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¿Tecnochamanismo en el corazón de la Ciudad de México?

Luis Javier Plata Rosas 12 / Jun / 19
Se trata de una convocatoria con intenciones netamente artísticas, pero aprovechamos la coyuntura para poner en el microscopio las prácticas (tecno)chamánicas

En estos días, la invitación de la Secretaría de Cultura para participar en el Ritual tecnochamánico para sitio específico difícilmente podía despertar más y merecida suspicacia sobre lo que atañe al sufijo tecno en la palabra clave del evento, al igual que sobre su valor artístico, pero no es este el lugar para hacer juicios al respecto. 

Tampoco ayudó lo de los “destellos de rayos gamma”, como podemos deducir luego de un vistazo a los comentarios en la red de quienes advirtieron —correctamente— que exponernos a la radiación no sería buena idea, y menos estando tan frescas imágenes de la serie televisiva Chernóbil.

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Captura de pantalla de la Secretaría de Cultura acerca del evento de "Ritual Tecnochamánico | Foto: Captura de pantalla

 ¿Ceremonia de sanación?

Aunque este tampoco es lugar para hacer juicios sintácticos ni gramaticales, quizás —sólo quizás— una mejor redacción nos habría permitido entender que las frecuencias tanto del pulso del público como de destellos de rayos gamma (generados por explosiones que ocurren en galaxias muy, muy lejanas, salvo cuando suceden en la nuestra, pero algo más lejos que la Estela de Luz, lo que, si así ha sucedido, podría ser la razón de una de las extinciones masivas ocurridas en nuestro planeta) serían visualizadas y sonificadas. Dicho de otra forma, la información sería interpretada —o, si se prefiere, representada—, en forma de imágenes y sonidos del micro y del macrocosmos; y que conste que no estamos poniéndonos filosóficos ni, mucho menos, esotéricos. Todo esto es parte del proyecto Empatía 5.1, propuesto por Bioscénica, compañía artística que se autonombra como transdiciplinaria, en cuanto a que busca entrelazar arte, ciencia y tecnología; esta visión artística es compartida también por científicos como Fiorella Terenzi, quien desde hace varios años ha sonificado ondas de radio provenientes de diferentes galaxias.

Lo que ya de plano se tradujo para muchos en enviar directamente la convocatoria a las filas del New Age —en el mejor de los casos— o de la charlatanería y la estupidez y la locura —en el peor—, fue la etiqueta de “ceremonia de sanación”. Abundaron las críticas sobre la naturaleza y alcance de esta sanación: a) ¿física? ¿La sobrenombrada Suavicrema serviría entonces como una antena amplificadora de energía sutil (inexistente, claro está) que reordenaría chakras (también inexistentes) y desintegraría tumores y, en una de esas, hasta células adiposas?, b) ¿mental? ¿Desaparecerían las preocupaciones y el estrés?, c) ¿espiritual? ¿Nos haríamos uno con el cosmos?, o d) Todos los anteriores. 

Tocar las puertas de la conciencia

Para ayudar a esclarecer un poco el tecnochamanismo, haciendo de lado en mucho las virtudes artísticas del proyecto, hablemos antes de lo que quienes participan en rituales chamánicos a secas, como parte indispensable de éste, requieren alcanzar: un estado alterado de consciencia. 

Los estados alterados de consciencia involucran: a) modificaciones en el sentido de uno mismo, que van desde un estado profundo de absorción (considerando que, en psicología, absorción se refiere a la capacidad de mantenerse absorto en algo, como al meditar o durante un flujo de pensamiento creativo) hasta un estado de trance (una pérdida de lo que comúnmente percibimos como nuestra identidad personal);  b) prácticas culturales O —énfasis en la disyunción— religiosas que incluyen los llamados estados de consciencia chamánicos. 

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Los estados alterados de consciencia involucran modificaciones en el sentido de uno mismo, como caer en un estado profundo de absorció hasta un estado de trance | Foto: Especial

Podemos experimentar un estado alterado de consciencia de manera patológica (considerada así cuando ocurre de manera involuntaria o angustia o incapacita a quien lo sufre) o benéfica y, en este último caso, prácticas como la meditación budista tienen como fin desaparecer el estado de consciencia dual que divide nuestra percepción entre una realidad interna y otra externa y que —según el budismo— es fuente de sufrimiento, y sustituirlo por una consciencia unitaria.

Desconexión del mundo

Pero, de acuerdo con los estudiosos del tema —como la antropóloga Rebecca Seligman y el psiquiatra Laurence Kirmayer—, para lograr esto antes se requiere pasar por un proceso disociativo caracterizado, por un lado, por un déficit en la integración normal de nuestras percepciones, sentimientos y pensamientos (con la consecuente alteración en el sentido de uno mismo); y, por otro lado, por una hipervigilancia de toda la información que a través de nuestros sentidos recibimos del medio. O sea que, en palabras menos técnicas, necesitamos desconectarnos del mundo. 

