Sociedad

¿Ciencia cruel?: Cómo evitar la experimentación en animales

Valeria Román 27 / Nov / 18
Tan sólo en el 2016 en los Estados Unidos se utilizaron 25 millones de vertebrados en los laboratorios. Pero el clamor es cada vez más vehemente: ¡reducir o evitar el sufrimiento animal en los laboratorios!

Más de 100 millones de personas en el mundo hoy usan insulina para vivir. Como sus cuerpos no producen esa hormona de manera adecuada, necesitan compensarla con una administración diaria. La insulina que reciben a diario fue una innovación que se desarrolló a partir de la experimentación con perros hace más de 90 años. Como en el caso de la insulina, los seres humanos se han beneficiado y expandido su expectativa de vida gracias a las pruebas en perros, simios, ratas, conejos, ratones, y aves, entre otros animales, que se han realizado con el fin de encontrar las causas de enfermedades, contar con tratamientos más eficaces, o evaluar si los productos  —como los cosméticos o los plaguicidas— resultan tóxicos para la salud. Pero esos “servicios a la humanidad” tienen sus costos para las vidas de los animales. En muchos casos, sufren dolor o se los sacrifica.

Hoy, tras varias décadas de reclamos de organizaciones ambientalistas, los métodos alternativos a la experimentación con animales están ganando más aceptación en la comunidad científica, y más dinero para investigarlos y para que se demuestre su confiabilidad. Ya están disponibles o en desarrollo al menos 40 métodos como la producción de órganos en chips (también llamados “organoides”) que imitan estructuras y funciones de células y tejidos en los seres humanos; diferentes modelos de piel en 3D; técnicas de computación que permiten predecir los riesgos; y estudios con microdosis de las drogas a evaluar con voluntarios humanos, quienes son monitoreados con tecnologías de imágenes.
 
“Están surgiendo más métodos que permiten evitar el empleo de animales en los laboratorios. Es un proceso lento, y con muchos obstáculos. Hubo avances con los métodos alternativos para probar productos cosméticos, ya que hace cinco años Europa prohibió el uso de animales con esa finalidad. En muchos países, ya hay normas que obligan a probar primero en métodos alternativos, y si no existen variantes para lo que se quiere evaluar, hay que seguir pautas específicas para llevar a cabo la experimentación con el menor daño posible para los animales”, comentó a Tangible el veterinario Marcelo Asprea, que fue presidente del comité organizador del reciente Congreso Latinoamericano de Métodos Alternativos 2018, que se llevó a cabo en Buenos Aires con apoyo del Conicet de Argentina y otras entidades. El próximo congreso será en México en 2021.

Muñecos y simulaciones computacionales
“Hubo presentaciones muy interesantes durante el congreso en diferentes campos. Desde la utilización de muñecos para prácticas de intervenciones quirúrgicas, perfeccionamiento de métodos para disminuir el sufrimiento de los animales, modelos de patologías, simulaciones computacionales, y cultivos 3D que son más representativos que los cultivos en monocapa”, comentó María Laura Gutiérrez, quien ganó una beca del Consorcio Internacional de Ciencia de PETA, la organización mundial dedicada al tratamiento ético de los animales, para perfeccionarse en los Estados Unidos.

En muchos países, ya hay normas que obligan a probar primero en métodos alternativos, y si no existen variantes para lo que se quiere evaluar, hay que seguir pautas específicas para llevar a cabo la experimentación con el menor daño posible para los animales
Foto: EFE

Por el lado de las autoridades sanitarias también aumenta la preocupación por el empleo de animales para la investigación. Hay ensayos en animales que se realizan para detectar la potencial toxicidad de una sustancia por si llegara a entrar en contacto con los ojos y con la piel, o bien en caso que sea ingerida o inhalada. Días atrás, la Administración de Drogas y Alimentos de los Estados Unidos (más conocida por su sigla FDA) anunció que impulsará un estudio para probar que no se necesita utilizar perros para la experimentación. 

“Específicamente, la meta del estudio que estamos proponiendo es validar un modelo de investigación para la comparación de niveles de sangre de ciertas drogas caninas que se administran oralmente, con el fin de aportar un acercamiento alternativo que pueda ser usado por los desarrolladores de drogas animales para generar los datos necesarios para apoyar la aprobación de la FDA a este tipo de fármacos sin el uso de los perros durante el proceso de investigación”, se afirmó en un comunicado oficial. También Corea del Sur y Japón anunciaron este año que prohibirán el uso de perros para realizar pruebas toxicológicas de plaguicidas. 

En cuanto a los simios, el titular de los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos decidió que mudará a sus últimos 180 chimpancés al santuario federal Chimp Haven, después de varios años de enfrentar problemas logísticos. Esos animales sirvieron para el avance de las ciencias, pero muchos tienen enfermedades que adquirieron durante las experimentaciones. En abril pasado, el gobierno de Brasil decidió prohibir el uso de animales para experimentos en laboratorios de formación médica. En España, los científicos emplearon sólo 793.000 animales en 2017, un 43% menos que en 2009, según un reporte anual del Gobierno. 

Reemplazar, reducir y refinar
La idea de desarrollar métodos alternativos a la experimentación con animales surgió en 1959 a partir de un libro que publicaron los científicos William Russell y Rex Burch. Introdujeron el concepto de las tres “R”: se debe buscar “reemplazar a los animales” al sustituirlos por sistemas como los modelos computacionales, bioquímicos o celulares, “reducir” su empleo al bajar el número de animales en las pruebas, o “refinar” su uso al disminuir o eliminar el dolor o el estrés negativo o estado de angustia en los animales o al mejorar su bienestar. 

