Fuera mitos

¿Funciona el "Social Thinking®" como tratamiento para los niños autistas?

Luis Javier Plata Rosas 20 / Feb / 19
Una conferencia puede constar más de 100 mil pesos. ¿Qué evidencia científica existe sobre su efectividad?

El 18 de febrero el mundo celebró el Día Internacional del Síndrome de Asperger, que es parte de los Trastornos del Espectro del Autismo (TEA). Una de las características compartida por todas las personas diagnosticadas con Asperger o algún otro TEA es su dificultad para comunicarse e interactuar con otras personas, y para ayudar a los niños con autismo a que desarrollen sus competencias sociales, desde mediados de los años sesenta y hasta hoy han surgido cientos de intervenciones (como llaman en jerga médica al conjunto de actividades y técnicas que emplean los psicólogos para modificar una conducta). 

Si uno es padre de una niña —o un niño— autista, ¿no estará ya superado el modelo TEACCH (siglas en inglés de Tratamiento y educación de niños autistas y con problemas de comunicación), propuesto en 1966, y en esta Nueva Era un delfín será más indicado que un psicólogo para mejorar las competencias sociales de nuestra hija?

Intervenciones conductuales
Con el fin de identificar aquellas intervenciones que cuentan con evidencia suficiente para considerarlas como confiables, el Centro Nacional del Autismo de Estados Unidos evaluó todos los estudios que avalan cada una de ellas. El resultado de esta minuciosa evaluación puede leerse en un documento titulado Proyecto de Estándares Nacionales que, en la llamada Fase 2 (la Fase 1 fue publicada en 2009 e incluía investigación en niños, adolescentes y adultos jóvenes; en la Fase 2, publicada en 2015 se añadieron investigaciones en adultos con más de 21 años de edad) y en él se señala que las intervenciones conductuales, basadas en el aprendizaje de habilidades relacionadas con el comportamiento social, son las únicas que han demostrado su eficacia en estudios con metodologías rigurosas y, entre ellas, enlistan programas como el Comprehensive Behavioral Treatment for Young Children y el Cognitive Behavioral Intervention Package.  

Esto no ha sido mayor obstáculo para que padres y escuelas decidan pagar más de cien mil pesos por una conferencia a Michelle Garcia Winner, fundadora de la empresa y el ¿método? ¿Intervención? ¿Producto?... “Currículo de habilidades sociales”, como prefieren definirlo Winner, fundadora, y Pamela Crooke, directora de investigación y creadora del nombre de la marca Social Thinking® a finales de los noventa. 

Pamela Crooke, directora de investigación y creadora del nombre de la marca Social Thinking® a finales de los noventa. 
Foto: Especial

Eso sí, antes de invitarla es muy importante considerar que Winner no acudirá a menos que garanticemos una asistencia de por lo menos 250 personas (esto no será difícil de cumplir para las escuelas que, lista de asistencia en mano, acostumbran obligar a alumnos y maestros a asistir a una plática con reforzamientos negativos o positivos diversos que nada tienen que ver con la pedagogía ni, para el caso, con el presente tema. Fin de este paréntesis largo y distractor). Si no se cuenta con la masa crítica de personas, ni con el dinero para contratarla, siempre es posible optar por una consultoría individual, a razón de 250 la hora (¿pesos? Claro que no: dólares. ¡Y se nos hacía cara la sesión de delfinoterapia!) que, por supuesto, es delegada en Crooke y otras conferencistas de esta empresa. Tal vez sea mejor probar primero con un cerebro antiestrés apretujable de 100 pesos —que se vende también en su página en red— con el lema “Pensamiento flexible es pensamiento social”, y enterarnos antes si vale la pena hacer esta por demás cuantiosa inversión de tiempo y dinero. 

Teoría de la Mente
El conocimiento social o, como prefiere llamarlo Crooke, el pensamiento social implica comprender que otras personas tienen pensamientos, creencias, intenciones y sentimientos diferentes a los de uno, lo que es también conocido como Teoría de la Mente. Todo esto, que uno va aprendiendo a medida que crece sin mayor inconveniente, es bastante confuso y difícil para los niños con TEA; de acuerdo con Crooke, Social Thinking, a diferencia de las intervenciones conductistas con su enfoque en las habilidades y comportamientos, se aboca en “promover la enseñanza del porqué detrás de la socialización”. Es por ello que Social Thinking ha publicado libros como Tú eres un detective social, escrito por Crooke y Winner para explicar a niños de 5 a 10 años “cómo averiguar lo que otros planean hacer o están haciendo y qué quieren decir con sus palabras y acciones”. 

