Sociedad

La primera gran peste de la historia

Federico Kukso 07 / Dec / 18
Antes que la Plaga de Justiniano o La Muerte Negra, la bacteria Yersinia pestis propició en Europa y Asia una de las enfermedades infecciosas más mortíferas de todos los tiempos

Hace unos 4mil 900 años, en el corazón de los que hoy es Suecia una mujer colapsó. Era baja -de alrededor de 1,60 m- y no superaba la veintena. Esta granjera murió, pese a su juventud, rápidamente y sin entender muy bien porqué. Su cuerpo fue arrojado a una fosa de Frälsegården que con el tiempo llegaría a contener los restos de unos 78 individuos. Sin saberlo, en sus dientes hospedaban la respuesta. 

Casi unos 50 siglos después, un equipo internacional de científicos de Argentina, Suecia y Dinamarca cree haber resuelto el enigma. A la mujer la mató el enemigo más letal de la humanidad: una bacteria, la minúscula y casi invisible Yersinia pestis. “Fue la primera pandemia de la historia”, proponen en un paper publicado esta semana en le revista Cell. 

El hallazgo en Escandinavia fue realmente inesperado. No encajaba con ningún modelo previo. Trabajos anteriores ya habían demostrado que migraciones masivas provenientes de la estepa euroasiática habían transportado ciertas cepas de Y. pestis a Europa durante la Edad de Bronce (hace unos 4000 años). Lo que estas investigaciones no pudieron responder fue cómo había llegado inicialmente el patógeno a la estepa euroasiática en primer lugar o dónde había surgido inicialmente en poblaciones humanas.

La evidencia hallada por este equipo de arqueólogos y biólogos es mucho más antigua. El sitio fue descubierto en 1925 por un anticuario llamado Hilding Svensson quien se encontraba inspeccionando el área en busca de monumentos antiguos. Pero fue recién en 2001 cuando un grupo de la Universidad de Gotemburgo emprendió su excavación. Con los años, se colectó y secuenció ADN de dientes de este y otros sitios arqueológicos de Suecia con el que recuperaron el genoma humano completo de los individuos miembros de la llamada “cultura Funnel beaker” o “cultura de los vasos de embudo”, los primeros granjeros de Escandinavia. 

“Pero estos y muchos otros trabajos de ADN antiguo solo se centraron en las secuencias de ADN humano y no prestaron atención al resto de fragmentos de ADN secuenciado”, recuerda el biólogo argentino Nicolás Rascovan, autor de la investigación. 

 

Lo que estas investigaciones no pudieron responder fue cómo había llegado inicialmente el patógeno a la estepa euroasiática en primer lugar o dónde había surgido inicialmente en poblaciones humanas
Crédito: Nicolás Rascovan, Universidad Aix Marseille 

Los científicos no apuntaron a los dientes por casualidad. Algunos patógenos, como la tuberculosis o la brucelosis pueden dejar rastros en los huesos, pero la peste no. Para encontrarla hay que buscar en el interior de las piezas dentarlas que contienen tejidos que después de la muerte de la persona permanecen encapsulados y bien conservados por milenios. Si un individuo al morir estaba severamente infectado con un patógeno, algunas de estas bacterias con seguridad se conservan dentro de los dientes, que funcionan como cápsulas del tiempo. “Lo que se nos ocurrió fue buscar allí la presencia de ADN de patógenos humanos -revela este investigador de la Universidad Aix Marseille, en Francia-. Y sorpresivamente apareció una cepa de Yersinia pestis, la bacteria que causa la peste, en esta joven sueca de 20 años”.

 Se trataba del caso más antiguo hasta ahora conocido de infección en humanos causada por esta asesina serial, miles de años antes de la plaga de Justiniano (del siglo VI), la Muerte Negra (siglo XIV) y la Gran plaga de Marsella (1720-1722).
 
