong que no cerrara la escotilla. “Un muy buen pensamiento”, respondió su compañero. No era broma: el modulo de descenso no contaba con una manilla externa y cerrar aquella puerta los hubiera dejado varados a 384.400 km de la Tierra, transformando la mayor hazaña de la humanidad inmediatamente en el más grande de los ridículos.
 
Aquellos dos hombres encerrados en las cápsulas blancas de sus trajes espaciales, y que en las pantallas parecían borrosos fantasmas eran los representantes de una fuerza laboral especializada completamente nueva, inexistente unas décadas atrás. Si el hombre ideal del siglo XVIII había sido Robinson Crusoe -es decir, el individuo que solo a través de su ingenio se enfrentaba a la naturaleza-, el personaje central -y también trágico- del siglo XX, en cambio, era el astronauta.
 
Mucho antes de despegar y abandonar el planeta, los hombres seleccionados para embarcarse en la más grande odisea moderna ya eran encuadrados bajo la figura del héroe nacional. Tanto la NASA como la prensa se las ingeniaron para presentar a los astronautas como un nuevo tipo de celebridad, al estilo de las estrellas de las películas y músicos de rock. Como los primeros colonos que se internaron en el “salvaje oeste” norteamericano extendiendo las fronteras de la civilización, los astronautas representaban una nueva generación de exploradores. Aunque, para descubrir lo desconocido, estos viajeros -que volaban en máquinas que unas décadas antes no existían- por entonces debían explorar verticalmente.
 
“Los estadounidenses necesitaban héroes y una victoria -advierte el historiador Henry C. Dethloff-, y esa victoria, si no se daba en el sureste de Asia o frente a la Cortina de Hierro, debía darse en el espacio. La carrera espacial contra el tiempo, contra el dinero, contra la tecnología y la fragilidad humana, y contra los rusos, pensaban muchos estadounidenses, estaba siendo ganada”.
 
Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaban en un juego de ajedrez de intriga política, inteligencia y espionaje, una carrera tanto tecnológica como un combate publicitario que necesitaba héroes, símbolos, hazañas. Frente al tecnócrata anónimo y a la frialdad del científico, el astronauta era un héroe individualizado, alguien a quien idolatrar.
 

“Los estadounidenses necesitaban héroes y una victoria, y esa victoria, si no se daba en el sureste de Asia o frente a la Cortina de Hierro, debía darse en el espacio": Henry C. Dethloff, historiador
Foto: Ryan Gosling interpreta a Neil Armstrong

 
La NASA sacó provecho de la sed de héroes que tenían los estadounidenses en una época de descontento y cambios sociales enormes, de magnicidios como los de Martin Luther King y John F. Kennedy y de la conmoción y el trauma nacional provocado por la Guerra de Vietnam. Como advierte el historiador Gerard J. DeGroot en Dark Side of the moon: the magnificent madness of the American lunar quest, el público estaba encantado con la concepción romántica del estereotipo: versiones modernas de caballeros medievales de la Mesa Redonda cuyo honor y virtud eran irreprochables. Estados Unidos, por entonces una nación en guerra, ansiaba los héroes de historietas.
 
Cowboys del espacio
A diferencia de los primeros cosmonautas soviéticos, que debían ser comunistas, tener menos de 30 años, no pesar más de 72 kilogramos y tener una altura de alrededor de 170 centímetros y cuya identidad se mantuvo en secreto hasta sus vuelos, los primeros astronautas estadounidenses fueron pilotos de prueba de élite experimentados, llenos no solo de valor sino también portadores de una mezcla de destreza, orgullo y lacónico humor, capaces de obrar bajo las más terribles y continuas presiones. Eran cowboys espaciales.
 
La NASA buscaba un grupo de superhombres ordinarios, capaces de obedecer órdenes como de tolerar la soledad, la privación sensorial, el mareo por movimiento, la claustrofobia y que los médicos los pincharan y les introdujeran tubos por cada orificio imaginable. Como los describió el escritor Tom Wolfe en su libro The Right Stuff (1979): “La idea era demostrar a cada paso del ascenso a la pirámide que eras uno de los elegidos y de los ungidos, que tenías lo que hay que tener para incorporarte a la élite de los que eran capaces de arrancar lágrimas a los seres humanos”.
 
Los perfiles de los hombres elegidos fueron inquietantemente similares: todos los astronautas estadounidenses de los años sesentas eran hijos primogénitos y todos venían de pueblos pequeños. Todos tenían esposas bonitas. Todos habían asistido a la universidad. En las conferencias de prensa, repetían las mismas palabras: “deber”, “fe”, “país”.
 
