Sociedad

Permiso para opinar de todo: la extraña enfermedad de los premios Nobel

Federico Kukso 10 / Oct / 19
La llamada proveniente de la Academia Sueca los empodera y les otorga un poder similar al religioso. Cual si fueran sabios medievales pierden el piso y hablan de todo con autoridad. Es la “nobelitis” la inflamación que padecen los galardonados

En octubre de 2007, una bomba fue arrojada desde la portada del periódico británico The Independent. Sobre fondo negro, letras blancas gritaban: "Los africanos son menos inteligentes que los occidentales, dice el pionero del ADN".

Una foto del biólogo estadounidense James Watson con una sonrisa de oreja a oreja amplificaba el mensaje que no dejaba a nadie indiferente. Uno de los descubridores de la doble hélice del ADN -de por entonces 79 años- y responsables de haber revolucionado la biología moderna se había vuelto loco. “Todas nuestras políticas sociales están basadas en el hecho de que su inteligencia es la misma que la nuestra, cuando todas las pruebas demuestran que no es así”, declaraba en una entrevista. “Existe un deseo natural de que todos los seres humanos deben ser iguales, pero la gente que tiene que tratar con empleados negros sabe que eso no es así”.

Las palabras de Watson, galardonado con el Premio Nobel de Medicina en 1962, provocaron de inmediato una reacción en cadena dentro y fuera de la comunidad científica. Por entonces, el Museo de Ciencias de Londres canceló un discurso que Watson iba a dar y el famoso científico se vio obligado a emitir una disculpa y a retirarse en silencio del país.

No era la primera vez que uno de los investigadores más eminentes del mundo provocaba al mundo con comentarios racistas, sexistas, homofóbicos o antisemitas. En 1997, le había dicho al periódico británico Sunday Telegraph que una mujer debería tener el derecho de abortar si las pruebas pudieran determinar que su hijo sería homosexual.

“Para muchos en la comunidad científica -escribió la revista Science en 1990-, Watson ha sido durante mucho tiempo una especie de hombre salvaje, y sus colegas tienden a contener la respiración colectiva cada vez que se desvía del guión”.

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Portada del periódico The Independent, con James Watson y su frase sobre las diferencias con los africanos | Foto: Cortesía

Pero pese a las reiteradas disculpas públicas, Watson, hoy de 90 años, volvió a insistir. Y en un reciente documental titulado Decoding Watson, afirmó: “Hay una diferencia promedio entre negros y blancos en las pruebas de coeficiente intelectual. Yo diría que la diferencia es genética”.

Las declaraciones hicieron que en enero de este año el Laboratorio Cold Spring Harbor en Long Island, Estados Unidos, revocaran todos los títulos y honores conferidos a Watson. “El laboratorio condena el mal uso de la ciencia para justificar los prejuicios”, dijo en un comunicado su presidente, Bruce Stillman.

Calígula de la biología

En su biografía titulada Naturalist, el reconocido entomólogo Edward Osborne Wilson retrató a Watson en la cima de su fama, cuando llegó al departamento de biología de Harvard luego de recibir el Nobel. “Irradiaba desprecio. Es el ser humano más desagradable que he conocido", recordó Wilson. "Habiendo alcanzado la fama a una edad temprana, se convirtió en el Calígula de la biología. Se le dio licencia para decir cualquier cosa que se le ocurriera y esperaba que lo tomaran en serio. Y desafortunadamente lo hizo, con despreocupación casual y brutal".

Vista desde una perspectiva histórica, la caída en desgracia de James Watson no constituye un hecho aislado. Más bien, sigue un patrón, una tendencia: después de recibir el máximo galardón de las ciencias, físicos, biólogos, químicos y médicos se ven repentinamente autorizados a opinar de cualquier tema. Se enamoran de ideas extrañas e incluso defienden pseudociencias. Por ejemplo, Marie y Pierre Curie asistían a las sesiones de la espiritista italiana Eusapia Palladino.

