Sociedad

Somos lo que comemos y desperdiciamos

Berenice González Durand 17 / Dec / 18
En las próximas dos décadas, la población crecerá 30%. Uno de los retos es garantizar su alimentación: innovación y sustentabilidad encabezan el menú

Los dientes atraviesan de una mordida una apetitosa hamburguesa que luce, se saborea e incluso sangra como un jugoso trozo de carne. El sueño de los amantes de los productos cárnicos es en realidad una molécula extraída de plantas y aderezada con aceite de coco, así como proteínas de trigo y papa. El semillero de nuevas empresas que es Silicon Valley también vio germinar a Impossible Foods, una joven empresa que ha decidido crear una biblioteca química de elementos derivados de plantas que imitan a la carne en diferentes aspectos, como una molécula del grupo hemo que brinda a la sangre su color rojo, ayuda a transportar oxígeno en los organismos vivos y  habita felizmente tanto en el reino vegetal, como en el animal. ¿Este es el menú del futuro?

La respuesta es un poco más compleja porque para alimentar a una población en constante crecimiento se requieren más contemplaciones; pero la cantidad de  recursos que se necesitan para producir alimentos cárnicos, indican que lo más probable es que los esfuerzos se tengan que dirigir a otras fuentes, como la anteriormente expuesta.  

Para producir una hamburguesa de res se necesitan 2 mil 700 litros de agua. Esta huella hídrica es equivalente a lo que necesitaría  una persona para bañarse  dos veces a la semana durante casi dos meses, además de que este tipo de industria emite a la atmósfera más metano que todos los automóviles del planeta. 

Bajo este escenario, los insectos también podrían ser una alternativa más viable, y de hecho, ya lo son: según estimaciones de la FAO, se calcula que en la actualidad un cuarto de la población mundial incluye en su alimentación a esta clase de animales invertebrados.

Chapulines, hormigas, escarabajos, gusanos, cucarachas y tarántulas forman parte de las comidas típicas de varios países en el mundo; desde Oaxaca hasta Bangkok, los insectos forman parte de la oferta tradicional de los mercados desde hace siglos.  Aunque  se desconoce con precisión el número de especies que existen,  hay estimaciones que varían desde 890 mil  hasta más de un millón de especies. Además, el grupo  no sólo es diverso, sino  abundante; se calcula que por cada ser humano en la Tierra, existen 200 millones de insectos. Estaban en el planeta desde hace más de 400 millones de años y se piensa que seguirán ahí, incluso después de que la raza humana pudiera desaparecer.

 

Para producir una hamburguesa de res se necesitan 2 mil 700 litros de agua. Esta huella hídrica es equivalente a lo que necesitaría  una persona para bañarse  dos veces a la semana durante casi dos mese
Foto: El Universal

La fuente parece innagotable. Para los habitantes de  algunos países, como el nuestro, la idea de comer insectos es más cercana, pero para otros no es tan sencillo, así que buscan adoptar el gusto mediante diferentes estrategias. Por ejemplo, la cadena de supermercados suizos Coop tiene entre sus recientes innovaciones, hamburguesas (nuevamente), pero hechas con insectos, vegetales y cereales que muestran  a este tipo de alimentos  como alternativas viables aunque con un poco de “maquillaje” en su presentación.

Más allá del laboratorio
 Los menús donde impera el reino vegetal también tienen sus limitaciones. Más del 50% de la dieta mundial depende del trigo, arroz y maíz, pero los efectos del cambio climático son cada vez más evidentes en las cosechas del mundo y el futuro no es promisorio en este aspecto. Kristalina Georgieva, la economista búlgara y directora general del Banco Mundial, dijo en el marco de la recientemente finalizada Cumbre del Clima número 24 de la Conferencia de las Partes del Convenio Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, realizada en Polonia, que somos la última generación que puede cambiar la dirección del cambio climático, pero desgraciadamente también somos la primera que vivirá con sus consecuencias directas. Dos malas noticias al respecto: los últimos cuatro años fueron los más cálidos, desde que hay registros fidedignos al respecto, y las emisiones contaminantes volvieron a subir. En este escenario, se necesitan tomar medidas más  extremas para limitar el aumento de la temperatura global a finales de este siglo en 1.5 grados, pues con las políticas actuales este incremento se estima que podría alcanzar 3.2 grados, lo que tendría consecuencias catastróficas, reflejadas también en la producción de alimentos. Además de las investigaciones sobre cultivos más tolerantes al calor y la sequía, la búsqueda de nuevos productos  no se ha hecho esperar.

