Sociedad

El mexicano que desafió a los alacranes

Carmina de la Luz Ramírez 07 / Mar / 19
Alejandro Alagón es reconocido por haber perfeccionado el suero anti-alacrán con el que hoy se salvan miles de vidas en todo el mundo

“…Nadie ha podido explicarle —por supuesto— que la secreción suya es veneno (…) Él piensa que aquello es un simple acto amoroso, unas nupcias en que se comunica con el mundo y se entrega desinteresadamente…”. Así describió en 1963 José Revueltas al alacrán en su bestiario El sino del escorpión, pero el escritor y activista político no ha sido el único que ha intentado develar los misterios inmersos en la poderosa ponzoña de este tipo de arácnidos. Diversos científicos han dedicado toda una vida a estudiar el veneno de los alacranes, ya sea por pura curiosidad —para saber de qué están hechos, por ejemplo— o para hallarles alguna aplicación, principalmente en el área de la farmacología

Claro, a la ciencia no solamente le interesa el veneno del alacrán, pero en el caso de México esta particular mezcla de sustancias tóxicas ha sido el punto de partida para el desarrollo de una prolífica línea de trabajo, la del desarrollo y mejora de antídotos, y al respecto Alejandro Alagón Cano es uno de los principales protagonistas. 
 

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“…Nadie ha podido explicarle —por supuesto— que la secreción suya es veneno (…) Él piensa que aquello es un simple acto amoroso...”. Así describió en 1963 José Revueltas al alacrán en su bestiario "El sino del escorpión" | Foto: Cesar Augusto Ramirez Vallejo
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Diversos científicos han dedicado toda una vida a estudiar el veneno de los alacranes, ya sea por pura curiosidad —para saber de qué están hechos, por ejemplo— o para hallarles alguna aplicación, principalmente en el área de la farmacología. | Foto: Cesar Augusto Ramirez Vallejo

Zoológicos moleculares

Los venenos animales no existen por casualidad, sino que han sido moldeados por la selección natural a lo largo de millones de años de evolución. Como resultado, los venenos pueden tener una función de defensa, ya que la gran mayoría causa dolor inmediato y en respuesta la amenaza huye; otros poseen enzimas digestivas, capaces de degradar a una posible presa desde su interior; y algunos incluyen también sustancias paralizantes, asegurando el escape oportuno o un buen festín.   

El doctor Alejandro Alagón Cano, investigador del Instituto de Biotecnología (IBt) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), compara los venenos con zoológicos moleculares donde predominan decenas y hasta cientos de proteínas distintas. “En nuestro laboratorio —precisa el experto en antídotos— tratamos de encontrar los componentes que son verdaderamente tóxicos para los humanos, aquellos que son responsables del envenenamiento de las personas”.      

Lo anterior es apenas el primer paso de la labor realizada por Alagón y colaboradores; su verdadero objetivo es revelar los más íntimos detalles de las toxinas y así poder contrarrestar sus efectos mediante antivenenos perfeccionados en el laboratorio. Para ello se requieren amplios conocimientos, entre otros, de bioquímica de proteínas e inmunología, puesto que los anticuerpos —proteínas que, a grandes rasgos, identifican y neutralizan los elementos extraños como parte de la respuesta inmune del organismo— “son la materia prima para el desarrollo de antivenenos”, señala el también miembro del Sistema Nacional de Investigadores. 

De la política al laboratorio 

La historia personal de Alejandro Alagón con los venenos comenzó en noviembre 1974, cuando se integró al equipo de Lourival Possani —investigador brasileño naturalizado mexicano—, a quien Alagón Cano considera “el campeón en cuanto al conocimiento de toxinas de alacrán”. Sin embargo, un evento fortuito acontecido en 1994 definió su trayectoria científica: el hijo del recién estrenado presidente Ernesto Zedillo sufrió la picadura de un alacrán venenoso en una casa al sur del Estado de México. 

Inmediatamente, el niño fue llevado al hospital, desde donde llamaron al entonces Director General de Epidemiología del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), el doctor Maraboto. A su vez, este último contactó a Juan López de Silanes, del instituto Bioclon, donde empezaban a experimentar con nuevos antivenenos. Para suerte de Zedillo, Silanes – Bioclon había heredado todo un know how de los laboratorios Zapata y MYN; y, aunque el suero anti-alacrán administrado a su hijo aún no era de la denominada tercera generación, no presentó reacciones adversas, como todavía era común en esa época. 

—Señor presidente —se atrevió a decir Maraboto— se muere mucha gente por piquete de alacrán en este país, sobre todo niños. 
—Pero cómo, si está el antiveneno —respondió Zedillo. 
—Sí, señor presidente, hay un antiveneno, pero pasan dos cosas: no hay suficiente y hay mucha reticencia a usarlo por las reacciones secundarias. 
—Pues me organizas unos seminarios de educación a los médicos y paramédicos, y me juntas a los productores de antivenenos (…) hay que resolver esta situación —sentenció el presidente. 

“Y Maraboto, muy práctico, como buen epidemiólogo —cuenta Alagón Cano— sacó el número de muertos por piquete de alacrán en cada estado de la República; el de mayor mortalidad era Nayarit y, en orden decreciente, Maraboto organizó los seminarios (…) Pero les hacía falta alguien que conociera de la fisiopatología del envenenamiento, y entonces me invitaron a mí, y ahí fue donde yo ya conocí a López de Silanes”. 

