Sociedad

Marie Kondo: La felicidad con base en el orden obsesivo

Luis Javier Plata Rosas 10 / Jan / 19
Existe evidencia de que despojarnos conscientemente de algunas posesiones pueden influir en nuestra felicidad como consumidores

En 2011 Marie Kondo publicó La magia del orden, un libro con un método —el KonMari— que, a diferencia de otros libros de autoayuda, no se basaba en tomarnos calditos de pollo, descubrir quién se llevó nuestro queso, vender el Ferrari o el Tsuru, ni en seguir leyes espirituales o cuánticas ni acuerdos toltecas, zapotecas o mexicas. No. Kondo proponía un camino bastante más mundano, mucho menos esotérico y, en esencia, mucho más ordenado: arregla tu casa —y tu vida— deshaciéndote de los miles de triques, cachivaches, trapos y libracos que inundan todos los espacios y recovecos del lugar en el que vives. 

En treinta y cinco idiomas y en más de 4 millones de ejemplares vendidos, y ahora en el programa de televisión que estelariza, Kondo —quien en 2015 fue nombrada una de las 100 personas más influyentes del mundo por la revista Time— predicó que el trabajo de organización en nuestro hogar se resumía en decidir si tirar algo o no y, en este último caso, decidir dónde ponerlo. “Si puedes hacer estas dos cosas, alcanzarás la perfección”. 

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Marie Kondo habla en un evento de medios en Nueva York | Crédito: AP

¿Pseudociencia, moda New Age?

Sobre el almacenaje, su libro está lleno de consejos prácticos, basados en su experiencia como “ordenadora profesional”, con los que uno puede coincidir o no, pero la parte más controversial de su método KonMari radica en su propuesta sobre el criterio para desechar o no el suéter que nuestra abuela nos regaló en Navidad o la colección de peluches de animales que hemos coleccionado desde la primaria: al tomarlos en nuestras manos, ¿nos proporcionan alegría? Sí. Entonces a conservar. No. Entonces… ¡a la basura!, pero no sin antes despedirnos del objeto desechado diciéndole cosas como: “Muchas gracias por darme alegría cuando te compré (o cuando te recibí envuelto como regalo)”. 

¿Estamos ante un caso más de reciclaje de pseudociencia estilo Feng Shui? ¿Se trata de otra moda New Age, de ésas que imaginan vibraciones negativas en unos calcetines hechos pelotas, aprisionados y tristes en los cajones, y energías positivas cargándonos desde un vestido felizmente colgado en el clóset? Y, a fin de cuentas, ¿hay evidencia de que, como propone Marie Kondo, quedarnos con lo que nos “despierta alegría” y tirar todo lo demás en verdad nos proporcione un mayor bienestar? Vayamos en orden:

En la magia del orden en ocasiones parece que Kondo trata a los objetos como si estuvieran vivos o pudiesen reaccionar a nuestras emociones y sentimientos o fueran fuente de energías, pero ella misma aclara a qué se refiere en cada caso. 

Por ejemplo: “Si estas cosas tuvieran sentimientos, no estarían felices. […] Déjalas ir con gratitud”. O: “El tiempo que [los calcetines] pasan en tu cajón es su única oportunidad de descansar. Pero si están replegado, hechos pelotas o atados, siempre están en un estado de tensión…” (¡Animismo puro? ¡Qué vergüenza, Kondo!) “… con su tela estirada y su resorte forzado. […] Los calcetines y medias que tengan la suerte de quedar al fondo del cajón suelen quedar olvidados por tanto tiempo que su resorte se estira de manera irreparable” (¡Ah, bueno! No es animismo). 

“Estoy segura de que, cuando muestro respeto con la roja que elijo usar y empiezo el trabajo de organización saludando a la casa, ésta se sentirá feliz de decirme lo que la familia ya no necesita…” Bueno, aquí sí ni cómo defenderla, pero habría que añadir que entre sus seguidores hay quienes personifican a los objetos (“Creo que es una cosa cultural. Mis padres siempre me dijeron que respetara las cosas que tenía, que las cuidara y las apreciara. Pero normalmente no hablo con ellas…) y quienes no lo hacen, quienes concuerdan con que la felicidad se encuentra en los objetos (“Ellas te dan alegría”), quienes opinan que no se encuentra en ellos (“Sólo Dios puede dar alegría”) y quienes consideran que se halla en lo que estos objetos simbolizan (“Me lo dio mi esposa cuando estaba viva”). Cuestión aparte es si, independientemente de lo que crean los marikondianos, la parte del método KonMari que asegura dar mayor felicidad funciona. En un momento regresamos a ello.

