Sociedad

Premios Nobel: ¿Son los realmente necesarios en el siglo XXI?

Federico Kukso 04 / Oct / 18
Mirados desde un óptica contemporánea, el galardón que garantiza la inmortalidad a los científicos carece de toda equidad de género, y refuerza la falsa idea de que la ciencia actual es el producto de genios trabajando en soledad

La ceremonia se repite año tras año desde 1901: en algún lugar del mundo, una persona -por lo general hombre, estadounidense, europeo o japonés y de más de 60 años- recibe una llamada de felicitaciones. Según el huso horario en el que se encuentre, a este investigador lo despierta una voz que le comunica su ingreso a un club privado, una especie de Olimpo pagano donde codearse con Albert Einstein, Niels Bohr, Max Planck y el matrimonio Curie.

El martes pasado a las 4.58 de la mañana un teléfono sonó en la ciudad de Ontario, en Canadá. “¿Qué sucede?”, fue lo único que atinó a balbucear Donna Strickland quien, junto a su esposo Doug, aún intentaba dormir. “Es una llamada importante desde Suecia -dijo una voz del otro lado de la línea-. No cuelgue mientras transferimos la llamada”. Así estuvo durante unos 15 minutos, alterada y con el teléfono en la mano. Hasta que a esta física de 59 años se le cruzó por la cabeza que podía tratarse de una broma de mal gusto de algún colega o de algún estudiante reprobado. Y colgó. Pero cuando fue a ver sus e-mails, encontró entre ellos un correo electrónico sospechoso. Su remitente era la Academia de Ciencias Sueca. “No hemos podido contactarnos con usted”, decía. “Llámenos inmediatamente”. Ahí se enteró: esta científica de la Universidad de Waterloo, quien en 1985 había desarrollado un método para generar los pulsos de láser más cortos e intensos creados por la humanidad, había ganado un Nobel. Lo compartía con su colaborador el francés Gerard Mourou y el estadounidense Arthur Ashkin, de 96 años, la persona de mayor edad en recibir esta distinción.

Como era de esperar, el anuncio de este galardón de 1,4 millones de dólares tomó por sorpresa a Strickland. Pero también al resto del mundo. No solo porque, pese a que la técnica creada por Strickland y Mourou es usada actualmente en millones de cirugías correctivas de la vista, en unidades de disco óptico, impresoras láser y escáneres, esta física hasta entonces ni siquiera contaba con una página en Wikipedia pues un moderador de la enciclopedia digital había considerado que no era lo suficiente "famosa". En especial, el nombre de esta investigadora resaltó sobre el del resto por un pequeño detalle: en toda la historia de los Nobel solo dos mujeres habían ganado en la categoría de Física. Una había sido Marie Curie en 1903 por su papel en el descubrimiento de la radiación y la última fue Maria Goeppert-Mayer, galardonada en 1963 por sus descubrimientos sobre el núcleo de los átomos. Strickland venía a romper una racha de 55 años de sequía.

“¿Qué sucede?”, fue lo único que atinó a balbucear Donna Strickland quien, junto a su esposo Doug, aún intentaba dormir. “Es una llamada importante desde Suecia -dijo una voz del otro lado de la línea-. No cuelgue mientras transferimos la llamada”

Marie Curie fue la primer mujer en ganar un premio Nobel de Física. La Real Academia de las Ciencias de Suecia la galardonó en 1903
Foto: Especial
 

Cuando arrancó la “semana de los Nobel”, se pensó que la tradición y el marcado sesgo machista de esta elección ultrasecreta continuarían intactos. Al fin y al cabo, en 2017 todos los ganadores habían sido hombres. El lunes se anunció el de Medicina, otorgado al estadounidense James Allison y al japonés Tasuku Honjo por sus descubrimientos revolucionarios sobre cómo emplear y manipular el sistema inmunológico para combatir el cáncer.

