Fuera mitos

¿En verdad, como dijo Einstein, sin las abejas no habría comida para la humanidad?

Luis Javier Plata Rosas 09 / May / 19
Sobrevaloradas en su papel de polinizadoras, las carismáticas abejas podrían no ser tan fundamentales para la conservación de la vida silvestre

“Sin abejas, no hay comida para la humanidad. La abeja es la base de la vida en la Tierra” dicen, y dicen mal, que dijo Albert Einstein en cierta ocasión.

Dado el carácter afable -que no meloso-, de este físico, de estar vivo es poco probable que maldijera el enjambre de citas que se le atribuyen sobre prácticamente cualquier tema, quizás confiando en que nadie se atreverá a desdecir a alguien con tan reconocida inteligencia. Lo que ya raya en lo absurdo es que estas palabras apócrifas se cuelen, incluso, en la evaluación del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) sobre el declive de la población de abejas y otros polinizadores. 

Aunque tampoco es para rasgarse las vestiduras (ni el documento), en especial si consideramos que lo einsteiniano sólo aletea tangencialmente en él y en el presente texto. Además, peores exageraciones sobre el mismo insecto se acometen en su nombre, como las variantes en las que este Einstein imaginario precisa que, si la abeja desapareciera, al ser humano le quedarían cuatro años de vida o, reduciendo las cosas y las frases al extremo, únicamente cuatro horas —ni un segundo más—, con lo que se imbuye al autor de la teoría de la relatividad de una estupidez tan inverosímil (aunque, al parecer, no tanto si consideramos cuánto se comparte la cita en internet) como la cursilería del otro Borges, también inexistente, al que se le adjudica el deseo de comer más helados en cierta línea de un poema que el Borges real nunca escribió.

abejas_domesticas.jpg

Abejas domesticas | Foto: Especial

¿El ser vivo más importante?

De vuelta a nuestra colmena de interés, es cierto que, de entre todos los polinizadores, los principales son los insectos (pero no olvidemos que también hay vertebrados que cumplen esta función, como los murciélagos magueyeros, sin los que no tendríamos agave ni podríamos tomarnos un mezcal). Y de entre todos los insectos polinizadores los principales son las abejas. Y de entre todas las abejas, es la abeja doméstica o melífera (Apis mellifera) la principal responsable de la polinización de los cultivos agrícolas. 

Pero antes de apresurarnos a coronar doblemente a la abeja reina y al resto de la colmena con el título de “el ser vivo más importante del planeta”, tal como hizo el Instituto Earthwatch (una organización no gubernamental que financia expediciones científicas y apoya la participación de estudiantes y personas interesadas como parte de un modelo de ciencia ciudadana), examinemos con mayor detalle qué es lo que ocurre con ella y, junto con los restantes insectos polinizadores, su papel en la conservación de la biodiversidad.

Una buena y una mala

En 1947 había cerca de seis millones de colmenas de abejas domésticas en Estados Unidos, y desde entonces el número de ellas ha disminuido en 3.5 millones en seis décadas. Dos tercios de los apicultores estadounidenses pierden hasta un 40% de sus colmenas de abejas cada año. Alrededor del mundo la situación es similar, pues en Europa se estima que una cuarta parte de las colmenas de esta especie se ha perdido entre 1985 y 2005, y en Sudáfrica las pérdidas anuales son del 30%. 

Esta situación sombría por la que atraviesan las abejas es conocida como Síndrome de Colapso de la Colmena (Colony Collapse Disorder, en inglés, idioma en el que más parece el nombre de la última fase de algún trastorno múltiple de personalidad) tiene múltiples causas: la cada vez mayor virulencia de parásitos e infecciones de patógenos que atacan a las abejas, la pérdida de variabilidad genética, el estrés en las abejas (pobres) debido al movimiento de las colmenas para polinizar cultivos de frutas y verduras, el bajo valor nutricional de los monocultivos, el empeoramiento de las condiciones climáticas en las últimas décadas, el efecto combinado de parásitos, patógenos y toxinas y lo que se acumule en el futuro. 

