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Mueren miles de animales sin agua y sin comida

Mongabay Latam 09 / Sep / 19
Los crianceros han decidido organizarse para intentar trasladar su ganado hacia el sur e intentar salvarlo

300 cabras tenía Margarita Segovia Segovia, criancera, fabricante de quesos de la localidad de Putaendo, en abril de este año. Cinco meses después, solo tenía 150. Una a una fueron muriendo las cabras por la falta de agua que acabó con el pasto y la comida disponible.

“Esta murió esta mañana”, dice Margarita indicando el cadáver de ojos abiertos que yace tirado en el peladero empedrado junto a las cabras sobrevivientes que esperan en silencio que algo de agua y pasto les llegue. En Putaendo “5000 animales van muertos”, asegura Freddy Moreno, vocero de los crianceros de este valle encajado en la precordillera de los Andes, en la región chilena de Valparaíso, declarada hace un mes en emergencia agrícola y ganadera por escasez hídrica.

Para los habitantes de Putaendo, que llevan 10 años padeciendo una sequía prolongada, el 2019 les ha mostrado la cara más fea de este problema.

Según científicos que estudian el tema es consecuencia de una combinación entre sobredemanda de agua, ciclos naturales y efectos del cambio climático que, de manera lenta pero permanente, ha secado y seguirá secando el territorio central de este largo país.

“Engordamos pa morir flacos”
 
“Hace años que no tenemos lluvias normales. El año pasado ya tuvimos una baja y llegamos a 114 mm”, señala Manuel Olivares, habitante de Putaendo, pero este año solo ha llovido 31,6 mm. Con esas cifras, el territorio que ha sido siempre considerado semiárido “pasa a ser hiperárido, porque con 30 mm es el desierto”, asegura René Garraud, científico experto en climatología del centro científico para el Clima y la Resiliencia (CR2).

300 cabras tenía Margarita Segovia Segovia, criancera, fabricante de quesos de la localidad de Putaendo, en abril de este año. Cinco meses después, solo tenía 150. Una a una fueron muriendo las cabras por la falta de agua que acabó con el pasto y la comida disponible
Foto: Mongabay

Aunque el experto advierte que existen razones para esperar que vengan años más lluviosos, asegura que la realidad actual de Putaendo es una mirada anticipada a lo que será la zona en unos 40 años más. “Es realmente dramático”, dice Freddy Moreno con voz afligida, quien por estos días se encuentra organizando una campaña para reunir algún dinero, que les permita a los crianceros arrendar campos más al sur para poder trasladar los animales.

En Putaendo, las cabras comienzan a parir a sus crías entre julio y agosto. El corral de Margarita Segovia y el de Erika Aranda, ambas crianceras, está hoy lleno de pequeños cabritos, pero ninguna de las dos mujeres es optimista frente a este nuevo ganado. Muchas de las crías han quedado huérfanas, “porque por falta de comida las madres están débiles, se enferman y mueren después de parir”, explica Freddy Moreno y agrega que las crías a su vez no tienen leche para sobrevivir.

“Los chicos se las rebuscan chupando de otras mamás”, cuenta Erika Aranda, pero el problema es que la falta de comida ha provocado que las cabras prácticamente no den leche. Esto a su vez ha impactado en la economía de las familias que viven de la producción de quesos y que hoy, sin recursos, han comenzado a vender sus animales para poder obtener algo de dinero.

A Luis Manzano, conocido en todo el pueblo como el Manzano, le van quedando 47 animales: 12 caballos y 35 vacunos. “Tenía más — dice — pero los reduje hace un mes atrás porque veía que se me estaba acabando el forraje. Busqué un comprador que me pagó a un costo bajísimo”.

Un animal en años lluviosos se puede vender hasta en $300 000 ($US 421), asegura Manzano, pero cuenta que por estos días le están pagando $65 000 ($US 91) y por los caballos $130 000 ($US 182) «que en un tiempo bueno valen $400 000 ($US 562)”. Doña Erika ni siquiera vendió sus caballos, simplemente “los largué, a ver si sobreviven en otro lado, de alguna manera”.

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Lucía Aranda tenía una florería. Con la sequía las flores se fueron y con ellas su negocio | Foto: MIchelle Carrere

“No sé si alcanza a dimensionar la gravedad del problema”, dice al teléfono Daniel De Blassis, presidente de la Junta de Vigilancia del río Putaendo, la organización encargada de administrar el agua del caudal. De Blassis se esfuerza en explicar con números el paisaje grisáceo de un río que solo trae piedras y basura hasta perderse de vista.

Actualmente hay 710 litros por segundo en el río, es decir, 0,71 metros cúbicos por segundo para abastecer las 6000 hectáreas agrícolas del valle. Para regar de manera óptima una hectárea se requiere, en promedio, un litro por segundo en tiempos de máxima demanda, es decir, en verano, asegura el presidente de la Junta de Vigilancia del río.

