Cuerpo

Ser trans... y también standupero en Costa Rica

Debbie Ponchner 24 / Oct / 19
Jess narra entre chistes y una pizca de dolor lo que es ser un hombre trans en Costa Rica

San José, Costa Rica

Es sábado por la noche, y, como de costumbre, El Jardín de Lolita, un mercado gastronómico en barrio Escalante, está lleno. Al fondo del jardín, debajo de un árbol lleno de luces, está el escenario; sobre él, está Jess Márquez Gaspar.

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Jess Márquez Gaspar | Foto: Debbie Ponchner

“En una oportunidad estuve 45 minutos en un Banco Nacional convenciendo a una cajera que un cheque era mío. Tuve que explicarle mi identidad de género, mi orientación sexual, porqué me había cambiado el nombre, mi transición... después de 45 minutos nos hicimos muy buenos amigos”…

…Con esa anécdota Jess inicia su stand-up comedy Ovarios Trans. A lo largo de 45 minutos, con mucha jocosidad y una pizca de dolor, le narra a la audiencia lo que es ser un hombre trans en Costa Rica.  “El punto es que realmente ser una persona trans en Costa Rica se trata de estar educando a las personas. Ser un hombre trans, es decir con esta jacha (cara) claramente me veo como un hombre, pero tengo vulva y vagina, tengo ovarios... uno anda como testigo de Jehová, pero a la inversa: tiene que estarle explicando a la gente lo que significa ser una persona trans, tiene que andar diciéndole a la gente un montón de cosas que no les interesan”.

Entre chistes, Jess invita a su audiencia a entender un poco mejor el mundo de las personas trans. En el público, unas 40 a 50 personas, hay de todo: personas trans, personas cisgénero (personas cuya identidad de género coincide con el sexo asignado al nacer), personas homosexuales, personas heterosexuales… en fin, hay personas. El dinero de la taquilla es para el Colectivo Transcendentes, una organización que Jess preside y que se formó en 2018 para brindar apoyo y acompañamiento a personas trans, y luchar por el reconocimiento, alcance y goce pleno de los derechos humanos de las personas no cisgéneras. El colectivo también es la familia sustituta para muchos que se han quedado sin la suya en este camino de descubrir y expresar su identidad de género.

Envejecer no es fácil para nadie, no luce. Pero para nosotras las trans, es más difícil. Para nosotras, envejecer es un lujo. Es sobrevivir, es haberse salvado”.

Sin herramientas para la transición

La historia de Jess empieza en Caracas, Venezuela, donde nació en 1989. “La identidad de género para mí fue muy confusa, porque desde que tengo uso de razón yo tenía muy claro que yo era un niño (…) Mi hermano mayor dice que yo aprendí a hablar a los dos años, y a los dos años y medio empecé a decir que yo era un niño, y que cada vez que yo lo decía, mi mamá me daba un coñazo por la jeta”.

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Jess Márquez Gaspar durante su stand-up comedy Ovarios Trans | Captura de pantalla

En el barrio, Jess podía vestir ropa masculina y jugar fútbol, pero cuando tenía que salir “en sociedad”, a eventos familiares, venía el conflicto, pues su madre le exigía que vistiera vestidos y zapatos de charol. Cuando a los seis años pidió una fiesta de cumpleaños de Aladino, lo que recibió fue una de la princesa Jazmín, con disfraz y todo. Jess pasó la mitad de su fiesta en una esquina, llorando.

El relato de Jess no es único. Su historia se repite una y otra vez dentro de la comunidad trans. “Lo que he escuchado mucho de ellas es que desde niñas o niños, lo saben. Lo que pasa es que o no tienen las herramientas, o el contexto no les ayuda, saben que hay algo raro y diferente, pero no saben, no tienen el conocimiento, quién les oriente, entonces es muy frecuente que se logre (descubrir que son trans o iniciar una transición de género) hasta que están en el colegio o más”, dice María José Longhi del Instituto Humanista para la Cooperación con los Países en Desarrollo (Hivos). Como Oficial de Prevención del Proyecto VIH-Sida de Costa Rica, Longhi ha trabajado muy de cerca con la comunidad trans, en especial con las mujeres trans, que son el grupo poblacional con más alta prevalencia del VIH (24,6%) en el país. 

