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Pequeños grandes secretos de la Antártida

Ángela Posada-Swafford 05 / Nov / 18
En los minúsculos organismos que habitan esta gélida geografía, como el krill, podría estar trazado el futuro de la humanidad

Un viento frío se levanta de repente, y en cuestión de minutos la superficie tranquila del agua queda cubierta por trozos de hielo desprendidos de la costa y los témpanos. Sus bordes son afilados y compactos como escalpelos y rasguñan el casco de nuestro bote, recordándonos que cualquiera de ellos es capaz de perforar el caucho del Zodiac. El biólogo marino Diego Mojica se apresura a sacar del agua su fina red recolectora de zooplancton. Llevamos dos meses de expedición a bordo del buque de la Armada colombiana ARC 20 de Julio, recogiendo larvas de pequeños animales en varias latitudes durante nuestra navegación a lo largo de la costa suramericana desde el Canal de Panamá. Los investigadores quieren ver el rango de distribución de los diminutos organismos que flotan en la columna de agua, y entender cómo los está afectando el cambio climático desde los trópicos hasta los polos. Ahora, en la Antártida, la red está capturándolos a las puertas del Canal de Lemaire, uno de los puntos más alucinantes de todo el continente blanco.
 
Estamos rodeados de escarpadas montañas que emergen verticalmente del agua gélida. Prácticamente en cualquier dirección donde uno mire hay picos agresivos de hielo y roca negra que no tienen nombre y que nadie ha hollado, sus laderas como caras de diamante anunciando la presencia de un paisaje donde un accidente mortal es una posibilidad bastante real.
 
Nadando contra las paredes del recipiente en la punta de la red de Mojica hay plancton de diversas especies, pero el que interesa a los investigadores esta tarde es el kril: un crustáceo de tres centímetros de largo similar a un langostino. Cautivos en su propia tormenta, hay varios de ellos en el recipiente, sus patitas transparentes batiendo el agua desesperadamente, mientras el biólogo los lleva al laboratorio del buque y los transfiere a una botella para su preservación. Flotando dentro del etano, las criaturas tienen información que sólo pueden entregar en forma póstuma.
 
Según los científicos, la biomasa del kril equivale a casi todo el peso de los seres humanos en el planeta –aunque un experto en insectos o microbios podría no estar de acuerdo. El punto es que el 70 por ciento de de esa biomasa está aquí mismo, en la Península. No es de extrañar que este sea el lugar donde las ballenas vienen a comer.
 
La mayoría de la gente vive en total indiferencia con respecto al kril antártico, que posee el magnífico nombre científico de Euphausia superba, y es la piedra angular de este ecosistema. A su vez, la existencia del crustáceo es posible gracias a la gigantesca concentración de diatomeas, o algas de una célula que hay en estas frías aguas polares, y que son su alimento.

 

La biomasa del krill equivale a casi todo el peso de los seres humanos en el planeta, aunque un experto en insectos o microbios podría no estar de acuerdo. El punto es que el 70 % de esa biomasa está aquí mismo, en la Península.
Foto: Krill / Diego Mojica

Vistas al microscopio, las diatomeas parecen diminutos cojines y cajitas cristalinas para píldoras, caladas con dibujos radiales de poros, protuberancias y toda clase de adornos. Son pequeñitas pero no son simples ni primitivas, sino plantas avanzadas que empezaron a poblar el mar hace 140 millones de años.
 

El biólogo marino James McClintock, quien lleva décadas viniendo a trabajar en la estación de investigaciones estadounidense Palmer, a tiro de piedra de Lemaire, me explica que cada verano, las diatomeas, al absorber la energía del sol, producen un pigmento fotosintético llamado diatomina, que acelera el deshielo.
 
Y luego McClintock me dice algo asombroso: mediante el suave calentamiento de su ambiente inmediato, estas algas unicelulares alteran los patrones climáticos globales a miles de kilómetros de distancia. Indirecta, pero inexorablemente, estas algas humildes y poderosas a la vez son capaces de afectar las cosechas de soya en el sur de Brasil, la pesquería en las costas colombianas, y los vientos secos sobre los desiertos mexicanos. Su destino está directamente ligado al nuestro. Y he aquí otro dato subyugante: hay más diatomeas que estrellas en el universo.
 
