Cosmos

Misión lunar Israelí: El triste final de un gran sueño

Federico Kukso 12 / Apr / 19
Luego de diez años de preparación, la pequeña nave israelí Beresheet —financiada con fondos privados— se estrelló este jueves en el gris y desolado suelo lunar. El incidente demostró lo que muchos olvidan: el espacio es difícil, hostil y peligroso

Todo era alegría y excitación en el centro de control en Yehud, centro de Israel. Los fotógrafos y camarógrafos se obstinaban por registrar cada gesto, cada momento: cada mano estrechada por el primer ministro Benjamin Netanyahu y su esposa Sara; los estallidos de aplausos y abrazos ocasionales; los pulgares sincronizados y rígidos que apuntaban hacia arriba; así como también por cazar las miradas colmadas de expectativa en una sala en la que carteles con eslogans como “Small country, big dreams” (País pequeño, grandes sueños) se mezclaban con monitores, controles y curiosos que adoptaban las más variadas posturas para calmar los nervios.

Había llegado el momento. En un día histórico, Israel estaba por llegar a la Luna, ingresando a un club exclusivo, una elite espacial conformada por las únicas naciones que lo había logrado hasta entonces: Estados Unidos, Rusia y China. Con una diferencia: en este caso se trataba de la primera misión financiada con fondos privados en estar a punto de posarse en aquel mundo gris y desolado.

Hacía meses que la emoción se sentía en cada rincón del país mediterráneo. Se hablaba de esta aventura espacial en cada oficina, cada informativo, cada cumpleaños.

Punto de no retorno

Agotado el merchandising de la joven compañía aeroespacial SpaceIL —camisetas y gorras—, cientos de miles de personas aguardaban el jueves pasado para celebrar en fiestas y reuniones abrazados al televisor y a las pantallas de sus computadoras. El instante en que la nave Beresheet apoyara sus tres patas en el Mare Serenitatis (Mar de la serenidad), en el hemisferio norte lunar, se acercaba.

La primera lluvia de aplausos irrumpió cuando una imagen apareció en la gran pantalla: se trataba de una selfie tomada en pleno descenso a 22 km de la superficie lunar. Faltaba nada. Entonces, irrumpió el silencio. Las posturas y los rostros de los ingenieros se transmutaron. Los hombros se encogieron. Las manos se llevaron a la frente. Algo no estaba bien.

Luego de entrar en lo que se conoce como "punto de no retorno" en su proceso de aterrizaje, el centro de control perdió contacto con la sonda de 585 kg antes de experimentar un problema con su motor.

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El momento de celebración por la llegada de la nave Beresheet a la Luna se detuvo de pronto, se perdió el contacto y el motor falló | Foto: Israel Aeroespace Industries

"Bueno, no lo logramos, pero definitivamente lo intentamos", dijo Morris Kahn, presidente de SpaceIL, ante una audiencia atónita que mucho no entendía lo que estaba sucediendo. Eran las 10.25 pm en Israel. Beresheet efectivamente había llegado a la Luna pero hecha añicos contra el suelo.

Soñar en un bar

La odisea de la pequeña nave —cuyo nombre significa "Génesis" o "en el principio" en hebreo— comenzó en 2010 con un posteo en Facebook.

¿Quién quiere ir a la Luna?", escribió el ingeniero electrónico Yariv Bash.

No pasaron muchos minutos hasta que dos de sus amigos y colegas, Kfir Damariespecialista en seguridad informática— y Yonatan Winetraub respondieron. Días más tarde se veían las caras en el único bar de Holon, una ciudad al sur de Tel Aviv.

A medida que avanzaba la noche, las ideas se volvieron más ambiciosas. No había límites para la imaginación: planeaban hacer lo que hasta entonces solo las superpotencias habían conseguido. "Mientras aumentaba el nivel de alcohol en nuestra sangre, nos volvimos más y más decididos a hacer esto", recuerda Winetraub. "Y nunca se desvaneció". La idea de viajar a la Luna —una aventura tan arraigada en la imaginación humana— había despegado con una cerveza.

Luego de los desastres con sus transbordadores espaciales y sin el apoyo político, la NASA se había echado a un costado en las últimas décadas. La agencia espacial estadounidense perdió el monopolio que hasta entonces ostentaba de la exploración espacial y billonarios como Elon Musk, Jeff Bezos y Richard Branson entraron en escena tanto para cumplir sus sueños infantiles como para inflar sus egos y sus cuentas bancarias.