Salir dos veces del closet 

La época universitaria fue el primer respiro para Jess. Como estudiante de comunicación en la Universidad Central de Venezuela, entró en contacto por primera vez con un grupo LGBTI+, se enamoró por primera vez –de una mujer–, y salió del closet por primera vez: se declaró lesbiana. Los conflictos en su casa no se hicieron esperar: tras repetidos incidentes de violencia física y psicológica, y citas con una psicóloga para recibir terapia de conversión sexual, su madre terminó botándolo de la casa.

El tratamiento hormonal lo que busca es darle un nivel de hormonas similar al que tendría de nivel hormonal la persona cisgénero, la persona que está congruente con su genero.

Aunque fue difícil, ya para entonces Jess tenía una carrera profesional y pudo defenderse. Una situación que no es la de la mayoría de la población trans en Costa Rica. Un estudio sobre VIH y enfermedades de transmisión sexual de 2018, contiene un capítulo sobre la población de mujeres trans en el país. La encuesta, que incluyó a 259 mujeres trans, señala que solo el 14% de ellas había cursado estudios universitarios.

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Jess Márquez Gaspar en su casa, en Rohrmoser, un barrio en el Oeste de San José. Las paredes de sala tienen fotos de Caracas, su ciudad natal, y varias imágenes de Batman, su superhéroe favorito | Foto: Debbie Ponchner

Jess llegó a Costa Rica como corresponsal del diario Tal Cual, para cubrir las elecciones presidenciales del 2014, y desde entonces se encuentra en este país centroamericano. Fue aquí donde descubrió completamente su identidad de género. El primer episodio ocurrió cuando trabajaba para el periódico El Venezolano. Su contrato exigía que mantuviera ciertos estándares de imagen. Tras ir al salón de belleza para cumplir con lo que se le exigía en apariencia, Jess entró en crisis, entendió que él no era esa persona en el espejo, corrió a la ducha para quitarse el peinado, se quitó el esmalte de sus uñas y decidió que para su cumpleaños número 27 se presentaría ante el mundo con una apariencia masculina.

Ya masculinizado, su segunda salida del closet fue catapultada por un episodio de la serie The L Word. “Hay un personaje que se identifica como chica al principio de la tercera temporada y luego se da cuenta que es chico y asume el nombre de Max. Cuando yo veo el capítulo donde él se asume, me identifico, entonces eran como las dos de la mañana, yo me levanté de la cama, me desnudé y me fui al baño y empecé a ver mi cuerpo. Me vi el cuerpo sin tetas, con pene y sin caderas, sin cintura y dije ‘ah bueno, ahora sí me terminé de volver loco’”.

Ahora existe la posibilidad de que las personas cambien su nombre legal a uno que refleje su género autopercibido. 

“No dormí, esperé a que fueran las seis de la mañana y llamé al psicólogo, me atendió a las siete de la mañana, con una taza de café, ahí con ojeras, y me dijo: ‘mirá, lo que tenés es una crisis de identidad de género, vamos a empezar a tomar pasos para que vos explorés y veás hasta dónde te lleva eso’.
 

En América Latina la comunidad trans es fuertemente estigmatizada y discriminada. En este especial te contamos cuatro historias que exponen los problemas a los que se enfrentan día a día. Conócelas en nuestro especial, da clic aquí o en la imagen.
Foto: El Universal

“El reconocerme como hombre trans fue abrir la caja de Pandora de toda la violencia que me había impuesto reprimiendo la masculinidad. Fue una época durísima. Afortunadamente conté con el apoyo de mi psicólogo, pero sí intenté suicidarme por la crisis, porque me quedé sin trabajo, me quedé sin pareja”.

El siguiente paso era empezar una terapia hormonal masculinizante. “El tratamiento hormonal lo que busca es darle un nivel de hormonas similar al que tendría de nivel hormonal la persona cisgénero, la persona que está congruente con su genero”, explica Alejandro Cob, jefe del servicio de Endocrinología del Hospital San Juan de Dios quien, en los últimos años, ha tratado a unos 60 pacientes trans en su consulta privada.

