Positronium: En busca de los secretos de la antimateria

El Centro Europeo de Investigaciones Nucleares (CERN) no solo cuenta con el acelerador más grande del mundo —el Gran Colisionador de Hadrones— también estudia las propiedades de la antimateria en experimentos que se localizan en un ralentizador de partículas. Esta máquina hace lo contrario de lo que hace el gran acelerador, es decir, disminuye la velocidad de antiprotones para que lleguen hasta una cámara donde, viajando a baja velocidad, pueden atrapar antielectrones para formar antiátomos

En esta fábrica de antimateria se realizan varios experimentos. Entre ellos, el experimento AEGIS (Antihydrogen Experiment: Gravity Interferometry Spectroscopy) quiere contestar la pregunta: ¿Es que un antiátomo “cae” hacia “abajo” como lo hacen los átomos de materia?

Átomos artificiales

Para hacer la prueba, el experimento debe construir átomos de antipartículas y uno que es más sencillo que el antihidrogeno es el llamado positronium. Este consiste de un electrón y un antielectrón en que ambos giran alrededor de un centro común.

El antielectrón recibe el nombre de positronio y por eso es por lo que un átomo construido con uno de ellos recibe el nombre de positronium. Estos átomos artificiales son más sencillos de fabricar. Sin embargo, un problema del montaje experimental es que este átomo de antimateria vive solo 142 mil millonésimas de segundo, muy poco para hacer el experimento y verlo caer o subir en la presencia de la gravedad. 

En un trabajo publicado recientemente, el experimento describe una manera de fabricar antiátomos positronium que vivan más tiempo.

Con la nueva técnica se pueden producir 80 mil Positronium por minuto, mismos que viven 1140 mil millonésimas de segundo. Es decir 8 veces mas tiempo que lo que se conseguía antes.
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Para hacer la prueba, el experimento debe construir átomos de antipartículas y uno que es más sencillo que el antihidrogeno es el llamado positronium. Este consiste de un electrón y un antielectrón en que ambos giran alrededor de un centro común | Fabrice Coffrini

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