Ellos hibernan, como los osos
Bajo el microscopio de Mojica, a bordo del buque, hay un ejemplar de kril aún vivo. Sus patas parecen hechas de cristal hilado, y refractan la luz cada vez que se mueven. El cuerpo tiene una caparazón dura que deja ver visos rojos, azules y naranja, y un corazón traslúcido, que late a toda velocidad.
 
“El kril antártico es uno de los pocos animales capaces de reducir su tamaño”, ilustra McClintock. “Durante los meses de invierno, cuando la luz escasea y por lo tanto las diatomeas, ellos se encogen dentro de su caparazón, cesan de alimentarse y usan sus reservas de energía. En otras palabras, el kril hiberna como los osos polares”.

 

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Estación Palmer 
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Canal de Lamaire. Fotos: Ángela Posada-Swafford 

Si algo le llegara a suceder a este minúsculo crustáceo, tendría repercusiones no solo en las ballenas, sino en focas, pingüinos, peces y calamares. Porque aquí toda la cadena alimentaria se basa en el kril. Es el único eslabón entre la diatomea y una ballena azul de cien toneladas, es decir, entre un alga unicelular y el más grande de todos los animales.
 
 
Y los números son asombrosos: una ballena azul adulta come hasta tres toneladas de kril al día durante los cuatro meses que dura el verano antártico. Las ballenas jorobadas, cuyos números se están recuperando gracias a la protección internacional, consumen unos 400 kilos diarios. Hasta hace poco se decía despreocupadamente que existe kril suficiente para satisfacer el apetito de todos sus comensales.
 
Pero ahora que el kril se explota comercialmente en la Antártida surge la importante necesidad de tener cuidado con el recurso. Su carne tiene un diez por ciento de proteínas, y desde los años 70 los rusos han agregado su harina al pan diario de los trabajadores. Se dice que es la panacea en materia de proteínas para los pueblos del sub-Sahara africano, y adorna las galletas de arroz japonesas. Y ¿quién no ha oído hablar del kril como fuente de Omega-3?
 
¿Podrían una explotación masiva, junto con los cambios en la temperatura y la química del agua llegar a afectar la densidad y distribución del kril antártico, con todas sus consecuencias?
 
¡Bendito popó de kril!
Dos años después, durante mi segunda expedición con el Programa Antártico Colombiano en 2017, noto algo muy extraño: en todo el mes, prácticamente no vi kril. Pregunto en todas las estaciones de investigaciones. Ellos tampoco. Quizás estaría más hondo en el agua, quizás este año su ciclo de vida se retrasó por cambios en el clima. O quizás es que simplemente está declinando. Solo sabemos que ese año vimos pingüinos que en lugar de kril están comiendo una criatura gelatinosa llamada salpa, que no tiene valor nutricional.
 
Lo cual es trágico porque además de todos los beneficios de ese animalillo, no hace mucho, los científicos aprendieron otro más: el kril es clave a la hora de sacar de circulación al elemento carbono, que es el culpable de nuestro calentamiento global. Funciona así: las algas diatomeas absorben el dióxido de carbono de la atmósfera. El kril se las come. El kril va al baño, y produce bolitas de popó de tamaño respetable. Las bolitas están llenas del carbono y se hunden hasta el lecho marino, donde hay tanto frío, que cantidades industriales de carbono quedan “secuestradas” allá abajo durante siglos…  siempre y cuando ese mar no se caliente.
 
O sea que, cada vez que un kril evacúa está ayudando a rebajar nuestras emisiones de gases de invernadero. Habría que demostrarle más respeto a este diminuto vegetariano polar, uno de los hilos plateados que unen a la Antártida con el resto del planeta.

Autor: Ángela Posada-Swafford
Periodista científica y Knight Fellow, ha participado en seis expediciones antárticas con la National Science Foundation, NASA, y los programas antárticos de Colombia, Chile y España. Su libro ilustrado 'Hielo: Bitácora de una expedicionaria antártica' será publicado en diciembre 2018.
ESPECIALTangible
Por:
Ángela Posada-Swafford / Infografía Tangible-El Universal
05/11/2018