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El temible tiburón blanco... no es como lo pintan

Federico Kukso 01 / Mar / 19
Difamado por películas y documentales, este gran depredador de los mares es una maravilla evolutiva. La decodificación de su genoma podría conducir al desarrollo de nuevos fármacos y terapias contra las más crueles enfermedades degenerativas

Son tan temidos como incomprendidos. El mero rumor de su presencia en playas y costas provoca pavor, un miedo irracional que, a través de la caza ilegal, lo han conducido al borde la extinción. Los tiburones blancos habitan los mares del mundo hace unos 500 millones de años, mucho antes de que los insectos volaran o que hubiera animales en los continentes. 

Y recién ahora lo empezamos a conocer mejor por dentro, gracias al trabajo de biólogos marinos y genetistas de la Universidad Nova Southeastern en Florida (Estados Unidos), la Universidad Cornell de Nueva York y del Acuario de la Bahía de Monterey que han conseguido secuenciar completamente el genoma de este gran depredador, uno de los seres más majestuoso de los mares.

“Descifrar el genoma del tiburón blanco proporciona a la ciencia un nuevo conjunto de claves para descubrir misterios persistentes sobre estos depredadores como por qué los tiburones han prosperado durante tantos millones de años, más que casi cualquier vertebrado en la Tierra”, advierte el ecólogo marino Salvador Jorgensen del Monterey Bay Aquarium y coautor del estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences

Al empezar a leer el manual de instrucciones interno de este animal, los investigadores se encontraron con varias sorpresas. Por empezar, esta especie cuenta con 41 pares de cromosomas en comparación con los 23 humanos.

"Se sabe que los tiburones son capaces de recuperarse de heridas severas en solo semanas", indica el biólogo Mahmood Shivji. "Pero nadie sabía por qué". Ahora los científicos tienen nuevas pistas: su enorme genoma esconde adaptaciones de secuencia en genes clave en la curación de heridas. 

Al parecer, millones de años de competir en las peligrosas aguas de los océanos del mundo afinaron un conjunto de genes involucrados en varios procesos clave para la sanación: el gran tiburón blanco tiene más genes dedicados a la coagulación de la sangre, junto con varias proteínas que ayudan a estimular la piel y los tejidos nuevos, que cualquier otro mamífero, pez o ave. "Se puede aprender muchísimo de estas maravillas evolutivas con gran éxito", asegura el investigador.
 

"Se sabe que los tiburones son capaces de recuperarse de heridas severas en solo semanas", indica el biólogo Mahmood Shivji
 

Orígenes antiguos y seis sentidos
La novela evolutiva de los tiburones blancos no es del todo conocida. El registro fósil más antiguo que se tiene de un individuo de esta especie data de hace 11 millones de años, si bien se estima que sus ancestros surgieron hace 500 millones de años, antes de que los primeros anfibios aventureros abandonaran los océanos para ir a tierra firme. 

Hay dos grandes teorías sobre los orígenes de este animal cuyo nombre científico es Carcharodon carcharias, que proviene del griego karcharos que significa "puntiagudo" y odus, "diente". Algunos investigadores piensan que se trata de un descendiente del ya extinto Carcharodon megalodon, un tiburón de 20 metros de largo que se alimentaba de ballenas. En cambio, la hipótesis más aceptada indica que el tiburón blanco habría evolucionado de un grupo extinto de tiburones hidrodinámicos y veloces conocidos como makos.

En la actualidad, los biólogos marinos conocen unas 500 especies de tiburones. El tiburón blanco en particular llega a medir hasta 6,5 metros y pesar 2,500 kilogramos. Tiene el cuerpo en forma de torpedo: alcanza una velocidad máxima de 40 km por hora. 

Con sus seis sentidos detecta a sus presas: discrimina entre sabores agradables y desagradables y detecta los campos eléctricos de focas, por ejemplo. También percibe las vibraciones en el agua producidas producidas por estos animales. Posee el mejor olfato de todos los tiburones. Escucha sonidos inaudibles para los humanos: puede detectar frecuencias de entre 10 y 800 Hz a varios metros de distancia. Su visión es muy aguda, si bien no ve a color, sino en tonalidades verdes.

