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Fósiles de dinosaurios: ¿Quién da más?

Federico Kukso 02 / Nov / 18
Únicos registros de vida en la Tierra, los fósiles son la clave para comprender la historia del planeta. Sin embargo, en los últimos años, los restos de colosales dinosaurios se han convertido en los trofeos más buscados por ricos y famosos. A tal punto ha escalado esta actividad --mucha veces ilegal-- que algunos científicos consideran la lucha contra la comercialización de fósiles el mayor desafío para la paleontología del siglo XXI.

El 25 marzo de 2007, el actor Nicolas Cage cumplió un sueño que arrastraba desde niño: poseer su propio dinosaurio. Apenas se enteró de la subasta del cráneo de un Tyrannosaurus bataar --el primo asiático del T. rex-- en la galería IM Chait en Nueva York, no lo dudó. Debía poseerlo. Y, entonces, movió cielo y tierra para hacerse con aquel tesoro de 67 millones de años que atraía todas las miradas con su boca que, abierta de par en par, relucía unos dientes bien afilados.
 
Para evitar la persecución de los paparazzi, Cage prefirió apostar por teléfono. Pero ni bien comenzó la subasta se percató que la adquisición no sería ni fácil ni rápida. Del otro lado de la línea, había también otra celebridad: Leonardo DiCaprio, interesado también en aquel trofeo anunciado como "perfecto para un apartamento de la ciudad de Nueva York", el último símbolo de estatus. La puja entonces se volvió intensa. Ninguno quería ceder. La oferta inicial había sido de cien mil dólares. Y de ahí no bajó. Recién cuando la cifra escaló a 276 mil dólares DiCaprio lo pensó dos veces y cayó el martillo. Su colega, protagonista de películas como Leaving Las Vegas y The Rock, se había alzado como el ganador.
 
Desde entonces, aquel cráneo de 81 centímetros de largo se convirtió en la principal atracción de las fiestas de Cage quien, de la noche a la mañana, se había unido al selecto club de propietarios de dinosaurios entre los que figuran ávidos coleccionistas como los directores de cine James Cameron y Ron Howard, el actor Brad Pitt, jeques árabes, políticos como el republicano Newt Gingrich y Nathan Myhrvold, ex director de Tecnología de Microsoft que, según la revista Men's Journal, tiene un esqueleto de Tyrannosaurus rex en un solarium de vidrio en su casa de Bellevue, en Washington.
 
“Los huesos de dinosaurios y todo tipo de fósiles son cada vez más requeridos. Los grandes apostadores de Hollywood y mega-millonarios de Medio Oriente adoran estas cosas", dijo en su momento Josh Chait, director de operaciones de la casa de antigüedades. "Cuando ya tienes un Warhol o un Monet en la pared, tiendes a querer algo más". En especial, si ese algo solo puede ser adquirido por unos pocos.
 
Pero para desgracia de Cage, el sueño no duró mucho. En julio de 2014, el actor recibió un llamado del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos con malas noticias: el cráneo había sido extraído y retirado ilegalmente de Mongolia por un autodenominado "paleontólogo comercial" llamado Eric Prokopi, quien se lo había vendido a la casa de subastas. Este hombre fue arrestado bajo cargos de conspiración por contrabandear productos ilegales, poseer bienes robados y hacer declaraciones falsas, y el 3 de julio de 2014 Prokopi había sido condenado a tres meses de prisión.
 

La vuelta de “Lenny”. El esqueleto de “Lenny”, como fue bautizado un Tiranosaurio bataar, un primo del temible T. rex, había sido secuestrado por las autoridades de una casa de subastas de Nueva York cuando fue puesto a la venta por más de 1 millón de dólares. En 2013 fue devuelto a Mongolia.
Foto: Catálogo Aguttes

Pese a haber recibido un certificado de autenticidad -falso-, Nicolas Cage terminó devolviendo el cráneo de su querido Tyrannosaurus a Mongolia, que fue repatriado junto a los fósiles de un Saurolophus angustirostris -un dinosaurio de pico de pato-, un Oviraptor y el esqueleto casi completo de otro T. bataar, que se había vendido en la casa de subastas Heritage Auctions en Nueva York en mayo de 2012 por un millón de dólares.