Los africanos son menos inteligentes que los occidentales, dice el pionero del ADN". Una foto del biólogo estadounidense James Watson con una sonrisa de oreja a oreja amplificaba el mensaje que no dejaba a nadie indiferente. Uno de los descubridores de la doble hélice del ADN -de por entonces 79 años- y responsables de haber revolucionado la biología moderna se había vuelto loco.

Lo curioso es que esto sucede con tanta frecuencia que algunos sociólogos le han puesto un nombre a esta aflicción: la “enfermedad de los Nobel”.
 

Las palabras de Watson, galardonado con el Premio Nobel de Medicina en 1962, provocaron de inmediato una reacción en cadena dentro y fuera de la comunidad científica. Por entonces, el Museo de Ciencias de Londres canceló un discurso que Watson iba a dar y el famoso científico se vio obligado a emitir una disculpa y a retirarse en silencio del país
Foto: Cortesía

“Muchos de los premiados apenas obtienen la distinción se creen inmediatamente autorizados a expresar sus opiniones sobre cualquier cosa por fuera de su disciplina”, escribió el historiador de la ciencia francés Jean-Jacques Salomon. "En cierta forma el prestigio y la autoridad del premio reviste su palabra ante los medios de una autoridad similar a la de los grandes sabios de la antigüedad o la de la Pitonisa capaz de revelar incluso de predecir el curso de las cosas, de la sociedad o del mundo".

Los santos de la ciencia

Desde el florecimiento de las academias siempre existieron los concursos y las recompensas científicas para promover la solución de problemas y promover los descubrimientos. Hay de todo tipo y monto. La medalla Dirac, los premios Kavli, la medalla Fields, el Premio Breakthrough, los premios L'Oréal-UNESCO para las mujeres en ciencia, el premio Princesa de Asturias. Pero ninguno supera el valor simbólico que otorga el Premio Nobel, entregados desde 1901.

Si bien los científicos que sobresalen en sus campos reciben muchos galardones en su vida, obtener el Premio Nobel los destaca del resto. Los pocos que logran ganar este premio se convierten en celebridades instantáneas, eternas. Son universalmente percibidos como extremadamente inteligentes, extraordinariamente creativos. Y les garantiza un obituario de página completa en revistas como Nature y Science.

De repente, son invitados a todo tipo de eventos. No solo científicos sino también culturales y políticos. Recibir la llamada telefónica desde Suecia les otorga un superpoder.

"A los ojos de muchas personas, de repente me había convertido en un experto líder mundial en casi todo", confiesa el bioquímico británico Paul Nurse, quien ganó el Nobel de medicina en 2001. "Esto fue más bien un shock. Comencé a recibir cartas de personas que querían que apoyara causas sobre problemas de los que sabía poco. Todo esto se combinó con el hecho de que los periodistas y los productores de programas habían comenzado a tomarme en serio si hacía comentarios sobre temas sobre los que no sabía nada".

Lo curioso es que esto sucede con tanta frecuencia que algunos sociólogos le han puesto un nombre a esta aflicción: la “enfermedad de los Nobel”.

Como si estuvieran intoxicados con alcohol, ciertos ganadores del Nobel se sienten menos inhibidos para decir lo primero que les viene a la mente. Uno de los casos más notorios es el del médico francés Alexis Carrel quien en 1912 ganó el Nobel por el desarrollo de la sutura vascular que abrió las puertas al trasplante de vasos sanguíneos y de órganos. Su libro El hombre, ese desconocido (1935) vendió más de dos millones. En él argumentaba apasionadamente a favor de la eugenesia. Carrel creía que el mundo estaba dividido en seres superiores e inferiores. "El planeta está agobiado con personas que deberían estar muertas, incluidos los débiles, los enfermos y los tontos", escribió este cirujano quien elogiaba a los nazis por sus "medidas enérgicas contra la propagación de los defectuosos, los enfermos mentales y los criminales".

