Fuera mitos

Transfusiones de sangre. ¿La fuente de la juventud?

Luis Javier Plata Rosas 27 / Feb / 19
Es digno de una serie de vampiros, pero hasta hace unos días se comercializaba en los Estados Unidos la terapia anti envejecimiento a partir de recibir sangre de donantes jóvenes. ¿Funciona?

El 28 de diciembre de 2018 la página en línea del Live Forever Club, con un catálogo de empresas que proporcionan servicios y terapias para quienes buscan la inmortalidad pero no los convencen soluciones religiosas del tipo “tu alma es inmortal”, anunció que aquellos que prefieren sentir que la sangre -aunque no sea les corre por las venas en su cuerpo algo -o en mucho- envejecido, podían a partir de esa fecha contratar los servicios de Ambrosia, un negocio fundado por Jesse Karmazin, un egresado de Stanford sin licencia para practicar medicina (por no haber terminado su residencia, pero suponemos que, habiendo hallado la receta para no envejecer, pensó que ya habría tiempo para ello). 

Hasta hace unos días, Ambrosia ofrecía transfusiones de plasma sanguíneo de donantes jóvenes (de entre 16 y 25 años de edad) a un precio de ocho mil dólares por un litro, llévese dos por doce mil (en serio). Oferta disponible en las clínicas de San Francisco, Tampa y Omaha. 

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Foto ilustrativa del tratamiento | Foto: El Universal / Juan Boites

Sangre joven para rejuvenecer

Como todo vampiro y el resto de nosotros sabe -por culpa de la mala sangre antivampírica de las novelas y el cine- la sangre joven es para estas criaturas -y, al parecer y si hemos de creer a esta terapia, también para todo humano- el equivalente a la ambrosía que, según la mitología griega, era entregada diaria y puntualmente en el Monte Olimpo por palomas a los dioses y que, al comer de ella, permitía a Zeus y compañía seguir por los siglos de los siglos ocupándose de sus peleas, venganzas, chismorreos, embarazos no deseados y otros asuntos que sólo podemos llamar divinos por la naturaleza de sus protagonistas, ya que no de sus actos.

Pero la idea de que chupar, beber, inyectarnos o traspasarnos sangre joven para rejuvenecer o para no envejecer antecede en la ficción, por varios siglos, a Drácula y a las historias de vampiros, y antes de que nos hierva la sangre al comparar las terapias sanguíneas de chupasangres como Karmazin con lo que la ciencia tiene que decir al respecto, podemos hacer que se nos hiele este plasma al leer las primeras ficciones que inspiró el tema de las transfusiones de sangre joven hacia finales del siglo XIX, época en la que, de acuerdo con Catherine Oakley, historiadora de la ciencia, el desarrollo de instrumentos de medición y registro de volumen y presión sanguíneos transformó el reconocimiento de la sangre de algo mágico a un fluido con propiedades físicas y químicas y objeto de estudio de biología y medicina. 

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Conde Drácula | Foto: Especial

La Condesa Sangrienta

De acuerdo con Oakley, a partir de la primera transfusión exitosa de sangre entre humanos en 1829, en las décadas siguientes era común hallar en los periódicos (recordemos que no había internet ni, por ende, redes sociales virtuales) noticias sobre cuerpos decrépitos que habían recuperado el vigor tras recibir sangre de humanos fuertes, vigorosos, jóvenes. Si Elizabeth Báthory, la llamada Condesa Sangrienta, según la leyenda bebía y se bañaba en sangre de doncellas que asesinaba para conservarse joven a principios del siglo XVII, dos siglos después el donante podía conservar su vida… aunque nadie garantizaba que pasara lo mismo con su juventud. 

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“La Condesa Sangrienta”, la aristócrata que asesinó a 650 jóvenes | Foto: Internal

En relatos góticos como El hombre que se volvió joven de nuevo (1887), de Robert Duncan Milne, el personaje principal (un tal Wycherley en este caso, un “viejo” de “edad avanzada”, 45 años, que accidentalmente se disparó en su pierna), tras recibir una transfusión de sangre (de dos hermanos veinteañeros “fuertes, de piel clara” y “evidentemente, de origen teutónico”), rejuvenecía en la misma medida que sus donantes envejecían (Wycherley recupera el aspecto y energía sexual de cuando era un muchacho y aprovecha para casarse con su nuera, quien fortuitamente había quedado viuda). 

Narraciones como la descrita estaban inspiradas por los resultados de experimentos reales de parabiosis -una técnica quirúrgica que permite la unión del sistema vascular de dos animales vivos-, como el realizado por Paul Bert en 1864, en el que este fisiólogo removía una tira de piel de cada flanco de dos ratas albinas, para después coserlas y esperar a que, gracias al proceso natural de curación, sus sistemas circulatorios quedaran unidos y funcionando como uno solo.  

