Fuera mitos

¿En verdad el plomo propició la caída del Imperio Romano?

Luis Javier Plata Rosas 11 / Apr / 19
Se ha dicho que el elemento 82 de la tabla periódica fue el desencadenante de la caída de gran imperio romano... ¿Qué tan cierta es esta historia?

El Imperio romano no murió a plomazos ni su decadencia estuvo marcada con plomo candente, pero que el elemento 82 de la tabla periódica le causó mucho más daño que el acero con que apuñalaron al César es una hipótesis que cobró fuerza en los años ochenta y que se mantiene incólume —casi tanto como la irreductible aldea gala de los cómics de Astérix— en la aldea digital de internet.

Mientras que un sitio de noticias sobre ciencia (Tangible no, por supuesto) nos anuncia que Roma: “… cayó debido a una terrible intoxicación plúmbica […] que afectaba poco a poco a sus altos mandatarios y a miembros de la nobleza hasta la muerte”, otros medios digitales ponen cifras a la gravedad del mal: “La contaminación por plomo en la antigua Roma era cien veces superior a los niveles del agua natural”, y otros más nos permiten evaluar el histórico riesgo en perspectiva: “… si se analizan los huesos en antiguos cementerios romanos se observa que contienen niveles de plomo tres veces más altos que el límite moderno de seguridad recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS)”. Hay incluso artículos científicos recientes que no dudan en sentenciar de manera tajante que: “El envenenamiento por plomo es considerado como el principal responsable del colapso del Imperio romano”. 

Sesenta mil toneladas de plomo

Conjeturar que la plumbosis o envenenamiento por plomo tuvo efectos devastadores en una civilización en su apogeo podría ser de entrada etiquetado como reduccionismo extremo si ignoramos de cuántas formas un habitante del Imperio romano podía hacer suyo el tema de la canción Life in plastic, is fantastic, sustituyendo el plástico por el igualmente (para esa época) versátil plomo. 

En un tiempo en el que a los romanos no podía importarles menos lo sostenible que pudiera ser su desarrollo urbano, éstos produjeron durante más de cuatro siglos alrededor de sesenta mil toneladas de plomo al año (más o menos un tercio de la actual producción anual en México). 

Todo este plomo era necesario para:

a) construir los tanques, acueductos y tuberías que contenían y transportaban agua a las ciudades;
b) recubrir las ollas y fabricar utensilios de cocina de peltre;
c) recubrir contendedores para almacenar aceite y para fermentar el vino;
d) hacer sapa (vino reducido a dos tercios de su volumen) o defrutum (vino reducido a mitad de su volumen) como condimentos y conservadores a partir de mosto cocinado en ollas de cobre con recubrimiento de plomo;
e) preparar azúcar de plomo o plomo dulce (acetato de plomo), al añadir ácido acético, como saborizante sustituto de la desconocida azúcar o la inalcanzable (por cara) miel;
f) untárselo como cosmético en la cara o en el cuerpo en forma de albayalde (un pigmento también conocido como blanco de plomo o de cerusa o cerusita) en polvos, ungüentos y pinturas (pinturas que, si cubrían las paredes de las casas, chimeneas incluidas, liberaban plomo a la atmósfera);
g) oxidarlo para obtener litargirio, un polvo usado como medicina contra hongos en la piel y otras afecciones cutáneas;
h) frotárselo como método anticonceptivo;
i) acuñar monedas;
j) construir tejados y partes diversas de casas y edificios;
k) y, no podía faltar, ponérselo en la cabeza (como parte de cascos y de ornamentos varios).

2.jpg
Caja de maquillaje de madera y marfil. siglos II-III. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.
Foto: Erich Lessing 

Como, a semejanza de cierto comercial refresquero, el habitante promedio del Imperio romano respiraba, bebía, comía y tenía, en definitiva, una plúmbea existencia, no exageran los investigadores actuales al preocuparse por los posibles efectos que podría haberle acarreado una intoxicación por plomo. 

¿Plumbosis crónica?

Imaginar un romano con un cuadro clínico de plumbosis aguda (tal vez alguien que se excedió en las cucharadas de plomo dulce en su comida) no es, ni por lejos, equivalente a tener el plomo dentro de uno mismo. Para ello tendríamos que experimentar dolor abdominal, náusea, vómito, sabor metálico en boca y garganta, sed, diarrea, hormigueo en los miembros, dolor, debilidad muscular, anemia, disfunción renal y posible muerte en unos dos días (añadiendo o restando uno, quién sabe en qué caso para bien).

El panorama no es menos pesado al considerar una plumbosis crónica, pues al dolor abdominal y al sabor metálico hay que añadir anorexia, constipación severa, cólico agudo, encefalopatía, parálisis de los miembros, fatiga, anemia, palidez, daño renal y gota. 

