Ser trans… y también standupero en Costa Rica

En el vecindario, Jess podía vestir ropa masculina y jugar fútbol, pero cuando poseía que salir “en sociedad”, a eventos familiares, venía el conflicto, ya que su madre le exigía que vistiera vestidos y zapatos de charol. Cuando a los seis años pidió una fiesta de cumpleaños de Aladino, lo que recibió fue una de la princesa Jazmín, con disfraz y todo. Jess pasó la mitad de su fiesta en una esquina, llorando.

El relato de Jess no es exclusivo. Su crónica se reitera constantemente dentro de la red social trans. “Lo que he escuchado bastante de ellas es que desde pequeñas o jovenes, lo saben. Lo que sucede es que o no tienen las utilidades, o el contexto no les asistencia, saben que hay algo extraño y diferente, pero no tienen idea, no tienen el saber, quién les oriente, entonces es muy recurrente que se consigua (descubrir que son trans o comenzar una transición de género)hasta que están en el colegio o más”, dice María José Longhi del Centro Humanista para la Cooperación con los Países en Avance (Hivos). Como Oficial de Prevención del Emprendimiento VIH-Sida de Costa Rica, Longhi trabajó muy de cerca con la red social trans, en particular con las mujeres trans, que son el grupo poblacional con más alta prevalencia del VIH (24,6%) en el país.

SALIR DOS OCASIONES DEL CLOSET

La etapa universitaria fue el primer respiro para Jess. Como estudiante de comunicación en la Facultad Central de Venezuela, entró en contacto por primera oportunidad con un grupo LGBTI+, se enamoró por primera oportunidad –de una mujer–, y salió del closet por primera vez: se dijo lesbiana. Los conflictos en su casa no se hicieron esperar: tras repetidos accidentes de crueldad física y psicológica, y citas con una psicóloga para recibir terapia de transformación sexual, su madre acabó botándolo de la vivienda.

Aunque fue complicado, ya para entonces Jess poseía una carrera profesional y ha podido defenderse. Una circunstancia que no es la de la mayor parte de la gente trans en Costa Rica. Un estudio sobre VIH y anomalías de la salud de transmisión sexual de 2018, tiene dentro un capítulo sobre la gente de mujeres trans en el país. La encuesta, que ha incluído a 259 mujeres trans, apunta que solo el 14% de ellas había cursado estudios universitarios.

Jess llegó a Costa Rica como corresponsal del períodico Tal Cual, para contemplar las selecciones de presidentes del 2014, y desde ese momento está en este país centroamericano. Fue aquí donde halló totalmente su identidad de género. El primer episodio sucedió cuando trabajaba para el diario El Venezolano. Su contrato exigía que mantuviera algunos estándares de imagen. Tras ir al salón de hermosura para realizar lo que se le exigía en fachada, Jess entró en crisis, comprendió que él no era esa persona en el espejo, corrió a la ducha para quitarse el peinado, se quitó el esmalte de sus uñas y tomo la decisión de que para su cumpleaños número 27 se presentaría frente el planeta con una fachada masculina.

Ya masculinizado, su segunda salida del closet fue catapultada por un episodio de la serie The L Word. “Hay un personaje que se identifica como chica al inicio de la tercera temporada y después se otorga cuenta que es chico y asume el nombre de Max. Cuando yo veo el capítulo donde él se da por hecho, me identifico, entonces eran como ámbas de la mañana, yo me levanté de la cama, me desnudé y me fui al baño y comencé a conocer mi cuerpo. Me vi el cuerpo sin lolas, con pene y sin caderas, sin cintura y dije ‘ah bueno, en este momento sí me terminé de volver loco’”.

“No dormí, esperé a que fueran las seis de la mañana y llamé al psicólogo, me atendió a las siete de la mañana, con un tazón de café, ahí con ojeras, y me dijo: ‘mirá, lo que tenés es una crisis de identidad de género, vamos a comenzar a tomar pasos para que vos explorés y veás hasta dónde te transporta eso’.

