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Neurociencia del mindfulness: Cómo reparar tu cerebro

Valeria Román 21 / Nov / 18
La meditación es una práctica de Oriente que se realiza desde hace más de 2.000 años. Desde hace tres décadas, científicos occidentales comenzaron a practicarla y a estudiarla, con el uso de las más modernas tecnologías, como la resonancia magnética y la tomografía, hoy existe evidencia sólida de sus beneficios

“No nos perturban las situaciones sino nuestra percepción de las mismas”, sostenía Epicteto, el filósofo de la Antigua Roma. Han pasado más de 2.000 años, y las mentes humanas siguen acorraladas por pensamientos y emociones que las atan al pasado o las enredan en un futuro que aún no llegó. Las culturas milenarias ya se ocupaban de esas turbulencias y hasta hablaban de la “mente de mono”, para referirse a los pensamientos que saltan de un lado a otro como los monos en los árboles. Como un camino para aquietar esa actividad involuntaria y automática, se empezó a practicar la meditación, una actividad que no es ponerse a reflexionar ni poner la “mente en blanco” como popularmente se cree. Consiste en focalizar la atención en la respiración, en un objeto, o en un sonido, mientras se dejan pasar cualquier otro factor de distracción.
 

Los practicantes habían mencionado los beneficios por siglos, pero recién ahora la ciencia le presta más atención a la meditación. Durante los últimos cinco años, se han realizado más de 300 ensayos clínicos para explorar las aplicaciones terapéuticas de técnicas de meditación, y se han publicado más de 1.800 artículos científicos. Hay diferentes técnicas de meditación, como la “meditación trascendental” o la meditación de atención plena, más conocida como “mindfulness”, y los beneficios de las prácticas -que cualquier persona puede realizar en posición sentada o parada- comienzan a notarse desde las primeras sesiones.
 
“En Occidente se consideraba que la meditación era un tema místico y opuesto a los paradigmas de la ciencia. Sin embargo, hubo un cambio significativo durante las últimas décadas, y ahora se le da espacio en el ámbito de la ciencia, la salud y la educación”, contó a Tangible la doctora en bioquímica Perla Kaliman, investigadora asociada del Centro para la Mente y el Cerebro, de la Universidad de California, en Davis, Estados Unidos, y colaboradora del Centro para Mentes Saludables, de la Universidad de Madison-Wisconsin. De acuerdo con Kaliman, que es autora del libro La ciencia de la Meditación / De la mente a los genes “no todos los estudios científicos son de la misma calidad ni aportan pruebas con el mismo peso estadístico, pero sí hay investigaciones excelentes en revistas de alto impacto que demuestran que la meditación contribuye a reducir trastornos como el estrés, la ansiedad, y la depresión, disminuye los niveles de algunos factores inflamatorios, e incluso puede generar cambios saludables en el cerebro, tanto a nivel funcional como estructural”.
 
 
La fusión de Oriente y Occidente

El acercamiento de Occidente a las prácticas de meditación se inició en los años sesenta, en el marco de la Guerra Fría. Las prácticas de meditación de Oriente habían llamado la atención de artistas, pensadores y científicos. Muchos se acercaron a los maestros de meditación y yoga que salían a visitar otros países y a enseñar sus métodos para alentar la paz, y la compasión.

Las imágenes a la izquierda muestran los cambios que se producen en el cerebro cuando una persona practica meditación con concentración. Las imágenes de la derecha corresponden a una persona que medita sin focalizarse
Foto: Norwegian University of Science and Technology

Uno de los pioneros en investigar la meditación fue el médico cardiólogo Herbert Benson, quien estaba interesado en estudiar los efectos del estrés sobre la hipertensión arterial. Una mañana Benson recibió la visita inesperada de practicantes de meditación trascendental, que se ofrecieron como “conejillos de Indias” de laboratorio. Le propusieron que los estudiara para observar si a través de la meditación, se podía regular la presión arterial.  Al principio, Benson -que trabajaba en el departamento de Fisiología de la Universidad de Harvard, Estados Unidos- rechazó la oferta por temor a ser mal visto en la comunidad científica. Pero la curiosidad pudo más y aceptó recibir a monjes con túnicas rojas en su laboratorio. Al hacer algunas mediciones, observó que la meditación llevaba a la relajación, y eso inducía una disminución del metabolismo, el ritmo respiratorio, el ritmo cardíaco y la presión arterial.
 