Y, curiosamente, esta especie no padece de cáncer con la misma frecuencia que los seres humanos. Los científicos suelen pensar que la posibilidad de desarrollar cáncer aumenta con el tamaño corporal y la vida de un organismo, ya que tener más células y una vida más larga conduce a más oportunidades para que se acumulen daños y mutaciones en el ADN que causan este racimo de enfermedades. Pero eso no ocurre en estos animales. "Es raro encontrar un tiburón 'enfermo' en la naturaleza", escribieron Carl A. Luer y Catherine J. Walsh del Laboratorio Marino Mote en Florida en un estudio de 2018.

La edad máxima que puede alcanzar un tiburón blanco se calcula en 73 años, aunque su promedio de vida es de 23 a 36 años, por lo que el hecho de que no tengan un mayor riesgo de cáncer sugiere que hay algo en su genoma que les confiere algún tipo de protección adicional. 

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Especial 

El nuevo estudio reveló que el genoma del tiburón blanco tiene un gran número de genes encargados en la reparación del ADN. Es decir, estabilizan el código genético, a pesar de sus cuerpos grandes y sus largas vidas.

"Los tiburones tienen una biología fascinante que realmente justifica más investigación", dice el biólogo evolutivo Michael Stanhope de la Universidad de Cornell y líder de este proyecto.

Especie en peligro
La información que brinda el genoma de los tiburones podría derivar con los años en el desarrollo de aplicaciones biomédicas humanas —nuevos fármacos, por ejemplo— para combatir el cáncer y las enfermedades relacionadas con la edad, así como mejorar los tratamientos de curación de heridas

Sin embargo, los investigadores alertan que el hecho de que los tiburones no padezcan tan frecuentemente de cáncer no significa que si una persona come alguna parte de este animal se curará de la enfermedad. "No la protegerá contra el cáncer así como probablemente tampoco la ayude a desarrollar la capacidad de nadar más rápido", dice Stanhope.

Esta errónea creencia ha llevado a que en países como Singapur, Liberia y Senegal se pague mil dólares por el conjunto de aletas de tiburón. En Liberia, África, su carne es consumida como fuente de proteína. Año tras año, la industria pesquera ilegal mata a unos 100 millones de tiburones.

Su captura y venta de sus partes están prohibidas en Australia, Sudáfrica, Namibia, Israel, Malta y Estados Unidos. En México, el tiburón blanco es una especie protegida por la Norma Oficial NOM-029 de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat). 

Se estima que en los diez últimos años, ha habido un declive del 20 por ciento en sus poblaciones. La sobreexplotación y la degradación de las costas en donde se alimenta lo amenazan a tal punto que figura en la Lista Roja de especies amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

Protectores de los océanos
Las películas, noticieros y varios documentales le han dado mala fama al tiburón blanco. Lo han difamado. En el imaginario colectivo, es un animal insaciable, sanguinario, traicionero. De hecho, la película de Steven Spielberg impactó profundamente en sus poblaciones: la cacería indiscriminada de tiburones blancos se incrementó en 1975, año del estreno del film.

La evidencia, sin embargo, muestra que no es tan voraz. Desde 1876 y hasta 2016 se han registrado apenas 314 ataques de tiburones blancos confirmados en el mundo. Solo 80 resultaron fatales. "Existen más muertes causadas por animales domésticos que por tiburones y es más probable morir en un accidente en bicicleta o a causa de un rayo que por un ataque de tiburón blanco", señala el biólogo mexicano Mauricio Hoyos en su libro El gran tiburón blanco: protector de los océanos.

En realidad, estos esquivos depredadores que se alimenta de peces, lobos marinos y ballenas muertas desempeñan un rol clave: mantienen el equilibrio en las poblaciones de sus presas al comer animales heridos, viejos y enfermos, contribuyendo así a la salud del ecosistema marino.

Cuando los tiburones blancos son cazados o capturados con redes que protegen a los bañistas y su número disminuye, se produce una disrupción: aumentan las poblaciones de herbívoros y de pequeños carnívoros que arrasan con la flora marina y con otras especies que constituyen el sustento de comunidades de pescadores.

Visitante de aguas mexicanas
El tiburón blanco merodea áreas costeras, bahías y estuarios, pero también en zonas oceánicas e islas alejadas de los continentes. Es un visitante ocasional de la costa oeste de Alaska, Canadá y Estados Unidos, así como de los mares de China, Japón y Corea, la costa sur de Australia y Nueva Zelanda. Se desconoce exactamente cuántos tiburones blancos hay en el mundo. En sitios como Gansbaai, Sudáfrica, en 2013 se reportó la presencia de 908 individuos. La población de California, en Estados Unidos, para la misma época era de alrededor de 2000.