En Latinoamérica la red social trans es poderosamente estigmatizada y discriminada. En este particular te contamos 4 historias que dan a conocer los inconvenientes a los que se combaten todo el tiempo. Conócelas en nuestro particular, otorga clic aquí o en la imagen.

Foto: El Universal

“El reconocerme como hombre trans fue abrir la caja de Pandora de toda la crueldad que me había impuesto reprimiendo la masculinidad. Fue una etapa durísima. Por suerte conté con el acompañamiento de mi psicólogo, pero sí intenté suicidarme por la crisis, porque me quedé sin trabajo, me quedé sin pareja”.

El siguiente paso era comenzar una terapia hormonal masculinizante. “El régimen hormonal lo que busca es ofrecerle un nivel de hormonas semejante al que tendría de nivel hormonal la persona cisgénero, la persona que está congruente con su genero”, enseña Alejandro Cob, jefe del servicio de Endocrinología del Hospital San Juan de Dios quien, en los años anteriores, intentó a unos 60 pacientes trans en su consulta privada.

Sin embargo, para asistir al médico, Jess debía reunir el dinero primordial. Fue hasta enero de 2018 que lo pudo, y desde ese momento estuvo recibiendo un régimen con la hormona masculina testosterona. Año y medio luego, ya tiene pelo facial y corporal, su espalda se ha ensanchado y sus caderas se han disminuido. Dichosamente, por el momento no menstrúa.

OCULTAR LA IDENTIDAD PARA RECIBIR ATENCIÓN

Más no todas la gente trans corren con la misma suerte de Jess de poder entrar a un régimen con un médico especial. “Vos escuchás a las chicas (hablar) de las pastillas anticonceptivas, de hormonas que ellas se recetan”, dice Longhi.

El doctor Cob está consciente de que esto sucede. “Yo pienso que terminantemente es una población que había estado por la libre, automedicándose con tratamientos que tienen probablemente riesgos”, dice.

Las acciones legales han logrado que se dé un paso hacia adelante en esta materia. Luego de elementos de amparo interpuestos frente la Salón Constitucional en oposición a la Caja Costarricense del Seguro Popular (CCSS) exigiendo atención a esta población, la institución tomo la decisión de adoptar un protocolo de régimen para la gente trans que entró en desempeño este año.

Es un protocolo que va enfocado de forma exclusiva al régimen hormonal y el acompañamiento psicológico o psiquiátrico del paciente; no contempla cirugías. Aunque el protocolo en este momento se encuentra en desempeño, el servicio de endocrinología del Hospital San Juan de Dios no ha notado una avalancha de nuevos pacientes. Posiblemente quienes lo necesiten no sepan que hay, o que tienen derecho a ellos.

A esta población frecuentemente se les niega el ingreso a los servicios de salud general, de algún enfermedad, dice Cob, algo en lo que Longhi coincide. Ella enseña que muchas de las mujeres trans con las que trabajó viven en una sub-sociedad, sienten (o les hacen sentir) que no son sujetos de derechos, no tienen la posibilidad de ni rentar una vivienda, ni asistir a una institución pública, agregado un hospital. El 26% de las mujeres trans encuestadas en el estudio de 2018 mencionó que había tenido que esconder su identidad de género para lograr recibir servicios doctores, como ser llamadas a consulta con el nombre que se les asignó al nacer y presentarse con fachada de ese género.

Sin embargo, la ley además cambió ahí. En este momento existe la oportunidad de que la gente cambien su nombre legal a uno que refleje su género autopercibido. Acatando una resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, desde mayo del 2018 el trámite se puede hacer de forma gratuita frente el Registro Civil. A la fecha, 450 personas ya cambiaron su nombre.

El derecho además aplica para personas extranjeras. En abril del año en curso, Jess Márquez Gaspar se transformó en el primer extranjero en conseguir un archivo de identidad migratorio (DIMEX) que lo identifica con su género autopercibido, lo identifica como hombre.

