Sociedad

¿Qué diablos estamos respirando en la Ciudad de México?

Carmina de la Luz Ramírez 12 / Mar / 19
El gobierno capitalino ha lanzado el programa PROAIRE para “recuperar la tendencia a la baja” en emisión de partículas contaminantes. ¿Cuál es la situación del aire en la capital del país?

Estamos acostumbrados a pensar que los humanos necesitamos oxígeno (O2) para mantenernos vivos, pero la realidad es que requerimos una mezcla de gases conocida como aire —que a su vez forma parte de la atmósfera—, donde predominan el nitrógeno (78.08%) y, en segundo lugar, el oxígeno (20.95). De hecho, respirar mayores concentraciones de este último gas puede resultar fatal para el organismo, llegando a niveles de toxicidad que provocan inflamación y acumulación anormal de fluidos en los pulmones (según los estudios realizados por el patólogo escocés James Lorrain Smith), así como daño a las células del sistema nervioso central. Es precisamente la presencia del nitrógeno (N2) en el aire lo que evita todo esto, puesto que —aunque es químicamente inerte en el sistema respiratorio y circulatorio— ayuda a regular la presión ideal para que los pulmones puedan asimilar adecuadamente el oxígeno. 

¿Qué pasa con el otro 0.07% de aire que respiramos? Corresponde a una porción repartida entre varios gases, como el neón, el helio y el hidrógeno, por mencionar algunos. En esa fracción de la atmósfera también están presentes los llamados contaminantes, es decir, sustancias que no deberían estar allí o deberían estarlo en cantidades mucho menores que las cuantificadas por los científicos. 

Al respecto, la doctora Telma Castro Romero —Directora del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la Universidad Nacional Autónoma de México— señala que “la contaminación atmosférica genera diversos problemas a nivel regional y global, pero las preocupaciones más grandes e inmediatas son los efectos que tiene en la salud de los habitantes”. 

En el caso de la Ciudad de México, las amenazas van más allá que despertar con una nata grisácea por encima de nuestras cabezas. Muestra de los riesgos son otras grandes ciudades que ya han sufrido consecuencias graves a partir de la contaminación atmosférica; por ejemplo, la defunción de 168 personas en Nueva York, en 1966, o el fenómeno de la “Gran Niebla”, que entre el 5 y 9 de diciembre de 1952 causó en Londres la muerte de 12 mil personas y 100 mil reportes de padecimientos respiratorios y cardiovasculares. El contexto global no es más alentador; de acuerdo con datos emitidos en 2016 por la Organización Mundial de la Salud, tan solo en 2012 murieron 8.2 millones de personas por exponerse a la contaminación atmosférica. 

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Calidad del aire en la CDMX, vista desde La Torre Virreyes | Foto: El Universal / Juan Carlos Reyes García  
 

El origen de los contaminantes

Los principales responsables de las afecciones a la salud humana son el ozono y las partículas suspendidas menores a los diez micrómetros. En ambos casos, la situación en la Ciudad de México es que aún se encuentran en concentraciones que superan los límites para proteger la salud. Acerca del ozono (O3), el Centro Canadiense de Seguridad y Salud Ocupacional resalta que es una sustancia altamente reactiva, capaz de oxidar lípidos y proteínas. En concentraciones de entre 0.25 y 0.75 partes por millón (ppm), el ozono puede causar tos, falta de aire, garganta seca, jaqueca, jadeo y náusea. Por su parte, las partículas suspendidas representan un mayor riesgo entre menor sea su tamaño, pues pueden ingresar al sistema respiratorio del ser humano con mayor facilidad. 

Acerca de su origen, los Programas de Gestión para Mejorar la Calidad del Aire (PROAIRE) señalan que las partículas son emitidas por fuentes diversas, entre las que destacan: la industria y el transporte, el suelo erosionado, la generación de energía eléctrica y las vialidades sin pavimentar. Mientras tanto, el ozono es un contaminante secundario que depende de la presencia de compuestos orgánicos volátiles, los cuales suelen reaccionar con contaminantes que en la Ciudad de México provienen de: los vehículos de combustión (46%), las actividades industriales (21%), los hogares (20%) y otras (13%). 

