Fuera mitos

¿Es falsa la enigmática sonrisa de la Mona Lisa?

Luis Javier Plata Rosas 11 / Jun / 19
Una mirada desde la neuropsicología aventura nuevas interpretaciones del gesto de felicidad de la pintura más famosa de la historia

Como ya es costumbre cuando se trata de una mente tan compleja como la de Leonardo da Vinci, este año que conmemoramos medio milenio de su muerte (ocurrida un 2 de mayo), el genial humanista nos ha obligado por segunda vez a mirar con nuevos ojos a La Gioconda, luego de que en enero los psicólogos Gernot Horstmann y Sebastian Loth demostraran experimentalmente que el llamado Efecto Mona Lisa (ilusión óptica por la cual percibimos que la persona de una foto, una pintura o una escultura nos sigue con su mirada a todas partes y desde donde sea que nosotros la observemos) no está presente en la Mona Lisa y que, para evitar esta ironía, no estaría mal cambiarle el nombre (al efecto, claro está). En esta ocasión, en un artículo disponible en línea desde abril, los neurocientíficos Luca Marsili, Lucia Ricciardi y Matteo Bologna han concluido que esa genuina expresión de felicidad en la Mona Lisa está asociada a una menos genuina sonrisa.

La identidad de la Mono Lisa

Qué es falso y qué es real son preguntas que han acompañado siempre a la Mona Lisa, comenzando por la identidad de la mujer de la pintura, pero la evidencia histórica apunta a que, como señala, entre otros, Walter Issacson en su reciente biografía sobre Da Vinci (publicada en octubre de 2017), en verdad se trata de Lisa Gherardini, nacida en 1479 y esposa de Francesco del Giocondo, próspero comerciante de seda de Florencia que le comisionó este cuadro cuando ella tenía alrededor de 24 años de edad.

Apoya esta conclusión Giorgio Vasari, quien así lo afirma en su obra Las vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos, desde Cimabue a nuestros tiempos y que conoció tanto a Francesco como a Lisa y fue amigo de los hijos de esta pareja.

Cuando la primera edición de su libro —señala Issacson— fue impresa en 1550, los niños [hijos de Francesco y Lisa] todavía vivían […] Si él se hubiera equivocado sobre que Lisa era el sujeto de la pintura, había varios familiares y amigos de ella que lo habrían corregido para la segunda edición de 1568”, pero tanto en la primera como en la segunda edición Vasari asegura que La Gioconda es Lisa Gherardini.

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Walter Issacson en su reciente biografía sobre Da Vinci revela que la mujer de la pintura es Lisa Gherardini, nacida en 1479 y esposa de Francesco del Giocondo, próspero comerciante de seda de Florencia | Foto: AP

Mirada desde la ciencia

Concordando entonces acerca de quién hablamos cuando hablamos de la Mona Lisa, en todos estos siglos sólo su sonrisa ha sido tan o más estudiada que su mirada. Hay, incluso y como si se tratase de un cruce entre el arte y la serie televisiva CSI —o más bien Bones—, un experto forense que conjetura que el área labial de la Mona Lisa muestra una cicatriz que bien pudo ser provocada por la aplicación de una fuerza con un objeto contundente que, posiblemente, provocó la pérdida de los dientes anteriores de la víctima, por lo que no hay ni sombra de sonrisa ni de felicidad en la Lisa Gherardini retratada.

Sin abandonar terrenos forenses, expertos en reumatología consideran además que la muerte de la Gioconda a los 37 años se debió posiblemente a una cardiopatía isquémica ocasionada por hiperlipidemia, que es la presencia de una alta concentración de grasas en la sangre y que es evidente (para estos científicos) por la presencia en el rostro de la modelo retratada de alteraciones de la piel cerca del extremo interno de la parte superior del párpado izquierdo similares a lo que en términos médicos se conoce desde 1851 como xantelasma y lipoma —levantamientos y protuberancias de grasa—. De haber sabido que su imagen sería clínicamente explorada de manera tan exhaustiva, quizás Lisa Gherardini jamás habría posado para Leonardo.