EL LUJO DE ENVEJECER

Es miércoles durante la noche. El chico salón de Teoré/tica, en vecindario Amón, está abarrotado. Unas 50 personas están en lo que seguramente fue la salón de una vivienda especial hace algunas décadas y hoy es un espacio cultural. En el público hay de todo: personas cisgénero, personas gays, personas heterosexuales, pero, más que nada, hay mujeres trans.

El vecindario capitalino no les es raro. Algunas de ellas pasan sus noches en las esquinas de estas calles intentando encontrar usuarios, pero esta noche están aquí para contar su crónica. Es la exhibición del libro Atrevidas, cuentos polifónicos de mujeres trans, una obra donde la escritora Camila Schumacher recopila las historias de unas 30 mujeres trans, todas integrantes de la organización Transvida.

A pesar de que los cuentos están anónimos, con su identidad oculta tras la pluma de la autora, esta noche vuelven a la voz de algunas de sus personajes principales, como Cassandra. Ella pasa adelante del salón. Viste jeans, remera blanca y tenis blancos, transporta el pelo corto. Se sienta en el sillón, cruza sus piernas y lee:

“Ya no me visto, yo, ni me empeluco, ni me encaramaría tacones, ni nada de ná… Por el momento no, pero que nadie se confunda al verme: soy bien mujer. De esta forma me siento, y lo tengo clarísimo, en el corazón y en la cabeza, que es donde importa, ¿no?”.

En América Latina, la promesa de vida la gente trans es de 35 años, no obstante, en Transvida hay un grupo de mujeres de bastante más de 50, que se autodenominan ‘las adultas superiores’. Cassandra es una de esas ‘adultas mayores’ que le tocó vivir en una Costa Rica todavía más hostil hacia las mujeres trans, donde las visitas a la prisión por estar en la vía pública eran pan de todos los días y en un lugar de comidas no le servían comida, aunque tuviera el dinero para pagarla. Una Costa Rica donde difícilmente se publicaría un libro sobre sus vidas.

“Envejecer no es simple para nadie, no luce. Pero para nosotras las trans, es más complicado. Para nosotras, envejecer es un lujo. Es subsistir, es haberse salvado”, lee.

LA HOSTILIDAD DEL CONTEXTO

Esa noche Cassandra tiene muy claro que ella es una sobreviviente. Entre la alegría de ver anunciado un libro con sus historias, las chicas de Transvida además están tristes. Falta una. Falta Alondra.

Recientemente bastante más de un mes que Alondra por el momento no está. La que fue jefe y educadora en Transvida, la mujer trans que las representó en la 22ª Charla En todo el mundo sobre el SIDA (AIDS2018) en Holanda, por el momento no está.

“Era una chica con VIH que había empezado su régimen, estabilizando su condición, que había entrado además a una organización centroamericana de trabajo en VIH”, cuenta Longhi. “Ella armó el grupo mujeres trans de Guanacaste (una provincia en el Pacífico Norte del país). Era muy empoderada, dentro de su trabajo ella inclusive le daba rastreo a la gente que salían (VIH) positivas”, añade.

Pero un día tomo la decisión de regresarse a Guanacaste. Renunció a su trabajo en Transvida y salió. Ahí, cuenta Longhi, entró en un período de abuso de drogas, volvió al comercio sexual, dejó su régimen y rechazó toda clase de asistencia. Tras mucha insistencia, lograron traerla de regreso a San José donde, unos días luego, el 9 de junio de 2019, murió en el hospital. Poseía solamente 38 años.

“Toda esta historia para mí es muy ejemplificadora de cómo una mujer trans, aunque tenga acompañamiento, más allá de que se haya empoderado, aunque tenga la información que tenga, aunque inclusive haya apoyado a otras en otro instante, el contexto es tan hostil que no te recuperás del todo. Algunos lo logran, pero no todas lo hacen”, dice Longhi.

Mientras la sociedad cambia, mientras las leyes cambian, las mujeres y los hombres trans, como Jess, como Cassandra, tienen que hallar la fortaleza para vivir y subsistir, fortaleza para pelear porque la circunstancia cambie para ellos y para las futuras generaciones. La aptitud de resiliencia y el acompañamiento que se producen unos a otros son sus utilidades.

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