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Hasta tu sopa tiene petróleo: Lo quieras o no, todos los días consumes 'oro negro'

Citlali Aguilera 04 / Feb / 19
Una larga cadena de hidrocarburo contaminante es la estela que invariablemente deja la producción de nuestros alimentos

En 1870 John Davison Rockefeller fundó Standard Oil Co., la empresa petrolera que convirtió a su dueño en el primer multimillonario de los Estados Unidos. El neoyorquino llegó a controlar alrededor del 90% de la extracción, refinación y distribución de petróleo en ese país.

Después de consolidar su poder económico y empresarial e incrementar su riqueza, en 1913 erigió el mayor sistema filantrópico de entonces: la Fundación Rockefeller, actualmente ubicada en la quinta avenida, en Manhattan, y que, según su eslogan, se dedica a promover el bienestar de la humanidad en todo el mundo.

La Revolución Verde
Eliane Ceccon, ecóloga mexicana, menciona que la fundación Rockefeller jugó un papel crucial ya que propuso al gobierno americano impulsar la llamada Revolución Verde, cuya meta era acabar con el hambre escalando la manera tradicional de producir alimentos a la producción masiva.  

Esta iniciativa comenzó en los Estados Unidos pero, durante la Segunda Guerra Mundial, se expandió globalmente como una consecuencia de la acumulación de innovación tecnológica militar de las grandes industrias que no encontraron un mercado inmediato al término del conflicto bélico.

Este fue el detonador de la industrialización del campo y el origen de los monocultivos producidos a gran escala. El problema de esta manera de cultivar es que requiere de tractores y otros tipos de maquinaria pesada, y utiliza enormes cantidades de herbicidas, fertilizantes químicos y pesticidas, productos todos ellos basados en petróleo y sus derivados.

Por las grandes superficies que se cultivaron, la productividad subió en un principio. De manera inmediata, se obtuvieron grandes cantidades de alimentos. Sin embargo, el objetivo de acabar con el hambre no se cumplió. En la actualidad 821 millones de personas en el mundo no tienen qué comer —según el informe 2018 de la Organización de las Naciones Unidas—. Lo que sí se logró fue consolidar un modelo de producción agrícola dependiente al combustible fósil.

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John Davison Rockefeller

Desiertos verdes
Además, este modelo industrial tiene impactos socioambientales graves. Por ejemplo, las pequeñas plantaciones familiares pasan a un segundo plano. Al tener que producir alimentos de manera masiva, hábitats naturales se transforman en monocultivos que no son otra cosa que desiertos verdes. 

En este sentido, la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio) ha señalado que lo anterior ha propiciado la pérdida de biodiversidad y de ecosistemas, además, los agroquímicos están contaminando el agua de ríos, lagunas y mantos acuíferos, y propiciado el deterioro de los suelos.

Hay que tomar conciencia de que el modelo de producción agrícola industrial que comenzó con la Revolución Verde, continúa trabajando bajo el mismo precepto, y solo puede saciar su sed a través del llamado oro negro para mantener la producción, distribución y disposición final de los alimentos en nuestra mesa.

Comer petróleo
Toda la cadena productiva está saturada de petróleo, ya sea en forma de alguno de sus derivados o de energía a base de él: para la producción de alimentos a gran escala se requieren invernaderos, acolchados, sistemas de riego automatizados, agroquímicos; para su distribución se emplea refrigeración y transporte por mar, cielo y tierra; después, esos alimentos que viajaron kilómetros y que fueron enviados en embalajes plastificados bajo sistemas de refrigeración o fueron envasados, llegarán al supermercado e iremos por ellos en automóvil, al adquirirlos nos los entregarán en una bolsa de plástico para llevarlos a casa, y para cocinar, la mayoría de nosotros ocupará la estufa de gas.

Sin darnos cuenta, desde el campo a la mesa nuestra dependencia al petróleo es muy grande, el problema es que este recurso natural es finito porque no se renueva, por lo tanto, el mundo como lo hemos (nos lo han) construido, desde apenas el siglo pasado, tiene el tiempo contado.

La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) advierte que las reservas se acercan a su final, con un probable colapso del hidrocarburo entre los años 2050 y 2060.
Haber apostado a producir alimentos con base en un recurso que se agota —y que además es altamente contaminante— ha sido un gran negocio, pero no fue ni es la mejor idea. 
¿Cuáles tienen que ser las nuevas políticas de producción agrícola? ¿Cómo encararemos la demanda de alimentos del futuro? ¿Lograremos dejar de tener petróleo hasta en la sopa?

Autor: Citlali Aguilera
Maestra en Gestión Ambiental para la Sustentabilidad. Dirige el proyecto SiembraUV del Centro de Eco-Alfabetización y Diálogo de Saberes de la Universidad Veracruzana. Periodista ambiental y conductora de los programas El Show de la Tierra (RadioMás) y La Ensalada (Radio UV). En el 2018, recibió la Mención Honorífica Nacional del Premio al Mérito Ecológico en la categoría Cultura y Comunicación Ambiental entregado por la SEMARNAT.