La buena noticia es que, a pesar de estas pérdidas, a nivel mundial el número de colmenas se ha incrementado en un 45% desde 1961. La mala noticia es que los cultivos agrícolas que dependen de estos polinizadores se han incrementado en más de un 300%, o sea que la demanda de servicios de polinización excede por mucho la oferta de obreras. Para rematar (sólo metafóricamente hablando), las abejas son mayormente necesarias para un 75% de todos los cultivos agrícolas. 
 

a nivel mundial el número de colmenas se ha incrementado en un 45% desde 1961. La mala noticia es que los cultivos agrícolas que dependen de estos polinizadores se han incrementado en más de un 300%, o sea que la demanda de servicios de polinización excede por mucho la oferta de obreras. Para rematar (sólo metafóricamente hablando), las abejas son mayormente necesarias para un 75% de todos los cultivos agrícolas. 
Foto: Especial

La vida (silvestre) sigue

Adelantándose a los científicos y a un escenario apocalíptico, o sin haber leído las conclusiones del citado informe del PNUMA —que indica que, a pesar de la gravedad del síndrome citado, suponer que hay una crisis de polinizadores y cultivos es “inapropiado y prematuro”—,  el 26 de noviembre de 2018 un juez colombiano ordenó proteger a las abejas a petición del abogado Joaquín Torres Nieves, quien —no sabemos si luego de ver documentales o leer sobre el tema en internet— asegura que tienen “un inmenso valor para la preservación de la biodiversidad”. El hecho es que, sin despreciar la vida ni de esta ni de ninguna otra especie, este último alegato en que el juez basa su sentencia es falso.

De las aproximadamente veinte mil especies de abejas en el mundo, 50 son especies manejadas y 12 se emplean para polinizar cultivos agrícolas, y entre ellas la más importante es la abeja doméstica. Como si Gaby Vargas misma hubiese sido su asesora de imagen, a la hora de hablar de esfuerzos y programas de conservación en los medios sociales esta especie ha atraído los reflectores sobre ella y robado cámara al resto de decenas de especies de abejas, abejorros, moscas, aves, murciélagos, y demás animales que permiten la polinización FUERA de los cultivos agrícolas. 

Y aquí es necesario pecar de redundante para enfatizar que, si hoy muriera la última abeja doméstica (por alguna o por todas las Causas del síndrome de Colapso de la Colmena, o porque un invierno nuclear o el de Juego de Tronos, que dura varias generaciones humanas, finalmente llegó a este planeta), la vida silvestre no se vería mayormente afectada, dado que la importancia de esta especie no es ambiental, sino agrícola. La abeja doméstica será extrañada por las especies silvestres tanto como las ovejas por los lobos de los fabulistas.

miel_texto.jpg
Miel el frasco | Foto: Especial

¿Demasiadas abejas?

En sentido opuesto, es cada vez más evidente que la presencia de una alta densidad de abejas melíferas debido a la apicultura puede tener, de hecho, un efecto muy negativo en la biodiversidad de la región, al ser una especie artificial y masivamente introducida que compite, de manera intensa y con los números a su favor, por los recursos naturales con otras especies silvestres de polinizadores. No sólo esto: las abejas domésticas también transmiten enfermedades a las otras especies de insectos polinizadores, pueden tener un impacto negativo en el éxito reproductivo de numerosas especies de plantas e, inclusive, en especies no polinizadoras que están en riesgo de extinción, como el guacamayo de Lear (Anodorhynchus leari). Esta ave, que habita al noreste de Brasil, compite con las abejas por el uso de cavidades rocosas dentro de la cuales éstas hacen sus colmenas y ella (si la dejan) su nido.

Tan claro como la miel más clara es que todo esto no minimiza el grave problema que significaría la desaparición de las abejas domésticas para todos los que, como Winnie Pooh, somos fanáticos de la miel, y para la humanidad entera por su ya descrito papel en la polinización de cultivos. Pero, como bien señalan Jonas Geldmann y Juan P. González-Varo, expertos en biología de la conservación, “esto es una actividad agraria que no debe ser confundida con la conservación de la vida silvestre”. 

Como colofón: “La observación y la experimentación son las abejas que convierte el polen de la inteligencia en la miel de la ciencia”. 
Y no, esto tampoco lo dijo Einstein. 

Autor: Luis Javier Plata Rosas
Divulgador científico y profesor de la Universidad de Guadalajara. Doctor en oceanografía costera. Autor de, entre otros libros, "La ciencia y los monstruos", "El océano tiene onda" y "La física del Coyote" y el "Correcaminos". Columnista de Nexos(Sobre ciencia, en teoría) y colaborador de ¿Cómo ves? (sección ¿Será?). Premio Estatal de Ciencia, Tecnología e Innovación de Jalisco en la categoría Divulgación (2014).