Sociedad

Del big bang al big crunch: el adiós de la comedia que erigió en ídolos a los nerds

Federico Kukso 01 / Jun / 19
Después de doce temporadas, la serie The Big Bang Theory llega a su fin. Cómo ayudó a enterrar antiguos estereotipos del científico como genio o loco, incentivó vocaciones entre los jóvenes y honró al nuevo rey de la cultura popular: el geek

Al pintor inglés Joshua Reynolds se lo recuerda por varios gestos: fue el retratista más famoso y requerido del siglo XVIII. Inspirándose en el mundo clásico, defendió la idealización de lo imperfecto. Además, se convirtió en el primer presidente de la Royal Academy of Arts y en uno de los 15 discursos que allí impartió postuló:

La máxima ambición de todo artista es que se piense que es un hombre de genio”.

En realidad, no se trataba de una pretensión exclusiva del arte sino de toda área relacionada con el saber. Desde hacía relativamente pocos años, había surgido con el advenimiento de la Ilustración una nueva etiqueta, un altar donde elevar a los fuera de serie. En especial si se trataba de hombres blancos: aquellos individuos que habían demostrado aptitudes intelectuales o creativas excepcionales se los señalaba como genios, destacándolos así del montón y consagrándolos como figuras, seres especiales a admirar para la eternidad.

Se trataba del renacer de una idea antigua. Los antiguos romanos creían que toda persona nacía acompañada por un espíritu que la guiaba a lo largo de su vida: el genio protector —equivalente al daimon de los griegos y al “ángel guardián” de los cristianos— dictaba la personalidad y modelaba su quehacer. Si una persona tenía un talento o habilidad sobresalientes, se pensaba que esto se debía al espíritu guía. Con los siglos, la idea de este compañero de vida pasó al olvido y la palabra se independizó para aplicarse directamente a la persona que mostraba un talento notable.

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Los genios han sido retratados como mentes brillantes, los sere humanos más extraordinarios. Albert Einstein es considerado el genio de genios | Foto: Archivo El Universal

De “tener un genio” se pasó a “ser un genio”. Había nacido un nuevo tipo de héroe. Leonardo Da Vinci, Shakespeare, Galileo, Newton, Mozart, Tolstoi, Darwin, Curie, Einstein desde entonces fueron y son catalogados de esta manera: individuos quienes a través de su trabajo cambiaron permanentemente la forma en que la humanidad percibía el mundo y a los que se les debe rendir culto.

La muerte de los genios

Fue en el campo de las ciencias donde esta definición tan poco científica —tan poco medible y contrastable— resonó con más fuerza. Desde la profesionalización de la actividad científica en el siglo XX, los más brillantes físicos, matemáticos, químicos y biólogos fueron retratados bajo el signo de la genialidad: como mentes brillantes, seres humanos extraordinarios, únicos, infalibles. Albert Einstein, de hecho, es el genio de los genios, e incluso luego de muerto se buscó con la disección de su cerebro dar con la razones materiales peculiares. 

Pero con las décadas, esta distinción que alcanzaba el status de santidad —que trascendía la moda, la fama y la reputación y muchas veces era amplificada por premios y distinciones— empezó a entrar en crisis. “Entre los seres civilizados modernos —señaló el psiquiatra Wilhelm Lange-Eichbaum su libro El problema del genio (1931)— una reverencia por el genio se ha convertido en un sustituto de las religiones dogmáticas perdidas del pasado”.

Así, después de la Segunda Guerra Mundial, la palabra “genio” cayó en desgracia. Aunque los genios se negaron a morir. La noción era demasiado fuerte y se filtró en el imaginario popular a través del estereotipo científico, es decir, una imagen artificial, distorsionada y simplificada sobre los hombres y mujeres que hacen ciencia y que por décadas se repitió a través de los principales canales a través de los cuales el común de la gente conoce a estos actores sociales: el cine y la televisión.

El sociólogo alemán Niklas Luhmann lo expresó bien: “Lo que sabemos sobre nuestra sociedad, de hecho sobre el mundo en el que vivimos, lo sabemos a través de los medios de comunicación”. En incontables películas y series, a los científicos se los representó mediante los mismos moldes: como locos o distraídos, como sujetos asexuados y aislados, obsesivos, aprisionados en sus propias ideas. Es decir, individuos acosados por alguna enfermedad mental —el precio a pagar por su genialidad— como en la película A Beautiful Mind (2001), alguna condición paralizante —La teoría del todo (2014)—, perseguidos por la tragedia al estilo de The Imitation Game (2014) o la locura y la ambición (Dr. Strangelove, The Boys from Brazil, The Fly, Re-animator, The Invisible Man, Jurassic Park, o los grandes enemigos de James Bond como Dr. No).
 

