Cuerpo

¿Duermes mal? Es normal, pues eres parte de la sociedad que mató al sueño

Federico Kukso 15 / Jul / 19
Señalado por los especialistas como una pandemia silenciosa, la falta de sueño tiene consecuencias graves en la salud y, sin embargo, no le estamos prestando la atención debida

A pesar de abarcar una tercera parte de nuestras vidas y de haber sido abordado por poetas, pintores y biólogos, el sueño sigue siendo aún en el siglo XXI uno de los más grandes misterios. Es un mundo al que todos entramos y que pocos comprendemos.

Como inagotable fuente de intriga, incentivó la imaginación y la creatividad en las más diversas culturas. Los antiguos habitantes de lo que hoy es México creían, por ejemplo, que durante el sueño el alma se desprendía del cuerpo y podía vagar por la tierra, a través del tiempo y a los lugares habitados por los dioses. 

Como muchos otros pueblos, los mexicas y mayas estaban convencidos de que los sueños presagiaban acontecimientos venideros y eran una vía de comunicación directa con lo sagrado. Aquellos que descifraban estos mensajes, advertencias o signos eran adivinos conocidos como temiquiximatli, “el conocedor de los sueños”, y el temicnamictiani, “el intérprete de los sueños”. Según el historiador Alfredo López Austin, los señores de la nobleza con frecuencia solicitaban los servicios de estos individuos, quienes se ayudaban consultando libros especiales llamados temicámatl. 

Se cuenta, de hecho, que fue a través de un sueño que Huitzilopochtli, el dios patrono de los mexicas, se comunicó con sus seguidores y les ordenó que salieran de su antigua y legendaria Aztlán en busca de otras tierras. Así el líder Tenoch dirigió a su gente en una peregrinación que tardó años hasta llegar al sitio donde vio una señal, la famosa águila devorando una serpiente. Allí se asentaron y fundaron su ciudad, Tenochtitlan, en el siglo XIV.

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Señalado por los especialistas como una pandemia silenciosa, la falta de sueño tiene consecuencias graves en la salud | Foto: Especial

Tan importante como la comida

Hoy, médicos, biólogos y neurocientíficos saben que dormir es vital. “Es tan importante como comer”, advierte el cronobiólogo Diego Golombek. “No es solo una respuesta al cansancio”.

La manera en que dormimos incide directamente en la salud. Durante el sueño, el cuerpo se repara, se recuperan energías, se consolidan las memorias.

Lo peor que puede hacer un estudiante que tiene al día siguiente un examen es no dormir”, indica este investigador de la Universidad Nacional de Quilmes, Argentina.

Desde hace unas décadas, sin embargo, los investigadores notan un desequilibrio: dormimos no solo cada vez menos sino peor. "Existe una crisis mundial del sueño", indica Daniel Forger de la Universidad de Michigan. “La sociedad nos está presionando para que nos quedemos despiertos hasta tarde".
 

La luz azul emitida por las pantallas de los teléfonos, computadoras y televisores restringe la producción de melatonina, la hormona que controla su ciclo de sueño y vigilia o el ritmo circadiano y que puede suprimir el crecimiento de tumores.
Foto: Especial

El síndrome del centinela

Se sabe que los herbívoros duermen mucho menos que los carnívoros, presumiblemente porque les toma más tiempo alimentarse y deben estar atentos a las permanentes amenazas de los depredadores. Un elefante duerme cuatro horas mientras que un león 20.

Las jirafas descansan completamente de pie. Duermen en ráfagas cortas de cinco minutos por vez, sumando un promedio de 30 minutos por día. En cambio, el pequeño murciélago marrón duerme entre 12 y 19 horas sin parar. Los armadillos gigantes pasan unas 18 horas al día en sus madrigueras subterráneas. Pero no hay evidencia de que duerman todo este tiempo.

Los seres humanos evolucionamos como organismos diurnos. Hay gente más matutina o conocida como “alondras”. Otros son “búhos”, es decir, más vespertinos, como los adolescentes que hacen las cosas más tarde y necesitan nueve horas de sueño. Se estima que alrededor del 40 por ciento de la población humana son alondras, el 30 por ciento son búhos y el resto está en algún punto intermedio.