Todos estos referentes surgen tanto del monitoreo de calidad del aire —que cae en manos de instancias gubernamentales, principalmente— como de estudios realizados por centros de investigación. Un ejemplo del primer caso es el Índice de Calidad del Aire, indicador que considera cinco contaminantes criterio (dióxido de azufre, monóxido de carbono, dióxido de nitrógeno, ozono y partículas suspendidas) y que fue diseñado para informar a la población de la Ciudad de México qué tan contaminado se encuentra el aire en un momento determinado. Respecto a las aportaciones de la academia, destaca el proyecto Mediciones ambientales locales y globales de la contaminación (MILAGRO, por sus siglas en inglés); este surgió en 2006 a manera de un consorcio internacional donde participó el Centro de Ciencias de la Atmósfera, y la propia doctora Castro Romero, quien lo describe como un proyecto que “nos permitió comprender cómo se comporta químicamente la atmósfera de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México y, además, ver cómo esto se relaciona con las actividades de la sociedad, lo que ayuda en la toma decisiones”.  

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La calidad de aire se reporta como mala, aún con el progrma "Hoy no circula" | Foto: Cuartososcuro /  Armando Monroy

Un último trino antes de morir

Por el papel que juega la movilidad en las emisiones de contaminantes atmosféricos, dicho aspecto de la sociedad ha sido el principal objeto de políticas públicas para la mejora de la calidad del aire. En febrero de 1987 comenzaron a aparecer aves muertas en distintas zonas de la Ciudad de México, aunque nunca se pudo establecer una relación causa-efecto con la contaminación, el hecho alertó a la población y a las autoridades, pues la mala calidad del aire en aquellos años alcanzó su punto más crítico.

Fue entonces cuando comenzaron a nacer programas tan emblemáticos como la verificación vehicular, el Hoy No Circula y el control de transporte de carga; sin embargo, las cada vez más recurrentes contingencias ambientales son prueba de que algo está fallando de nuevo. 

“Esos programas funcionaron —explica Telma Castro, experta en contaminación atmosférica y ex discípula de Mario Molina, premio Nobel de Química 1995—de no ser por ellos estaríamos en una situación realmente grave de contaminación atmosférica en la Ciudad de México. De acuerdo con la investigadora, las medidas de mitigación han logrado reducir las partículas dañinas en el aire en un 70% desde la década de los ochenta, pero aun así se encuentran en niveles mayores de los recomendados para una vida sana. Por ello la doctora Castro sugiere que dichas políticas públicas deben continuar y sumarse a otras acciones. 

El primer paso hacia la mejora de la calidad del aire en la capital de la República Mexicana lo dio la misma Jefa de Gobierno el pasado 2 de marzo, cuando anunció el desarrollo de un nuevo PROAIRE. La mandataria, quien tiene una sólida formación científica y amplia trayectoria en la investigación, destacó que en los últimos 6 años las concentraciones de ozono permanecieron constantes, mientras que las partículas suspendidas aumentaron: “Nuestro objetivo es retomar la tendencia a la baja”. Para ello, su administración, ya coordina una colaboración con instituciones académicas como el Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM, el Centro Mexicano de Derecho Ambiental y el Centro Mario Molina. 

Contaminación sin fronteras

En entrevista para Tangible, la doctora Telma Castro aprovecha para resaltar que “el Centro de Ciencias de la Atmósfera, como parte de la UNAM, tiene el mandato de contribuir a la solución de los problemas nacionales”. Algunos resultados de las investigaciones del CCA sugieren que las políticas públicas deben considerar toda la Zona Metropolitana e inclusive varios municipios Hidalgo, Morelos, Puebla y Tlaxcala. Esa es la razón por la que el gobierno de Claudia Sheinbaum ha convocado para este proyecto a autoridades e instancias de dichos estados. “Lo que pretende la doctora Sheinbaum —dice Telma Castro— es convertir el conocimiento científico que hemos generado en políticas públicas”. 

En este tenor, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales reconoce la calidad del aire como resultado de fenómenos complejos, como las características fisiográficas de la zona, la cantidad de contaminantes emitidos y la actividad meteorológica. El tema, por supuesto, tiene un fuerte componente social. Por ejemplo, para abordarlo, en 2016 el New York Times narró en una nota la historia de Iris Venegas Maldonado, una mujer que todos los días debía tomar dos microbuses, transbordar en el metro y tomar un autobús más para llegar a su trabajo. Pero el transporte es apenas uno de los tantos servicios que demanda una población urbana creciente y que derivan directa o indirectamente en la emisión de contaminantes. 

Para Castro Romero y sus colaboradores, lo anterior represen el fondo real del problema: “la expansión urbana desordenada afecta la calidad del aire, las áreas naturales protegidas, cultivos y recursos hídricos”, dice, “por ello no solo debemos apostar por mejor y más limpia tecnología vehicular y producción de energía sustentable, sino también adoptar un enfoque social en el cual se contemplen otros factores, como el ordenamiento urbano, educación ambiental, así como el comportamiento de los individuos dentro de las ciudades”. 

Autor: Carmina de la Luz Ramírez