La noción de genio era demasiado fuerte y se filtró en el imaginario popular a través del estereotipo científico, es decir, una imagen artificial, distorsionada y simplificada sobre los hombres y mujeres que hacen ciencia y que por décadas se repitió a través de los principales canales a través de los cuales el común de la gente conoce a estos actores sociales: el cine y la televisión.
Foto: Darren Michaels

Y aunque existen representaciones dramáticas de mujeres científicas, en especial como médicas, enfermeras o subordinadas, a expensas de su vida familiar, la mayoría de las representaciones de científicos en la cultura popular perpetuaron un sesgo: la idea —errónea— de que los científicos son exclusivamente blancos, hombres y ancianos.

A través de un banquete de imágenes, la televisión apareció a mediados del siglo XX con la promesa de abrir las ventanas y familiarizar al mundo con la ciencia.

Pero —sostiene la historiadora Marcel Chotkowski LaFollette— lo que prometió ser una manera maravillosa de presentar la ciencia a grandes audiencias resultó ser una decepción”

La venganza de los nerds

The Big Bang Theory vino a cuestionar esta larga tradición. En sus doce temporadas, la serie volvió a dos físicos, un ingeniero, una microbióloga, un astrofísico y una neurocientífica del Instituto de Tecnología de California en sujetos cómicos. Es decir, blancos de bromas, productores de risas. Bajo la piel de Sheldon, Leonard, Howard, Rajesh, Bernadette y Amy, los científicos fueron representados como individuos extravagantes pero adorables.

La fórmula no fue del todo original. Sus creadores —Chuck Lorre y Bill Prady— siguieron un manual: los pasos y la estructura de grandes éxitos como Friends, Seinfeld, Frasier, The Office y Roseanne. Y con una batería de gags, risas grabadas y referencias pop, lograron que los personajes fuesen adorados por una audiencia de 20 millones de espectadores.
 

Los personajes se sentían un tanto marginados del mundo y se aferraban entre sí —dice Chuck Lorre—: crearon una familia sustituta”.

El éxito no fue casual. En las últimas décadas, la figura del geek se había vuelto rey. Los fanboys inseguros, los amantes de las ciencias y de la ciencia ficción —en fin, los cientos de miles de visitantes frecuentes de convenciones de Star Trek Star Wars y que inundan eventos masivos como la Comic-Con— desplazaron en la cultura popular al héroe atlético (el "jock"), al rebelde, al musculoso que al final del día se quedaba siempre con la chica.
 

The Big Bang Theory vino a cuestionar la idea construida sobre los genios. En sus doce temporadas, la serie volvió a dos físicos, un ingeniero, una microbióloga, un astrofísico y una neurocientífica del Instituto de Tecnología de California en sujetos cómicos.
Foto: Michael Ansell

En la década de 1980, la proliferación de la computación personal había engendrado un sujeto nuevo: el geek informático. Bill Gates fue su estandarte, su principal vocero: demostró que la inteligencia sumada a un buen olfato para los negocios podrían generar millones.

Esta metamorfosis se reflejó luego en películas y series. La cultura geek se volvió mainstream como se vio en The Social Network (2010), la serie Silicon Valley de HBO y justamente The Big Bang Theory que, como pocas propuestas de la ficción, ayudó a los espectadores a entender a los científicos.

Esta es la época de los geeks y la popularidad de The Big Bang Theory es un reflejo de un cambio cultural masivo en el que estamos celebrando lo inteligente, lo intelectual y lo diferente, en lugar de convertirlos en un marginado”, advierte la escritora Katherine Brodsky. "La serie permite a las audiencias identificarse y ser parte de ese mundo geek. El jock y la reina de belleza del instituto han muerto"

Efectos invisibles

La repercusión cultural de The Big Bang Theory —que concluye este domingo 2 de junio con capítulo doble transmitido por Warner Channel— aún no ha sido del todo cartografiada. Pero se percibe parcialmente su alcance. En 2010, por ejemplo, el físico ruso Konstantin Novoselov citó a la serie en su conferencia de aceptación del Nobel por el descubrimiento del grafeno.

También se aprecia su impacto en jóvenes. “Nuestra investigación muestra que los jóvenes conceden gran importancia a las películas y series como The Big Bang Theory en el proceso de elección y desarrollo de una carrera”, advierte la especialista en medios alemana Marion Esch, líder de Proyecto de MINTiFF (siglas de "Iniciativa de Matemáticas, Informática, Conocimientos Naturales y Técnicos e Igualdad de Oportunidades en formatos de ficción"). "Cada vez más jóvenes utilizan las películas y series como una fuente para descubrir los trabajos de sus sueños".
 

Sus creadores —Chuck Lorre y Bill Prady— siguieron un manual: los pasos y la estructura de grandes éxitos como Friends, Seinfeld, Frasier, The Office y Roseanne. Y con una batería de gags, risas grabadas y referencias pop, lograron que los personajes fuesen adorados por una audiencia de 20 millones de espectadores.
Foto: Jordan Strauss

Para otros, la serie ha ayudado a que en el mundo se respete más a los científicos. "La mayoría de los televidentes quizás no ha conocido nunca a ningún científico en persona", asegura el físico David Saltzberg, consultor científico de la serie encargado de revisar los guiones así como de llenar las pizarras que aparecen en las oficinas y departamentos de los protagonistas con fórmulas científicamente correctas.