Biografía de una asesina

Durante siglos, la peste fue sinónimo de terror. Imprevisible y mortal, contagiosa e irracional, en donde desembarcaba sembraba la desgracia y la muerte. “La tercera parte del mundo desapareció”, escribió el cronista francés Jean Froissart en el siglo XV durante la llamada Muerte o Peste Negra. Se desconoce cuántas víctimas se cobró esta pequeña asesina. Solo hay estimaciones. Se estima que la población de Europa en el siglo XIV rondaba los 75 millones de personas. Entre 1347 y 1353, se desplomó a 50 millones. Recién en el siglo XVI se volvería a recobrar. En China, la población descendió un 50 por ciento: de 123 millones a comienzos del año 1200 a 65 millones en 1393. Según la escala ideada por el geógrafo canadiense Harold Foster, que mide la magnitud de los desastres humanos —algo así como la escala Richter para los terremotos—, la Muerte Negra es la segunda gran catástrofe de la humanidad, solo superada en muerte y destrucción por la Segunda Guerra Mundial. 

“El bacilo de la peste, Yersinia pestis, se tragó Eurasia de la misma manera que una serpiente se traga un conejo entero, virtualmente de un solo bocado —advierte el historiador John Kelly—. Desde China en el este hasta Groenlandia en el oeste, desde Siberia en el norte hasta la India en el sur, la plaga arruinó vidas en todas partes, incluso en las antiguas sociedades del Medio Oriente: Siria, Egipto, Irán e Irak”.

Pese a que ahora suena a una amenaza distante y los gritos de horror parece hace tiempo haberse acallado, la plaga no se ha ido. Sigue presente en casi todo el mundo dentro de poblaciones de roedores silvestres. Los tres países más endémicos son Madagascar, la República Democrática del Congo y el Perú. En ausencia de tratamiento con antibióticos, la peste bubónica tiene una tasa de letalidad del 30 al 60 por ciento, y la neumónica resulta invariablemente mortal. Según la Organización Mundial de la Salud, entre 2010 y 2015 se notificaron 3248 casos en el mundo, 584 de ellos mortales.

Al analizar las formas antiguas de la enfermedad, los investigadores aprenden sobre la evolución de la plaga y cómo se volvió más virulenta. En especial porque, el bacilo Y. pestis aún no revela todos su secretos. No se sabe bien a qué se debe su patogenicidad y cómo funciona su biología.

Como cualquier otra especie, la bacteria Y. pestis fue cambiando con el tiempo, evolucionó. “Pero no tanto la verdad -dice Rascovan-. Desde hace 5.000 años hasta ahora solo se acumularon algunos cientos de mutaciones puntuales en un genoma de 3 millones de pares de bases. También se perdió o ganó algún que otro gen. Sin embargo, si bien los cambios fueron pocos, algunos de ellos fueron clave en el desarrollo de la patogenicidad y virulencia de la bacteria. Por ejemplo, se sabe que tiempo después de la Edad de Bronce ganó un gen que le permitió ser trasmitida por pulgas, lo cual la volvió mucho más contagiosa. También adquirió hace unos 3.000 años una mutación puntual que la volvió mucho más eficiente para extenderse en todo el organismo. Es decir, con el tiempo se fue volviendo más mortal, con tan solo unos poquitos cambios”.
 

AltCrédito: Nicolás Rascovan, Universidad Aix Marseille 

Así, en comparación con las cepas neolíticas que encontraron estos investigadores -a las que llamaron Gok2 Y. pestis-, las cepas responsables de la Plaga de Justiniano que afectó al Imperio romano de Oriente entre los años 541 y 543 y de la Muerte Negra estaban mucho más desarrolladas. Fue en el siglo XIV cuando alcanzó su punto más alto de mortalidad: durante esta época, se esparció más rápido y más lejos como nunca lo hizo antes ni haría después. Se convirtió en una pandemia colosal que provocó una catástrofe humana terrorífica y sin precedentes que se extendió por Asia Occidental, Oriente Medio, el mundo árabe, el norte de África y toda Europa, de Gibraltar a Bergen, y de las islas Feroe hasta Moscú. Hoy se calcula que en muchos lugares falleció del sesenta al setenta por ciento de la población.

Facilitada por algunas de las grandes innovaciones tecnológicas de la época como el transporte a rueda tirado por animales, el linaje de Y. pestis de hace casi 5000 años descubierto ahora por este equipo internacional de científicos se ramificó y diseminó a lo largo de Eurasia muy rápidamente, provocando la primera gran pandemia de la historia humana (al menos conocida hasta el momento). “El progreso tuvo un costo para las poblaciones del Neolítico y de la Edad de Bronce -advierte el biólogo argentino-. Las innovaciones revolucionarias de esa época como los asentamientos, la metalurgia, las redes de comercio a grandes distancias sirvieron para la aparición y propagación de enfermedades infecciosas”.

