Fuera mitos

El gran mito de la pirámide del aprendizaje: ¿Qué porcentaje recordarás del siguiente artículo?

Luis Javier Plata Rosas 15 / May / 19
Ha sido utilizada hasta la náusea como argumento para una educación efectiva, pero no existen evidencias que respalden su funcionamiento

Piedra por piedra, desde hace más de cien años y sin necesidad de internet, científicos, periodistas, divulgadores, maestros, estudiantes, y muchos de los interesados en las posibles aplicaciones en el aula de las teorías de la memoria y el aprendizaje, han colaborado en la construcción y difusión de un mito que tiene muchas más caras que el poliedro que lo nombra: la pirámide del aprendizaje. Pirámide que bien podría ser, sin pérdida alguna de información ni de complejidad, un simple triángulo, pero por alguna misteriosa razón (¿pérdida de sonoridad o elegancia subjetivas?) este nombre es el menos preferido de todos.  

dale.jpg
El cono del aprendizaje según Dale | Ilustración: Charlie Xiva

¿Pirámide, triángulo, cono?

A diferencia de la piramidomanía expuesta en libros como El poder de las pirámides (un clásico de la pseudociencia sobre la capacidad de estos cuerpos para acumular energías inexistentes y cargar con ellas desde navajas de afeitar hasta personas con libido deprimida), la pirámide del aprendizaje no es algo tangible que tengamos que construir y ponernos sobre la cabeza para canalizar y grabar en nuestra cabeza las lecciones de cualquiera de las materias que estudiamos (éste era el método propuesto por el libro susodicho). De hecho, ni siquiera se trata de UNA pirámide del aprendizaje, sino de varias propuestas que han tomado este nombre u otros como cualquier combinación con las palabras pirámide, triángulo y cono y los sustantivos aprendizaje, experiencia y retención. Todas ellas, eso sí, indican que, supuestamente, uno recuerda cada vez más de una lección a medida que sube los peldaños en cuyos escalones están diferentes modalidades de presentación y percepción de la información. Los valores asignados al porcentaje de información que uno recuerda y las acciones y actividades involucradas y el tiempo que se retiene la información en cada peldaño varían tanto como el lugar donde se menciona la pirámide. En español, por ejemplo, tenemos:

Una infografía de un diplomado de una universidad que no mencionaré (bueno, si insisten: de la Universidad Iberoamericana. Antes de que tiren la primera piedra, añadiré que también hallé artículos publicados por revistas científicas y sitios de la UNAM, la UDG, el IPN y el ITESM, por citar algunas otras del top ten), que dice:

que aprendemos 10% de lo que leemos, 20% de lo que oímos, 30% de lo que vemos, 50% de lo que vemos y oímos, 70% de lo que discutimos con otros y 80% de lo que hacemos. El tiempo en que ocurre esto es indefinido.  

Un psicopedagogo que nos dice: “… es lo primero que deberían conocer y aplicar toda la comunidad educativa para conseguir una ecuación de calidad”, “¿Cuánto recuerdan al día siguiente de escuchar?” Aquí sí menciona que el porcentaje retenido dura 24 horas, escuchar baja del segundo al primer peldaño y con ello también la cifra; de un 10 a un mísero 5%.

Un centro educativo de España: “Fue el investigador Cody Blair quien […] a partir del estudio, [la] desarrolló…” Al igual que en muchos otros sitios, aquí se atribuye a un tal Cody Blair su autoría.

Un sitio de aprendizaje autodidáctico de idiomas: “Si os fijáis, […] se remonta al año 1969, creada por Edgar Dale…” El umbral de recordación experimenta un trastorno de bipolaridad temporal, pues puede ser de dos semanas o, por el contrario, y de manera muy específica, ocurrir “a la hora de aprender un lenguaje”.

Un blog de educación: “Por desgracia muchas de las metodologías de enseñanza que se siguen usando en diferentes ámbitos responde a un modelo caduco…” Y por desgracia la pirámide no es sólo caduca, sino que ni siquiera se basa en lo que las neurociencias han mostrado desde mediados del siglo pasado.

Un colegio privado: “En [esta escuela] llevamos años investigando cómo aprenden los niños, estudiando a los gurús y expertos en educación y aplicando algunas de las metodologías pedagógicas que estos proponen […] hemos hecho propia la pirámide del aprendizaje de Dale…”

Un periodista: “El psiquiatra William Glasser elaboró una teoría, o más bien, una pirámide […]”, y aquí la autoría cambió de persona. Este periodista nos dice también que Glasser descubrió “cómo aprenden los niños según [esta pirámide]”.

glaseer1.jpg
La pirámide según Glasser | Foto: Twitter

Un artículo de 2014 de una revista académica: “Un concepto desarrollado recientemente por el Institute for Applied Behavioral Sciences […] nos propone una pirámide del aprendizaje…” Pues no, como diría uno de los grandes Maestros de ficción del aprendizaje galáctico: “Reciente la pirámide no es”. 