Pero después de todos estos años creo que la gente se ha encariñado con estos personajes. Les despiertan un sentimiento de calidez, y este sentimiento se extiende hacia la propia ciencia. Creo que hemos logrado mostrarle a la gente que hay personas normales que hacen ciencia para ganarse la vida, y que se divierten en el laboratorio".

La representación de los científicos en la serie se aleja así del modelo de grandeza obsoleto del genio. Más bien, los muestra como humanos, accesibles, vulnerables. Y también atravesados por los prejuicios.
 
El lado oscuro de las risas 

The Big Bang Theory siempre constituyó una anomalía, una contradicción: la sit-com más vista en Estados Unidos y amada por legiones es también una de las más odiadas. Y puede decirse con justa razón. Porque si bien logra humanizar a los científicos y hacer que los espectadores se rían con ellos, también refuerza otros estereotipos poco simpáticos: Sheldon, por ejemplo, es socialmente inepto y físicamente torpe. Y como el resto de su tribu, este "hombre-niño" se siente incómodo con las mujeres.

La diversidad de la serie tampoco es su fuerte. Del personaje del astrofísico Rajesh Koothrappali se ha dicho que perpetúa el estereotipo creado por el colonialismo británico: representa la idea racista y blanca de lo que es un hombre indio. Es decir, alguien con un acento exótico -como Apu en Los Simpsons o Peter Sellers en The Party-, tímido, incapaz de interactuar con mujeres y afeminado (como los británicos describían a los hindúes por su adoración de deidades femeninas).
 

Si el acento nos dice quiénes somos y de dónde somos —señala la lingüista Veena D. Dwivedi—, el acento indio resalta que estos hombres morenos no son 'como nosotros'”.

También se ha acusado a la serie de ser sexista. El escritor Jonathan McIntosh conocido como el “detective de la cultura pop”— que, además de reproducir el estereotipo de la "rubia tonta" (el personaje de Penny), los creadores utilizan la adorable naturaleza geek de sus personajes para disimular y desplegar su misoginia a través de comentarios sexistas, clichés y la perpetuación de estereotipos dañinos que terminan por influir en creencias sociales y personales.

A pesar de marcar un hito en la nueva forma de ver a los científicos, la serie cayó en otro tipo de estereotipos. Como el de Sheldon, un sujeto socialmente inepto o físicamente torpe, o el de Rajesh, que continua la idea acerca del hombre indio instaurada por el colonialismo británico
Foto: Michael Yarish

Además, las científicas de la serie —la física Leslie Winkle, la neurocientífica Amy Farrah Fowler y la microbióloga Bernadette Rostenkowski— son víctimas de lo que la historiadora de la ciencia Margaret Rossiter ha denominado el "efecto Matilda": la tendencia de que el trabajo de mujeres sea atribuido a hombres, como ocurrió con Rosalind Franklin —colaboradora principal en el histórico —descubrimiento de la estructura del ADN—, Marian Diamond —descubridora de la plasticidad neuronal— o Marthe Gautier —quien detectó la anomalía cromosómica que causa el síndrome de Down—, entre muchas otras.

Celebración de la ciencia

Algunos temas son tan serios que uno solo puede bromear sobre ellos", dijo el físico danés Niels Bohr décadas antes del estreno de esta serie. De alguna manera presagió el corazón de este show: contar la ciencia en clave cómica para los ya conversos y los no tanto.

Además de ganar una buena reputación por prestarle atención a los detalles científicos, en sus doce temporadas, The Big Bang Theory ha logrado acelerar un proceso en ascenso: el de elevar a investigadores al status de celebridad. Stephen Hawking, Neil deGrasse Tyson, el físico teórico Brian Greene, el astrofísico George Smoot, el astronauta Mike Massimino, Buzz Aldrin, el educador en ciencias Bill Nye, Elon Musk y Bill Gates fueron algunos de los que desfilaron por la serie como estrellas invitadas. Es decir, no como genios inmaculados (e indisputables) sino como un repertorio de figuras destacadas.

Más allá de sus altos y bajos, a The Big Bang Theory se la recordará por sus no pequeños logros: la celebración de la cultura nerd, su afectuoso retrato de los científicos y por el hecho de impulsar el entusiasmo por la ciencia y la tecnología en esta época de auge de la irracionalidad y de negadores seriales de evidencias.

Autor: Federico Kukso
Periodista científico independiente. 2015-16 Knight Science Journalism Fellow at MIT. Escribe sobre ciencia, tecnología y cultura para publicaciones como La Nación (Argentina), Undark (MIT), Muy Interesante Argentina, Agencia Sinc (España), Scientific American (Estados Unidos), Brando, Le Monde Diplomatique, Suplemento Soy de Página 12 (Argentina), Bank Magazine, entre otras. Fue editor de las secciones de ciencia en diarios como Página 12, diario Crítica de la Argentina y subeditor de la sección Ideas en la Revista Ñ (Clarín). Autor de los libros: Todo lo que necesitás saber sobre Ciencia y Dinosaurios del fin del mundo, entre otros.