100 años de antivenenos: en busca de la perfección

El doctor Alagón Cano —cuya trayectoria y contribuciones científicas lo llevaron a ser nombrado Investigador Emérito de la UNAM— señala que los antivenenos existen desde finales del siglo XIX, pero no eran tan seguros como hoy en día. El también ganador del Premio Nacional de Ciencias 2005, recuerda que “cuando estaba en la Facultad de Medicina, y vimos antivenenos, el profesor nos dijo que no los usáramos porque eran peligrosísimos, cosa que ahora ya no ocurre”. 

Hasta ese momento, los antídotos eran obtenidos de la siguiente manera: primero, se extraía el veneno de los respectivos animales; después, el veneno era administrado crudo y de forma creciente en caballos; entonces, el organismo de los caballos se encargaba de producir los anticuerpos; y al final estos se conseguían separando el suero sanguíneo. El problema con dichos antivenenos era que, además de tener anticuerpos, incluían muchas otras sustancias con altas posibilidades de generar reacciones adversas. 

“Los estadounidenses lo llaman desarrollo, pero nosotros no lo creamos de principio a fin —expresa Alagón con humildad— lo que nosotros hicimos fue una mejora del proceso, lo optimizamos; desarrollamos muchos de los métodos para ir caracterizando el antiveneno que se producía entonces, y llevamos a cabo los estudios para demostrar que el antiveneno realmente bajaba los niveles de veneno en sangre de los pacientes”. Los resultados de esta colaboración entre laboratorios Silanes y la UNAM fueron evidentes a partir de 1999, cuando en el sistema de salud pública comenzó a circular lo que ahora se conoce como Alacramyn (en su versión de patente). 

Se trata de un antídoto que, más que suero antialacrán, es un faboterápico, es decir, un antiveneno de tercera generación conformado por fragmentos de anticuerpos capaces de neutralizar las toxinas del alacrán. Su efectividad y seguridad es tal que, en agosto de 2011, se convirtió —bajo el nombre de Anascorp— en el primer medicamento latinoamericano en ser aprobado por la Food and Drug Administration (FDA) para su uso en Estados Unidos. 

Alacramyn/Anascorp fue el primer gran éxito del consorcio UNAM – Silanes orquestado por Alagón Cano. Este fue seguido por Anavip, una patente también aprobada por la FDA en octubre de 2018 y especialmente diseñada para contrarrestar las mordeduras de víboras cascabel. Además, el integrante de la Academia Mexicana de Ciencias participó en el desarrollo de otros antídotos, como el Aracmyn (contra la picadura de la araña viuda negra) y el Coralmyn (contra la mordedura de las serpientes de coral). 

Ordeñar arañas violinistas

Alejandro Alagón Cano todavía recuerda cuando ordeñaba a mano alacranes y arañas, casi de forma artesanal: “Una vez tuve un accidente laboral —narra sonriendo—, ordeñaba yo unos 100 alacranes por hora y, en una de esas, agarré un alacrán y no me di cuenta de que otro se había agarrado de las pinzas, así que me picó; me dolió, pero no tuve más sintomatología”. Eso no es todo; hubo una época en la que el equipo de Alagón Cano tenía que extraer veneno de 5 mil arañas violinistas: “Era una labor titánica —dice el investigador—; las teníamos en cajitas de plástico, individualmente separadas, porque si no se comen, y luego cada semana debíamos ponerles una gotita de agua y una mosca de fruta o larva de tenebrio para alimentarlas; después les sacábamos el veneno, les dábamos un toque eléctrico bajo la lupa y con un capilar lo cachábamos, y esta operación la repetíamos 5 mil veces”. 
 

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Extracción de queliceros y glándulas de veneno a arañas del género Loxosceles, araña del rincón o araña violinista, este veneno es utilizado para la producción del antiveneno especifico | Foto: Especial
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Extracción de queliceros y glándulas de veneno a arañas del género Loxosceles, araña del rincón o araña violinista, este veneno es utilizado para la producción del antiveneno especifico | Foto: Especial

Actualmente, en el laboratorio de Alagón Cano se utilizan otros métodos para el desarrollo de nuevos antivenenos. Por ejemplo, ya no utilizan veneno extraído de miles de arañas violinistas,  sino que han modificado genéticamente bacterias Escherichia coli para que sean ellas quienes produzcan las toxinas con las que inmunizan a los caballos. “Ahora tenemos un biorreactor con el que se puede producir, en 5 días de trabajo, la necrotoxina que nos darían 5 mil arañas”, destaca Alejandro Alagón. Él y su equipo desean aplicar la misma técnica para mejorar el antídoto que contrarresta la mordedura de serpientes de coral, pues el respectivo veneno contiene alfa toxinas, sustancias que afectan la unión neuromuscular y que pueden variar tanto en su estructura molecular que en ocasiones los antivenenos no logran identificarlas como algo indeseado. 

En cuanto al veneno de las víboras de cascabel, Alagón explica que contiene una proteína paralizante llamada crotamina, tan eficiente que en cuestión de 5 a 10 surte efecto: “La crotamina es tan pequeña que suele pasar inadvertida por el sistema inmune de los caballos utilizados en la producción de antivenenos; por eso queremos hallar una manera de volverla más inmunogénica, para que los caballos generen anticuerpos y estos puedan ser incorporados a los antivenenos actuales, de tal manera que tengan mayor cobertura”. 

Autor: Carmina de la Luz Ramírez