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La cuna de los dinosaurios

Federico Kukso 22 / Oct / 18
Al noroeste de Argentina se encuentra el Parque Provincial Ischigualasto, un verdadero paraíso para los científicos. En este valle surrealista de hace 230 millones de años se encuentran los fósiles de dinosaurios más antiguos del mundo

Podríamos llamarla “petrofilia”. Así como solemos ser víctimas de un curioso efecto psicológico conocido como pareidolia que nos inclina a distinguir en todo, desde tostadas y manchas de humedad hasta en la superficie marciana, rostros humanos, muchos sucumben a una irrefrenable fascinación por las rocas antiguas que los lleva a ver toda clase de figuras familiares en esculturas naturales pacientemente talladas por el viento, el agua y el tiempo. Sucede en varios lugares del mundo pero en especial en Ischigualasto. En los desérticos paisajes de este parque provincial ubicado en la provincia de San Juan, al noroeste de Argentina, guías y los más de 100 mil visitantes anuales concuerdan en lo mismo: en sus increíbles y antiguas formaciones geológicas divisan submarinos, esfinges, gusanos, lámparas de Aladino, loros, reyes magos sobre camellos, zapatos y hasta un sillón de peluquero.

Los nombres de estas “geoformas” dicen más de quiénes se los ponen que de las estructuras mismas, inherentemente anónimas, ajenas al idioma de los humanos. Son tan fantásticas estas rocas que sacuden la imaginación y a la vez alimentan un deseo profundo de hallar significado en lo extraño y de encontrar en este espectáculo geológico de más de 250 millones de años una cuota de algo cercano, conocido.

Mientras que algunas ciudades tienen obeliscos, coliseos, relojes, puentes, catedrales y edificios como emblemas, esta región del mundo, en cambio, cuenta con un hongo, una majestuosa formación geológica que se alza triunfante en soledad en el extremo oeste de un verdadero museo geológico al aire libre mundialmente admirado no solo por sus caprichosas rocas sino por ser ni más ni menos que la “cuna mundial de los dinosaurios”.

“Ischigualasto es un paraíso para los científicos”, dice la geóloga argentina Carina Colombi, una de las investigadoras que más conoce las peculiaridades e intimidades de este parque declarado por la UNESCO en el año 2000 Patrimonio de la Humanidad. “Ischigualasto nunca defrauda. Siempre que vamos de campaña encontramos algo nuevo. Tiene todo junto como para contarnos de la mejor manera una buena parte de la historia del planeta. Te puedes morir sin terminar de estudiar Ischigualasto: además de poseer antiguas rocas de forma continua y a plena vista, alberga fósiles de todo tipo. Los geólogos y paleontólogos somos afortunados. Los turistas, en cambio, solo acceden al 10 por ciento de la cuenca”.

El despegue de los dinosaurios
Salvo por las intempestivas ráfagas de viento o el ruido arrastrado de zapatos cansados, en Ischigualasto reina un silencio absoluto, ancestral. Caminar por una fracción de sus 63.000 hectáreas es como viajar en el tiempo y en el espacio: trasladarse a una época distante que transcurrió durante eones sin la intrusiva presencia humana. Y a otro lugar: deambular por sus valles es lo más cercano que muchos tendremos a la experiencia de conocer y recorrer la Luna. En rincones como el llamado “Valle Pintado”, por ejemplo, todo es gris, ocre: las rocas, el suelo, los uniformes de los guardaparques. Todo menos el azul del cielo cerúleo que se extiende sin frontera ni muro capaz de detenerlo.
 

Desde que se convirtió en parque provincial en 1971, el robo de fósiles es casi imposible. Esto gracias al impulso de personalidades como el geólogo estadounidense William Sill, también conocido como "el gringo de los huesos" quien dejó la Universidad de Yale al enamorarse de este lugar. Aún se recuerda cómo antes de estas fechas hubo quienes, ayudados por lugareños, sustrajeron huellas prehistóricas en la Quebrada de Los Rastros. Originalmente eran nueve, ahora no queda ninguna. Lo que sí se han robado fueron rocas sedimentarias con forma de bolas de cañón del área conocida como la "Cancha de las bochas" que incluso han aparecido en sitios de venta online.
Foto: La paleontóloga argentina Cecilia Apaldetti junto a los fósiles del Eoraptor, el padre evolutivo de los saurópodos

Como todo sitio profundamente antiguo, Ischigualasto engendra y multiplica sus propios mitos de origen. Por ejemplo, el relativo a su nombre. Hay varias versiones. Algunos repiten que deriva del kakán, lengua de las comunidades diaguitas que habitaron el noroeste argentino, y significa “lugar donde se posa la Luna”. Pero es solo una conjetura pues no hay registro alguno (el kakán no tiene representación gráfica) y porque nadie lo habla desde la década de 1780.