Desde hace unos años también es migrante regular de aguas mexicanas. Atraídos por la llegada de los elefantes marinos —su presa preferida—, estos animales visitan entre julio y febrero la Isla Guadalupe, en el océano Pacífico, a 260 km al oeste de la Península de Baja California, uno de los mejores sitios para ver y estudiar al tiburón blanco debido a la claridad del agua y abundancia de estos animales. El número de tiburones que se pueden ver en un día es de hasta 30.

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En México, hasta hace relativamente poco, la única fuente de información existente acerca de los tiburones blancos eran las anécdotas. Todo comenzó a cambiar desde 2004 cuando organizaciones como la asociación civil Pelagios Kakunjá, el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) y el Centro Interdisciplinario de Ciencias Marinas del Instituto Politécnico Nacional empezaron a desarrollar proyectos de investigación para ampliar el conocimiento de esta especie en Isla Guadalupe, un territorio volcánico de 352 kilómetros cuadrados que tiene como habitantes una pequeña base naval y una aldea de 100 pescadores. 

Allí, investigadores como Mauricio Hoyos pasan entre tres y cinco meses estudiando el comportamiento de los tiburones blancos, su alimentación, dinámica poblacional y parentesco con los tiburones de otras partes del mundo.

En 2014 y 2015, fotoidentificaron 194 y 175 individuos respectivamente que año tras año regresan a la zona. Entre ellos, se encontraba Deep Blue, una hembra de 6,5 metros de largo que se acercó a un barco de turistas y se la considera uno de los especímenes más grandes de tiburón blanco que se han visto en el mundo.

Un año más tarde, en 2016, se constató que la población se había incrementado un 36 por cientos: se identificaron 272 individuos. "Un tiburón vivo genera mucho más dinero que uno muerto", indica Hoyos, quien estima que cada ejemplar genera 220.000 dólares en turismo, mientras que la venta de uno de ellos muerto es de 300 dólares. 

El café de los tiburones
Cerca de 80 por ciento de los tiburones que visitan la isla regresan al menos dos veces. Los machos arriban en julio mientras que las hembras lo hacen en septiembre. Y ambos parten a mediados de febrero.

A través de un programa de marcaje ultrasónico y la colocación de monitores submarinos, científicos mexicanos buscan saber más de los comportamientos sociales complejos de estos animales y así ayudar a protegerlos. Por ejemplo, han observado desde embarcaciones o jaulas submarinas que estos animales realizan saltos fuera del agua como una demostración de fuerza y peso, debido al vigoroso sonido generado al caer al agua. También gesticulan para amenazar al enseñar la mandíbula inferior sin mostrar los dientes superiores. Y comparan tamaño y fuerza al nadar en paralelo.

Gracias a técnicas de rastreo como las llamadas "marcas satelitales", se sabe que luego de visitar Isla Guadalupe nadan 3.800 kilómetros hasta Hawai. Pero primero se detienen en una zona intermedia que la bióloga marina Barbara Block, de la Universidad de Stanford, bautizó “El café de los tiburones blancos”.

Se piensa que en esa región habita una vasta comunidad de calamares y pequeñas criaturas fotosensibles, entre ellas peces, fitoplancton y medusas, que constituyen una suerte de  manjar para los grandes tiburones blancos. 

El descubrimiento reciente de este “Starbucks marino” con un radio de aproximadamente 250 kilómetros y la decodificación de su genoma lo constata: el legendario gran tiburón blanco aún tiene muchos misterios que aguardan ser revelados.

Autor: Federico Kukso
Periodista científico independiente. 2015-16 Knight Science Journalism Fellow at MIT. Escribe sobre ciencia, tecnología y cultura para publicaciones como La Nación (Argentina), Undark (MIT), Muy Interesante Argentina, Agencia Sinc (España), Scientific American (Estados Unidos), Brando, Le Monde Diplomatique, Suplemento Soy de Página 12 (Argentina), Bank Magazine, entre otras. Fue editor de las secciones de ciencia en diarios como Página 12, diario Crítica de la Argentina y subeditor de la sección Ideas en la Revista Ñ (Clarín). Autor de los libros: Todo lo que necesitás saber sobre Ciencia y Dinosaurios del fin del mundo, entre otros.