Cuerpo

Los microbios que nos habitan (y gobiernan)

Berenice González Durand 07 / Nov / 18
La composición de la microbiota intestinal es sólo un ejemplo de la fuerza que tienen los microorganismos para llevarnos a la enfermedad o al equilibrio saludable

Son prácticamente invencibles. Los bacteroidetes han colonizado todo tipo de hábitats sobre la Tierra: suelos, ríos, océanos y, por supuesto, nuestro tracto intestinal. Estos filos bacterianos, que bajo la óptica de un microscopio lucen como mullidos cojinetes redondos y muy alargados, pertenecen, y prácticamente lideran, a la diversa comunidad que microrganismos que viven en nuestro interior.

Hay bacterias, arqueas, hongos y protozoos creando un poderoso ecosistema en nuestro intestino grueso. La densidad microbiana es tal, que se calcula que tan sólo en este hábitat de nuestro organismo conviven más de mil 500 especies. Esta microbiota, como se le denomina a la comunidad microbiana que habita un medio ambiente específico, sufre diversos cambios durante diversas etapas de la vida. Además, detonantes intrínsecos, como el estrés; o extrínsecos, como los medicamentos y la dieta, influyen en el comportamiento del microbioma, como se le conoce al contenido genético de la microbiota.

Las funciones de esta microbiota son útiles para la supervivencia del organismo que la alberga. Activa compuestos bioactivos (como los fitoestrégenos) y ayuda a fermentar la fibra dietética transformándola principalmente en azúcares simples y ácidos grasos de cadena corta (AGCC), por lo que su función mejora el aprovechamiento de las calorías. También es capaz de sintetizar vitaminas esenciales, como la vitamina K o la biotina (producida, por cierto, por los bacteroidetes), entre otras. También la microbiota activa el metabolismo de los ácidos biliares e incluso transforma carcinógenos potenciales como las aminas heterocíclicas. La lista de beneficios no termina: tiene funciones modulatorias del sistema inmunitario e incluso protegen al organismo frente a patógenos y hasta generan compuestos con funciones antibióticas naturales.

Es así que el estudio de estas comunidades de microorganismos y su relación con quienes los hospedan ha revolucionado la mirada científica con grandes promesas en varias áreas. Una de ellas tiene que ver con la medicina personalizada del futuro. Se apuesta porque la prevención, diagnóstico y tratamiento de enfermedades estará ligado precisamente al análisis del microbioma. Los principales laboratorios farmacéuticos del mundo están invirtiendo millones de dólares en esta área, pues la respuesta del organismo a un determinado fármaco e incluso el ritmo de la evolución de la enfermedad podría anticiparse mediante el conocimiento de este genoma presente en los diversos ecosistemas que alberga el cuerpo humano.

El comportamiento simbiótico del microbioma ha dado pistas de cómo se relaciona con algunas enfermedades. Por ejemplo la gingivitis de una futura madre podría relacionarse con partos prematuros o bebés de bajo peso, debido a la reacción inmune del organismo frente a las bacterias causantes de estos problemas. Otro ejemplo: la microbiota de la boca detectada en la saliva, podría utilizarse como marcador para la respuesta a distintas enfermedades. De hecho, se piensa que el funcionamiento ciertos tipos de inmunoterapia, como la que utiliza los inhibidores de PD-1 para levantar las defensas naturales del cuerpo contra el cáncer, está relacionada con el estado de la microbiota del paciente, en particular con la presencia de algunas bacterias como la llamada Akkermansia muciniphila.

 

Hay bacterias, arqueas, hongos y protozoos creando un poderoso ecosistema en nuestro intestino grueso. La densidad microbiana es tal, que se calcula que tan sólo en este hábitat de nuestro organismo conviven más de mil 500 especies.
Foto: Especial 

¿Somos lo que comemos?
Dentro de los grupos bacterianos que habitan en el intestino grueso, los más abundantes son precisamente los Bacteroidetes y los Firmicutes, que constituyen más del 70% del total de microrganismos que habitan este ecosistema. Una microbiota en equilibrio también influye en la estructura anatómica del intestino aumentando su absorción, promoviendo la renovación de las células de las vellosidades y acelerando el tránsito intestinal.

