Fuera mitos

Los misterios científicos de Scooby Doo… y Shaggy

Luis Javier Plata Rosas 26 / Oct / 18
Parelelamente a los misterios que la entrañable pareja de Shaggy y Scooby Doo resuelven en cada uno de los episodios de la serie producida originalmente por Hanna- Barbera Productions, algunos científicos se preguntan cómo funciona el metabolismo de estos personajes, y otros utilizan la narrativa de la serie para crear una inteligencia artificial contadora de historias.

La escena se repite sin importar si se trata de la enésima versión de la serie, de un especial de temporada o de una de sus películas que desde hace algunos años se distribuyen directamente para video: Shaggy y Scooby corren a toda velocidad mientras son perseguidos por alguno de los monstruos de su galería de villanos.

Están, por supuesto, los clásicos, como Drácula, Frankenstein, el Hombre Lobo, la Momia, el Jinete sin Cabeza, brujas y fantasmas al por mayor… pero tampoco faltan los producidos por pesadillas más recientes, como el Virus Fantasma y el Chupacabras, y sin olvidar aquellos con los que la caricatura ha contribuido para el Salón Terrorífico de la Fama, como el Fantasma de los 10,000 Voltios y el Monstruo de Brea.

Vencer a tantos monstruos no es, por supuesto, tarea que puedan acometer únicamente un grupo de muchachos entrometidos. Es por ello que desde hace casi medio siglo y hasta ahora, mucho antes de que los megablockbusters nos acostumbraran al aglutinamiento masivo de personajes en el cine permitido por metro cuadrado de pantalla, ya Scooby había hecho equipo con los Harlem Globetrotters, la Familia Addams, Batman, Fabulman, el luchador John Cena, el Demonio y el resto de los integrantes del grupo de rock Kiss, entre muchos otros.

Es claro que tantas y tan continuas persecuciones a lo largo de las décadas han convertido a Shaggy y Scooby en los ultramaratonistas por excelencia de las caricaturas: es posible que ninguno otro personaje haya acumulado el kilometraje de este hippy y su perro, y así como a nadie le parece extraño que un corredor fondista tenga varias comidas de carbohidratos con intención de aprovecharlas después como combustible para sus trote, ni que personajes como Gokú y Naruto devoren platos enteros de ramen y otras suculencias después de salvar al mundo o al universo entero (y esto, bien lo sabemos, no es ninguna exageración),  no debería asombrarnos que la pareja más famosa de Misterio a la orden pueda terminar con un buffet entero y prepararse y atracarse con torres de sándwiches tan altas como ellos mismos… ¡sin engordar un gramo!

Shaggy y Scooby alcanzan, como máximo, la velocidad promedio de un gran danés, que es de 15 a 18 metros por segundo o, lo que es igual, 54 a 65 kilómetros por hora. El campeón olímpico Usain Bolt con sus 43.4 kilómetros por hora es, en comparación, una tortuga.
Foto: Reuters

No faltan, sin embargo, entre los ayer niños y hoy estudiantes de posgrado de carreras científicas como física, los que, escépticos a fin de cuentas -en cierta medida gracias a Scooby Doo y en otra debido a su formación profesional (en qué porcentaje, es asunto para discutir otro día), deciden hacer sus propios cálculos para validar la posibilidad de un metabolismo tan acelerado como el exhibido por estos émulos de Gargantúa y Pantagruel.

Estos estudiantes entrometidos estimaron que, en una sentada, Shaggy y Scooby terminan aproximadamente con diez veces lo que un adulto promedio consume en una comida, lo que se traduce en términos energéticos en unos 0.1 gigajoules por día, mientras que, de acuerdo con las tasas de metabolismo basal típicas para un individuo de alrededor de 70 kilogramos y un perro de 32 kilogramos, Shaggy y Scooby gastan alrededor de 7.2 y 4.2 megajoules, respectivamente (es decir, cien veces menos que lo que la caricaturesca pareja obtiene en cada comilona)[1]; esto sin considerar los entrenamientos forzados por sus nada intencionados -o, en todo caso, malintencionados- entrenadores con disfraces de Halloween.

 En cuanto Shaggy y Scooby se apropian del dicho “cuando el búho canta, el perro y el hippie mueren” (expresión casi calcada del doblaje de uno de los episodios) y ponen pies en polvorosa, tenemos que ambos alcanzan, como máximo, la velocidad promedio de un gran danés, que es de 15 a 18 metros por segundo o, lo que es igual, 54 a 65 kilómetros por hora. El campeón olímpico Usain Bolt con sus 43.4 kilómetros por hora es, en comparación, una tortuga.

Los físicos tomaron el valor bastante conservador de una persecución por semana para así determinar que Shaggy y Scooby gastan en promedio 7.9 y 4.5 megajoules por día y, al restar esta cantidad a la energía que reciben gracias a la combinación de pizzas, hamburguesas, malteadas, pastas y postres en cada comida, tenemos un exceso de energía en humano y perro que, dado que no la almacenan como grasa ni de ninguna manera puesto que no aumentan de peso, debe ser liberada por completo mediante pérdida de calor corporal por radiación, conducción y convección.