“Que tengamos 0,71 metros cúbicos por segundo para regar 6000 hectáreas, cuando deberíamos tener seis metros cúbicos es una situación realmente crítica”, dice y añade que ese cálculo se traduce en que una hectárea «está recibiendo 0,2 litros por segundo” y ni siquiera de manera permanente, puesto que el valle ha sido dividido en tres sectores para recibir agua por turnos.

Juan Estay, pequeño agricultor, en verano solía tener choclos, tomates, zapallos italianos y lechugas para vender en un puesto de feria. En invierno tenía repollos y brócolis en sus cinco hectáreas de terreno. Hoy no tiene nada puesto que solo tiene derecho a una hora y media de riego y “con eso no alcanza, no podemos sembrar”, dice. Aunque don Juan podría comprar horas de agua extra, cada una cuesta 25 000 pesos ($US 35) “y no hay cultivo que dé para comprar el agua a ese precio”, señala.

El sábado pasado las autoridades chilenas comenzaron a distribuir ayuda en dinero a todos los productores agrícolas y ganaderos de Putaendo inscritos en el Instituto de Desarrollo Agropecuario (INDAP). Un cheque de $100 000 ($US 140) para los más pequeños y $200 000 ($US 280) para los más grandes. Pero el fardo de pasto está actualmente a $8000 ($US 11) por lo que “en el caso mío —dice Manzano— con esa plata tendría para comprar 24 fardos de pasto y me los consumo en tres días. O sea, no es ninguna solución”.

Por eso, los putaendinos que tenían chacras decidieron darle los rastrojos a los animales para que algo tengan de comer. José Aranda tiene dos hectáreas de avena en las que invirtió unos $500 000 ($US 702) entre semillas y trabajo de tractor. Pero sin agua, la avena ya no creció lo suficiente como para cosechar y ha decidido dársela a los animales igual como lo hizo su familia con la siembra de habas.

Los habitantes se quejan de una reacción lenta por parte del Gobierno. Humberto Lepe, secretario regional ministerial (Seremi) de Agricultura, quien se encuentra liderando la emergencia agrícola en la región, explicó a Mongabay Latam que “el principal problema que tuvimos para poder hacer más rápido el apoyo es que muchos usuarios no están inscritos en INDAP, entonces no sabíamos quiénes eran, dónde estaban ni cuántos animales tenían. Hemos tenido que actualizar ese catastro para poder continuar con el proceso de ayuda”.

De hecho, según Moreno, de las 400 familias que aproximadamente son crianceras en Putaendo, solo 130 están inscritas. El Seremi Humberto Lepe asegura que se está haciendo un llamado a los habitantes de la zona para que se registren y puedan así acceder a la ayuda. El mensaje, sin embargo, no parece estar llegando de manera clara puesto que el vocero de los crianceros está convencido de que tanto inscritos como no inscritos recibirán, en algún momento, el dinero prometido. “Dijeron que iban a partir con los usuarios de INDAP y que después iban a seguir con los no usuarios”.
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Erika Aranda solo se quedó con tres caballos. Los demás que tenía los soltó para que sobrevivan | Foto: Michelle Carrere

Pocas lluvias y mucho consumo
 
Aunque el valle del Aconcagua, donde se ubica Putaendo, es uno de los más importantes del país en producción agrícola, éste se encuentra en la zona central de Chile que históricamente ha sido definida por tener un clima semiárido. Es por ello que las sequías en este sector del país no son raras y el siglo pasado vio pasar eventos severos en los años 1924, 1968, 1988 y 1998.

Ese último año, según Garraud, fue muy parecido a éste”, pero agrega que “la diferencia está en que la sequía del 98 vino después de un año extremadamente húmedo”. El 2019, en cambio, “llega después de siete, ocho y hasta 10 años secos” por lo que “si antes estábamos en una situación crónica, ahora nos vino un cuadro agudo (…) pasamos de semiárido a hiperárido”, dice el experto.

El científico asegura que hay dos causas de esta sequía prolongada que ha sido bautizada como ‘megasequía’. La primera es el calentamiento global que “va a continuar, así es que nuestro clima lentamente se va ir haciendo más seco”, dice. Las lluvias que caen sobre el territorio chileno son sistemas frontales, es decir, que provienen del océano. En los últimos años, los científicos han registrado cambios de circulación atmosférica que están desviando las tormentas de su ruta acostumbrada. Hoy, están pasando más al sur por lo que el territorio que no recibe agua se ha ampliado. “Ese cambio de circulación es la mezcla de factores naturales y factores antropogénicos del cambio climático”, asegura Garreaud.
 

Putaendo. Solo 31,6 mm de lluvia han caído en lo que va del año
Foto: Michelle Carrere

Ariel Muñoz, científico del Instituto de Geografía de la Universidad Católica de Valparaíso y del CR2, agrega que la falta de lluvias también ha hecho que los glaciares, que abastecen la cuenca del Aconcagua, se reduzcan. “Hemos hecho estudios que indican que hay reducciones del orden de 30 kilómetros cuadrados desde el año 86 en adelante, es decir, hemos perdido más o menos casi el 30% de la superficie de glaciares en 30 años”.