El cambio en la percepción sobre el uso de los animales se sintió más en el sector de la cosmética, que tuvo que replantear sus procesos de investigación. De hecho, el 9 de octubre pasado, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) validó un método llamado “U-SENS” para predecir el potencial de sensibilización y otro método para detectar el potencial de irritación ocular de los químicos que reemplazaron el uso de animales y fueron desarrollados por la empresa de cosméticos L’Oréal. Al tener la aceptación de la OCDE, permitirá a más industrias utilizarlos en sus centros de investigación.
 
La pregunta es: ¿Puede sentir?
En el campo de la investigación destinado a los descubrimientos en la biomedicina todo fue más lento. La experimentación con animales era algo naturalizado. De hecho, 96 de los los 108 ganadores de los Premios Nobel de Medicina entre los años 1901 y 2016 habían conducido investigaciones con animales. El primero fue Emil von Behring que desarrolló una terapia contra la difteria. De a poco, la comunidad científica fue incorporando el concepto de las 3 R, y fueron ganando peso los argumentos desde la bioética en contra del uso de los animales. “La principal razón para no utilizar animales para experimentación (ni tampoco como comida) es que los animales son seres sensibles. Son seres conscientes, con la capacidad de sentir placer y dolor. Y como todo ser sensible y consciente, tienen un interés en no experimentar dolor”, afirmó la doctora en filosofía Julieta Manterola, docente de la Maestría en Bioética de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). 

“¿Por qué no tendríamos en cuenta el dolor de los animales? Si la respuesta es: “porque son animales”, la respuesta es moralmente irrelevante. Sería como despreciar el dolor que siente alguien porque es negro o porque es mujer. En este sentido, el especismo -es decir, la creencia de que los seres humanos somos superiores al resto de los animales y que, por eso, podemos utilizarlos como queramos- es tan injustificable como el racismo o el sexismo. Cuando nos preguntamos cómo debemos tratar a otro ser, no debemos fijarnos en si camina en dos patas o en cuatro o si tiene la piel cubierta de pelos o no. Como decía Jeremy Bentham, el filósofo inglés que vivió entre 1748 y 1832, la pregunta relevante es: ¿puede sentir? Si puede sentir, no hay razón para no tener en cuenta ese sufrimiento y tratar de evitarlo”.

Durante las décadas pasadas, creció la conciencia social sobre las implicancias del uso de los animales, pero también se generaron tensiones entre activistas e investigadores de instituciones científicas. Incluso se produjeron ataques violentos. En 2011, la revista Nature difundió una encuesta a 1.000 investigadores biomédicos y reveló que el 25 % había sido afectado negativamente (o conocía a alguien) por el impacto del activismo por los derechos de los animales. 

Optimismo limitado
Pese a los reclamos, aún muchos ejemplares se emplean para investigar. De acuerdo a las estadísticas de la organización Speaking of Research (Hablando de Investigación), en los Estados Unidos se habrían usado hasta 25 millones de animales vertebrados en los laboratorios en 2016; en Alemania, fueron 2,1 millones; y en Noruega, más de 11 millones. A nivel global, hoy el 95% de la investigación con animales usa ratones, ratas, peces y aves. El resto se hace con primates, perros y gatos. Los investigadores que impulsan los cambios en la experimentación mantienen un optimismo con cautela. 

“Los métodos alternativos a la experimentación con animales están siendo cada vez más usados en todo el mundo. Algunos, como el uso de modelos computacionales o el de órganos en chips u organoides aún no tienen validación. Por eso, estimo que es mucho lo que se viene para el futuro”, señaló a Tangible la doctora Mariela Bollati-Fogolín, investigadora en el tema del Instituto Pasteur de Montevideo, Uruguay. Agregó que “quizá es muy difícil que se dejen de usar completamente los animales, pero es seguro que se reducirá el número de experimentos y la cantidad de animales que se utilizan. Eso ocurrirá porque los investigadores contarán con métodos que van desde el análisis con bases de datos que les permitirán obtener la probabilidad de la toxicidad de las drogas u otros productos, hasta los métodos in vitro, como los cultivos de células y las estructuras en 3D. Si hasta ahora el avance con los métodos alternativos fue lento en muchos países es porque falta formación de recursos humanos y que las autoridades regulatorias cambien las normas y exijan los métodos alternativos”. 

 

Autor: Valeria Román
Periodista científica independiente. 2004-05 Knight Science Journalism Fellow at MIT. Escribe sobre ciencia, ambiente y salud para publicaciones como la revista Science (Estados Unidos), Nature (Inglaterra), Scientific American (Estados Unidos), Infobae.com (Argentina) y Periodismo en Salud de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Fue editora de ciencia y salud del diario Clarín de Argentina. Coautora del libro Darwin 2.0 La teoría de la evolución en el siglo XXI. Ha sido docente de periodismo científico en la Universidad de Buenos Aires y otras casas de estudios, y expositora en encuentros sobre periodismo y comunicación en Corea del Sur, Canadá, México, Qatar, Estados Unidos, Inglaterra, España, entre otros países. Fue vicepresidente de la Federación Mundial de Periodistas Científicos (2009-2011)