Sin embargo, diversos estudios han mostrado que en los países desarrollados se ha perdido la diversidad microbiana con la consecuente fractura del equilibrio de estos paraísos microscópicos. Entre las causas, se cita desde el uso de más productos antibacteriales para el aseo hasta el empleo de antibióticos, pasando, incluso, por el incremento en el número de cesáreas, pues se considera que la salida del feto por el canal vaginal es la primera vía para adquirir las colonias de microbiota heredadas por la madre.

De hecho, también se piensa que las alteraciones y el desequilibrio del microbioma intestinal tienen que ver con el aumento de enfermedades gastrointestinales como el síndrome del intestino irritable (SII), así como trastornos metabólicos, como la obesidad y la diabetes; sin negar que estos padecimientos también se han fortalecido por el consumo de alimentos calóricos más industrializados y con pocas aportaciones de fibra.

En este marco, también ha vuelto a hacer eco el término de alimento funcional, que comenzara a utilizarse en la década de los ochenta en Japón para los alimentos con ingredientes que desempeñan una función benéfica en el organismo humano, más allá de su contenido nutricional. El mercado de los alimentos funcionales está creciendo en todo el mundo como una estrategia para recuperar el equilibrio perdido entre los microorganismos de la microbiota e incluso para la prevención de enfermedades crónicas.

A este tipo de alimentos corresponden fermentados por bifidobacterias y lactobacilos, como los llamados probióticos, contenedores de microorganismos vivos. El cambio de una letra marca otra diferencia: dentro de esta funcionalidad redescubierta, también se encuentran los prebióticos que estimulan selectivamente bacterias benéficas mediante el uso de ingredientes alimentarios no digeribles como la inulina (un polisacárido naturalmente presente en numerosas plantas) y los fructooligosacáridos (FOS que se encuentran en ciertos alimentos o se producen industrialmente). Es así que los prebióticos pueden ser añadidos, pero también se encuentran de forma natural en diversos alimentos, como alcachofas, plátanos, ajos, puerros y cebollas.

En los países desarrollados se ha perdido la diversidad microbiana con la consecuente fractura del equilibrio de estos paraísos microscópicos. Entre las causas, el incremento en el número de cesáreas, pues se considera que la salida del feto por el canal vaginal es la primera vía para adquirir las colonias de microbiota heredadas por la madre
Foto: Archivo El Universal

Alimentos de la dieta tradicional mexicana se han retomado bajo esta óptica. Por ejemplo, en la actualidad han surgido en todo el país diferentes proyectos de investigación que revalorizan el pulque a través de su contenido nutricional. Un ejemplo de estas líneas de investigación es la que se realiza en el Instituto de Biotecnología de la UNAM, donde un grupo de científicos revalorizan el concepto del pulque mediante estudios en los que han sido aisladas las bacterias lácticas encontradas en esta bebida.

Como ya lo hemos consignado de manera más amplia en otros textos publicados en este espacio, las bacterias encontradas en el pulque de varias regiones del país abren la puerta al desarrollo de probióticos mexicanos, pues es posible aislar las bacterias de este fermentado mexicano y utilizarlas en bebidas sin contenido alcohólico. Su efectividad ha sido reportada incluso mejor que la de productos comerciales con el Lactobacillus casei Shirota. Por otra parte y en la balanza de los prebióticos, alimentos como el nopal son motivo de estudio dentro y fuera del país, pues además de modular la flora intestinal, la fibra de esta planta reduce la inflamación e influye en la disminución de los picos de glucosa en pacientes con diabetes tipo 2.

Cada vez se acumula más evidencia de la simbiosis entre la naturaleza de la dieta y la microbiota intestinal, mientras que los estudios genéticos abren más puertas sobre estos vínculos para entender mejor el funcionamiento del organismo humano. Los bacteroidetes, ciertamente, son invensibles y ahora se posan como una de las piezas clave de este rompecabezas futurista que redime su función.

Autor: Berenice González Durand
Periodista cultural independiente. Ha trabajado en diferentes revistas y periódicos como editora y reportera. Desde 2013 escribe para Conciencia, que antecede a Tangible, como la apuesta por la ciencia de El Universal.