En aquel momento, había cierto auge de la meditación trascendental, a raíz de que era practicada por los Beatles. En febrero de 1968, la banda musical británica había viajado a Rishikesh, en el norte de la India, para asistir a una sesión de entrenamiento avanzado de meditación trascendental en el ashram del gurú Maharishi Mahesh Yogi.
 
Otros tres investigadores también quisieron indagar en los efectos de la meditación. Eran Richard Davidson, Daniel Goleman y Gary Schwartz, quienes dieron con resultados preliminares que les permitieron asociar la práctica de meditación con el aumento de la capacidad de atención y una disminución de la ansiedad. En ese momento, los resultados eran tan polémicos, y sólo pudieron publicarlos en 1976 en una revista de psicologías anormales.
 
En 1982, el biólogo molecular Jon Kabat-Zinn, que investigaba en el Hospital de Massachussets, en Boston, publicó otro trabajo en el que describía un prometedor programa basado en prácticas de meditación de Oriente, que pasó a ser “mindfulness” para el tratamiento del dolor crónico en pacientes no hospitalizados. El programa, que fue desprovisto de las connotaciones religiosas de la meditación, ha ganado seguidores hasta hoy: se aprende en ocho semanas y se aplica para la reducción del estrés.

En Occidente se consideraba que la meditación era un tema místico y opuesto a los paradigmas de la ciencia. Sin embargo, hubo un cambio significativo durante las últimas décadas, y ahora se le da espacio en el ámbito de la ciencia, la salud y la educación”

 
Los participantes asisten a una clase grupal de dos a tres horas de duración por semana y tienen que practicar los ejercicios cada día. Reciben material grabado y manuales. Como el programa está sistematizado, ha permitido que los mismos ejercicios se puedan realizar en diferentes países y que sea objeto frecuente de estudios científicos. Incluye una jornada de práctica grupal intensiva de ocho horas de duración, y permite conectar con el momento presente, y reducir el estrés y la ansiedad. 
 
Puerta al envejecimiento saludable
Desde entonces, empezaron a llevarse a cabo más estudios científicos, y surgió el campo de las neurociencias contemplativas. En 1987, se fundó el Instituto Mente y Vida, cuando un grupo de científicos, filósofos y meditadores comenzaron a reunirse en privado con el Dalai Lama en su residencia de Dharamsala para tratar de investigar juntos qué es la mente, y de qué manera promover el bienestar en el planeta. Más adelante, en 2005 se publicó el primer estudio que sugirió que la práctica de la meditación tiene algunos efectos preventivos sobre la pérdida de masa cerebral por el envejecimiento. Es decir, la meditación contribuiría a desacelerar el envejecimiento humano.
 

Se probó que la meditación trascendental reduce los síntomas de trastorno por déficit de atención en estudiantes
Foto: Maharishi University of Management, en Iowa, Estados Unidos.

 
En ese trabajo, se estudiaron meditadores que llevaban años haciendo alguna práctica para dirigir la atención, y presentaron un mayor volumen en zonas del cerebro relacionadas con el procesamiento de las emociones y la cognición. Los compararon con personas que no meditaban. En 2016, se difundió una revisión de 30 estudios independientes que concluyeron en que el entrenamiento con la meditación “Mindfulness” produce cambios estructurales y funcionales en la corteza cerebral prefrontal, en la corteza cingulada (relacionada con la regulación emocional), la ínsula (vinculada con la conciencia del cuerpo), y el hipocampo, que está relacionado con la memoria y la regulación emocional.
 
