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Chernobyl: el pedazo de planeta que el hombre aniquiló

Berenice González Durand 09 / Jun / 19
La nueva serie estelar de HBO revive un escenario también utilizado por la ciencia en la vida real para entender el impacto de la radioactividad en la vida silvestre

El mundo cambió la mañana del 26 de abril de 1986. Una hermosa y brillante nube se apoderó del cielo de Chernobyl después de una explosión en la Unidad 4 de su Central Nuclear. La belleza puede engañar: lo que a la distancia se distinguía como una sinfonía de colores metálicos, en realidad era una estela de muerte formada por  nucleidos radioactivos.

La emisión de materiales peligrosos acumulados en el reactor formó una nube guiada por los caprichos del viento que colocó los contaminantes principalmente al oeste y al norte. Estroncio 90, yodo 131 y cesio 137, entre otros, se esparcieron por la zona en distintas direcciones, tanto a distancias cortas como lejanas.

Así, dependiendo de las masas de aire, unos sitios quedaron mucho más contaminados que otros. En ciertos lugares cercanos al reactor, se depositó plutonio o americio, elementos pesados con miles de años de vida, pero en otras zonas no cayó tanta radiación o se depositaron elementos con un periodo de desintegración más corto. El azar meteorológico también marcó el territorio.

La primera central nuclear fue la creada en la ciudad rusa de Óbninsk en 1954. El accidente de Chernobyl representó la mayor emisión de radioactividad al medio ambiente terrestre en los 65 años de producción de energía nuclear. La nube radiactiva llegó a toda Europa y contaminó 200 mil kilómetros cuadrados de Ucrania, Rusia y Bielorrusia. Las muertes humanas inmediatas, y casi inmediatas, se contaron en decenas, pero las consecuencias a largo plazo (como el cáncer de tiroides) hicieron que las cifras se elevaran a cuatro dígitos. Según la OMS, el número total de defunciones ya atribuidas a Chernobyl, no incluidas las que ocurrirán en el futuro, se estiman en más de 4 mil.

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La emisión de materiales peligrosos acumulados en el reactor formó una nube guiada por los caprichos del viento que colocó los contaminantes principalmente al oeste y al norte | Foto: Reuters / Valentyn Dyirenko

Después de la tragedia, se estableció un área restringida para intentar atenuar los efectos de aquella maraña contaminada. En las semanas posteriores al accidente, se realizaron evacuaciones en aproximadamente 3 mil 500 km2 alrededor del reactor; esta área se incrementó posteriormente a 4 mil 760km2. Aproximadamente 2 mil 600 km2 de esta área abandonada se encuentra en Ucrania y se conoce como la Zona de Exclusión de Chernobyl (CEZ); el resto está en Bielorrusia. El lugar se dividió en cuatro zonas concéntricas, de las cuales la cuarta (la más cercana, en un radio de 30 km) se considera la más peligrosa. 

La Zona de Exclusión, como sucede con todo lo prohibido, se convirtió con el tiempo en un imán, pero no sólo para fotógrafos y turistas morbosos, también para los científicos que han encontrado en estos lugares un laboratorio natural de ambientes extremos donde la vida silvestre se ha adaptado de diferentes formas.

Las consecuencias iniciales sobre los ecosistemas incluyeron: mortandad masiva de pinos cerca del reactor (lo que hoy se conoce como Bosque Rojo), la reducción de la producción de semillas de estos árboles, pérdida de diversidad de invertebrados de suelo y la muerte de pequeños mamíferos. Las observaciones siguieron y las brújulas marcaron diversos caminos.

El mundo cambió la mañana del 26 de abril de 1986. Una hermosa y brillante nube se apoderó del cielo de Chernobyl después de una explosión en la Unidad 4 de su Central Nuclear. La belleza puede engañar: lo que a la distancia se distinguía como una sinfonía de colores metálicos, en realidad era una estela de muerte formada por nucleidos radioactivos.
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Foto: El Universal

Efectos y defectos

Después de restringirse la  huella humana, diversas instituciones han realizado importantes estudios de los ecosistemas que sobrevivieron en las áreas cercanas. El consorcio británico TREE (Transfer-Exposure-Effects) es uno de ellos. Financiado en el marco del programa Radioactividad y Medio Ambiente (RATE) de Reino Unido, su objetivo principal ha sido la estimación del riesgo para los seres humanos y la vida silvestre para tener datos más realistas sobre daño potencial.

El trabajo fue realizado a través de diferentes componentes científicos, como el análisis del comportamiento biogeoquímico de los radionúcleidos en los suelos hasta el estudio de los efectos transgeneracionales de la exposición a la radiación ionizante en la vida silvestre. Sus estudios combinan experimentos de laboratorio controlados con trabajo de campo, la mayoría de los cuales se relizan en la CEZ.

En el territorio que hoy corresponde a Ucrania y con ayuda de investigadores de este país, TREE instaló alrededor de 90 cámaras trampa hace un lustro. Estos dispositivos automáticos capturan imágenes fotográficas de animales en estado salvaje. Este tipo de herramientas se instalan en un sitio oculto y cuando un sensor de movimiento detecta una presencia, la foto se toma automáticamente. Se utilizan sistemas de flash infrarrojo o luz negra, invisible para la mayoría de los animales.