Experimentos en ratas

La evidente y casi instantánea asociación entre la escena mental de dos ratas pegadas artificialmente como siameses y criaturas de terror surgidas del laboratorio de Frankenstein podría hacernos dudar de la calidad, reproducibilidad y ética (que alguien llame a PETA) de los resultados experimentales, pero lo cierto es que desde entonces han sido numerosos los estudios publicados con base en este modelo parabiótico clásico. 

Una revisión de la literatura científica de 1970 a 2018 muestra que, en dúos de ratas heterocrónicas (una joven, otra vieja), la pareja vieja en verdad exhibe efectos positivos en su salud, como: 

a) reducción en la hipertrofia cardiaca (agrandamiento del corazón) por la edad;
b) aumento en los niveles de regeneración muscular, ósea y de mielina en la médula espinal; y 
c) incremento en la generación de neuronas y en la plasticidad de las sinapsis en el hipocampo; esto último es especialmente de interés en lo que a enfermedades mentales se refiere, pues podría representar una posible vía para tratar padecimientos como el Alzheimer.

Y aquí hay que remarcar: 

1) que todos estos estudios han sido hechos en ratas, no en humanos en situaciones parecidas a la retratada en la comedia Pegado a ti, de los hermanos Farrelly; 
2) que, por consiguiente, faltan muchos años de investigación en otras especies más cercanas a la nuestra, como en los primates (puede que ya no sea necesaria la parabiosis, sino que baste con simples transfusiones sanguíneas, para tranquilidad de chimpancés y bonobos) para comprobar si estos efectos se mantienen o, de cambiar, porqué ocurre esto; 
3) que hay que añadir varios años más de estudios piloto en humanos que permitan determinar los posibles efectos negativos (como en los cuentos góticos, la rata joven unida a la vieja que compartía sangre con ésta perdió plasticidad neuronal y redujo su capacidad muscular, de aprendizaje y de memoria, pero la vieja podría sufrir también efectos nocivos no previstos a largo plazo); y 
4) de tener saldos favorables en todos los puntos anteriores, aún faltaría identificar, entre muchas otras cosas -varias de ellas en terrenos diferentes al científico, como el económico, el social y el ético-, cuál sería la edad óptima a partir de la cual uno podría empezar a beneficiarse con una transfusión periódica de sangre joven.

Como Jesse Karmazin no iba a hacerse viejo esperando hasta que la ciencia finalmente se pronunciara a favor de las transfusiones de sangre joven para, más que rejuvenecer, retrasar el envejecimiento, él y otros empresarios sin escrúpulos decidieron que para ellos y sus clientes eran más que suficiente los estudios en ratas. 

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Foto ilustrativa | Foto: El Universal / Juan Boites

Compañías con complejo vampírico

A pesar de la intención de Karmazin de, vía Ambrosia, eternizarse chupándole la sangre a los jóvenes pobres (o, al menos, no tan ricos como sus clientes) para vendérsela a millonarios viejos (o, al menos, no tan jóvenes como sus proveedores) en respuesta a la declaración oficial del 19 de febrero de este año por parte de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, la compañía tuvo que cerrar sus puertas. No era para menos, considerando que la FDA alertaba de los riesgos de toda transfusión sanguínea, entre ellos las reacciones alérgicas y las enfermedades infecciosas. 

Pero eso fue en Estados Unidos… en el resto del mundo, por supuesto, no faltan las compañías con complejo vampírico que, como la inglesa Theraplasma, para evitar que la sangre llegue al río (Támesis), no ofrece mayor información sobre el costo por litro de plasma joven “usado por varias décadas como una terapia probada, bien establecida y de bajo costo” (sí, ajá). 

Por todo lo anterior, antes de sudar sangre para comprar un boleto a Londres vale más hacer caso a la FDA, que en la declaración mencionada sentencia que la transfusión de sangre joven no tiene “ningún beneficio clínico probado […] para curar, mitigar, tratar o prevenir estas condiciones [envejecimiento normal y enfermedades mentales como el Alzheimer]. 

Autor: Luis Javier Plata Rosas
Divulgador científico y profesor de la Universidad de Guadalajara. Doctor en oceanografía costera. Autor de, entre otros libros, "La ciencia y los monstruos", "El océano tiene onda" y "La física del Coyote" y el "Correcaminos". Columnista de Nexos(Sobre ciencia, en teoría) y colaborador de ¿Cómo ves? (sección ¿Será?). Premio Estatal de Ciencia, Tecnología e Innovación de Jalisco en la categoría Divulgación (2014).