Google no quiso ser menos y estableció en 2007 el Premio Google Lunar XPrize que ofrecía 20 millones de dólares al primer equipo que aterrizara un rover en la Luna. Era el impulso que los tres ingenieros israelíes necesitaban y para emprender la tarea formaron una organización sin fines de lucro llamada SpaceIL. Fueron de los últimos equipos en registrarse.

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La idea de llegar a la Luna de tres amigos israelís inició por una charla y unas crevezas | Foto: Amir Cohen

Una misión privada

La competencia era ardua. Los israelíes se enfrentaban a 33 rivales de todas partes del mundo, deseosos de llevarse el trofeo de pasar a la historia. Entre ellos, Moon Express -un equipo estadounidense con patrocinio de Silicon Valley cuyo objetivo a largo plazo era encontrar depósitos de agua y también extraer minerales de la superficie lunar-; Synergy Moon -una colaboración internacional de ingenieros, entusiastas espaciales y cineastas de 15 países-; Team Indus -un equipo de la India-; Hakuto -una iniciativa japonesa que significaba “conejo blanco”- y un equipo italiano conocido como AMALIA (“Ascensio Machinae Ad Lunam Italica Arte”).

Los años pasaron y uno a uno los competidores fueron abandonando el desafío. A inicios de 2018, sin un equipo capaz de cumplir con la fecha límite, Google retiró el dinero del premio.

Los ingenieros israelíes de SpaceIL estaban cerca pero aún les faltaba un par de meses. El modelo que había empezado siendo del tamaño de una botella de Coca-Cola y luego grande como un lavavajillas mejoraba prototipo tras prototipo. Así que decidieron seguir adelante. Y gracias a donaciones privadas de magnates y filántropos estadounidenses y canadienses alcanzaron los cien millones de dólares con los que completaron a fines de 2018 la nave, de tres patas y el tamaño de un automóvil compacto. En enero de este año, viajó desde Israel a los Estados Unidos.

Casi una década después de aquella publicación en Facebook, la nave despegó el 21 de febrero desde Cabo Cañaveral en Florida impulsada por el cohete Falcon 9 de SpaceX, "el Uber de los viajes espaciales". Y con ella los sueños de una nación entera.

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Los ingenieros israelís recibieron grandes donaciones de la invesión privada para finalizar el proyecto | Foto: Ariel Schalit

¿Una misión religiosa?

"Hacemos esto por el impacto —dice Winetraub—: para inspirar a que niños y niñas se dediquen a la ciencia y la ingeniería. Los chicos hoy no quieren ser ingenieros sino estrellas de rock, quieren aparecer en reality shows".

Por eso la misión más que un proyecto científico-técnico se trataba de una misión político, cultural y hasta religioso: en su interior, de hecho, contaba con cápsula del tiempo con tres discos, cada uno con cientos de archivos digitales con dibujos de niños israelíes, archivos MP3 de canciones folklóricas, fotos de paisajes israelíes, diccionarios, enciclopedias y textos, el himno nacional israelí, la tradicional oración judía por viajeros y una Biblia impresa en texto microscópico en una moneda. Y como si fuera poco también contenía la Biblioteca Lunar, un archivo de 30 millones de páginas de historia y civilización humana recolectadas por la Fundación Arch Mission como un back-up de la cultura humana.

La exploración espacial sigue siendo la fuente más potente de esperanza para una especie acosada por el cambio climático, las constantes amenazas de epidemias y el aparente advenimiento de la inteligencia artificial. De ahí el silencio y la tristeza que no solo israelí sino también internacional ante el abrupto final de un nuevo intento por expandir a la especie humana por el cosmos.

La nave —que tenía planeado al llegar estudiar el campo magnético de la Luna— efectivamente aterrizó. "Aunque no de la manera que queríamos", dijo el empresario Morris Kahn. Ante lo cual Netanyahu aseguró: “Una nave israelí aterrizará en la Luna en dos años, tres años. Lo intentaremos de nuevo y lo haremos”.

Heridas espaciales

El incidente demostró que la exploración espacial no es como en las películas. No siempre hay finales felices. En su historia abundan más los fracasos que los éxitos. Se recuerdan más las hazañas que los sacrificios que hubo en su camino.

