El lado oculto de la Tabla Periódica de los Elementos

A unos metros del Centro Tecnológico de San Petersburgo, Rusia, hay un reducido jardín. Está escondido y bastante gente pasan cerca sin prestarle atención al enorme que descansa en él. Se habla del monumento de uno de los investigadores más indispensables de la historia: Dmitri Mendeléyev. El enorme químico e inventor está sentado en un sillón, relajado con un libro en su regazo y un cigarrillo en una mano. Y a su izquierda, en una enorme pared, reluce su enorme contribución: su Tabla Diaria de Elementos Químicos.

No fue el primer intento de organizar y clasificar los elementos que conforman a la naturaleza. Otras seis personas habían creado las suyas de manera sin dependencia. El francés Alexandre-Emile Beguyer de Chancourtois ha propuesto en 1862 un gráfico con apariencia de hélice para ver y clasificar los elementos. En Inglaterra, un químico llamado John Newlands anunció en 1865 su tabla provisional inspirada en la escala musical. Pero fue ridiculizado por la Sociedad de Química de Londres.

La de Mendeléyev, no obstante, fue la más elegante: en febrero de 1869, este instructor de química general en la Facultad de San Petersburgo, capital del Imperio ruso, divulgó su propia ordenación que integraba todos los elementos populares organizados por peso y divididos en grupos con características semejantes. Y, en particular, dejó espacios en los que no encajaba ningún elemento popular, prediciendo que se descubrirían nuevos.

“En su grupo, el trabajo de Mendeléyev puede compararse al de Darwin sobre la evolución o el de Einstein sobre la relatividad -dice el escritor y periodista Sam Kean-. Ninguno de estos hombres logró todo el trabajo, pero sí la más grande parte, y lo hicieron más elegantemente que otros. Entendieron la intensidad de sus secuelas, y respaldaron sus hallazgos con enorme abundancia de datos e indicios.”

Las historias ocultas
Además de ser un muestreo de los ladrillos que forman nuestro universo, la Tabla Periódica es una recopilación de historias, de obsesiones, aventuras y equivocaciones. Sucede que solamente Mendeléyev hizo público su muestreo incompleto se aceleró una carrera, una búsqueda mundial movida tanto por la curiosidad como por el ego y la persecución de popularidad. Año tras año se anunciaban nuevos hallazgos, nuevos elementos candidatos a entrar en sus filas y columnas.

La primera tabla poseía solo 63 elementos. Hoy se conocen 118, asi sea descubiertos o sintetizados en laboratorios. El sendero para llegar al oganesson —el elemento más pesado de la tabla periódico—fue extenso y tortuoso: se han informado bastante más de 400 elementos espurios e inexistentes, surgidos de la credulidad, el exceso de optimismo o la pura ilusión de sus descubridores. Entre otras cosas, entre 1869 y 1914 se han comunicado 23 elementos genuinos, de esta forma como 140 falsos.

Nuestro enorme ruso cayó en la tentación. Mendeléyev llevó a cabo muchas conjeturas mal hechas. Entre otras cosas, juraba que el halo del sol tenía dentro un elemento exclusivo llamado coronio, desde visualizaciones del espectro de luz de la corona del sol realizadas a lo largo de el eclipse de sol del 7 de agosto de 1869.

Por su lado, el padre de la teoría de la deriva continental, Alfred Wegener, sostuvo que en la alta atmósfera terrestre podría existir un parecido del coronio, al que se llamó geocoronio. Recién en la década de 1930, la conjetura del coronio (también llamado «newtonio») fue sepultada por los astrónomos Walter Grotrian y Bengt Edlén.

Nebulio: el elemento nebular
En 1961, el científico inglés Denis Duveen aseguró que no tenemos la posibilidad de comprender como corresponde la química sin comprender su crónica. La Tabla Diaria de Elementos es un compendio que tiene dentro varios de estos cuentos.

Algunos elementos-candidatos fueron fallos de buena fe. Otros, en cambio, proposiciones bastante más de la creatividad que resultado de los datos. En los dos casos, exhiben el verdadero rostro de la ciencia: no un desarrollo de acumulación que avanza desde enormes saltos (hallazgos de nuevos planetas, novedosas curas, nuevos dinosaurios) sino una historia de permanentes fracasos, extenuantes callejones sin salida y peleas personales y reglas.