Apoyado por el aviador Charles Lindbergh, Carrel fue más allá y deliró al pensar que podía vencer a la muerte.

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En la imagen una entrevista a Alexis Carrel, ganador del Nobel que apoyaba la eugenesia y elogiaba a los nazis | Foto: Cortesía

Certificado de magalomanía

Obtener un Premio Nobel suele ser comparado con llegar a la gloria, a la cima de la carrera científica. Pero para la mayoría, una vez que lo obtienen todo va cuesta abajo. Por lo general, se otorgan estos premios cuando los galardonados generalmente han pasado su mejor momento. La mayoría reciben esta distinción generalmente 20, 30, 40 y, a veces, 50 años después de realizados sus descubrimientos.

Es entonces, cuando se vuelven poderosos: ciertos medios les otorgan a los científicos el mismo grado de confianza que la gente le tenía en la Edad Media al poder religioso. Los premiados adoptan la imagen anticuada del sabio, símbolo de una concepción y una práctica de la ciencia pertenecientes a un mundo que ha quedado definitivamente atrás.

"A lo largo de los años, observé, principalmente a través de entrevistas publicadas y la cobertura de los medios, que muchos premios Nobel contraen una enfermedad que yo llamo 'Nobelitis'", indica el bioquímico chipriota Eleftherios P. Diamandis, profesor y Jefe de Bioquímica Clínica en el Departamento de Medicina de la Universidad de Toronto. "El síntoma más común de esta enfermedad es la megalomanía, y la sensación de que la medalla de oro de Estocolmo es un pasaporte para salvar al mundo. El Nobel parece asegurar que los galardonados tienen poderes sobrehumanos de los que no se habían dado cuenta antes, y que el premio los ayudará a continuar y hacer cosas aún más grandes y mejores".

De repente, son invitados a todo tipo de eventos. No solo científicos sino también culturales y políticos. Recibir la llamada telefónica desde Suecia les otorga un superpoder.

El médico Frederick Banting, quien descubrió la de la hormona de la insulina, después de ganar el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1923, se volvió el canadiense más famoso. Se esperaba que conquistara más enfermedades: desesperado por demostrar que sus investigaciones sobre la insulina no habían sido una casualidad, Banting se empeñó en curar el cáncer con poco conocimiento de esta enfermedad. Pero no logró nada más que frustraciones.

El bioquímico estadounidense Linus Pauling afirmó que podía curar el cáncer con megadosis de vitamina C y, posteriormente, fue ridiculizado por el diseño descuidado de sus ensayos clínicos. Sus afirmaciones no solo no sirvieron de nada a los pacientes, sino que se desperdiciaron años desacreditando esta teoría.

Hasta el día que murió en 2016, el químico egipcio Ahmed Zewail se esforzó por crear una ciudad de ciencia y tecnología en Egipto que llevara su nombre, un gesto similar al de los antiguos faraones.

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Frederick Banting e empeñó en curar el cáncer con poco conocimiento de esta enfermedad. Pero no logró nada más que frustraciones | Foto: Especial

Un premio roto

En la ficción, uno de los escritores que mejor retrató esta arrogancia científica fue el británico Ian McEwan. Su novela satírica Solar tiene como centro de gravedad a un desagradable antihéroe: un físico ganador del Premio Nobel llamado Michael Beard. Hundido en una vida personal caótica, este investigador cínico, petulante, orgulloso y ambicioso usa su prestigio para engañar y robarle a un colega los planes de un proyecto de fotosíntesis artificial para detener el calentamiento global.

El virólogo francés Luc Montagnier recibió el Premio Nobel en 2008 por ayudar a descubrir el VIH. Desde entonces, no hace más que alimentar las polémicas. En un esfuerzo desesperado por mantenerse relevante, Montagnier promueve teorías con poca o nula base científica: defiende la homeopatía, es una de las caras prominentes del movimiento antivacunas y hasta llegó a afirmar que el autismo, el Alzheimer y el Parkinson son provocados por "las ondas electromagnéticas almacenadas en la memoria del agua que alcanza el cerebro tras haber estado en contacto con el ADN de ciertas bacterias intestinales".