Considerado ahora uno de los casos más grandes de contrabando de restos de dinosaurios que haya visto Estados Unidos, el incidente no hizo más que amplificar el apetito de los coleccionistas, una legión que enfurece a los paleontólogos del mundo quienes, como señaló el paleontólogo Kenshu Shimada de la Universidad DePaul en Chicago, consideran la lucha contra la comercialización de fósiles "el mayor desafío para la paleontología del siglo XXI".
         
A la caza de fósiles
Fósiles y otros especímenes de historia natural han sido comprados y vendidos durante tanto tiempo como los seres humanos los han recolectado. El propio Charles Darwin incursionó en este tráfico cuando visitó lo que hoy es Argentina a principios del siglo XIX. "Compré unos fragmentos de unos huesos enormes --escribió en 1832--, de los que se me aseguró que pertenecieron ¡a gigantes del pasado!".    
 
Los gabinetes de curiosidades o cuartos de maravillas (Wunderkammer) que surgieron en la Europa de mediados del siglo XVI como depósitos para todo tipo de objetos exóticos de los que se enorgullecían y fanfarroneaban sus propietarios crecieron justamente a través de la compra y venta de estas reliquias por siglos consideradas restos de gigantes o de dragones durmientes. Con el tiempo, estas colecciones privadas devinieron en colosales museos que, para aumentar su prestigio, recurrieron a cazadores de fósiles que se enfrascaron a fines del siglo XIX en lo que se conoce como la "guerra de los huesos".
 
“La caza de fósiles es el más fascinante de todos los deportes", escribió el paleontólogo estadounidense George Gaylord Simpson en 1934. "El cazador nunca sabe cuál será su presa, tal vez nada, ¡tal vez una criatura nunca vista por los ojos humanos! El cazador de fósiles no mata, él resucita. Y el resultado de su deporte es aumentar la suma del placer humano y los tesoros del conocimiento humano".
 
El entusiasmo por los dinosaurios es mucho más antiguo que la fascinación social disparada por películas como Jurassic Park en 1993. Desde hace generaciones, los restos de estos increíbles animales que dominaron el planeta durante 166 millones de años han sido considerados por muchos como objetos de deseo, joyas naturales para poseer y con las cuales regodearse. Y, como se sabe, allí donde hay una necesidad, hay un negocio: impulsado por el robo y la avaricia, el mercado negro de fósiles ha alimentado colecciones privadas y egos, para desgracia de los paleontólogos que ven como este tráfico no solo en muchos casos destruye evidencias sino que extrae al fósil del conocimiento público. "Muchos no dejan a los científicos ingresar a sus colecciones privadas para estudiarlas", advierte el paleontólogo argentino Sebastián Apesteguía. Y lo peor: nadie sabe cuántos o qué fósiles están en manos de coleccionistas privados.
 
Ocurre que un fósil es mucho más que una pieza de intercambio. “Como los únicos registros de vida en la Tierra, los fósiles son la clave para comprender la historia del planeta y su futuro potencial", asegura la periodista Paige Williams, autora de The Dinosaur Artist: Obsession, Betrayal, and the Quest for Earth's Ultimate Trophy. “Al estudiarlos, los científicos pueden monitorear mejor los problemas más urgentes, como la extinción masiva y el cambio climático. Sin los fósiles, no sabríamos la edad de la Tierra: 4.600 millones de años. No sabríamos cuándo vivieron ciertas criaturas, cuándo murieron, cómo se veían, qué comían. No sabríamos que los continentes no siempre estaban donde están ahora. No sabríamos que el clima se ha calentado y enfriado y está cambiando todavía. No sabríamos que han ocurrido cinco extinciones masivas y que estamos en la sexta ahora. No tendríamos idea de ninguna edad de hielo. Sin fósiles, no sabríamos que las aves evolucionaron de los dinosaurios”.
 