«Hacer descubrimientos es parte integral de la carrera de un científico —indica el químico e historiador Marco Fontani, creador de The Lost Elements: The Periodic Table’s Shadow Side—. Algunos de estos descubrimientos demostrarán ser incorrectos, otros flagrantemente falsos. Este es el destino habitual de la vida científica: avanza por ensayo y error hasta llegar a la realidad. Y es natural que los estudiosos adolescentes y entusiastas cometan más fallos que sus colegas precavidos».

Desde las visualizaciones del espectro luminoso de la Nebulosa Ojo de Gato (NGC 6543), el astrónomo inglés William Huggins ha propuesto en 1864 la presencia de un elemento reciente al que se llamó nebulio (Nebulium). Este gas de naturaleza desconocida e inexistente en la Tierra, suponía el investigador, se manifestaba en la forma de líneas verdes y se decía que era el responsable de conformar nebulosas colosales. Constituía todo un enigma: no encajaba en ningún hueco de la tabla diaria.

Pero, para su desgracia, el elemento «vivió» solamente 63 años: en 1927 el astrónomo estadounidense Furia Sprague Bowen dió a conocer que las emisiones verdes detectadas en las nebulosas eran emitidas por oxígeno doblemente ionizado. No era el primer elemento que se creyó divisar en el espacio: en 1858 el respetado astrónomo John Herschel comunicó el «junonium», un elemento metálico —e inexistente— que creyó descubrir en el asteroide Juno.

Ticket a la inmortalidad científica
Esta búsqueda frenética de nuevos elementos para llenar los espacios vacíos de la Tabla Diaria dio lugar a una cosecha incontenible de avisos. Entre 1877 y 1879, los boletines de la Academia de Ciencias de París informaron el descubrimiento de elementos como el neptunium, lavœsium, mosandrium, davyum, ytterbium, scandium, ouralium, samarium, terbium, holmium, thulium, philippium, decipium, el «elemento X», barcenium, columbium, rogerium, vesbium y norwegium. De todos estos descubrimientos, 14 eran falsos.

Tenía que ver con una verídica fiebre química. Donde se mirase, se suponía ver nuevos elementos todavía no clasificados y que constituían para sus descubridores un ticket directo a la inmortalidad científica.

Esta inclinación se dio a nivel mundial. Desde principios del siglo XX hasta luego de la Segunda Guerra Mundial, se han comunicado en USA los descubrimientos del carolinium (1901), illinium (1926), virginium (1930), alabamine (1931) y californium (1950), cada uno en honor a un estado estadounidense. Solo último fue el exclusivo que terminó ser preciso.

En 1898, el químico inglés William Crookes reportó en su alegato inaugural de la Organización Británica para el Avance de la Ciencia el descubrimiento de una exclusiva sustancia. Primero lo bautizó monium. Un año luego lo llamó «victorium» en honor al reciente jubileo de diamantes de la reina Victoria. La alegría se extendió hasta 1905 cuando el químico francés Georges Urbain dió a conocer que en verdad era una impureza de un elemento ya popular.

Los elementos ocultos
Fue una cacería mundial de elementos noticiosos, oséa, cuyo accionar químico o caracteristicas físicas no podían atribuirse a elementos populares, como emisiones radiactivas inexplicables o líneas espectroscópicas. En 1908, el químico japonés Masataka Ogawa, entre otras cosas, hizo público un mineral en teoría nuevo: el nipponium, en honor de su país natal donde fue tratado como un ídolo. Aunque con los años nadie ha podido reproducir sus indagaciones. Y nadie volvió comentar de él.

Del elemento que sí hablaron y escribieron varios fue del occultum. En 1909, una clarividente llamada Annie Besant acaparó la atención mediática: confirmaba poder desacelerar el movimiento del universo atómico con sus «dones» paranormales y de esta forma investigar moléculas al aspecto. Adjuntado con su compañero y además autodenominado psicológico Charles Webster Leadbeater, hicieron dibujos de construcciones de los elementos y sus compuestos. Y un día han comunicado haber hallado un reciente elemento. Lo llamaron occultum. No fue el exclusivo. Después dijeron haber descubierto el adyarium, como lo describieron en Química Oculta: indagaciones por Ampliación clarividente sobre la Composición de los átomos de la Tabla Diaria, un libro que tuvo tres ediciones (1909, 1918 y 1951).

