Cuerpo

La muerte… reflexiones de un físico insomne

Gerardo Herrera Corral 29 / Oct / 18
Sabemos que un día todo terminará con la muerte, y eso nos aterra. ¿Por qué? Uno pensaría que la razón tiene que ver con el proceso de descomposición biológica que inicia cuando la vida se detiene, pero no, no es la biología, sino la física que hay en todas las cosas; es la ausencia de concesiones, la revelación del vacío, el umbral que se cruza solo una vez: el temor a lo que es irreversible

Los biólogos saben muy bien que la muerte está marcada por una explosión de vida que se expande con denuedo durante la putrefacción. Es con la muerte que se manifiesta la biodiversidad en nuestro cuerpo, esa sorprendente convivencia en nuestro interior que pasa inadvertida mientras vivimos y rebosa, exuberante, cuando morimos. Mantenida a raya por procesos regulados que conservan el orden en nuestros órganos, cuando expiramos, esas formas de vida se delatan copiosamente, en profusa expresión de triunfo. Cuando morimos la articulada fisiología cede dando paso a una desorganización progresiva, primero en nuevas formas de vida que también acabarán claudicando ante el avance inexorable del caos y la disgregación total.

Unas horas después del deceso, el cuerpo pierde la flexibilidad y la temperatura desciende. El rigor mortis, como se conoce en latín a la rigidez cadavérica, comienza por los párpados, baja por la mandíbula, llega al cuello endureciendo los músculos y termina finalmente en los pies.

El cuerpo ya sin vida se enfría hasta alcanzar la temperatura del medio en que se encuentre. En pocas horas establecerá un equilibrio con la temperatura de la habitación, tal y como lo dicta la segunda ley de la termodinámica.

Esta ley, en su forma más sencilla, nos dice que el calor siempre pasa, espontáneamente, de lo más caliente a lo más frío y nunca al revés. Aunque puede resultar chocante de tan simple, en esta verdad evidente se alberga la definición misma de la vida y de la muerte.
 

El rigor mortis, como se conoce en latín a la rigidez cadavérica, comienza por los párpados, baja por la mandíbula, llega al cuello endureciendo los músculos y termina finalmente en los pies.
Foto: AP

Los físicos inventaron el concepto de entropía para referirse al desorden. Con la ayuda de este término se puede enunciar la segunda ley de la termodinámica de manera equivalente. La formulación alternativa dice que en todos los procesos naturales la entropía aumenta. Es decir, el desorden se incrementa.

Mientras vivimos somos un arreglo meticuloso de átomos y el concierto compasado desaparece cuando morimos. La vida es una manifestación suprema del orden, una muestra de la más alta organización en el universo.

Mientras vivimos, cada átomo que nos constituye actúa con prodigiosa uniformidad. Sin embargo, en algún momento, en algún lugar de este conglomerado de moléculas cuidadosamente ensambladas, uno de los elementos pierde el curso que marca el ritmo. Entonces entran en acción mecanismos de restitución del orden. Esto ocurre una y otra vez en el transcurso de nuestras vidas, pero un día el equilibrio no se restablece más.

La vida es una constante oposición a la sucesión natural de los acontecimientos. Vivimos mientras logramos mantener la disposición exacta, la ordenanza marcada, la estructura
improbable. La muerte en cambio es desorden, confusión y tendencia natural de las cosas.

Se dice que debemos alimentarnos porque de este modo adquirimos la energía que nos permite vivir, pero eso no es exactamente así. Lo verdaderamente fundamental en el cotidiano acto de alimentarnos no está en la energía. Lo que tiene sentido en la acción de comer es la recuperación del orden a través de energía con baja entropía que viene a sustituir lo que hemos perdido en forma de calor.

El calor que emite nuestro cuerpo es la forma de energía más desordenada que existe. De lo que se trata pues, es de adquirir energía en alimentos con baja entropía mientras nos deshacemos del desorden a través del calor que disipamos lentamente.
Nos alimentamos de orden y nos deshacemos del desorden hasta que un día todo se detiene. La materia orgánica que nos conforma se reintegra al entorno.

Los átomos que se fueron ordenando para configurar lo que llegamos a ser, quedarán nuevamente a disposición de la naturaleza en el mayor desorden posible.

Nosotros no somos inmortales pero estos elementos que nos moldean si lo son y, eventualmente, entrarán de nuevo en un ciclo que genere la regularidad que acabará por ser vida. Esa será la excepción muy localizada, habrá vida donde hay organizacion mientras el caos se incrementa sin cesar en el resto del universo.

Como diría el filósofo Emil Cioran: “…nuestro destino es pudrirnos con los continentes y las estrellas”. Por lo pronto, vayamos “como enfermos resignados y hasta el final de las edades”, llevando con nosotros “la curiosidad por un desenlace previsto, espantoso y vano.”
 

Autor: Gerardo Herrera Corral
Es profesor titular del Departamento de Física del Centro de Investigación y De Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional (CINVESTAV). Es líder del trabajo de los científicos mexicanos en el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) del Centro Europeo de Investigaciones Nucleares (CERN). Es autor de los libros "El Universo, la historia más grande jamás contada" y "El azaroso arte del engaño", entre otros.