¿Somos los únicos seres humanos que han existido?

Ardi: el hominino colaborador

La búsqueda de un ancestro de Lucy llevó a los antropólogos hasta Ardipithecus ramidus, quien vivió entre 4 a 6 millones de años atrás —justo después de que el linaje de los homininos se separara del de los chimpancés, hace unos 7 millones de años—. En 2009, nuevos hallazgos científicos en torno a un esqueleto completo de dicha especie cambiaron todo lo que se creía de los homininos más primitivos. “Antes, se pensaba que el ancestro de Lucy debía ser una especie muy parecida a un chimpancé actual, pero resultó que ramidus nada tenía que ver con eso”, explica Terrazas. De acuerdo con el paleoantropólogo, a diferencia de los chimpancés —que se desplazan en la selva colgándose de las ramas con sus brazos—, Ardipithecus ramidus caminaba sobre las ramas, agarrándose como un mono aullador.

Sin embargo, lo más sorprendente sobre “Ardi” era que carecía de grandes colmillos. Chimpancés y gorilas cuentan con dicha característica que, en el caso de los machos, les ayuda a competir. “Se llama comportamiento agonístico —dice Alejandro Terrazas—; primero se confrontan con gritos y expresiones, antes de llegar a los golpes”. Parece no haber sido este el caso de Ardipithecus ramidus, cuyos fósiles consisten en colmillos pequeños:

Que este posible ancestro de Lucy no haya tenido grandes colmillos probablemente significa que eran más cooperador, conducta que suele considerarse parte de lo humano”. 

Homo erectus: el primer gran migrante

Hace 2 millones de años, todavía confinados en África —cuna de nuestro linaje hasta donde la evidencia fósil ha permitido ver— algunos descendientes de Australopithecus afarensis dieron lugar a las primeras especies del género Homo. Una de ellas fue Homo habilis, capaz de utilizar y fabricar herramientas. Al parecer, esto fue consecuencia de un mayor consumo de carne y mejor aprovechamiento metabólico de las proteínas, lo cual se tradujo en un cerebro más grande y ágil.

Alejandro Terrazas reconoce que Homo habilis aún tenía la apariencia de un australopiteco, “pero su conducta era totalmente distinta (…) podían trepar a los árboles, pero ya poseían un comportamiento tecnológico; por ejemplo, con herramientas de piedra muy simples eran capaces de destazar carne y llevársela a un lugar seguro”. El mismo tipo de lógica motivó que los Homo habilis persiguieran a las manadas cuando, ante un nuevo cambio de clima, comenzaron a movilizarse. Durante dichas migraciones, surgió Homo erectus, la gran especie colonizadora de Asia. Haciendo honor a su nombre, erectus alcanzaba los 1.80 metros de estatura, y sus fósiles demuestran que llegaron hasta las puertas de Europa —en Georgia—, China e Indonesia.

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Uno de los hominidos más longevos es el homo erectus, el cual salió de África y durante un millón de años casi no cambió | Foto: Especial

Homo erectus es considerado el primer hominino en salir de África y se le reconoce también como una de las especies evolutivamente más longevas. Fue tan exitoso que en el transcurso de un millón de años cambió lo mínimo como para continuar siendo la misma especie. Por supuesto, no todos los Homo erectus abandonaron África, pero aquellos que permanecieron ahí dieron origen a otra de las especies más misteriosas, Homo rhodesiensis.  

De regreso a la selva

“Hubo un momento en que, aún no sabemos por qué, algunos H. erectus que vivían en África volvieron a cambiar radicalmente; su cerebro cambió, la forma de su cráneo, la tecnología que utilizaban”, así es como describe el doctor Terrazas el surgimiento de su especie favorita de Homo. Se trata, en realidad, de fósiles difíciles de clasificar para los antropólogos, con una antigüedad de entre 600 mil y 160 mil años. “Homo rhodesiensis—continúa Alejandro Terrazas— tenía un rostro de apariencia muy primitiva, pero con un gran cerebro”.

Homo rhodesiensis representa otra de las grandes proezas evolutivas del linaje de los homininos, pues cuando parte de la sabana retornó a ser selva posiblemente ellos fueron los más aptos: “Mucho de lo que somos actualmente: nuestra manera de caminar, el cabello, nuestras glándulas sudoríparas, el metabolismo… fue una respuesta adaptativa a vivir en campo abierto, en la sabana; por lo tanto, fue muy difícil regresar a la selva; se trató de una readaptación biológica y social —que aproximadamente sucedió en tiempos de rhodesiensis—, de la cual aún nos queda como herencia nuestro sistema inmune, por ejemplo”, cuenta quien investiga el papel de la selva tropical en la evolución de Homo sapiens.

De acuerdo con los expertos, miembros de Homo rhodesiensis fueron nuestros antepasados directos: “A partir de él, en África, evolucionaron los primeros sapiens, hace aproximadamente 300 mil años”, dice el paleoantropólogo. Pero antes, esa especie ya había inventado nuevas tecnologías y dominado el fuego

Hagamos el amor y no la guerra

Mientras tanto, otros descendientes de Homo erectus se diversificaron en distintos puntos del viejo mundo, dando origen a varias especies. Aquellos que vivían en el cercano oriente dieron lugar a los antepasados de los neandertales; otro grupo que se extendió por Asia probablemente derivó en los denominados denisovanos, y quienes llegaron hasta las islas de Flores (Indonesia) y Luzón (Filipinas) evolucionaron en los “Hobbit” de la humanidad, es decir, en Homo floresiensis y Homo luzonensis. De todos ellos existen rastros óseos suficientes como para saber cuál era su morfología, salvo en el caso de los denisovanos.