En 2008, las autoridades argentinas, en colaboración con las estadounidenses, repatriaron cuatro toneladas de huevos fosilizados de dinosaurios que se vendían en 2006 en una feria de paleontología en la ciudad de Tucson, en el estado de Arizona, Estados Unidos.
Foto: Catálogo Aguttes

Por décadas, estas dos comunidades antagónicas --por un lado, los comerciantes y coleccionistas amateurs de fósiles movidos por el afán de lucro y la acaparación y por el otro, los paleontólogos que no solo valoran los fósiles sino también la información contextual del hallazgo-- convivieron en medio de un fuego cruzado de acusaciones. Hasta que un descubrimiento en una reserva india en Estados Unidos sacudió el campo y despertó el interés de millonarios, volviendo a estas reliquias del pasado aún más deseadas.
 
En 1990 una joven paleontóloga llamada Susan Hendrickson descubrió en la Formación Hell Creek, en Dakota del Sur, los restos del T. rex más completo hasta ahora encontrado. Tras una serie de disputas y confiscaciones federales y giros novelescos que se narran en el documental Dinosaur 13 (2014), el fósil terminó en una casa de subastas en Nueva York. Fue el 4 de octubre de 1997, el día en que cambió drásticamente el mercado de los huesos de dinosaurios.
 
"Empiezo con una oferta de 500 mil dólares", comenzó el subastador de Sotheby's, quien no pensó que superaría el millón. Pero ya habían transcurrido nueve minutos y las cifras no dejaban de escalar. Incluso el cantante Michael Jackson ofertó. Los científicos estaban aterrorizados: este maravilloso espécimen estaba a punto de perderse para siempre. Finalmente, el Museo Field de Chicago se alzó como el vencedor --para alivio de los paleontólogos-- con la ayuda económica de McDonald's y Disney. El T. rex conocido como "Sue" les había costado 8.36 millones de dólares.
 
Las buenas noticias para este museo, sin embargo, fueron malas noticias para el resto de las instituciones científicas. "El día que subastaron a Sue fue el día en que los fósiles se convirtieron en dinero", indica el paleontólogo Kirk Johnson, director del Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian. Su venta había transformado estos huesos en bienes sumamente valiosos y deseados por celebridades y magnates. Se había desatado una fiebre del oro moderna.
 

En junio de 2018, se subastó en el primer piso de la Torre Eiffel el esqueleto casi completo de un dinosaurio desconocido. Se desembolsaron 2.3 millones de dólares.
Foto: Cátalogo Aguttes

    
Casi tan rentables como las drogas
En junio de este año, una nueva subasta sacudió a la paleontología. Esta vez no fue en Estados Unidos sino en París, Francia. Más precisamente, en el primer piso de la Torre Eiffel. La atracción estrella era un esqueleto de dinosaurio aún sin clasificar hallado en el estado norteamericano de Wyoming en 2013, y con una antigüedad de entre 151 millones y 156 millones de años. El folleto decía: "Es un honor para la casa Aguttes organizar la venta de un esqueleto de dinosaurio carnívoro perteneciente a una especie de completamente desconocida".
 
Más de dos mil paleontólogos estadounidenses le imploraron a la casa de subastas que cancelara el evento. "Los especímenes fósiles que se venden a manos privadas se pierden para la ciencia", decía la carta. Pero los franceses desoyeron sus súplicas e igualmente lo vendieron. Y por mucho: 2.3 millones de dólares a un comprador privado desconocido.
 
La justificación de las casas de subastas es que los fósiles de dinosaurios fueron desenterrados en tierras privadas en Estados Unidos, único lugar donde es posible obtener esqueletos de estos animales prehistóricos para vender o subastar legalmente. En terrenos públicos, solo los investigadores habilitados pueden recolectar fósiles. Sin embargo, si una persona encuentra restos de dinosaurios --o de otro animal-- en su propiedad la ley lo ampara: puede hacer lo que quiera con ellos. Puede venderlos, exhibirlos, exportarlos, destruirlos.
 