En teoría, no suena mal, y si una medida de su éxito económico es el número de  “clínicas de entrenamiento” reconocidas por Social Thinking y que usan sus programas y metodología en Estados Unidos y en más de veinte países (con la aclaración de que esta empresa no se hacen responsables de que el profesionista a cargo de una clínica en verdad tiene la experiencia requerida para lo que nuestro hija(o) necesita), estamos ante una finalista a Negocio (¿franquicia?) del Año. Pero en la práctica… en dos artículos publicados en revistas científicas especializadas el psicólogo Justin B. Leaf y sus colegas de la Autism Partnership Foundation —una organización sin fines de lucro cuya meta es permitir que cada vez más familias tengan acceso a tratamientos efectivos para niños con TEA— enlistaron las razones para dudar sobre la eficacia de Social Thinking.

“Haiga sido como haiga sido”
Leaf y colaboradores no dudan en considerar que Social Thinking es “un enfoque mentalista”, que asume que un autista, al cambiar su habilidad para pensar sobre los comportamientos  sociales, puede mejorar sus propios comportamientos, interacciones y relaciones sociales. Desde la perspectiva de los psicólogos conductistas como Leaf, “un cambio de comportamiento se logra cuando un individuo demuestra el comportamiento; desde la perspectiva de Social Thinking, se valora más un cambio en el proceso de pensamiento de un individuo”. 

Parafraseando a un gran maestro del mentalismo nacional: “haiga sido como haiga sido”, trátese de conductas o pensamientos, ¿hay evidencia de que Social Thinking funciona? A la fecha sólo hay tres estudios descritos en artículos publicados en revistas científicas, una de ellas sin arbitraje (es decir, sin haber sido revisado por investigadores expertos en el tema), que intentan, sin conseguirlo, responder afirmativamente a esto. Uno de los coautores del artículo más antiguo (de 2008) es la ya mencionada Pamela Crooke. Los tres estudios presentan serias deficiencias metodológicas y no cumplen con el criterio de reproducibilidad —no proporciona información suficiente que permita a otros investigadores repetir los experimentos y las observaciones—, una de las principales exigencias dentro de la investigación científica.

Más grave que la falta de evidencia es que Leaf acusa a Social Thinking de usar lenguaje y recursos propios de la pseudociencia para promover su producto, como afirmaciones o exageraciones sin fundamento por parte de Winner, su también ya citada fundadora. Entre las primeras, que “El único enfoque de enseñanza que parece ser de ayuda real es la terapia conductual cognitiva” (traducción: Social Thinking, aunque en rigor éste no es conductual pues, de acuerdo con Leaf, “[sus] implementadores está comúnmente más preocupados con lo que una persona puede ser llevado a pensar que en lo que en verdad puede ser llevado a hacer”); entre las segundas, que “Social Thinking es la llave maestra que abre todas las otras puertas sociales”. Ambos mensajes son más bien, o al menos parecen serlo, parte de una estrategia mercadotécnica en la que abundan las explicaciones arropadas con tecnicismos para darles un aspecto “científico”.

Anecdotario pseudocientífico
Por último, Leaf y a su equipo señalan que, en su libro Thinking About You, Thinking About Me (Pensando en ti, pensando en mi) Winner presenta como prueba de que sus productos funcionan supuestos estudios de casos clínicos sin dato alguno que los respalde. Se trata en realidad de más de 50 anécdotas, que son igualmente típicas de terapias pseudocientíficas, al estilo de las decenas de cápsulas promocionales que se pueden leer en su página en red, como: “… Debería ser ilegal no asistir a una conferencia de Michelle Garcia Winner” (ilegal o al menos inmoral sería pagarle lo que cobra, si nos guiamos por la austeridad republicana de la 4T).

El segundo de los artículos de Leaf y sus colegas es una respuesta a la respuesta de Crooke y Winner al primer artículo. Ambas autoras evaden la cuestión de si es posible considerar a Social Thinking como científico y aducen que su intervención clínica, aunque no cumple con el rigor experimental de las terapias basadas en la evidencia, sí puede considerarse una práctica basada en la evidencia. Leaf y colaboradores refutan esto a partir de algunas de las definiciones más usadas en psicología para “prácticas basadas en la evidencia” y demuestran que apenas y aprueba “de panzazo” cuatro de las nueve definiciones consideradas, las menos rigurosas de ellas.

Tirar el tiempo y el dinero
En conclusión, Leaf y su equipo recomiendan que psicólogos, escuelas, padres de familia, trabajadores sociales y otros profesionistas que trabajan con niñas y niños con TEA no implementen Social Thinking, al considerar que sería “un gasto de tiempo, dinero y energía en un procedimiento no científico que no está basado en la evidencia”. Un caso más resuelto, irónicamente, por quienes bien podrían ser los protagonistas de Tú eres un detective social.

Autor: Luis Javier Plata Rosas
Divulgador científico y profesor de la Universidad de Guadalajara. Doctor en oceanografía costera. Autor de, entre otros libros, "La ciencia y los monstruos", "El océano tiene onda" y "La física del Coyote" y el "Correcaminos". Columnista de Nexos(Sobre ciencia, en teoría) y colaborador de ¿Cómo ves? (sección ¿Será?). Premio Estatal de Ciencia, Tecnología e Innovación de Jalisco en la categoría Divulgación (2014).