Luego vino el martes con la sorpresa de Strickland y, cuando se pensó que ahí quedaría, el miércoles le tocó el turno a la ingeniera química estadounidense Frances Arnold. Esta investigadora de 62 años que en su momento protestó contra la Guerra de Vietnam y luego trabajó como camarera en un club de jazz y como taxista y que en 2005 sobrevivió al cáncer de mama, fue distinguida con el Nobel de Química por su método pionero para dirigir la evolución de las enzimas, hoy utilizado en miles de laboratorios y compañías en el mundo que fabrican desde detergentes para ropa hasta medicamentos, incluido un fármaco para tratar la diabetes tipo 2. “Podemos hacer lo que la naturaleza tarda millones de años en cuestión de semanas", indicó Arnold, quien comparte el Nobel con el también estadounidense George P. Smith y el biólogo británico Gregory P. Winter por sus trabajos sobre anticuerpos.

Desde su debut, los Nobel –además de estar siempre caracterizados por la controversia- han sido el escaparate donde mejor se ven las desigualdades de la ciencia internacional. Por empezar en términos geográficos: Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Francia son los países con más científicos premiados con lo que originalmente nació como una especie de beca científica, un alivio económico, que terminó siendo lo que es hoy: una jubilación onerosa por los servicios científicos prestados.
 

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Jim Allison Nobel de Medicina 2018
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El francés Gérard Mourou, Nobel de Física 2018 
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El científico norteamericano Arthur Ashkin, ganador del Nobel de Física
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Donna Strickland la tercer mujer en ganar el Nobel de Física 
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George Smith, premio Nobel de Química 

En cuanto al género, la disparidad es tal que los números hablan solos: entre 1901 y 2017, unos 892 hombres fueron galardonados, en comparación con solo 48 mujeres. A lo que se suman casos de indiferencia explícita como los de la física Lise Meitner, la química Rosalind Franklin y la astrónoma Vera Rubin.

“Estoy segura de que hay personas escépticas de que una mujer pueda hacer este trabajo tan bien como un hombre -dijo Arnold sobre aquellos colegas que la despreciaron en los comienzos de su carrera-. Soy felizmente inconsciente de esas personas y se me ha dado la capacidad de ignorarlas por completo”.

Más allá de este notorio desequilibrio, la pregunta que todo el mundo tácitamente se hace es: ¿Son los Nobel realmente necesarios en el siglo XXI? Para empezar, no son los premios que más dinero entregan. Y, además, son anacrónicos: en una época en la que la ciencia es global, colaborativa, interdisciplinaria y no producto de "mentes brillantes" que trabajan en solitario, perdura el criterio de premiación individual. Además de inmortalizar, de conferir a los elegidos una especie de halo de indiscutida santidad, los Nobel refuerzan y reproducen la imagen anticuada del sabio o del genio que trabaja en soledad. Como dice la socióloga Harriet Zuckerman, el Nobel se ha convertido en un símbolo exagerado de la excelencia científica, uno que pese a estar colmado de olvidos y desigualdades, el mundo aparentemente aclama y espera. Como los científicos que aguardan año tras año al lado del teléfono aquel llamado mágico desde Suecia.

Autor: Federico Kukso
Periodista científico independiente. 2015-16 Knight Science Journalism Fellow at MIT. Escribe sobre ciencia, tecnología y cultura para publicaciones como La Nación (Argentina), Undark (MIT), Muy Interesante Argentina, Agencia Sinc (España), Scientific American (Estados Unidos), Brando, Le Monde Diplomatique, Suplemento Soy de Página 12 (Argentina), Bank Magazine, entre otras. Fue editor de las secciones de ciencia en diarios como Página 12, diario Crítica de la Argentina y subeditor de la sección Ideas en la Revista Ñ (Clarín). Autor de los libros: Todo lo que necesitás saber sobre Ciencia y Dinosaurios del fin del mundo, entre otros.