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En todos estos siglos sólo su sonrisa ha sido tan o más estudiada que su mirada | Foto: AP / Luis Benavides

Felicidad a medias

Pero haciendo caso omiso de la desdentada hipótesis descrita —lo que es más sencillo, una vez que examinemos otra más jovial en los siguientes párrafos—, un rasgo en específico de la sonrisa de la Mona Lisa ha llamado la atención de los científicos: su asimetría que, como podemos apreciar sin mayor dificultad, se debe a que la orilla izquierda de su boca está ligeramente curvada hacia arriba. Para evidenciar más esta asimetría podemos colocar un espejo que divida en dos el rostro de una reproducción de esta obra, o usar Paint o cualquier otro programa para editar imágenes para generar una sonrisa completa hecha con las dos mitades izquierdas y otra con las dos mitades derechas de la Mona Lisa…

… o podemos echar un vistazo a las imágenes que acompañan al artículo de Marsili y sus colegas, que corresponden a dos partes inferiores del rostro de la Mona Lisa: una con dos mitades izquierdas y otra con dos mitades derechas.

Más del noventa por ciento de cuarenta y dos participantes (23 de ellos mujeres), con una edad en un intervalo de 25 a 52 años, indicaron que la imagen quimérica izquierda-izquierda tenía una expresión de felicidad, mientras que ninguno de ellos percibió así la emoción expresada por la imagen quimérica derecha-derecha (35 opinaron que no manifestaba emoción alguna, 5 que estaba a disgusto y 2, enojada). Esto confirma la conclusión de otro experimento reciente en el que los científicos, al manipular la curvatura de la boca de la Mona Lisa, establecieron que la probabilidad de que un participante percibiera la expresión de la pintura como de felicidad era próxima al 100%. Por si no bastara, en 2008 un programa de reconocimiento de emociones faciales había descompuesto la cara de la Mona Lisa como la suma de un 83% de felicidad, más una pizca de disgusto (9%), temor (6%) y enojo (2%).
 

En la imagen: (a) La Mona Lisa, (b) detalle de la sonrisa, (c) imagen quimérica creada con la mitad inferior izquierda-izquierda y (d) imagen quimérica creada con la mitad inferior derecha-derecha.
Foto: Cortesía

¿Simplemente aburrimiento?

En resumen, la Mona Lisa es feliz, pero su felicidad se refleja sólo en el lado izquierdo de su sonrisa asimétrica. Y como estando Da Vinci involucrado nada puede ser simple, esta asimetría ha sido atribuida a diferentes enfermedades que podrían haber debilitado los músculos de la mitad inferior del rostro de esta paciente, como la parálisis idiopática de Bell (un trastorno del nervio facial debido a muy diversas causas, incluyendo infecciones por herpes), el síndrome de Ramsay Hunt (también debido a herpes), el síndrome de Guillain-Barrè (en el que el nervio facial es atacado por el sistema inmunitario) y hasta traumatismos.

Ninguna de estas explicaciones médicas ha convencido a Marsili y a su equipo y, como buenos neurocientíficos, han propuesto una hipótesis alternativa basada en la teoría neuropsicológica de las emociones y según la cual una sonrisa espontánea y genuina expresión de una experiencia placentera, también llamada sonrisa de Duchenne, requiere de la activación SIMÉTRICA y bilateral de los músculos faciales superior e inferior. En contraste, una sonrisa fingida, como la de actrices y actores en las películas (y fuera de ellas), y como la de la Mona Lisa, se caracteriza por cierto grado de asimetría e indica que quien la exhibe miente.

¿Qué hay detrás de la falsa sonrisa de la Mona Lisa? Tal vez detrás de ella no se oculte un mayor enigma que, como aventuran Marsili y sus colegas, la incomodidad de estar sentada e inmóvil durante horas para ser pintada. Giorgio Vasari nos dice que:

… Mona Lisa era muy hermosa, y mientras el artista estaba haciendo su retrato empleó el recurso de hacerle escuchar músicas y cantos, y proporcionarle bufones para que la regocijaran, con el objeto de evitar esa melancolía que la pintura suele dar a los retratos que se hacen”.

Quizás ni el Adam Sandler (o quien le parezca más divertido al lector) del Renacimiento habría logrado mantener por horas una sonrisa de Duchenne en la Mona Lisa.

Autor: Luis Javier Plata Rosas
Divulgador científico y profesor de la Universidad de Guadalajara. Doctor en oceanografía costera. Autor de, entre otros libros, "La ciencia y los monstruos", "El océano tiene onda" y "La física del Coyote" y el "Correcaminos". Columnista de Nexos(Sobre ciencia, en teoría) y colaborador de ¿Cómo ves? (sección ¿Será?). Premio Estatal de Ciencia, Tecnología e Innovación de Jalisco en la categoría Divulgación (2014).