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En esta foto del 11 de julio de 2018, la experta en organización japonesa Marie Kondo habla en un evento de medios para presentar su nueva línea de cajas de almacenamiento en Nueva York | Crédito: AP

El placer del orden

Sobre las razones detrás de sus consejos de organización, Kondo no afirma que estas le hayan sido otorgadas por alguna sabiduría ancestral ni que sean infalibles o parte de un —por darle un nombre ad hoc al tema— orden cósmico, si bien exagera al promover la efectividad de su método y asegurar cosas como que sólo necesitamos aplicarlo una vez en la vida (como han comprobado algunos practicantes de éste entrevistados por Meg Lee Hsin-Hsuan, experta en estudios de percepción y bienestar del consumidor). A pesar de ello, también reconoce que sus sugerencias están hechas “con base en la experiencia que he ganado al dedicar la mitad de mi vida a la organización” y que por ello “puedo decirte con certeza que funciona”. Una tesis entera de sociología y el estudio de la citada Hsin-Hsuan ponen a prueba esta aseveración:

De acuerdo con Hsin-Hsuan, hay evidencia sólida y variada de que despojarnos conscientemente de algunas posesiones y tener una actitud anticonsumista influyen positivamente en nuestra felicidad como consumidores; otros estudios dan la razón a Marie Kondo cuando afirma que el orden doméstico está por lo general asociado a un menor estrés (si bien, para consuelo de quienes aborrecen el orden, hay investigaciones que prueban que existe una asociación entre desorden y creatividad). 

Cuando adquirimos un número cada vez mayor de objetos el resultado es el desorden doméstico, que los estudiosos del tema consideran una forma decontaminación simbólica o, dicho de otra forma, dado que las personas tenemos diferentes formas para definir los lugares adecuados para ciertos objetos, y que estos no son universales (por ejemplo: “estos pantalones no van en este cajón de ropa de vestir, sino en el cajón de fachas para estar en casa”), cuando esos objetos están “fuera de lugar” para nosotros, consideramos el resultado como desorden, tiradero y hasta chiquero o muladar (si, por ejemplo se trata de nuestra habitación y la que juzga es alguien como nuestra madre). No es el objeto “desordenado” en sí el que provoca sentimientos negativos en nosotros, nos dice Hsin-Hsuan, sino la ruptura del sistema de clasificación que creamos en nuestra casa, por lo que saber dónde poner cada cosa y tener cada cosa en su lugar en verdad puede resultar satisfactorio y convertirse, como postula Kondo, en un acto que restaura la felicidad en el hogar.

La socióloga Ivana Balgová llama además nuestra atención sobre la diferencia entre el concepto de limpieza de Kondo, en el que arreglar la casa y los objetos de los que se deshace una persona —aquellos que no le causan alegría—dependen fuertemente de cómo quiere vivir cada persona en particular, y la limpieza entendida por la sociedad occidental como una lucha contra la suciedad y las bacterias, en la que el objetivo mayor es la desinfección de un local. Balgová concuerda con que, mientras que en el primer caso el fin es lograr un mejor estado de bienestar mental (de felicidad, si aceptamos nombrarla como lo hace Kondo), en el segundo lo único que conseguimos —que tampoco es poco— es preservar la salud de la familia gracias a la higiene doméstica. 

Y si queremos aumentar aún más la felicidad que nos proporciona el deshacernos por fin de todos esos calcetines sin par, todos esos botones, clavos, tornillos y tuercas que guardamos para una hipotética reparación futura, todas esas garantías expiradas y cables de electrodomésticos inservibles desde hace años y, en fin, de todos esos objetos que ya no encienden ni una chispa de alegría en nosotros, más allá de Marie Kondo podemos hacer caso de aquellos estudios que prueban que el reciclaje social -el donar nuestros bienes usados a otras personas para quienes siguen siendo útiles- incrementa este estado emocional más que el reciclaje tradicional al generar en nosotros la percepción de que ayudamos tanto a nuestro prójimo como al medio ambiente. ¿No es ésta es la auténtica magia de la felicidad? 

Autor: Luis Javier Plata Rosas
Divulgador científico y profesor de la Universidad de Guadalajara. Doctor en oceanografía costera. Autor de, entre otros libros, "La ciencia y los monstruos", "El océano tiene onda" y "La física del Coyote" y el "Correcaminos". Columnista de Nexos(Sobre ciencia, en teoría) y colaborador de ¿Cómo ves? (sección ¿Será?). Premio Estatal de Ciencia, Tecnología e Innovación de Jalisco en la categoría Divulgación (2014).