Este año, se difundió un resultado del Estudio Shamatha, dirigido por Clifford Saron, que siguió a meditadores que hacen retiros por tres semanas. Reveló que esos retiros contribuyen a rejuvenecer las células del sistema inmunitario, en comparación con un grupo control. Esto significaría que “la meditación podría disminuir una vía inflamatoria que está asociada a enfermedades como la artritis reumatoide, la depresión, entre otros trastornos. Se están desarrollando fármacos para actuar sobre esa vía inflamatoria. La meditación podría sumarse para complementar el tratamiento”, comentó Kaliman
 
La meditación no reemplaza a los fármacos
Por supuesto que practicar meditación no implica el abandono de los tratamientos de la medicina convencional. Sólo los complementa. De hecho, “Kabat-Zinn suele bromear diciendo que si fuera atropellado por un automóvil, preferiría ser atendido por médicos de un hospital que por instructores de Mindfulness”, escribió el psicólogo argentino Martín Reynoso en su libro Mindfulness: La meditación científica.
 
Hay evidencias científicas de que practicar la atención plena acelera la recuperación de lesiones en la piel en pacientes con psoriasis, mejora la adherencia al tratamiento en pacientes con consumos problemáticos de drogas, ayuda a prevenir recaídas en pacientes con depresión, y reduce los niveles de cortisol (relacionado con el estrés) en paciente con cáncer de próstata y de mama.
 
Otros estudios fueron realizados por Richard Davidson y Antoine Lutz en monjes budistas que llevaban más de 10.000 horas de meditación. En esos atletas de la mente se encontró que, con sólo 40 segundos de meditación, las neuronas del cerebro realizan una actividad de oscilación simultánea que se detectan por un encefalograma. La misma actividad neuronal se constató en otras técnicas de meditación realizadas en diferentes zonas de Oriente.
 
Con tantos estudios, se pudo descubrir también que la meditación es útil para apaciguar el mecanismo del cerebro que es el responsable del vagabundeo mental. Se trata de la “red neural por defecto” que se distribuye en varias áreas del cerebro, y posibilita los pensamientos de la “mente del mono”.
 
Por un lado es beneficiosa: contribuye a la evolución de la especie y a la creatividad. Pero su funcionamiento en exceso lleva a la falta de concentración, el deterioro cognitivo, entre otros impactos. “Investigaciones recientes han demostrado que los meditadores expertos tienen mayor capacidad para monitorizar, detectar y controlar el funcionamiento de la red neural. Esta capacidad se ha observado cuando meditan como cuando no están haciendo la práctica. Por lo cual, sería un beneficio adquirido a través de la meditación que se extiende a la vida cotidiana de la persona que medita”, señaló la doctora Kaliman.
 
Contra la pandemia de estrés
“Los descubrimientos se logran cuando los seres humanos están listos para entenderlos. Quizá hoy sea el momento para entender cómo funciona la mente y cuáles son los efectos de meditación, en el contexto de la pandemia de estrés que sufre el mundo. Durante los últimos años, hubo una conjugación de factores, como el interés del Dalai Lama por la ciencia, científicos que se interesaron por estudiar la meditación, el auge de la difusión global. Todo explica el auge actual de la meditación, que ojalá sea un camino para un despertar espiritual más profundo”, afirma el investigador en neurociencias y células madre del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina, e instructor de meditación Fernando Pitossi. Para él, las conclusiones de los estudios científicos no siempre se pueden generalizar para todos los grupos humanos, y que no todas las meditaciones tienen el mismo efecto. “Hay que escuchar mucho a los practicantes, y tener cuidado con la tendencia al marketing, que puede igualar la meditación con la publicidad de los medicamentos”.

Autor: Valeria Román
Periodista científica independiente. 2004-05 Knight Science Journalism Fellow at MIT. Escribe sobre ciencia, ambiente y salud para publicaciones como la revista Science (Estados Unidos), Nature (Inglaterra), Scientific American (Estados Unidos), Infobae.com (Argentina), Forbes Argentina, y Periodismo en Salud de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Fue editora de ciencia y salud del diario Clarín de Argentina. Coautora del libro Darwin 2.0 La teoría de la evolución en el siglo XXI. Ha sido docente de periodismo científico en la Universidad de Buenos Aires y otras casas de estudios, y expositora en encuentros sobre periodismo y comunicación en Corea del Sur, Canadá, México, Qatar, Estados Unidos, Inglaterra, España, entre otros países. Fue vicepresidente de la Federación Mundial de Periodistas Científicos (2009-2011).