Cultivos para el Futuro (CFF) es un organismo internacional que se encarga de realizar estudios agrícolas para brindar alternativas para la alimentación de la humanidad. Esta organización con sede en Kuala Lumpur, propone retomar cultivos que han sido olvidados o ignorados por las nuevas generaciones pero que son importantes en la historia de las diferentes regiones del planeta, como el caso de la llamada vigna subterránea, una leguminosa rica en proteínas y  nativa del África Subsahariana, pero que también crece en el sureste asiático. La ventaja de esta planta, que crece de una forma similar a los cacahuates, es que puede resistir altas temperaturas y sobrevive en suelos pobres, fijando nitrógeno naturalmente.

Otro cultivo recomendado es la moringa oleifera, una planta originaria del norte de India, pero que también puede encontrarse en América Latina. La Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO, recomienda sus hojas, que poseen  una coloración y sabor similar a las espinacas, como una muy rica fuente en proteínas, minerales y  vitaminas A, B y C.

Por otra parte,  la quinoa, pseudocereal perteneciente a la familia Amaranthaceae, que también alberga al amaranto y la chía, es otra de las sugerencia de CFF.  Es un alimento que tiene todos los aminoácidos esenciales, oligoelementos y vitaminas, así como la capacidad de adaptarse a diferentes ambientes, pues soporta climas extremos, lo cual la convierte en un aliado en la lucha contra el hambre. En México, sus cultivos han crecido principalmente en el estado de Aguascalientes.
Estos son sólo algunos ejemplos de una larga lista de alimentos cuyas virtudes alimenticias y capacidad de adaptación los sitúan con opciones futuristas pero de orígenes ancestrales.

Por otra parte, los océanos, otra de las principales fuentes de alimentos en el mundo, han sufrido una rápida degradación en las últimas décadas. La Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó como la Década de las Ciencias Oceánicas para el Desarrollo Sostenible del 2021 al 2030. El océano cubre  71% de la superficie de la Tierra, regula nuestro clima y posee recursos vastos y, en algunos casos, aún inexplorados.

Los insectos también podrían ser una alternativa más viable, y de hecho, ya lo son: según estimaciones de la FAO, se calcula que en la actualidad un cuarto de la población mundial incluye en su alimentación a esta clase de animales invertebrados

¿En el mar la vida es más sabrosa?
 Hoy en día, más del 40% de la población mundial vive en áreas dentro de los 200 kilómetros del océano y 12 de las 15 mega ciudades son costeras. En este sentido, se exploran en todo el mundo diferentes alternativas de acuicultura sustentable, como las granjas submarinas. Un ejemplo son los llamados cultivos marítimos 3D, creados por el emprendedor estadounidense Bren Smith, quien  diseñó un sistema de cultivos de algas, mejillones, ostras y almejas mediante un sistema de estructuras metálicas y redes de linternas ancladas en los fondos del mar que incluso pueden soportar la fuerza de una tormenta. También permite recolectar sal y se mantiene produciendo y rotando cultivos todo el año. La idea es lograr por todos los medios imaginables una extracción sustentable de los recursos  en donde la idea de diversificación es fundamental. 

Según datos de CONABIO, en México se conocen 2 mil 250 especies de peces y una de cada cuatro se aprovecha comercialmente, pero sólo 50 son las más consumidas. Esto ejerce mucha presión sobre algunas especies que no alcanzan a completar sus ciclos de desarrollo, cuando en nuestros mares hay más posibilidades para el consumo e incluso en los fondos marinos existen muchas otras especies que se pueden aprovechar tanto para la industria alimentaria como la farmacéutica.

Pero no todo se reduce a la búsqueda de nuevas fuentes de alimentación. Alrededor de 820 millones de personas en el mundo padecen hambre crónica y la  falta de disponibilidad de comida  contrasta con la cultura del desperdicio: se calcula que más de la tercera parte de alimentos que se produce no es consumida. Este problema supone muchos retos, sobre todo con una población que crece velozmente. Además de mejores prácticas y políticas que garanticen un menor desperdicio en toda la cadena de suministro, los retos también se encuentran en una mejor distribución de los recursos, una   tarea global para poder imaginar el futuro.
 

Autor: Berenice González Durand
Periodista cultural independiente. Ha trabajado en diferentes revistas y periódicos como editora y reportera. Desde 2013 escribe para Conciencia, que antecede a Tangible, como la apuesta por la ciencia de El Universal.
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Tangible Redacción
17/12/2018