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Jardines botánicos: Paraísos de la biodiversidad

Federico Kukso 11 / Jan / 19
Existen unos 3 mil 500 en el mundo. Además de funcionar como oasis de tranquilidad en las cada vez más bulliciosas ciudades, estos espacios desempeñan una función crucial para nuestro futuro: preservan especies amenazadas por la deforestación y el cambio climático

Hace casi 94 años, una celebridad científica se internó en Sudamérica. En el apogeo de su fama, Albert Einstein decidió viajar por el mundo, distanciarse de una Alemania devastada por la gran guerra y en la que el nazismo comenzaba su despegue que conduciría al horror. Entre 1922 y 1933, el físico viajó por el mundo, desde Asia a América. Durante estos viajes, entre 1922 y 1933, cada evento que le parecía curioso, cada impresión que tenía de una persona o de sus costumbres las registraba en su diario de viaje.

En ruta hacia Buenos Aires, el 22 de marzo de 1925 el barco Cap Polonio que lo transportaba hizo una parada en Río de Janeiro. Como había ocurrido con muchos viajeros antes que él, el físico quedó impresionado ante el Pan de Azúcar, una de las postales más clásicas de Brasil.

Una pequeña delegación de ingenieros lo recibieron y le ofrecieron hacerle un recorrido por la ciudad. Como recuerda el austríaco Josef Eisinger en su libro Einstein on the road, el físico aceptó y sus guías lo llevaron a uno de los lugares más espectaculares de Río: el Jardín Botánico.

Allí Einstein se asombró ante el espectáculo de la naturaleza, la vida vegetal increíblemente vigorosa. Según registró, le parecía que todo estaba creciendo bajo sus propios ojos: “¡Supera los sueños de las Mil y una noches!”.

Al elegir Sudamérica como destino, Einstein tenía curiosidad por descubrir un mundo nuevo y, probablemente alentado por sus experiencias de viaje anteriores, estaba ansioso por llevar el mensaje de la ciencia a partes remotas del planeta.

Durante dos horas, recorrió los 1,5 kilómetros cuadrados del Jardim Botânico, fundado el 13 de junio de 1808 por el príncipe regente D. João VI. Einstein estaba deslumbrado con todo lo que veía. Aunque en especial un árbol le llamó la atención: el Jequitibá. El director del Jardín Botánico, Antonio Pacheco León, le contó que se trataba del árbol nativo más grande de Brasil y cuyo nombre en lengua tupí significa “el Gigante del Bosque”. Emocionado, Einstein abrazó y besó el gigantesco árbol.

En el libro de visitantes, el científico registró su opinión: “La visita al Jardín Botánico de Río de Janeiro significa para mí uno de los mayores acontecimientos que he tenido mediante impresiones visuales (externas). Quiero una vez más expresar mis profundos agradecimientos”.

Muchos otras figuras ilustres —como Marie Curie en 1926 y la reina Isabel II de Inglaterra— y no tanto han visitado este microcosmos de preservación del patrimonio ecológico y cultural del país y del mundo, donde las personas callan y los árboles hablan en silencio. “¿Yo iba al Jardín Botánico para qué? —registró la inclasificable escritora brasileña Clarice Lispector—. Sólo para mirar. Sólo para ver. Sólo para sentir. Sólo para vivir".

Con más de 6500 especies diferentes de plantas brasileñas y extranjeras, el Jardim Botânico en Río de Janeiro es mucho más que un simple paseo, una atracción para aquellos cansados de las playas de Ipanema y Copacabana. Se trata de un refugio para la flora más importante y en peligro de extinción en Brasil y el planeta. Hoy esta institución —que recibe 600 mil visitantes al año y en 1992 fue reconocida por la Unesco como Reserva de la Biosfera— es uno de los más importantes centros de investigación mundiales en las áreas de botánica y conservación de la biodiversidad.

“Las personas que piensan que los jardines botánicos son solo un lugar para mirar flores bonitas están confundiendo su importancia”, dijo alguna vez el naturalista inglés David Attenborough en relación a los Kew Gardens, ubicados al sudoeste de Londres.

En una época en la que la diversidad de especies vegetales en el planeta está desapareciendo a un ritmo sin precedentes, los jardines botánicos son oasis, reservorios de vida que salvaguardan nuestro impulso al asombro.

Espacios multifuncionales

Las plantas han fascinado a la humanidad desde los orígenes. Ya sea como fuentes de alimentos, de medicinas o como fuente misma de belleza, como le gustaba decir al filósofo francés Jean-Jacques Rousseau, las especies vegetales han sido la puerta de entrada para comprender el mundo natural.

Aunque el nacimiento del jardín se remonta a la dinastía Zhou en China —que gobernó entre los siglos XII y III a.C.— y a los babilonios a quienes se los recuerda por sus jardines colgantes levantados hace unos 3000 años, el concepto moderno de jardín botánico se originó en Europa con el propósito de estudiar las plantas medicinales. Hay registros de jardines diseñados por musulmanes en Al-Andalus en el siglo XIII.

El Orto Botánico di Pádova (Jardín Botánico de Padua) en Italia fue fundado en 1545 como un huerto en la Facultad de Medicina local y desde 1997 forma parte del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. En la actualidad, la Botanic Gardens Conservation International estima que hay unos 3500 jardines botánicos en el mundo.