El 27 de enero de 1967 Gus Grissom, Ed White y Roger Chaffee murieron como consecuencia de un incendio dentro de la cápsula de la misión Apolo 1 durante un entrenamiento rutinario a menos de un mes del despegue.

El 29 de junio de 1971, los cosmonautas Georgy Dobrovolsky, Viktor Patsayev y Vladislav Volkov de la Soyuz 11 fallecieron asfixiados en su regreso a la Tierra por un escape de aire en la cápsula, luego de pasar 22 días en la estación espacial Salyut 1. La ciencia de la exploración es imperfecta y el cosmos es difícil y peligroso. Lo olvidamos: el espacio puede parecer un lugar calmo, pero es un ambiente hostil.

En 1986, la desintegración del transbordador espacial Challenger —que le costó la vida a sus siete astronautas, entre ellos Christa McAuliffe, la primera maestra en el espacio— produjo una herida que hasta ahora no cicatriza.

Y que se volvió a abrir el 1 de febrero de 2003 cuando el transbordador Columbia explotó también por los aires.

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Las misiones espaciales están llenas de errores, tanto en las misiones tripuladas cómo las que no | Foto: Especial

Los desastres de las sondas no tripuladas impactan menos porque no hay pérdidas de vidas pero aún así duelen: por las miles de horas de trabajo, por las esperanzas en ellas depositadas, por los millones de dólares gastados.

La nave Mars Climate Orbiter de la NASA se quemó en la atmósfera marciana en 1999 por una confusión entre millas y kilómetros. "La gente a veces comete errores", dijo Edward Weiler, en su momento director adjunto de la agencia estadounidense.

Todo viaje espacial es una aventura cargada de riesgos. Las naves espaciales son sistemas extremadamente complicados, con innumerables aspectos a considerar, simular y probar para asegurar el éxito.

El día de Navidad del año 2003 el pequeño módulo de descenso inglés Beagle 2 fue expulsado de la nave Mars Express. Atravesó la atmósfera marciana pero nunca más volvió a comunicarse con casa. Tras varios intentos, la agencia espacial europea declaró la misión fallida en febrero de 2004. Durante más de una década no se supo qué había pasado hasta que en 2015 se conoció que la sonda había sobrevivido al aterrizaje en la llanura de Isidis Planitia. La antena había quedado obstruida por uno de los paneles solares, que no llegó a desplegarse por completo.

Conocimiento y entendimiento

La ciencia es un proceso”, dice el astrónomo Phil Plait. “El precio a pagar por hacer ciencia es admitir cuando uno se equivoca, pero la recompensa es lo mejor que existe: conocimiento y entendimiento”.

Un defecto de diseño hizo que el 8 de septiembre de 2004 la sonda Genesis de la NASA —que contenía valiosas muestras de viento solarno desplegara sus paracaídas y cayera sin control a la Tierra.

En 2016, la sonda europea Schiaparelli tuvo un final similar luego de meses de viaje al planeta rojo: se estrelló en Marte después de precipitarse en caída libre a cuatro mil metros del suelo. Como recuerda el físico Fredrick Jenet del California Institute of Technology, el fracaso es una parte necesaria del éxito. En los esfuerzos por viajar a la Luna, hubo 55 fracasos de misiones y solo 41 éxitos.

Todos celebran la misión Apolo 11 pero pocos recuerdan que los primeros que llegaron a la Luna fueron los soviéticos con la sonda Lunik 2. El 19 de septiembre de 1959 golpeó la superficie lunar con una velocidad estimada de 12.000 kilómetros por hora. Unos 60 años después la nave israelí Beresheet recorrió el mismo camino. Y dejó su marca tanto en la superficie de la Luna como en la memoria de millones de personas.

Autor: Federico Kukso
Periodista científico independiente. 2015-16 Knight Science Journalism Fellow at MIT. Escribe sobre ciencia, tecnología y cultura para publicaciones como La Nación (Argentina), Undark (MIT), Muy Interesante Argentina, Agencia Sinc (España), Scientific American (Estados Unidos), Brando, Le Monde Diplomatique, Suplemento Soy de Página 12 (Argentina), Bank Magazine, entre otras. Fue editor de las secciones de ciencia en diarios como Página 12, diario Crítica de la Argentina y subeditor de la sección Ideas en la Revista Ñ (Clarín). Autor de los libros: Todo lo que necesitás saber sobre Ciencia y Dinosaurios del fin del mundo, entre otros.