De esta forma se han captado nutridas poblaciones de aves, ciervos, ardillas, linces, lobos, bisontes europeos, caballos de Przewalski (también conocido como caballo salvaje mongol) y osos pardos. Este último animal, por cierto, tenía un siglo de haber desaparecido de ese territorio. Para los especialistas, el retorno de la especie obedece a la falta del impacto humano en este territorio en las últimas décadas. ¿La sola presencia del hombre es más peligrosa que la radioactividad? La respuesta podría ser positiva en el sentido que finalmente la voraz apropiación del hábitat de las especies por parte de los humanos es la que ha acabado con muchas de ellas, aunque la huella de la radiactividad ha mostrado tener respuestas diversas en los organismos vivientes.
 

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Después de restringirse la  huella humana, diversas instituciones han realizado importantes estudios de los ecosistemas que sobrevivieron en las áreas cercanas | Foto: Segey Dolzhenko
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La Zona de Exclusión se convirtió con el tiempo en un imán para fotógrafos, turistas morbosos y científicos | Foto: Segey Dolzhenko

Los resultados de las herramientas empleadas por TREE y diversos estudios generados por otras instituciones en todo el mundo han generado cientos de publicaciones científicas a través de los años. Una de las más recientes y que trata de resumir el efecto de tres décadas en las poblaciones silvestres es el documento: “Estudios de efectos de campo en la Zona de Exclusión de Chernobyl: Lecciones para aprender (Beresford, Scott y Coplestone, 2019)”, publicado hace un par de meses por el Journal of Environmental Radioactivity.

Hasta el momento aún no hay consenso sobre el impacto a largo plazo de la exposición crónica a la radiación en la vida silvestre. Generar y comparar más datos con nuevas herramientas de investigación es uno de los desafíos de los especialistas en radioecología, la rama de la ecología que estudia las sustancias radioactivas interactúando con la naturaleza.

Según las recomendaciones de la Comisión Internacional de Protección Radiológica (ICRP), la idea es poder incorporar el conocimiento de los efectos potenciales de la radiación en la vida silvestre dentro de un proceso regulatorio, donde se establezcan dosis de referencias acorde a los estudios reportados.

La naturaleza se resiste

Aunque aún no hay opiniones concluyentes sobre el impacto a largo a plazo, hay algunos puntos en común en la mayoría de los estudios sobre los efectos en algunos grupos de animales. El documento citado anteriormente señala que en muchos de los estudios realizados en los últimos 20 años se registraron efectos negativos con radiación relativamente baja en el caso de las poblaciones de insectos y artrópodos como mariposas, abejorros, saltamontes, libélulas y arañas, sin embargo la historia parece ser diferente para los grandes y medianos mamíferos.

Tanto en territorio de Bielorrusia como de Ucrania se ha observado abundancia de especies; de hecho, el número de lobos en zonas contaminadas de Bielorrusia es mayor que en zonas libres de radiación. La apreciación es la misma que con los osos: ante la disminución de la huella humana, la vida parece recuperar terreno.

Sin embargo, a otros grupos les costó más la supervivencia. Las aves sufrieron un impacto devastador después del accidente. Las golondrinas prácticamente desaparecieron tras la explosión, pero gracias a las migraciones desde otras zonas, se ha permitido el establecimiento de nuevas poblaciones e incluso se han observado interesantes adaptaciones. En un estudio de plasma sanguíneo se detectó que  los individuos que vivían en las zonas más contaminadas con el tiempo incluso desarrollaron una mayor capacidad de defensa frente a las bacterias. En el ave conocida como picogordo, se detectó un incremento del antioxidante glutation, con níveles disparados para proteger a las células de la radiación.

En otro grupo, el de los anfibios, se han detectado abundantes poblaciones de diversas especies, incluso en las áreas de mayor contaminación. Los científicos identificaron respuestas adaptativas frente a la  radiación, como coloraciones más oscuras en las ranas.
 

Hasta el momento aún no hay consenso sobre el impacto a largo plazo de la exposición crónica a la radiación en la vida silvestre. Generar y comparar más datos con nuevas herramientas de investigación es uno de los desafíos de los especialistas en radioecología, la rama de la ecología que estudia las sustancias radioactivas interactuando con la naturaleza
Foto: Genya Savilov

El equipo del Chernobyl+Fukushima Research Initiative ha sido pionero en el uso de tecnologías ecológicas, genéticas y dosimétricas para desentrañar las consecuencias en el medio ambiente de la exposición crónica a bajas dosis de radiación. Sus estudios han incluido censos ecológicos masivos en  poblaciones de aves, mamíferos e insectos para investigar poblaciones y efectos demográficos. También han realizado secuenciación de ADN y pruebas de genotoxicidad para evaluar el daño genético a corto y largo plazo.

Utilizando herramientas como dosímetros en miniatura, colocados en animales salvajes, y mediciones de campo de cargas de radioisótopos en aves y pequeños mamíferos, se busca obtener estimaciones precisas de las dosis de radiación recibidas en  los diferentes entornos.

Recientemente, el grupo ha crecido para incluir estudios epidemiológicos y genéticos de poblaciones humanas (especialmente niños) que viven en regiones afectadas por Chernobyl, la planta que hoy permanece sellada bajo un sarcofago de ácero, pero cuyos efectos seguirán siendo detectados durante varias décadas.

Autor: Berenice González Durand
Periodista cultural independiente. Ha trabajado en diferentes revistas y periódicos como editora y reportera. Desde 2013 escribe para Conciencia, que antecede a Tangible, como la apuesta por la ciencia de El Universal.