Al respecto, Alejandro Terrazas dice que:

es la primera especie que se define no por un fósil, sino por material genético, y eso la vuelve muy especial”.

El descubrimiento de los denisovanos —que no tienen nombre formal (científico) por falta de evidencia y consenso entre los antropólogos—sucedió en la cueva de Denisova (Siberia), donde se pensaba solo había fósiles de Homo neanderthalensis. Sin embargo, en 2012, los exploradores del lugar identificaron material genético que no empataba del todo con el de los neandertales ni con el de sapiens, sino que tenía información de ambos. Para los investigadores esto significaba una cosa: los denisovanos fueron una especie que se reprodujo con nuestra especie y con nuestros primos neandertales, aportando diversidad a los dos genomas. De hecho, en las poblaciones actuales del sur de Asia, por ejemplo, hay un porcentaje importante de genes denisovanos. 

Homo antecessor y el canibalismo cultural

En la Sierra de Atapuerca, muy cerca de la ciudad de Burgos (España), radica el cementerio natural de homininos que narra uno de los episodios más escalofriantes de nuestra historia como linaje. El personaje central es la especie denominada Homo antecessor, que algunos expertos consideran una suerte de H. erectus europeo. Cuando los antropólogos vieron únicamente fósiles de niños y adolescentes en el estrato Aurora de Atapuerca, trataron de averiguar más, hasta percatarse que todos mostraban marcas de corte y mordidas. Todavía más extraño fue darse cuenta de que dichas marcas eran muy parecidas a los ejemplos de canibalismo en los humanos contemporáneos.

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Al analizar restos cercanos a la ciudad de Burgos, España, se encontraron marcas similares a cortes y mordidas, muy parecidas al canibalismo en los humanos contemporáneos. El canibalismo fue una de las prácticas del Homo antecessor | Foto: Especial

“Primero pensaron que se trataba de una especie con hambre, pero después se dieron cuenta que, a lo largo de décadas, los Homo antecessor habían regresado a Atapuerca al menos tres veces, y en todas las ocasiones habían comido juveniles de su propia especie”, dice Alejandro Terrazas, “esto significa que el canibalismo era parte de sus prácticas y costumbres”. Para el doctor Terrazas, el canibalismo de H. antecessor tiene que ver, precisamente, con el concepto de ser humano —y no con la barbarie o salvajismo—:

Hay quienes piensan que pudieron haberlo hecho para delimitar su territorio mediante el terror; otros piensan que se trataba de un rito funerario, una forma de honrar a sus muertos; lo más importante es que ambos hipótesis indican que Homo antecessor tenía procesos mentales que creíamos únicos de Homo sapiens”. 

Nuestro último compañero

Hubo una época en la que coexistimos, al menos, cinco especies de Homo. La coincidencia no fue solo temporal, sino que en ocasiones tuvimos la oportunidad de estar frente a frente. ¿Habremos sido todos seres humanos? El doctor Terrazas admite que hacer una diferenciación resulta difícil: “Si un Homo erectus se encontró alguna vez con sapiens, sus diferencias físicas no fue lo que más le llamó la atención; yo creo que le causó más curiosidad que nuestra especie se la pasaba inventando cosas, aun cuando no las necesitaba, o que nos la pasamos hablando sobre mil asuntos que a erectus no le parecían importantes; ellos ya tenían lenguaje, pero yo creo que no hablaban de lo mismo; a erectus seguramente le sorprendería mucho ver que creemos en cuestiones metafísicas, como el más allá, le hubiera parecido muy extraño nuestro comportamiento religioso”.

Pese a esta incompatibilidad, hubo un primo Homo que quizá fue el más parecido a nosotros. Se trata de Homo neanderthalensis, la última especie que nos dejó como únicos representantes de dicho género, hace 28 mil años, aproximadamente. Los antropólogos saben, por ejemplo, que los neandertales utilizaban decorados, enterraban a sus muertos, hacían pinturas rupestres y, probablemente, tocaban música. ¿Por qué desaparecieron? Hay quien asegura que fuimos los sapiens quienes los orillamos a la extinción; sin embargo, no existen suficientes evidencias que apoyen esa hipótesis.

En cambio, otros expertos apuestan que sapiens nunca quiso ser el último de su estirpe “no creo que hayamos sobrevivido por ser más humanos, tal vez solo tuvimos una superioridad demográfica; nos reproducíamos más rápido que las otras especies y teníamos una distribución geográfica más amplia (…) no hay una definición única de qué es lo humano, y los hallazgos de nuevas especies de homininos hacen todavía más difícil definirlo (…) yo creo que nuestros antepasados de hace 100 mil años se dieron cuenta de que, por ejemplo, los neandertales también eran humanos, por eso se unieron a ellos y tuvieron hijos con ellos”, concluye el doctor Terrazas.

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