La evidencia indica que esta pandemia habría colaborado con el colapso de estas antiguas poblaciones agrícolas, allanando el camino a las grandes invasiones que tuvieron lugar desde la estepa rusa hacia Europa y que cambiaron la genética europea para siempre. También dieron origen a los lenguajes indoeuropeos.

Según el biólogo Simon Rasmussen de la Universidad Técnica de Dinamarca, la ruta exacta que tomó la bacteria es difícil de trazar porque tampoco se conoce exactamente por donde transitaban los humanos en esa época. 

Enigmas sin resolver
El kilómetro cero de la peste aún se desconoce. Y quizás nunca se conocerá dónde la bacteria Yersinia pestis comenzó su recorrido asesino. Las evidencias, sin embargo, apuntan a una región: Trypillia, en Ucrania. Durante el Neolítico, esta zona de Europa del Este fue el hogar de megasentamientos de entre 10.000 y 20.000 personas. “En estos poblados, humanos y animales vivían en contacto muy cercano, se acumulaban granos y alimentos y tenían problemas de higiene y salubridad, condiciones ideales para la emergencia de peste -dice Rascovan-. Se sabe que los sitios fueron quemados múltiples veces hacia la caída del Neolítico, quizás por guerras, quizás por enfermedades. Aún se desconoce. Lo que se sabe es que hace unos 5400 años muchos de los megaasentamientos colapsaron”.

Todos estos eventos que tuvieron profundas consecuencias en la historia de la humanidad. Hoy estos arqueólogos y genetistas siguen, como detectives de bacterias antiguas, sus huellas a la distancia. Por suerte, dice Rascovan, esos patógenos ya están muertos cuando se los estudia: “Trabajar con muestras antiguas no representa ningún riesgo para nosotros, aunque eso no quiere decir que estos restos de seres humanos no deban ser tratados con el respeto y ética que se merecen. No dejan de ser los restos de un antepasado. Al realizar investigaciones con restos humanos, hay que ser cuidadoso y responsable de usar la mínima cantidad de material posible, la cual debe estar bien justificada. Material usado, es material que se pierde para siempre”.

Aun queda todavía mucho por estudiar, ya que lo que en verdad hicieron estos científicos fue abrir nuevas preguntas, más que aportar certezas.  Lo cierto es que más que ayudarnos a conocer la biografía de uno de los enemigos más letales con los que la humanidad se ha cruzado también nos recuerdan nuestro lugar de recién llegados al planeta. “Las bacterias viven en la Tierra desde hace 3.500 millones de años, mientras que los primeros animales multicelulares no aparecieron hasta hace tan solo 600 millones -recuerda Rascovan-. Cuando estos primeros organismos multicelulares evolucionaron, lo hicieron completamente rodeados de bacterias, con las que aprendieron a convivir e interactuar desde el origen mismo. Ya para cuando aparecimos nosotros como especie, hace unos 300 mil años, estaba todo cocinado: evolucionamos rodeados de bacterias. En nuestro peregrinaje por el mundo nos fuimos encontrando con alguna que otra especie de bacteria, entre las miles con las que interactuamos constantemente, que nos agarró por sorpresa y no supimos cómo manejar”.  

Autor: Federico Kukso
Periodista científico independiente. 2015-16 Knight Science Journalism Fellow at MIT. Escribe sobre ciencia, tecnología y cultura para publicaciones como La Nación (Argentina), Undark (MIT), Muy Interesante Argentina, Agencia Sinc (España), Scientific American (Estados Unidos), Brando, Le Monde Diplomatique, Suplemento Soy de Página 12 (Argentina), Bank Magazine, entre otras. Fue editor de las secciones de ciencia en diarios como Página 12, diario Crítica de la Argentina y subeditor de la sección Ideas en la Revista Ñ (Clarín). Autor de los libros: Todo lo que necesitás saber sobre Ciencia y Dinosaurios del fin del mundo, entre otros.