Si queremos conseguir esta desconexión, como bien sabe todo lector de autores como Carlos Castaneda y la humanidad entera desde hace unos 70,000 años (a mediados del Paleolítico), nunca están de más los servicios de un chamán. Las prácticas chamánicas pueden incluir o no el uso de drogas psicoactivas como el clásico (al menos en México) peyote y la ahora de moda ayahuasca, así como escuchar música y bailar (aburridas no son). 

Y gracias (en la mayoría de los casos) a las películas (o Los Simpson y El viaje misterioso de nuestro Homero), podemos imaginarnos lo que experimenta el participante en este ritual alucinante —en el sentido estricto del término— el viaje chamánico:  la inducción intencional de un estado de trance que le permitirá sanar espiritualmente —lo que en este ámbito significa hallar una paz interior, un autoempoderamiento y un renovado y más claro estado de consciencia—. El psiquiatra Kho Nishimura identificó tres tipos de trances o viajes chamánicos: 1) estático, donde nuestro espíritu abandona nuestro cuerpo para irse a platicar con otros espíritus de humanos o animales que anden por ahí (sea donde sea “por ahí”), 2) posesivo, donde alguno de esos espíritus nos posee; y 3) onírico, donde nuestro espíritu no abandona nuestro cuerpo mientras convivimos con los otros espíritus.
 

En el viaje posesivo, identificado por el psiquiatra Kho Nishimura como uno de los tres estados de trance o viaje chamánico, un espíritu es el encargado de poseer a las personas
Foto: Especial

El ritual del tecnochamán

Científicos como Pierre Flor-Henry han registrado en el cerebro de personas en trance chamánico una actividad sincronizada de sus lóbulos frontales izquierdo y derecho, y una disminución en esta actividad a medida que el estado de trance se profundiza.

Haya o no ingestión de sustancias psicoactivas, el cerebro de la persona en trance libera opioides, lo que explica que quienes hacen estos viajes chamánicos reporten una sensación de éxtasis y de menor percepción del dolor. Se ha observado además una activación en áreas del hemisferio derecho asociadas con autoscopia (experiencia en la que, mientras creemos estar despiertos, vemos nuestro propio cuerpo como si estuviésemos fuera de él) y despersonalización, por lo que los investigadores concluyen que “los trances chamánicos involucran una reconfiguración de la conectividad entre regiones del cerebro que es consistente entre diferentes individuos y que no puede descartarse como si se tratara de un ritual vacío”. 

Lo tecno en tecnochamanismo se añade a partir de los movimientos contraculturales de los años 60, con el rechazo del orden social dominante en el capitalismo en general y con las fiestas rave en particular, que originalmente eran reuniones ilegales. En estas fiestas los asistentes bailan música electrónica con sonidos sintetizados por computadora y mezclados por un disc-jockey o DJ (un diyey, pues), que hace el papel de chamán o, más bien, de tecnochamán que guiará, con ayuda de la tecnología —y, en ocasiones, con un nada inusual empujoncito de la droga 3,4-metilendioxi-metanfetamina (MDMA), conocida más comúnmente como éxtasis— los estados alterados de consciencia en que entrarán los asistentes, inducidos por el efecto combinado de luces, música y, sobre todo (en ausencia de éxtasis), del baile en lo que por un instante se convierte en lo que los antropólogos llamancommunitas, un estado en el que todos comparten una experiencia en común.
 

Haya o no ingestión de sustancias psicoactivas, el cerebro de la persona en trance libera opioides, lo que explica que quienes hacen estos viajes chamánicos reporten una sensación de éxtasis y de menor percepción del dolor.
Foto: Especial

Que el tecnochamanismo es aprovechado por fanáticos del New Age es verdad, pero uno y otro no están necesaria ni exclusivamente asociados. Hay, por ejemplo, iglesias episcopales en Sheffield, Inglaterra, y en San Francisco, que fusionan los servicios religiosos dominicales con tecnochamanismo (música electrónica + luces + baile + dj) para obtener lo que han bautizado como Misas planetarias.

Antes de abandonar este texto alucinante, no está de más mencionar que antropólogos, psiquiatras y neurocientíficos estudiosos del tecnochamanismo concuerdan en que no todo aquel que participa en un ritual tecnochamánico, sin ingestión de sustancias psicoactivas de por medio, va a “encenderse como un fósforo, toda la memoria del cosmos expresada en un latido colectivo”. 

Mas no es un requisito indispensable entrar en trance, y ni siquiera atender a la supuesta espiritualidad involucrada, para apreciar lo poco o mucho que de artístico hay en un performance inspirado en un ritual tecnochamánico.

Autor: Luis Javier Plata Rosas
Divulgador científico y profesor de la Universidad de Guadalajara. Doctor en oceanografía costera. Autor de, entre otros libros, "La ciencia y los monstruos", "El océano tiene onda" y "La física del Coyote" y el "Correcaminos". Columnista de Nexos(Sobre ciencia, en teoría) y colaborador de ¿Cómo ves? (sección ¿Será?). Premio Estatal de Ciencia, Tecnología e Innovación de Jalisco en la categoría Divulgación (2014).