Como la radiación es, por mucho, el principal mecanismo de transmisión de calor resulta que, para que Shaggy y Scooby irradien toda la energía que les sobra, sus temperaturas corporales deben ser de 97 grados Celsius, en el caso de Shaggy, y de 140 en el de Scooby. Este estado de hipertermia, concluyen los físicos, quizás podría ser mantenido por un humano como Shaggy, si pudiera sudar de forma extrema. ¿O tal vez la explicación al enigma radica en que en verdad Shaggy y Scooby experimentan, no un sudor frío, sino un sudor superhelado cada vez que se enfrentan con el Pie Grande y otras criaturas?

Científicos aún más escépticos -seguros miembros del Club de Fans de Vilma- tienen una hipótesis alterna para lograr comer sin engordar con la Scoobydieta. Haciéndose eco de una leyenda urbana que siempre ha rodeado a la caricatura, John Davenport asegura que la postura encorvada de Shaggy evidencia su consumo de mariguana -ingrediente “secreto” que, según él y muchos otros, hace tan adictivas a las Scoobygalletas-, dado que hay estudios que muestran que el consumo de esta droga, aunque podría ser de alguna ayuda en el tratamiento de la obesidad, tiene como efecto indeseable la osteoporosis… al menos en ratones[2].
 

"Se ha propuesto que la pseudociencia se mida en chopras, en reconocimiento a la contribución de Deepak Chopra"
Foto: Deepak Chopra / Archivo El Universal

Con todo lo asombroso que sería un metabolismo acelerado como el de Shaggy y Scooby, y aunque a veces los guionistas han traicionado a su premisa inicial -en boca de Vilma, que “todo tiene una explicación lógica”- e incorporado lo sobrenatural en el Scoobymundo, todos aquel que sabe los efectos de una Scoobygalleta en el despertar del poder perruno (única frase recordable y contribución salvable de ese ente diabólico llamado Scrappy, del que en un episodio Fred hace bien en recordar a Dafne: “nunca hablamos de él”), no ignora que lo más extraordinario de Scooby es que se trata de una caricatura para niños que sigue diciéndoles a gritos a éstos que, sin importar qué tanto se empeñe el mundo en tratar de asustar a la pandilla de Misterio a la orden con la criatura en turno, los monstruos no existen.

Y lo que en verdad es para ponernos los pelos de punta es que, a diferencia de la realidad de la caricatura, en la que el engaño termina cuando el villano dentro del disfraz de monstruo es desenmascarado, los charlatanes fuera de la pantalla que se aprovechan de nuestros miedos y supersticiones tienen máscaras, mucho más difíciles de remover que las de látex, con las que hacen una caricatura de la realidad a base de una mezcla de pensamiento mágico y muy libres y erróneas interpretaciones de la ciencia. No es raro entonces que Scooby no haya perdido vigencia en el siglo XXI, incluso a pesar de la repetitividad de buena parte de sus episodios, rasgo que han aprovechado los expertos en inteligencia artificial para programar una computadora, con la “receta” seguida por los guionistas de la serie original, de manera que se transforme en una monstruosa Máquina de Scoobyhistorias[3].

¿Dónde están los tripulantes de la Máquina del Misterio o sus seguidores ahora que es necesario desenmascarar abominaciones como el Monstruo de los 10,000 Chopras (se ha propuesto que la pseudociencia se mida en chopras, en reconocimiento a la contribución de Deepak Chopra)?

Hoy que hay más de un monstruo de este tipo al acecho, ¡Scooby Doo!, ¿dónde estás?
 

Autor: Luis Javier Plata Rosas
Divulgador científico y profesor de la Universidad de Guadalajara. Doctor en oceanografía costera. Autor de, entre otros libros, "La ciencia y los monstruos", "El océano tiene onda" y "La física del Coyote" y el "Correcaminos". Columnista de Nexos(Sobre ciencia, en teoría) y colaborador de ¿Cómo ves? (sección ¿Será?). Premio Estatal de Ciencia, Tecnología e Innovación de Jalisco en la categoría Divulgación (2014).
Referencias:
[1] Moore, C.D.Y, H.W. Buttery, D.J. Middleton y R.H. Peck, 2016, Scooby and Shaggy: Metabolic miracles, Journal of Physics Special Topics (An undergraduate physics journal), 2 pp.,[2] Davenport, R.J., 2009, The skeleton goes to pot, Science of Aging Knowledge Environment, 21, nf39.,[3] Hayton, T., P. Gregory, A. Lindsay y J. Porteus, 2016, Best-fit action-cost domain model acquisition and its application to authorship in interactive narrative, Proceedings of the Twelfth AAAI Conference on Artificial Intelligence and Interface Digital Entertainment, 190-196.