Y por otro lado, están los que aseguran que Ischigualasto quiere decir “sitio donde no hay vida”. Un nombre nada más lejos de lo que alguna vez fue: hace unos 230 millones de años, cuando todos los continentes estaban apiñados en lo que se conocía como Pangea, esta región era una sabana con abundantes coníferas, palmeras y helechos. El clima era caluroso y húmedo. Y alrededor de lagos, pantanos y ríos que serpenteaban la región paseaban especies como el Herrerasaurus ischigualastensis, el Eodromaeus (el tatarabuelo del T. rex) y el Eoraptor, algunos de los dinosaurios más antiguos hasta ahora conocidos en el mundo.
“Por ese entonces, estos animales no dominaban el planeta. Eran pequeños, no más altos que un ganso; podía encontrarse alguno de seis metros, pero no más”. Ricardo Martínez, jefe del área de paleontología del Museo de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de San Juan, los conoce bien: en 1991, este investigador halló precisamente en este lugar los restos del Eoraptor lunensis, un depredador de no más de 1,20 metros de largo y de 35 centímetros, “padre evolutivo” de los saurópodos, aquellos dinosaurios herbívoros gigantes de cuatro patas y cuello largo. “En esa época, estaban eclipsados por los anfibios más grandes y más diversos, primos de mamíferos y parientes de cocodrilos como el Saurosuchus galilei de siete metro de largo, cuyos fósiles fueron hallados también en Ischigualasto".

Pero en algún momento hace 201 millones de años algo ocurrió. Justo antes de que Pangea comenzara a fracturarse, al menos la mitad de las especies que se sabe que vivían en la Tierra por entonces desaparecieron. A este evento se lo conoce como la "extinción del Triásico-Jurásico" y fue una de las cinco grandes extinciones masivas. Hay varias hipótesis sobre qué la provocó pero la que cuenta con más consenso entre los científicos es la que sugiere que la emisión de grandes cantidades de ceniza por parte de cadenas de volcanes produjo un efecto invernadero con un aumento de la temperatura. No todos los organismos resultaron vencidos: sin competencia, los dinosaurios, mucho mejor adaptados, aprovecharon y asumieran un papel dominante. Había comenzado su reinado.

Una ventana hacia el pasado
La tranquilidad en Ischigualasto, sin embargo, no perduró para siempre. Durante millones de años, los sedimentos se habían ido acumulando horizontalmente como si fueran galletas en un paquete, formando una capa arriba de la otra, hasta que hace unos 70 millones de años, la placa oceánica embistió con furia la placa continental, lo que hoy llamamos Sudamérica, y dio inicio un show: la Cordillera de los Andes comenzó a elevarse. El cúmulo de energía fue tal que levantó aquel paquete de galletas (las rocas) provenientes de lo más profundo de la tierra y lo acostó horizontalmente, como si fuera un paquete inclinado, exponiendo aquellos antiguos sedimentos al descubierto y a merced de la obra del viento, el agua y el sol, de tal manera que hoy los geólogos los pueden inspeccionar sin requerir mayores excavaciones. “Esto nos permite ver desde los sedimentos más antiguos y las más recientes”, dice Colombi.
 

Mientras que los geólogos leen en cada color, cada línea, cada pliegue y contorno de la tierra de este valle surrealista antiguos relatos de luchas y concesiones que se extienden por millones de años --y que nos recuerdan que, como decía Carl Sagan, somos recién llegados--, los productores de Hollywood ven en la escenografía ancestral de Ischigualasto un escenario ideal para sus películas. Aquí, por ejemplo, se filmó en 1991 Highlander II: The Quickening. La ambientación de las escenas filmadas en la región fueron fantásticas. La película, en cambio, resultó un gran fracaso.
Foto: Federico Kukso

La antigua historia del planeta se deja leer aquí como un relato escrito en las rocas. En particular, esta investigadora de Universidad Nacional de San Juan (Conicet) las analiza de tal manera para hacer análisis de las paleotemperaturas, es decir, saber cómo fue variando la temperatura en millones de años, así como también de paleoprecipitaciones. “Lo que ahora estamos haciendo es ver cuánto dióxido de carbono, es decir, el gran controlador del clima, había hace 220 millones de años en la atmósfera".

Estudiar un yacimiento tan rico y antiguo como este es como dar con una pequeña ventana a través de la cual mirar un fragmento del pasado. En este caso, un instante de transición en el que cambió todo.