No obstante, para acudir al médico, Jess debía reunir el dinero necesario. Fue hasta enero de 2018 que lo logró, y desde entonces ha estado recibiendo un tratamiento con la hormona masculina testosterona. Año y medio después, ya cuenta con vello facial y corporal, su espalda se ha ensanchado y sus caderas se han disminuido. Dichosamente, ya no menstrúa.

En Latinoamérica, la esperanza de vida la población trans es de 35 años.

Ocultar la identidad para recibir atención

Más no todas las personas trans corren con la misma suerte de Jess de poder acceder a un tratamiento con un médico particular. “Vos escuchás a las chicas (hablar) de las pastillas anticonceptivas, de hormonas que ellas se recetan”, dice Longhi.

El doctor Cob está consciente de que esto ocurre. “Yo creo que definitivamente es una población que había estado por la libre, automedicándose con tratamientos que tienen potencialmente riesgos”, dice.

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Medicamentos orales para terapia hormonal | Foto: Carmina de la Luz

Las acciones legales han logrado que se dé un paso hacia adelante en esta materia. Después de recursos de amparo interpuestos ante la Sala Constitucional en contra de la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS) exigiendo atención a esta población, la institución decidió adoptar un protocolo de tratamiento para las personas trans que entró en funcionamiento este año.

Ser una persona trans en Costa Rica se trata de estar educando a las personas. 

Es un protocolo que va enfocado exclusivamente al tratamiento hormonal y el acompañamiento psicológico o psiquiátrico del paciente; no contempla cirugías. Aunque el protocolo ya está en funcionamiento, el servicio de endocrinología del Hospital San Juan de Dios no ha notado una avalancha de nuevos pacientes. Es probable que quienes lo necesiten no sepan que existen, o que tienen derecho a ellos.

A esta población muchas veces se les niega el acceso a los servicios de salud general, de cualquier patología, dice Cob, algo en lo que Longhi coincide. Ella explica que muchas de las mujeres trans con las que ha trabajado viven en una sub-sociedad, sienten (o les hacen sentir) que no son sujetos de derechos, no pueden ni alquilar una casa, ni acudir a una institución pública, incluido un hospital. El 26% de las mujeres trans encuestadas en el estudio de 2018 dijo que había tenido que ocultar su identidad de género para poder recibir servicios médicos, como ser llamadas a consulta con el nombre que se les asignó al nacer y presentarse con apariencia de ese género. 

No obstante, la ley también ha cambiado ahí. Ahora existe la posibilidad de que las personas cambien su nombre legal a uno que refleje su género autopercibido. Acatando una resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, desde mayo del 2018 el trámite se puede realizar gratuitamente ante el Registro Civil. A la fecha, 450 personas ya han cambiado su nombre.

El derecho también aplica para personas extranjeras. En abril de este año, Jess Márquez Gaspar se convirtió en el primer extranjero en obtener un documento de identidad migratorio (DIMEX) que lo identifica con su género autopercibido, lo identifica como hombre.

La identidad de género para mí fue muy confusa, porque desde que tengo uso de razón yo tenía muy claro que yo era un niño.

El lujo de envejecer

Es miércoles por la noche. El pequeño salón de Teoré/tica, en barrio Amón, está abarrotado. Unas 50 personas están en lo que probablemente fue la sala de una casa particular hace algunas décadas y hoy es un espacio cultural. En el público hay de todo: personas cisgénero, personas homosexuales, personas heterosexuales, pero, sobre todo, hay mujeres trans.

El barrio capitalino no les es extraño. Algunas de ellas pasan sus noches en las esquinas de estas calles buscando clientes, pero esta noche están aquí para contar su historia. Es la presentación del libro Atrevidas, relatos polifónicos de mujeres trans, una obra en la que la escritora Camila Schumacher recoge las historias de unas 30 mujeres trans, todas miembros de la organización Transvida.

