Terminator y Los 4 jinetes del apocalipsis de la Inteligencia Artificial

La opción B es la trascendencia: ¿quién quiere ser visitante habitual de una refaccionaria de piezas humanas, si de una sola vez puede descargar todo el contenido de uno en un clon orgánico, como en el filme La isla (2005) o en una máquina, como en la cinta Identidad virtual (2014), al gusto del cliente? El lado oscuro de la inmortalidad es la inhumanidad, la posibilidad de que ese cyborg o esa copia orgánica haya perdido en el camino lo que nos hace humanos y que, además, no se trate en verdad de uno mismo.

2. Comodidad. Una vez que seamos inmortales, si para algo queremos máquinas que piensen por su cuenta es para no tener que volver a lavar los platos ni hacer absolutamente ningún trabajo obligatorio cuando tenemos esclavos artificiales que jamás protestarán ni serán una carga emocional para nosotros. Podríamos pasar el tiempo frente a una pantalla, recostados en un camastro y sorbiendo comida con la consistencia de una malteada, como los obesos humanos de Wall-E. Aparte de que disponer de una eternidad de ocio puede que sea más de lo que podemos tolerar, parece ser que el trabajo nos provee, más allá de un ingreso económico, de un estatus y de propósito dentro de la sociedad a la que pertenecemos. O sea que el lado negativo de esta segunda dicotomía es el temor a la obsolescencia.

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Película "Terminator: Destino Oscuro" | Foto: Captura de pantalla del trailer

3. Gratificación. Es claro que tener ante nosotros una eternidad de ocio puede convertirse más temprano que tarde de una utopía en una distopía si no contamos con entretenimiento variado, suficiente y duradero. Por fortuna, para eso dotamos a nuestros robots con inteligencia y creatividad artificiales con niveles al menos similares -si no es que superiores- a los presumidos (es un decir) por los guionistas de joyas del divertimiento cinematográfico como Campo de batalla: La Tierra (2000) y Transmorphers (2007, no confundir con Transformers, si bien es discutible qué tanto representa esta última una mejora sobre su cuasihomónima). Los androides podrían incluso convertirse en nuestras parejas románticas… si el Joker -perdón, Joaquin Phoenix- se enamoró de un sistema operativo en Ella (2013), ¿cómo no enamorarnos de robots con los rostros de James Marsden o Evan Rachel Wood en la serie Westworld? El infierno de esta dicotomía es la alienación: ¿qué pasa si preferimos por completo relacionarnos con las máquinas y las relaciones entre humanos se vuelven obsoletas? Un peldaño debajo de este escenario se presenta en la película Identidad sustituta (2009), en el que la única interacción “cara a cara” es entre avatares robóticos controlados a distancia por humanos.

Uno de nuestro temores más grandes cuando se habla de inteligencia artificial, es la posible rebelión de nuestras creaciones robóticas.

4. Dominancia. Una inmortalidad cómoda y gratificante debe ser protegida de otros humanos envidiosos que busquen arrebatárnosla. Para establecer nuestra dominancia sin poner en riesgo nuestras vidas siempre es preferible enviar a máquinas autónomas e inteligentes como el Terminator. El problema es que otras máquinas más inteligentes que el Terminator y que nosotros mismos, como Skynet, se nos adelanten y decidan establecer su dominancia sobre la humanidad. En resumen, la última cara distópica de esta tetralogía dicotómica es una favorita del tema de la inteligencia artificial: la rebelión de nuestras creaciones robóticas.
 

A pesar de sus grandes ventajas, el uso de la inteligencia artificial podría mermar las capacidades cognitivas del ser humano. Estás leyendo: ¿Puede la inteligencia artificial superar a la inteligencia humana? Para seguir leyendo da clic aquí o en la imagen.

Foto: Especial

Influencia Cyborg

Examinar cientos de narrativas como las ejemplificadas aquí puede parecer ocioso, pero Cave y Dihal señalan al menos tres aspectos en los que tienen una influencia actual y real:

1) En los objetivos de quienes trabajan con inteligencia artificial.

2) En la aceptación pública y en la apropiación o rechazo de los sistemas de inteligencia artificial; y

3) En la forma en que son regulados los productos que cuentan con inteligencia artificial.

Para entender qué tan grande puede ser este impacto no hay más que voltear a ver las filias y fobias que desatan los organismos transgénicos. Y es que pocas cosas en ciencia ficción son tan atemorizantes como el Complejo de Frankenstein.

 

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