“Hoy, el Jardín Botánico tiene como misión promover, realizar y divulgar la enseñanza y las investigaciones técnico-científicas sobre los recursos florísticos de Brasil y la conservación de la biodiversidad”, señala la historiadora Alda Heiser, respecto al o Jardim Botânico do Rio de Janeiro que en un principio sirvió para introducir y aclimatar en Brasil las especias provenientes de las por entonces llamadas "Indias Orientales" como la vainilla, canela, pimienta y hoy alberga especies de plantas únicas de la selva amazónica, como el caucho, el cacao y la capirona, un árbol que cambia de color con las estaciones.

Los jardines botánicos en el fondo son espacios multifuncionales: refugios del caos urbano, ofrecen una conexión con la naturaleza. En un entorno urbano cada vez más inundado de ruidos y estímulos visuales, prometen un escape, un lugar para dejarse llevar por los sentidos, para respirar, para oler, para encontrarse a uno mismo y donde las preocupaciones del mundo pueden ser temporalmente olvidadas.

Pero detrás de lo que le ofrece al visitante, se esconde su verdadera razón de ser, su función científica: en estas instituciones se investiga la ecología de la polinización, la dispersión de semillas, interacciones entre plantas y animales, taxonomía, restauración ecológica. En los últimos años, los jardines botánicos han contribuido enormemente a nuestra comprensión de las respuestas de las especies de plantas al cambio climático global.  

El proyecto Millennium Seed Bank (Banco de semillas del milenio) del Jardín Botánico de Kew en Londres, por ejemplo, ha catalogado y almacenado las semillas de más de treinta mil plantas silvestres, principalmente aquellas que son raras o están en peligro de extinción. Y que en un futuro no muy lejano pueden ofrecer claves para desarrollar nuevos medicamentos, tejidos o alimentos.

“Los jardines amplían nuestro pensamiento —dice el filósofo australiano Damon Young—. Moldean nuestro pensamiento y sentimiento. No solo ofrecen belleza floral o comodidad sombreada, sino también ideas”.

 

AltJardín Botánico de Río de Janeiro / Federico Kukso
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Cazadores de especies

Alrededor de una tercera parte de las especies de plantas vasculares del mundo enfrentan la amenaza de extinción debido a la sobre explotación, las prácticas agrícolas y forestales destructivas, la urbanización, la contaminación ambiental, los cambios de uso del suelo, las especies exóticas invasoras y el cambio climático.

Ante este panorama, estas instituciones científicas funcionan como la resistencia. Allí se nuclean los autodenominados “cazadores de especies”, es decir, biólogos, botánicos, taxónomos y amantes de las plantas que cada año descubren en algún rincón del mundo especies hasta ahora desconocida. En 2018, por ejemplo, los cazadores de especies encontraron unas 128 plantas vasculares y 44 especies de hongos: una especie de pimienta de Jamaica; un "hongo erizo" comestible; un árbol de la selva tropical llamado Talbotiella cheekii que puede crecer hasta 24 metros y que tiene frutos en las vainas en explosión o una rara orquídea llamada Paphiopedilum papilio-laoticus encontrada en Laos.

“Muchas de estas nuevas especies tienen beneficios potenciales para la humanidad —dice el botánico Martin Cheek, de los Kew Gardens—, desde hermosas plantas de maceta hasta nuevas medicinas o cultivos, pero lamentablemente estamos descubriendo que la mayoría están en peligro de extinción debido a la destrucción del hábitat”.

En América Latina, cada jardín botánico conserva especies endémicas, propias de la región. En México, hay registros de jardines desde incluso mucho antes de la llegada de Hernán Cortés, como los jardines de Iztapalapa, Oaxtepec, Tecutzingo y Chapultepec. Hoy el país cuenta con 51 jardines registrados, entre los que destacan el Jardín Botánico del Instituto de Biología de la UNAM, el Jardín etnobotánico de Oaxaca o el Jardín Botánico Francisco Javier Clavijero en Xalapa, Veracruz.

El Jardín Botánico de Buenos Aires, por su parte, fue inaugurado en 1898. Diseñado por el paisajista francés Carlos Thays —responsable del trazado de algunos de los espacios verdes más importantes de la capital argentina—, ocupa una superficie de más de 7 hectáreas, alberga unas 6.000 especies vegetales y lo distingue su colección de estatuas greco-romanas.

Desde la medicina hasta el arte, las plantas se han infiltrado en todos los aspectos de la cultura humana. La morfina, la atropina, la penicilina y el medicamento contra el cáncer vincristina provienen de plantas y muchos de los medicamentos de diseño actuales se inspiraron en sustancias vegetales. Más del 80 por ciento de la población mundial todavía utiliza remedios de fuentes naturales. La tarea de estas instituciones, así, va más allá de ser una vidriera donde vislumbrar hermosas flores. Los jardines botánicos defienden a la naturaleza. Preservan nuestro futuro.

Autor: Federico Kukso
Periodista científico independiente. 2015-16 Knight Science Journalism Fellow at MIT. Escribe sobre ciencia, tecnología y cultura para publicaciones como La Nación (Argentina), Undark (MIT), Muy Interesante Argentina, Agencia Sinc (España), Scientific American (Estados Unidos), Brando, Le Monde Diplomatique, Suplemento Soy de Página 12 (Argentina), Bank Magazine, entre otras. Fue editor de las secciones de ciencia en diarios como Página 12, diario Crítica de la Argentina y subeditor de la sección Ideas en la Revista Ñ (Clarín). Autor de los libros: Todo lo que necesitás saber sobre Ciencia y Dinosaurios del fin del mundo, entre otros.