Aunque los relatos permanecen anónimos, con su identidad oculta tras la pluma de la autora, esta noche regresan a la voz de algunas de sus protagonistas, como Cassandra. Ella pasa al frente del salón. Viste jeans, camiseta blanca y tenis blancos, lleva el pelo corto. Se sienta en el sillón, cruza sus piernas y lee:

“Ya no me visto, yo, ni me empeluco, ni me encaramaría tacones, ni nada de ná… Ya no, pero que nadie se confunda al verme: soy bien mujer. Así me siento, y lo tengo clarísimo, en el corazón y en la mente, que es donde importa, ¿no?”.

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Jess Márquez Gaspar en su casa, en Rohrmoser, un barrio en el Oeste de San José. Las paredes de sala tienen fotos de Caracas, su ciudad natal, y varias imágenes de Batman, su superhéroe favorito | Foto: Debbie Ponchner

En Latinoamérica, la esperanza de vida la población trans es de 35 años, sin embargo, en Transvida hay un grupo de mujeres de más de 50, que se autodenominan ‘las adultas mayores’. Cassandra es una de esas ‘adultas mayores’ que le tocó vivir en una Costa Rica aún más hostil hacia las mujeres trans, donde las visitas a la cárcel por estar en la vía pública eran pan de cada día y en un restaurante no le servían comida, aunque tuviera el dinero para pagarla. Una Costa Rica donde difícilmente se publicaría un libro sobre sus vidas.

“Envejecer no es fácil para nadie, no luce. Pero para nosotras las trans, es más difícil. Para nosotras, envejecer es un lujo. Es sobrevivir, es haberse salvado”, lee.

La hostilidad del contexto

Esa noche Cassandra tiene muy claro que ella es una sobreviviente. Entre la alegría de ver publicado un libro con sus historias, las chicas de Transvida también están tristes. Falta una. Falta Alondra. 

Hace poco más de un mes que Alondra ya no está. La que fue líder y educadora en Transvida, la mujer trans que las representó en la 22ª Conferencia Internacional sobre el SIDA (AIDS2018) en Holanda, ya no está.

“Era una chica con VIH que había empezado su tratamiento, estabilizando su condición, que había entrado también a una organización centroamericana de trabajo en VIH”, cuenta Longhi. “Ella armó el grupo mujeres trans de Guanacaste (una provincia en el Pacífico Norte del país). Era bastante empoderada, dentro de su trabajo ella incluso le daba seguimiento a las personas que salían (VIH) positivas”, agrega.

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22ª Conferencia Internacional sobre el SIDA (AIDS2018) en Holanda | Foto: Eva Plevier / Reuters

Pero un día decidió regresarse a Guanacaste. Renunció a su trabajo en Transvida y se fue. Allí, cuenta Longhi, entró en un ciclo de abuso de drogas, volvió al comercio sexual, abandonó su tratamiento y rechazó todo tipo de ayuda. Tras mucha insistencia, lograron traerla de regreso a San José donde, unos días después, el 9 de junio de 2019, murió en el hospital. Tenía tan solo 38 años.

“Toda esta historia para mí es muy ejemplificadora de cómo una mujer trans, aunque tenga acompañamiento, aunque se haya empoderado, aunque tenga la información que tenga, aunque incluso haya apoyado a otras en otro momento, el contexto es tan hostil que no te recuperás del todo. Hay quienes lo logran, pero no todas lo hacen”, dice Longhi.

Mientras la sociedad cambia, mientras las leyes cambian, las mujeres y los hombres trans, como Jess, como Cassandra, deben encontrar la fortaleza para vivir y sobrevivir, fortaleza para luchar porque la situación cambie para ellos y para las futuras generaciones. La capacidad de resiliencia y el apoyo que se dan unos a otros son sus herramientas.

Autor: Debbie Ponchner
Es una periodista costarricense especializada en temas científicos. Estudió Comunicación Colectiva en la Universidad de Costa Rica y luego obtuvo una maestría en Comunicación Científica y Médica en la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona, España. En el 2003-2004 formó parte del Knight Science Journalism Fellowship, en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, EE.UU. Sígala en twitter @debbieponchner