Mucho más en serio que yo, Kåre Letrud, experta en ética de la investigación y teoría de la ciencia, y Sibjørn Hernes, investigador en sociología de la ciencia, determinaron el origen y la extensión con que se han propagado las múltiples versiones de la pirámide del aprendizaje. De haber confiado en ella, puede servirnos de consuelo saber que ésta aparece en por lo menos 418 artículos de revistas científicas y 11 artículos de enciclopedias en inglés publicados entre 1990 y 2013, en tanto que, en ese mismo lapso, tan sólo 15 artículos cuestionaron su validez. 

Una memoria medida en décimos

Gracias a la digitalización de libros y a la búsqueda de información posibilitadas por Google Books y HathiTrust, Letrud y Hernes encontraron que la referencia más antigua de la pirámide del aprendizaje y su jerarquía de eficiencia aparecen en 1852 en el libro The British controversialist and impartial inquirer, si bien es en 1906 que por primera vez un reverendo de nombre Charles Roads, al discutir la utilidad pedagógica de incluir ilustraciones bíblicas de gran tamaño en el periódico mural dominical destinado a los niños, cuantifica cada modalidad de aprendizaje:

“Recordamos un décimo de lo que escuchamos, cinco décimos de lo que vemos, siete décimos de lo que decimos, nueve décimos de lo que hacemos”, por lo que esta creencia popular antecede por mucho a la supuesta investigación en la que, de acuerdo con textos posteriores, supuestamente se basa, dado que los primeros estudios empíricos sobre memoria y aprendizaje fueron publicados más de cuarenta años después de la referencia más vieja a esta pirámide.

Es hasta 1967 que aparece en la revista Film and audio-visual communication una de las versiones más citadas desde entonces, de la mano de D.G. Treichler, quien a su vez señalaba que la pirámide se basaba en estudios cuyos autores y fuente omitía. Y es apenas en este siglo que numerosos autores en publicaciones científicas, libros, revistas, periódicos y sitios en línea atribuyen al National Training Laboratories Institute su autoría sin que exista ninguna investigación que apoye su modelo jerárquico de eficiencia fraccionaria. Si acaso, lo que existe es, como bien señala Letrud en otro artículo, la tergiversación de la idea del cono (o triángulo o pirámide) de la experiencia (o del aprendizaje) propuesto por el pedagogo Edgar Dale como ayuda visual para clasificar los métodos de aprendizaje de acuerdo a su nivel de abstracción y que él mismo enfatizó (sin que, al parecer, sirviera de mucho) que no era una jerarquía de procesos de aprendizaje. No está por demás añadir que ese cono tampoco describía retención alguna ni porcentajes asociados a ésta.  

No somos máquinas

La pirámide de aprendizaje ni siquiera refleja cómo funciona en realidad nuestra memoria. Cuantificar con porcentajes lo que aprendemos y establecer intervalos de tiempo a partir de los cuales no recordamos más una fracción de lo aprendido es un sinsentido dado que nuestra memoria —a pesar de lo común que es el símil— no trabaja como la de una computadora que graba datos al cliquear el mouse, sino de acuerdo con el modelo modal de Atkinson y Shiffrin, que desde los años setenta guía la investigación en esta área y que distingue tres tipos de memoria: sensorial, de trabajo (o de corto plazo) y de largo plazo. 
piramide-aprendizaje1.jpg
Pirámide del aprendizaje, según Human Performance | Foto: Human Performance

La pirámide del aprendizaje, por ejemplo, nos dice que si pegamos en una cartulina recortes de imágenes de revista que representen características de la comedia y la tragedia griegas (caso real) entenderemos mejor estos géneros que leyendo a Aristófanes y a Sófocles, mientras que, de acuerdo con el modelo modal, la retención y comprensión de la información a largo plazo depende de hacer asociaciones significativas con el material estudiado, de manera que podamos procesarlo y recuperarlo por múltiples rutas mentales. 

O sea que leer a los autores clásicos, por lo menos en clase de Literatura Universal, representa un aprendizaje más profundo que el proyecto de periódico mural descrito, sin importar que, según la pirámide, al cerrar el libro nos quedemos con tan sólo entre un 5 y el 10% de algo de lo leído, sea lo que sea ese algo que, por cierto, jamás precisa este cuerpo geométrico.

Autor: Luis Javier Plata Rosas
Divulgador científico y profesor de la Universidad de Guadalajara. Doctor en oceanografía costera. Autor de, entre otros libros, "La ciencia y los monstruos", "El océano tiene onda" y "La física del Coyote" y el "Correcaminos". Columnista de Nexos(Sobre ciencia, en teoría) y colaborador de ¿Cómo ves? (sección ¿Será?). Premio Estatal de Ciencia, Tecnología e Innovación de Jalisco en la categoría Divulgación (2014).