Injusticias y calamidades
Pero de esta forma como la tabla de elementos está colmada de historias de elementos imaginarios además oculta muchas injusticias. La física austríaca Lise Meitner y el alemán Otto Hahn descubrieron en 1917 el elemento número 91, el metálico protactinio. Entre los nombres que se barajaron estaban «lisonium» y «lisottonium», para inmortalizar sus nombres, pero fueron de manera rápida descartados. Esta científica fue perseguida por los nazis y arrebatada de los honores que corresponden por el hallazgo de la fisión nuclear (y del Premio Nobel). En 1997, la Unión En todo el mundo de Química Pura y Aplicada (IUPAC) bautizó al elemento 109 «meitnerium» en su honor.

La alemana Ida Noddack halló en 1925 un metal llamado renio, con su marido. Fue nominada tres ocasiones para el Premio Nobel de Química pero jamás lo recibió. Los Noddacks además aseguraron haber encontrado el elemento 43, al que llamaron “masurium” en honor a la zona de Masuria, en este momento en Polonia. Pero jamás lograron aislar el material.

Otra luminaria de la Tabla Diaria, además de la más popular Marie Curie —descubridora del polonio y el radio, con su marido, Pierre—, fue la francesa Marguerite Perey quien en 1939 halló el elemento 87, el francio. «Tengo la enorme promesa de que el francio sea servible para el lugar de un diagnóstico temprano de cáncer», escribió. Lo que no sabía era que su descubrimiento la llevaría a la muerte: para cuando Perey logró su hallazgo, ya se encontraba muy contaminada por la radiación a la que fué expuesta en el Instituto Radium en París. Pasó los últimos 15 años de su historia en el régimen de un horrible cáncer de huesos que se extendió por todo su cuerpo.

La Guerra Fría de la química
La política siempre traspasó la exploración científica. Y la Tabla Diaria de Elementos no fue la distinción. En los primeros años de su trayectoria, el físico italiano Enrico Fermi tuvo la intención de producir nuevos elementos bombardeando núcleos de uranio con neutrones. En un instante, este hombre que después sería popular como el «papa de la física» pensó que había desarrollado los elementos 93 y 94. El gobierno fascista deseaba que se llamaran mussolinium y littorium, pero el jefe del laboratorio sugirió que no era buena iniciativa asociar el régimen del dictador italiano con estos nuevos elementos ya que eran efímeros, de vida media tan corta. Y los acabaron llamando ausonium y hesperium, en honor a Italia. Por último, en 1940 se halló que fueron meros fallos experimentales.

No es muy popular fuera de la red social científica pero entre 1960 y 1990 investigadores estadounidenses, soviéticos y alemanes disputaron las llamadas Transfermium Wars (“Guerras Transférmicas”): oséa se enfrascaron en una disputa por denominar los elementos más allá del número 100 (el fermio), varios de ellos descubiertos por estos grupos oponentes de manera sin dependencia. Entre otras cosas, los rusos llamaron al elemento 104 kurchatovium como homenaje a Igor Kurchatov, el padre de la bomba atómica soviética. Los investigadores de Berkeley, en cambio, le brindaron el nombre rutherfordium para honrar a Ernest Rutherford, padre de la ciencia nuclear.

La IUPAC tuvo que intervenir para que estos roces no escalasen a mayores: los elementos 104 y 106 fueron para los estadounidenses; los elementos 105 y 107, a los rusos; y los elementos 108 y 109, por último, fueron a los alemanes.

En la actualidad, la búsqueda del elemento 119 está en marcha en laboratorios como el RIKEN Nishina Center for Accelerator-Based Science en Saitama, Japón. Su director, Hideto En’yo, predijo en 2017 que los elementos 119 y 120 se encontrarían dentro de cinco años. Todavía nos encontramos aguardando.

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