Esta diversidad de lo que se conoce como cronotipos se explica con la llamada hipótesis del centinela. Según el psicólogo Frederick Snyder, durante la mayor parte de la historia de la humanidad, el sueño dejó a las personas vulnerables a los animales, a otras personas y a los peligros ambientales. Para evitar eso, un grupo de individuos se mantenía alerta para vigilar y ahuyentar el peligro. Así, investigadores como David Samson sugieren que la tendencia a trasnochar de los jóvenes es una herencia evolutiva: un rasgo que protegió a nuestros antepasados y que pasó de generación en generación.

Guerra al sueño

La iluminación eléctrica revolucionó la noche y, a su vez, el sueño. Antes de que Thomas Edison patentara su bombilla incandescente en 1879 la gente se acostaba temprano. La salida y la puesta del sol funcionaban como alarmas.

Gracias a Edison, la puesta de sol ya no significó el final de tu vida social; En cambio, marcó el comienzo de la misma”, escribe David K. Randall en Dreamland: Aventuras en la extraña ciencia del sueño.

Hasta entonces se dormía de manera diferente: el sueño era segmentado, no continuo. Después del atardecer, la población dormía unas tres o cuatro horas hasta que, en el medio de la noche, muchas personas se despertaban naturalmente. Comían, hablaban, rezaban, escribían, tenían relaciones sexuales. El poeta inglés del siglo XVII Francis Quarles decía que era su momento preferido para la reflexión.

Y luego, como cuenta el historiador Roger Ekirch, autor de At Day's Close: Night in Times Past, se volvían a dormir. A principios del siglo XX, las referencias sobre lo que se conoce como primo sonno en italiano o sommeil principal en francés desaparecieron. La hora de acostarse se postergó.

Vivimos hoy en una época en la que posponemos el dormir. La sociedad moderna le declaró la guerra al sueño. “Estamos robándole horas a la noche para ganar en la vigilia”, dice Golombek. “Desde la invención de la luz eléctrica, ese gran ladrón del sueño, cada vez nos acostamos más tarde. Nuestro cuerpo no está preparado para eso”.
 

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Patente de la lámpara eléctrica incandescente de Thomas Edison, 1883 | Foto: Cortesía
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La electricidad alteró la manera en que dormimos para siempre | Foto: Cortesía

Cada vez menos descanso

Se calcula que dormimos una hora menos que hace 50 años. Y dos horas menos que hace cien. En 1942, la norma era 8 horas de sueño. Ahora es de 6,8.

Según una encuesta internacional realizada por la National Sleep Foundation, japoneses y estadounidenses son los que menos duermen: 6 horas y 22 minutos y 6 horas y 31 minutos de sueño, respectivamente. No extraña así que en Japón se acepte culturalmente que los hombres o las mujeres se duerman en el trabajo o durante las cenas. La práctica se llama inemuri.

Los mexicanos, en cambio, duermen en promedio 7 horas 6 minutos. De acuerdo a la Encuesta Nacional de Salud de 2017, 50 millones de mexicanos no consiguen descansar bien. El 28% de estas personas padece algún trastorno respiratorio como ronquidos o apnea del sueño que les impide descansar y dormir de manera uniforme.

La pérdida de sueño es, como dice el neurocientífico del sueño Matthew Walker de la Universidad de California en Berkeley, una epidemia silenciosa que se está convirtiendo rápidamente en uno de los mayores desafíos de salud pública en el siglo XXI.
 

Gracias a Edison, la puesta de sol ya no significó el final de tu vida social; En cambio, marcó el comienzo de la misma”. En la imagen, Thomas Edison durmiendo
Foto: Cortesía

El engaño de las pantallas

La revolución digital nos inundó de luz. Entre los responsables de tantos trastornos de sueño e insomnio, se señala a los celulares y tablets. En ambos casos, engañan al cerebro. La luz azul emitida por las pantallas de los teléfonos, computadoras y televisores restringe la producción de melatonina, la hormona que controla su ciclo de sueño y vigilia o el ritmo circadiano y que puede suprimir el crecimiento de tumores.

“La luz y la oscuridad son igual de importantes para nuestra salud”, dice Mark Rea, director del Centro de Investigación de Iluminación en el Instituto Politécnico de Rensselaer.