Las subastas millonarias de fósiles tuvieron un efecto cascada casi inmediato. "En los últimos 25 años, cada vez es más difícil para los paleontólogos trabajar en tierras privadas porque los propietarios creen que se puede ganar dinero y quieren cobrar por el acceso", indica el paleontólogo David Polly de la Universidad de Indiana.
 
Esto permite que se subaste de todo: coprolitos (excrementos fosilizados), lajas con impresiones de cucarachas, peces jurásicos, huellas de dinosaurios, huevos. Un diente de T. rex puede valer dos mil dólares. En París, ya se subastaron esqueletos especies como Allosaurus y un Diplodocus a un precio de 1.4 millones de euros cada uno; un cráneo de Triceratops (188.000 dólares) y hasta un mamut de Siberia (548.000 euros).
 
El asunto es que la ley sobre la propiedad de los fósiles difiere de un país a otro. A diferencia de Estados Unidos, países ricos en depósitos de dinosaurios --como Argentina, Canadá y China-- consideran que los fósiles forman parte de su patrimonio nacional y cuentan con leyes que restringen su salida del país o su entrada en el mercado privado. Mongolia, por ejemplo, prohibió el comercio en 1924 y considera un delito la exportación. Entre 2013 y 2016, la paleontóloga Bolortsetseg Minjin ayudó a repatriar 32 especímenes de dinosaurios.
 
Según la UNESCO, el contrabando de fósiles está incluido en los bienes culturales (como obras de arte y piezas arqueológicas) y, junto con el tráfico de especies, ocupan el tercer sitio en como negocios ilícitos más rentables del mundo, luego de las drogas y de las armas. En Argentina, los fósiles son parte del patrimonio cultural de la nación. Sancionada en 2003, la ley Nº 25.743 estipula la protección del patrimonio arqueológico y paleontológico. Se sumó a una ley de 1913 que declaraba que los yacimientos eran propiedad nacional y que las exploraciones sólo podían autorizarse con fines de investigación científica.
     
Aún así, Argentina es la Meca para los traficantes. Como los fósiles hallados en el desierto de Gobi en Mongolia, los fósiles argentinos son los que más cotizan en el mercado negro, junto a los meteoritos: uno hallado en Campo del Cielo en la provincia se subastó en 39 mil dólares. Se estima que la venta de piezas prehistóricas genera en este país sudamericano un negocio que mueve cerca de 2 millones de dólares por año. Japón, Suiza, Austria, Alemania y Estados Unidos son algunos de los destinos más habituales de este mercado ilegal. En 2006, por ejemplo, cientos de huevos fosilizados robados en la provincia de Río Negro --y mucho más fáciles de extraer que un fémur de titanosaurio-- fueron recuperados por Interpol cuando estaban a punto de venderse en una feria de Tucson, Estados Unidos.

Aún así, se advierten ciertos signos de cambio. El estigma asociado con limitar el acceso de la comunidad científica a material potencialmente importante y los cada vez más exorbitantes precios que circulan en las subastas desalientan a futuros compradores. Ahora, antes de querer adueñarse del pasado, celebridades y otros millonarios lo piensan dos veces.
 

Autor: Federico Kukso
Periodista científico independiente. 2015-16 Knight Science Journalism Fellow at MIT. Escribe sobre ciencia, tecnología y cultura para publicaciones como La Nación (Argentina), Undark (MIT), Muy Interesante Argentina, Agencia Sinc (España), Scientific American (Estados Unidos), Brando, Le Monde Diplomatique, Suplemento Soy de Página 12 (Argentina), Bank Magazine, entre otras. Fue editor de las secciones de ciencia en diarios como Página 12, diario Crítica de la Argentina y subeditor de la sección Ideas en la Revista Ñ (Clarín). Autor de los libros: Todo lo que necesitás saber sobre Ciencia y Dinosaurios del fin del mundo, entre otros.