Uno de los astronautas, John Glenn, consideró que si iban a permitir que periodistas entraran a sus hogares para entrevistar a sus familias e hijos, debía haber alguna compensación por su pérdida de privacidad. Después de las negociaciones con medios como Saturday Evening Post, Look, AP y UP, aceptaron una propuesta de la revista Life que ofreció 500 mil dólares por un contrato de tres años que les otorgaba derechos exclusivos sobre las historias de los astronautas (y las de sus esposas). Desde entonces, la revista (y el resto de la prensa) no presentó al espacio -la nueva frontera- como un problema técnico para ser abordado por científicos e ingenieros, sino como un problema humano para ser conquistado por héroes, jóvenes que encarnaban viejos valores, tales como el sacrificio, la audacia, la valentía, tan reiterados en los reportajes.
 
Los astronautas pusieron un rostro muy humano en el mayor esfuerzo tecnológico de la historia. Aquellos hombres personificaban al estadounidense común en cada ciudad de la nación: al buen vecino, al samaritano, al marido y el padre, el devoto en la iglesia del vecindario. Los astronautas eran vistos como los representantes masculinos del ideal estadounidense: jóvenes, en excelente forma física, dedicados a una actividad extenuante y peligrosa. Personificaban la juventud y el vigor.  

La NASA buscaba un grupo de superhombres ordinarios, capaces de obedecer órdenes como de tolerar la soledad, la privación sensorial, el mareo por movimiento, la claustrofobia y que los médicos los pincharan y les introdujeran tubos por cada orificio imaginable
Foto: NASA

 
Sin embargo, la imagen publicitaria distaba de la realidad. “Detrás de las cámaras -advirtió el historiador John M. Thomson-, engañaban a sus esposas, se emborrachaban, competían entre sí”. Si bien Neil Armstrong, Buzz Aldrin, Alan Shepard y el resto de los primeros astronautas seleccionados fueron habitualmente comparados a menudo con Colón, Magallanes, Charles Lindbergh y otros grandes viajeros, en verdad, la exploración mucho no les importaba. “Eran deportistas de cohetes, hombres inteligentes y capaces -revela Gerard J. DeGroot-, pero no pensadores particularmente profundos. Lo que los atrajo al programa espacial fue la posibilidad de ir más rápido y más lejos de lo que cualquier otro hombre había ido antes. No estaban particularmente interesados en lo que podrían descubrir en el espacio, lo que los conmovía era el viaje en sí”.
 
“MUY, MUY PEQUEÑO”
Lo importante no era lo que los primeros exploradores podrían encontrar y ver ahí sino simplemente llegar. Por eso, en el momento en que Neil Armstrong pisó la Luna y plantó la bandera nadie supo qué hacer después porque se había logrado el único objetivo que había importado: cruzar la línea de meta en la carrera espacial, vencer a los rusos.
 
El programa espacial estadounidense murió cuando el pie izquierdo de Armstrong tocó la superficie lunar. No fue el comienzo de una nueva era. Fue el final. Los astronautas dejaron de abastecer al imaginario de imágenes y fantasías. Y su imagen prefabricada de gladiadores estadounidenses contra lo desconocido se comenzó a resquebrajar.
 
Después de regresar a la Tierra, luego de los infinitos desfiles y medallas, de fotografías con  presidentes y bebés, de los apretones de manos con reyes y magnates, el piloto que sobrevivió a 78 combates aéreos en Corea, el hijo de un granjero de la ciudad de Wapakoneta, el impasible, lacónico y tímido ingeniero -bautizado “comandante hielo” por sus colegas–, siguió los mismos pasos que el escritor J.D. Salinger: se cerró sobre sí mismo, se retiró del mundo. Aceptó un trabajo académico en una universidad en la ciudad de Cincinnati, Ohio. Compró una granja y comenzó a cultivar maíz y criar ganado. No dio muchas entrevistas, ni firmó autógrafos y rara vez habló de sus experiencias. Cuando le preguntaban a Neil Armstrong qué había significado para él aquella hazaña, respondía que lo había hecho sentir “muy, muy pequeño”.
 
Hasta su muerte en 2012, resistió su estatus de celebridad. Y en cada oportunidad intentó desmentir el mito del astronauta, aquella imagen cargada de machismo y competitividad. “Soy y siempre seré -dijo en el año 2000-, un ingeniero nerd, con calcetines blancos y protector de bolsillo”.
 
MEMORIAS DE LA ERA ESPACIAL
“Siempre me pareció notable que uno de los logros más importantes del siglo XX, el aterrizaje de Neil Armstrong en la Luna, un triunfo del coraje y la tecnología, casi no haya tenido ninguna influencia duradera en el mundo -advirtió el escritor J.G. Ballard-. Armstrong bien podría ser el único ser humano de nuestra época recordado dentro de cincuenta mil años, pero para nosotros su logro no significa casi nada. Pensé que las reverberaciones psicológicas de la llegada del ser humano a la Luna serían enormes pero el impacto fue casi nulo”.
 