Cada vez que encendemos una luz, estamos tomando inadvertidamente un medicamento que afecta la forma en que dormiremos y cómo nos despertaremos al día siguiente”, advierte Charles A. Czeisler, de la Escuela de Medicina de Harvard.

En 2012, la American Medical Association (AMA) adoptó una nueva política que establece que la exposición a la luz durante la noche es peligrosa para la salud humana. “Hay que sacar las pantallas del dormitorio", dice Golombek.

Aunque no es la única solución al mal dormir. En décadas recientes, la domesticación social del sueño ha dado paso a su medicalización. “Esta industria fomenta el uso de drogas ineficaces y peligrosas”, advierte Rubin Naiman, psicóloga especializada en medicina del sueño de la Universidad de Arizona. “En realidad, las pastillas para dormir producen una especie de sueño falso al inducir la amnesia para la vigilia nocturna. No curan el insomnio; suprimen sus síntomas. La dependencia continua de las pastillas para dormir socava nuestra autoeficacia del sueño, o la confianza en nuestra capacidad innata para dormir”.

Varias compañías en los últimos años han buscado hackear el sueño a través de más tecnología: camas inteligentes, aplicaciones de respiración que inducen el sueño (2breathe), mantas de sonido (Nightingale), sensores (Beddit). A través de su campaña "Salve su Sueño”, Philips busca sensibilizar a la población sobre un trastorno conocido como apnea del sueño. Para ello desarrolló la máscara "DreamWear" que dirige un flujo de aire evitando así la contracción de los tejidos blandos de la vía respiratoria y la interrupción del ciclo del sueño.
 

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A través de su campaña "Salve su Sueño”, Philips busca sensibilizar a la población sobre un trastorno conocido como apnea del sueño | Foto: Philips
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Para ello desarrolló la máscara "DreamWear" | Foto: Phillips
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La máscara dirige un flujo de aire evitando así la contracción de los tejidos blandos de la vía respiratoria y la interrupción del ciclo del sueño | Foto: Phillips

El derecho a dormir

Al llegar a los 90 años, una persona habrá dormido 32 años de su vida. Y sin embargo, la gran mayoría no le da importancia.

No consideramos la privación del sueño tan seriamente como la intoxicación por alcohol, si bien ambos afecten de inmediato nuestro comportamiento y reacción. “Después de 20 horas de estar despierto, estás cognitivamente tan deteriorado como lo estarías si estuvieras legalmente borracho”, indica Walker, autor de Why We Sleep: Unlocking the Power of Sleep and Dreams.

Conducir después de estar despierto durante 24 horas seguidas da niveles de deterioro similares a los de manejar con una concentración de alcohol en sangre de 0,1”.

Hace falta, pues, tomar al sueño en serio. “Antes de la era industrial, solíamos entender intuitivamente la importancia de dormir”, dice el neurocientífico británico Russell Foster.

Si dormimos bien, aumenta nuestra concentración, la atención, la toma de decisiones, la creatividad, las habilidades sociales, la salud. Se reducen los cambios de humor, el estrés, los niveles de ira, la impulsividad, y la tendencia a beber y tomar drogas”.

Dormir, así visto, no es un lujo opcional. Es una necesidad biológica no negociable. Es nuestro sistema de soporte vital. “Creo que es hora de que recuperemos nuestro derecho a una noche completa de sueño, y sin vergüenza  ni ese desafortunado estigma de la pereza", señala Walker. "Y al hacerlo, podemos reunirnos con el elixir más poderoso de la vida, la navaja de la salud del ejército suizo, por así decirlo. Dormir es nuestro superpoder”.

Autor: Federico Kukso
Periodista científico independiente. 2015-16 Knight Science Journalism Fellow at MIT. Escribe sobre ciencia, tecnología y cultura para publicaciones como La Nación (Argentina), Undark (MIT), Muy Interesante Argentina, Agencia Sinc (España), Scientific American (Estados Unidos), Brando, Le Monde Diplomatique, Suplemento Soy de Página 12 (Argentina), Bank Magazine, entre otras. Fue editor de las secciones de ciencia en diarios como Página 12, diario Crítica de la Argentina y subeditor de la sección Ideas en la Revista Ñ (Clarín). Autor de los libros: Todo lo que necesitás saber sobre Ciencia y Dinosaurios del fin del mundo, entre otros.