Los héroes caninos que conquistaron el espacio

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Laika que viajó en el Sputnik 2. 

Aunque su destino fue fatal por una falla en el sistema de enfriamiento entre 5 y 7 horas después de entrar en órbita,  esta información no sería dada a conocer sino hasta mucho tiempo después. En aquel momento, los responsables de la misión hicieron creer al mundo que la perra había sobrevivido varios días, convirtiéndola en un verdadero icono de la carrera espacial, y estandarte del potencial de la Unión de Repúblicas Soviético Socialistas (URSS) en el envío de vida al espacio. Sin duda, lo más trágico de la historia de la carismática perrita callejera fue su sacrificio premeditado, pues es sabido que nunca existió un plan para recuperarla. Los restos de Laika reingresaron a la atmósfera en abril de 1958. 

Oleg Gazenko, uno de los científicos que participó en la misión de Laika dijo, en 1998, que se arrepentía de haber mandado a la perrita a una muerte segura en el espacio. “Cuanto más tiempo pasa, más me arrepiento. No debimos hacerlo… no aprendimos lo suficiente para justificar la muerte de la perra.”, son sus palabras citadas en el libro Animals in Space: From Research Rockets to the Space Shuttle de Colin Burgess y Chris Dubbs.

¿El primer hombre o el último perro?
Por supuesto, además de Laika, otros canes visitaron el espacio y, aunque no forman parte del imaginario mundial, muchos de ellos sacrificaron su vida para abrir paso a la investigación e, incluso, fungieron como emisarios diplomáticos entre las potencias mundiales que protagonizaron la Guerra Fría.

El 22 de julio de 1951, Tsygan (gitana) y Dezik fueron las primeras perras en lograr un vuelo suborbital y regresaron sanas y salvas a la Tierra. Dezik fue enviada de vuelta al espacio en septiembre de 1951 con Lisa, pero no sobrevivieron. Un total de unas 13 perras fueron lanzadas al espacio entre 1951 y 1955.

Unos años después, entre 1957 y 1960, tuvieron lugar 11 vuelos con perros en cabinas presurizadas utilizando cohetes de la serie R-2A, que volaron a altitudes de 200 km. En 1958, tres vuelos de cohetes R-5A, llegaron con perros hasta altitudes de 450 km, más allá de la distancia en donde actualmente se encuentra la Estación Espacial Internacional. En estas misiones participó, Otvazhnaya (la valiente), una de las perras espaciales más experimentadas, puesto que viajó cinco veces al espacio.

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Tsygan y Dezik fueron las primeras perras en lograr un vuelo suborbital

Después de Laika, en 1960, ocurrió otro hito canino espacial. El 19 de agosto Belka (ardilla) y Strelka (pequeña flecha), fueron lanzadas a bordo del Sputnik 5 junto con un conejo, 45 ratones, insectos y plantas, convirtiéndose en los primeros en ser recuperados exitosamente de una misión a la órbita alrededor de la Tierra. 

Después de regresar, Strelka, tuvo seis cachorros, de los cuales una, llamada Pushinka, fue regalada por el líder soviético Krushev a Caroline, hija de John F. Kennedy. Un primer paso para la consolidación de la hoy más que exitosa diplomacia espacial entre los dos países.  

Por lo menos, otras siete perritas más fueron enviadas entre el 60 y el 61 para probar diferentes tecnologías del vuelo espacial, incluido el Vostok, nave que se convertiría en el primer transporte de seres humanos al espacio. Zvezdochka (pequeña estrella), elegida y nombrada por Yuri Gagarin, viajó el 25 de marzo de 1961 a bordo del Sputnik 10.  Regresó sana y salva después de haber probado todos los sistemas por última vez, antes de que el 12 de abril del mismo año Gagarin se convirtiera en el primer ser humano en viajar hasta colocarse en la órbita alrededor del planeta. Yuri decía que no estaba seguro de ser el primer hombre o el último perro en el espacio. 

Después de este épico viaje, la historia tenía otro récord imbatible preparado para dos heroínas caninas más. El 22 de febrero de 1966, Veterok (brisa) y Ugoyok (pequeño pedazo de carbón) fueron lanzadas en la única misión de Kosmos 110 para probar el efecto de la radiación en una estancia prolongada en el espacio. Los 21 días que estuvieron en órbita siguen siendo el récord de estancia de un perro y, el cual, sólo fue superado por humanos hasta junio de 1974 con el vuelo de Skylab 2.

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La ética del uso de los animales
Según el Dr. Alejandro Herrera Ibáñez, investigador jubilado del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, y especialista en ética animal, ésta tiene como norma principal evitar hacer daño a otros seres.

La disciplina describe dos posturas principales. La corriente bienestarista plantea que, mientras se procure un estado aceptable de bienestar para los animales, y se minimice su sufrimiento al máximo posible, es aceptable utilizarlos para la ciencia. En contraste, el abolicionismo asegura que no tenemos derecho manipular a otros seres vivos que pueden sufrir, “así como no lo hacemos gratuitamente con nosotros mismos, si ellos tienen la capacidad de sufrir, entonces deberíamos estar en pie de igualdad.”, apunta el Dr. Herrera. 

Con el afán de encontrar una alternativa a esta paradoja, en 1959, los filósofos Russel y Burch, en su libro The Principle of Humane Experimental Technique, sostuvieron el principio rector de las tres erres. Reemplazar: buscar métodos que sustituyan el uso de animales. Reducir: no repetir innecesariamente los experimentos en seres vivos.  Refinar: hacer más eficientes lo procedimientos para minimizar el dolor y la angustia, así como para mejorar el bienestar.

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