"El programa espacial estadounidense murió cuando el pie izquierdo de Armstrong tocó la superficie lunar. No fue el comienzo de una nueva era. Fue el final. Los astronautas dejaron de abastecer al imaginario de imágenes y fantasías."
Foto: NASA

 
Según el historiador Matthew Hersch, el astronauta, “inventado” en 1958 como un héroe nacional, epítome de la masculinidad estadounidense, desapareció a mediados de la década de 1970. La llegada de científicos-astronautas desafió el estatus dominante y las normas culturales de los pilotos-astronautas. Los astronautas de la era del transbordador espacial tendían a tener perfiles más bajos. Las tragedias del transbordador Challenger en 1986, y luego del Columbia en 2003 licuaron los egos desmedidos y, sin eliminarlas del todo, le bajaron el volumen a las proclamas nacionalistas.
En pocas décadas, la gran mayoría de la humanidad le dio la espalda al espacio. Ya los últimos vuelos a la Luna habían perdido impacto, interés. Y los astronautas lentamente perdieron su glamour: pasaron de ser celebridades a desconocidos. Como dice el escritor Rob Latham: “Los logros de la tecnología espacial estadounidense han transformado a su representante, el astronauta, en una figura sin rostro. Lo trascendental se había vuelto mundano”.
 
No todos ven la indiferencia del público y el olvido social respecto a los astronautas como algo malo, triste. “Que los lanzamientos espaciales no sean ya noticia es quizás el logro mayor -señala la colombiana Paola Castaño-. Porque eso quiere decir que la actividad espacial se volvió algo rutinario. Ya, por ejemplo, no es un logro que vuele un avión transatlántico. Van y vienen. Lo mismo ocurre con las misiones espaciales. Cuando algo deja de ser un hito no es que porque ha perdido importancia sino porque se han vuelto cosa de todos los días”.
 
Esta socióloga actualmente en la Universidad de Cardiff, en el Reino Unido, es una de las personas que más conoce a los hombres y mujeres que comieron, durmieron, respiraron, transpiraron, orinaron y defecaron en la Estación Espacial Internacional durante sus 20 años de existencia. Castaño los estudia como el entomólogo sigue la intimidad de una colonia de hormigas o como el biólogo que husmea en la vida social de las abejas.
 
“Históricamente la exploración espacial tanto por parte de Estados Unidos como de Rusia fue un ejercicio de poder, de conquista y competencia que se ha ido modulando y transformando -dice-. Y creo que esa evolución ha repercutido en los cambios de la imagen del astronauta. Hoy en día no son más vaqueros del espacio. Los astronautas de la Estación Espacial Internacional son técnicos. Yo los llamo ‘skills multitaskers’ y están bajo presión psicológica constante: hoy ser un astronauta profesional no es ser un especialista en ningún campo sino ser competente en varias áreas. Es más: no deben ser ni muy creativos ni interrogarse más de la cuenta en un ballet logístico. Están bajo mucha presión. Porque el costo de equivocarse en los experimentos es altísimo”.
 
Hay, obviamente, excepciones. Mientras que para la mayoría de los astronautas en esta construcción que orbita unos 400 km sobre nuestras cabezas el objetivo máximo es no embarrarla, están aquellos que destacan por sus retratos espectaculares de la Tierra como lo fueron la italiana Samantha Cristoforetti y durante su año de estadía el estadounidense Scott Kelly. O las celebridades fugaces en redes sociales que nos permiten conocer esta colonia espacial humana por dentro.
 
“Los cosmonautas en cambio siguen siendo héroes nacionales, como si continuasen la línea sanguínea de Yuri Gagarin -señala esta socióloga-. A diferencia de los norteamericanos, los rusos buscan que no se pierda aquel legado heroico. Y también está el rumor de que no trabajan tan duro como sus pares de la NASA, la ESA, Japón y Canadá. No se los ve haciendo mucha ciencia. Su trabajo es mantener la estación espacial operativamente”.
 
Películas como Gravity, Interstellar, The Martian, Life y series como Mars y The First en los últimos años buscan reinstalarle a los astronautas la imagen heroica perdida. Aunque su éxito está en duda. “Estas producciones dramáticas pueden jugarle a la NASA en su contra -advierte Castaño-: infla las expectativas del público que después se golpea con la realidad. En la Estación espacial, por ejemplo, cada vez tienen que hacer más con menos”.
    
Lo heroico, así, dejó de ser el hecho de llegar hasta allí arriba. La hazaña ahora es permanecer. Tanto en órbita como en el recuerdo de millones de personas.
 

Autor: Federico Kukso
Periodista científico independiente. 2015-16 Knight Science Journalism Fellow at MIT. Escribe sobre ciencia, tecnología y cultura para publicaciones como La Nación (Argentina), Undark (MIT), Muy Interesante Argentina, Agencia Sinc (España), Scientific American (Estados Unidos), Brando, Le Monde Diplomatique, Suplemento Soy de Página 12 (Argentina), Bank Magazine, entre otras. Fue editor de las secciones de ciencia en diarios como Página 12, diario Crítica de la Argentina y subeditor de la sección Ideas en la Revista Ñ (Clarín). Autor de los libros: Todo lo que necesitás saber sobre Ciencia y Dinosaurios del fin del mundo, entre otros.