"El valor de ganar un Premio Nobel está sobrevalorado por el público, los medios, los científicos y los políticos por igual", advierte Diamandis. "Los ganadores son honrados por descubrimientos realizados en el pasado y en un área muy específica. El premio no garantiza la competencia del galardonado en otros campos. El aura del premio les asegura a los ganadores acceso a grandes sumas de dinero. La extraordinaria confianza asociada podría conducirlos a creer cualquier cosa que piensan es una buena idea. ¡No muchos se enfrentarían a un Premio Nobel! Así, algunos premios Nobel podrían ser una especie peligrosa".

El bioquímico estadounidense Linus Pauling afirmó que podía curar el cáncer con megadosis de vitamina C y, posteriormente, fue ridiculizado por el diseño descuidado de sus ensayos clínicos. Sus afirmaciones no solo no sirvieron de nada a los pacientes, sino que se desperdiciaron años desacreditando esta teoría.

Así vistos los Premios Nobel resultan una anomalía: son anacrónicos, poco inclusivos y con un marcado sesgo contra las mujeres. De los más de 600 premios Nobel que se han otorgado en las ciencias, solo 20 han sido para científicas.

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Ceremonia del Premio Nobel | Foto: Cortesía

El astrofísico Brian Keating asegura que la competencia por el premio desalienta la colaboración y crea ideas falsas sobre la forma en que se hace la ciencia moderna. Para remediarlo, este investigador de la Universidad de California en San Diego sugiere, por ejemplo, ampliar el número de galardonados por año (actualmente el máximo es tres), dadas las grandes colaboraciones en los actuales megaproyectos científicos. En su libro Losing the Nobel Prize, también insta a establecer nuevos premios para disciplinas científicas emergentes y corregir omisiones pasadas, así como establecer premios póstumos.

El valor de ganar un Premio Nobel está sobrevalorado por el público, los medios, los científicos y los políticos por igual"

"Estos premios individuales promueven el estereotipo de que la ciencia es realizada por un máximo de tres personas", asegura. "Creo que es perjudicial para la forma en que se lleva a cabo la ciencia. En los más de cien años que se ha otorgado el premio, nadie realmente ha abordado el problema de que la cantidad de personas necesarias para hacer estos descubrimientos ha aumentado exponencialmente. Mi deseo no es matar el Premio Nobel, sino revivirlo de una manera que beneficie a la humanidad mediante el avance del espectro de diversidad e inclusión en el que la ciencia moderna se ha convertido, o debería aspirar". 

No todos piensan que el máximo premio de las ciencias pueda ser arreglado. Para Clare Fiala, investigadora del Departamento de Patología del Mount Sinai Hospital, los Premios Nobel perdieron su influencia social: ya no benefician a la sociedad ni impulsan la innovación. "Este premio ahora está haciendo más daño que bien en el avance de la ciencia. Sugerimos que las reglas del premio son arcaicas. No refleja la realidad actual. El premio necesita una revisión fundamental o se debe abandonar para siempre".

Autor: Federico Kukso
Periodista científico independiente. 2015-16 Knight Science Journalism Fellow at MIT. Escribe sobre ciencia, tecnología y cultura para publicaciones como La Nación (Argentina), Undark (MIT), Muy Interesante Argentina, Agencia Sinc (España), Scientific American (Estados Unidos), Brando, Le Monde Diplomatique, Suplemento Soy de Página 12 (Argentina), Bank Magazine, entre otras. Fue editor de las secciones de ciencia en diarios como Página 12, diario Crítica de la Argentina y subeditor de la sección Ideas en la Revista Ñ (Clarín). Autor de los libros: Todo lo que necesitás saber sobre Ciencia y Dinosaurios del fin del mundo, entre otros.