El sueño del paleontólogo
La historia moderna de Ischigualasto se remonta a 1870 cuando, durante la presidencia del sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento, se realizaron expediciones geológicas en busca de carbón de piedra, material crucial para la expansión del desarrollo de la Argentina. Recién en 1927 un geólogo llamado Ricardo Rigal descubrió huellas fósiles de un animal cuadrúpedo. Era la primera evidencia de su riqueza paleontológica aunque no despertó el interés de muchos.

Si bien con los años fueron hallados algunos fósiles, la biografía oficial de Ischigualasto cuenta que recién en abril de 1958 se realizó la primera gran expedición científica en el lugar. La encabezó el estadounidense Alfred Romer, de 64 años y por entonces el paleontólogo de vertebrados más prestigioso en el mundo. Lo que poco se dice es que su descubrimiento fue por casualidad. Después de una campaña de frustrantes seis meses sin resultados en la provincia de Mendoza, la expedición de científicos procedentes de la Universidad de Harvard y el Museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires se trasladó a la provincia de San Juan --unos kilómetros más al norte-- para probar suerte. Romer no quería volver a su país con las manos vacías. No lo haría: los investigadores llegaron de noche, acamparon y cuando despertaron, recuerdan, no podían creer lo que veían sus ojos. “Cada paleontólogo sueña con encontrar, algún día, un yacimiento virgen cubierto con cráneos y esqueletos Casi nunca se realiza este sueño. Para nuestro asombro y felicidad el sueño se cumplió en Ischigualasto”, escribió Romer por entonces.
 

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El Hongo, en el Parque Provincial Ischigualasto / Federico Kukso
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Cancha de bochas, en el Parque Provincial Ischigualasto / Federico Kukso
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La Esfinge, en el Parque Provincial Ischigualasto / Federico Kukso

Como si hubieran entrado en una cueva llena de antiguos tesoros, los miembros de esta expedición se adentraron en aquella zona inhóspita. Y como describió el paleontólogo Jim Jensen en Road to Chilecito, no tardaron en aparecer los fósiles: durante los primeros días hallaron el cráneo de un rincosaurio, un antiguo reptil herbívoro que vivió hace 240 millones de años. Sorprendido ante tanta riqueza, el 14 de mayo Romer escribió en su cuaderno de campo: “más y más fósiles que entran todos los días en bloques y paquetes”.

No había que cavar mucho. Los restos afloraban de la superficie, expuestos como si quisieran que al fin alguien los encontrase. Uno de los que siguió de cerca la noticia fue el periodista sanjuanino Rogelio Díaz Costa, primero en bautizar a este lugar “Valle de la Luna”.

Gran parte de lo fósiles hallados en esa primera expedición fue a parar a la Universidad de Harvard, donde aún permanecen. Actualmente, muchos investigadores locales exigen su repatriación. “El tema es que si Romer no se hubiera llevado esos fósiles --señala Colombi-- se los hubieran comido el viento y el agua. Cuando los fósiles quedan expuestos en la superficie, desaparecen. En paleontología, colectar es preservar”.

Aún hoy, Ischigualasto sigue dando sorpresas, aunque los científicos saben que quizás este lugar donde impera la soledad y el silencio nunca revele todos sus misterios. Ahí reside también parte de su inexplicable magia. Para el visitante, el desconcertante ambiente fantasmagórico de Ischigualasto, así como la ceremonia de caminar sobre tesoros ocultos y atravesar lo que parece ser otro mundo en este mundo, es una experiencia que también sucede al recorrer el desierto de Atacama en Chile. Son experiencias que, a diferencia de las miles de imágenes que deglutimos a diario con los ojos por internet, se acumulan en una biblioteca íntima siempre a la espera de ser ampliada.
 

Autor: Federico Kukso
Periodista científico independiente. 2015-16 Knight Science Journalism Fellow at MIT. Escribe sobre ciencia, tecnología y cultura para publicaciones como La Nación (Argentina), Undark (MIT), Muy Interesante Argentina, Agencia Sinc (España), Scientific American (Estados Unidos), Brando, Le Monde Diplomatique, Suplemento Soy de Página 12 (Argentina), Bank Magazine, entre otras. Fue editor de las secciones de ciencia en diarios como Página 12, diario Crítica de la Argentina y subeditor de la sección Ideas en la Revista Ñ (Clarín). Autor de los libros: Todo lo que necesitás saber sobre Ciencia y Dinosaurios del fin del mundo, entre otros.
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Por:
Tangible Redacción
22/10/2018