Una segunda causa de la ‘megasequía’ es la variabilidad propia de esta zona. “Hay años que son muy lluviosos para su climatología y otros que son muy secos”, dice Garraud. Aunque el experto reconoce que 10 años de sequía parece no ser muy variable, asegura que “en el contexto de la atmósfera todavía puede ser natural”. Así, esta ‘megasequía’ es el resultado de “una combinación de ciclos naturales y una condición lenta (el cambio climático) que nos va llevando hacia un clima más seco”.

En definitiva, el científico señala que la situación extrema de este año “es muy difícil que se mantenga, porque si uno revisa la estadística no es la normalidad para esa zona”. Sin embargo asegura que el escenario que Putaendo vive este año “es lo que va a ser cercano a la realidad en 30, 40 o 50 años más”. Resumido en una frase: “Así va a ser el futuro, pero no necesariamente el futuro ha llegado”, dice Garreaud.

Lo que sí asegura es que es necesario revisar las maneras y niveles en que el agua está siendo consumida, puesto que la tercera gran causa de esta ‘megasequía’ es la sobredemanda del recurso.

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Débiles por la falta de comida, muchas cabras han enfermado y luego muerto | Foto: Michelle Carrere

Humberto Lepe asegura que el gobierno es consciente de ello y que, en esa línea, los pasos a seguir son la reconversión. “Estamos convencidos, (…) dado el contexto de cambio climático y cómo se vienen la próximas temporadas, de que la ganadería extensiva, tal como la conocíamos y sobre todo la caprina, va a ser muy difícil seguir desarrollándola”.

El Seremi de agricultura señala que se comenzará a trabajar en la tenencia de animales dentro de corrales y en el cambio de razas para poder manejar el negocio de una manera distinta. Además enfatiza la necesidad de promover la asociatividad entre productores, “porque por ejemplo en el sector del Manzano hay más de 40 crianceros, pero no venden en conjunto, no compran en conjunto, no tienen una sala de proceso en conjunto, entonces vamos a tener que tratar de hacerlos cambiar de hábito”.

Freddy Moreno asegura estar de acuerdo, sin embargo, advierte que “para los crianceros hay crisis hídrica, pero para los que siembran paltas (aguacates) no hay crisis hídrica ¿Cuál es la lectura del gobierno en eso?”, se pregunta.

Valparaíso es la región del país con la mayor cantidad de hectáreas sembradas con paltos: 19 134 hectáreas, según el catastro frutícola de 2017 del Ministerio de Agricultura. Un monocultivo que ha sido altamente cuestionado al estar involucrado en el origen de una crisis hídrica que ha dejado sin agua a poblados enteros. Si bien en Putaendo no hay grandes plantaciones de este frutal, sí las hay en los cerros de las localidades aledañas.

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Hace años que el cauce del río Putaendo no trae agua y se ha transformado en un basural | Foto: MIchelle Carrere

Ariel Muñoz asegura que no se tienen certeza del lugar exacto del cual extraen el agua para regar esas plantaciones, por lo que eventualmente sí podría estar causando impactos en los acuíferos que alimentan Putaendo. De hecho, “en Catemu, cerca de Putaendo, investigadores de la Universidad de Playa Ancha demostraron que la expansión de cultivos hacia zonas altas ha significado reducción en los niveles de los acuíferos”, dice Muñoz.

Según el investigador, el Instituto de Investigación Agraria (INIA), la principal institución de investigación agraria de Chile, ha establecido rangos de consumo de agua para la mayoría de los cultivos. En el caso de las paltas, dependiendo de las condiciones del terreno, las climáticas y la manera en que es tratado el cultivo, el consumo de agua va desde 300 litros hasta los 1500 litros para producir un kilo de palta, dice Muñoz. Es por ello, explica, que “los agricultores cuando se refieren al tema toman el rango más bajo, es decir, 300 litros”.

Pero las mediciones que el Instituto de Geografía de la Universidad Católica de Valparaíso ha realizado confirman que el consumo es entre 700 y 1200 litros por kilo producido, asegura Muñoz. “Eso, multiplicado por el número de árboles que hay y la cantidad de hectáreas que están plantadas, estamos hablando de cifras enormes de consumo de agua”. Sumado a esto, el científico pone énfasis en que no se sabe “a ciencia cierta, cuánta agua tenemos ni en los glaciares ni en los acuíferos. Eso es lo primero que deberíamos hacer antes de repartirnos el agua”.

Así, ambos expertos coinciden en que es necesario no solo poner atención en la cantidad de lluvia que cae año tras año, sino intensificar esfuerzos para poder conocer cuáles son los stocks de agua que efectivamente existen en las cuencas y así repartirla para que sea consumida de manera responsablemente y acotada a la realidad.

Este texto fue publicado originalmente en Mongabay Latam

Autor: Mongabay Latam