1.jpg
La importancia del plomo en la cosmética romana | Foto: Especial

Pero antes de diagnosticar post mortem a todo un imperio, bien haremos en andar con pies de plomo y examinar si el uso tan indiscriminado del plomo de esclavos y conciudadanos romanos representaba un auténtico riesgo toxicológico. La ingestión de agua con plomo como principal sospechoso no lo es tanto cuando consideramos que, en su paso por las tuberías, el agua absorbe una cantidad muy baja de este elemento, en tanto que la absorción por la piel en el caso de cosméticos y ungüentos es también mínima. 

El problema más grave lo representó la contaminación de bebidas (y aquí tal vez sea innecesario especificar que con ello nos referimos en especial al vino) y alimentos.

Varios autores consideran que las cantidades de plomo que posiblemente ingerían la aristocracia, los plebeyos y los esclavos romanos eran del alrededor de 250, 35 y 15 miligramos, respectivamente; comparados con los 50 miligramos que señala como dosis máxima recomendada la OMS, esto atrae el reflector a la parte más alta de la pirámide social del imperio. En los años 60, S.C. Gilfillan, autor de un libro sobre el tema, consideró que la desaparición de nombres de la aristocracia romana como Julio y Cornelio hacia el siglo primero después de Cristo se debía a que la plumbosis había ocasionado en esta clase social una considerable disminución en su fertilidad y un aumento en el número de abortos espontáneos. 

Pero comparemos ahora con aplomo estas estimaciones y teorías con la evidencia histórica y arqueológica con que contamos. Sobre la primera, de haber sido cotidianos y extensos los síntomas nada discretos y más que expuestos para los envenenamientos agudo y crónico por plomo, seguramente más de un historiador, poeta, dramaturgo o filósofo contemporáneo no habría tardado en registrarlo (si bien es cierto que, de uno de ellos, la gota, sí se tiene constancia escrita), más no es sino un siglo después de la caída del imperio que Pablo de Egina lo describe en su enciclopedia médica de siete volúmenes. 

Acerca de la segunda, como un 90% del plomo que se encuentra en un humano y no es eliminado por los riñones se acumula en los huesos, al medir la concentración de este elemento en restos óseos provenientes de cementerios de la antigüedad romana es posible estimar los niveles de contaminación por plomo de que fueron objeto los actuales inquilinos de estas tumbas. Los resultados de estas mediciones indican que los niveles de plomo en la población de la antigua Roma eran menos de la mitad que los que presenta un romano (o cualquier otro europeo) moderno (al menos hacia finales del siglo pasado, antes de que desapareciera la gasolina con plomo que respiraban), y estos últimos, bien lo sabemos, no tienen mayor problema para seguir reproduciéndose (que varios de ellos no quieran es otra historia). 

Y que las matronas romanas dejaran de bautizar como Julio o Cornelio a sus hijos pudo deberse a muchas otras causas antes que a la plumbosis. Es, además, incierto tanto el efecto como la dosis necesaria de plomo —aunque se considera que es alta— que influye en el embarazo al grado de provocar un aborto.

romano_0.jpg
Arte romano que representa el papel del vino en la vida diaria | Foto: Especial

Vino 24/7

No podrían faltar, entre las escenas de decadencia asociadas a la caída de Roma, aquellas estelarizadas por emperadores romanos como Calígula, Nerón y Domiciano.

Aunque menos conocido que los dos primeros, Domiciano instaló en su jardín una fuente (con tuberías de plomo, por supuesto) de la que brotaba vino 24/7.  El consumo excesivo de vino —como ya vimos, muy posiblemente contaminado por plomo— y la salud (más bien, la falta de ella) mental de estos emperadores ha llevado a los científicos a diagnosticarlos con saturnismo, otro nombre para la plumbosis (¿mencionamos que ésta produce también daños neurológicos irreversibles en el cerebro?). 

El nombre de saturnismo es más que apropiado al recordar el cuadro de Goya en el que Saturno devora a su hijo, comenzando por la cabeza. Y, aplicada a Nerón y compañía, no podemos más que coincidir con la famosa exclamación de uno de los personajes de los cómics más estrechamente relacionado con este periodo histórico: “Están locos estos romanos”.

Autor: Luis Javier Plata Rosas
Divulgador científico y profesor de la Universidad de Guadalajara. Doctor en oceanografía costera. Autor de, entre otros libros, "La ciencia y los monstruos", "El océano tiene onda" y "La física del Coyote" y el "Correcaminos". Columnista de Nexos(Sobre ciencia, en teoría) y colaborador de ¿Cómo ves? (sección ¿Será?). Premio Estatal de Ciencia, Tecnología e Innovación de Jalisco en la categoría Divulgación (2014).