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Tu comida viaja, pierde nutrientes y contamina. ¿Cómo evitarlo?

Citlali Aguilera 15 / Mar / 19
En un mismo local, podemos consumir un kiwi chino, un filete argentino o unas alubias españolas. ¿Qué impacto tiene este fenómeno en el planeta y en nuestra salud?

Dime qué comes y te diré que tan global o local eres. Desayunar cereal de caja con leche o hotcakes no es lo mismo que desayunar enfrijoladas o huevos con nopal. Como tampoco lo es lo comprar en el mercado o tianguis los productos de temporada regional, o adquirirlos refrigerados o empaquetados en un anaquel de supermercado.

Muchas veces, cuando compras en el tianguis, puedes verle la cara a quien lo produjo –“marchantas”, campesinos y agricultores de tu región— y eso significa que la derrama económica irá directamente a sus bolsillos. Mientras que en un supermercado no tenemos la certeza de que lo que tú pagas llegará, en considerable y digna proporción, al productor como consecuencia de todos los intermediarios de la larga cadena de comercio que puso finalmente el alimento en tu mesa. 

Food miles
Pareciera que poder adquirir kiwis de China, manzanas de Estados Unidos, café de Brasil, jamón serrano de España y chocolate de Bélgica habla muy bien de las ventajas de un mundo global, pero, ¿qué implicaciones hay en que nuestros alimentos viajen de cualquier parte del planeta para llegar a nuestra boca?

La primera implicación es la erosión cultural. Los alimentos que nos servimos en el plato son una radiografía de quienes somos, donde vivimos e, incluso, de cuál es nuestro contexto socioeconómico y político debido a que la comida está insertada en nuestra cultura y, por lo tanto, es uno de los elementos que la componen. 

Pero, además, esa deslocalización en la producción de alimentos conlleva un mayor uso de transportes y, por tanto, de combustible. Lo que se traduce en toneladas de dióxido de carbono (CO2) que contribuyen a más emisiones de gases de efecto invernadero que terminarán sumándose al calentamiento global. Christopher Weber, ingeniero ambiental de la universidad de Pensilvania analiza los kilómetros alimentarios o “food miles” que son los asociados a la distancia recorrida del producto, y los kilogramos de CO2 emitidos en su transportación. Por ejemplo, una tonelada de garbanzos mexicanos que mandamos a España recorrieron más de nueve mil kilómetros con un impacto ambiental de 200 kilogramos de CO2. 

 

Los alimentos que nos servimos en el plato son una radiografía de quienes somos, donde vivimos e, incluso, de cuál es nuestro contexto socioeconómico
Foto: EFE

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) afirma que la energía invertida en producir y transportar los alimentos, no se compensa con la energía calórica que ese mismo alimento nos brindará al comerlo. Por ejemplo, por cada caloría de una lechuga plantada en Los Ángeles se utilizaron 127 calorías de combustible para que llegara a nuestro país—recordemos que la gasolina y diesel son derivados del petróleo, un recurso natural no renovable—.

Otras implicaciones tienen que ver con la calidad de los alimentos que recibes. Supongamos que no hubieras tenido otra opción, y que decidiste comprarte el kiwi chino y los tomates estadounidenses en el supermercado. Como ya han pasado días desde que fueron cosechados en aquel lugar remoto, ya comenzó, de manera natural, el proceso de apoptosis, o sea la destrucción o muerte celular del producto “fresco” que te vas a comer. 

Estudios de estandarización y nutrición de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la FAO, revelan que los alimentos que viajaron largas distancias no presentan, en óptimas condiciones su potencial nutricional. Aún cuando los alimentos se encuentren en excelentes condiciones de almacenamiento, varios nutrientes se pierden. En particular la vitamina C, vitamina A, riboflavina, vitamina E. 

Por si no bastara...
¿Quién no ha visto en el supermercado una fruta o verdura en charola de unicel envuelta en plástico? Esto sucede porque para que los productos no se estropeen y se puedan preservar en anaquel, es necesario empaquetarlos con algún tipo de plástico. El problema es que, al adquirirlos les quitaremos toda esa envoltura que irá directamente al bote de basura. La organización internacional Plastic Pollution Coalition, menciona que anualmente en el mundo, el 33% de la producción del sector de plásticos se destina a la producción de envases y empaques de un solo uso -que incluye los de alimentos y bebidas- los cuales terminarán irremediablemente en basureros a campo abierto, en incineradores, en rellenos sanitarios o en el mar.
 
Parecería irrelevante nuestra decisión de adquirir alimentos, pero detrás de esa deliciosa fruta, comida enlatada, bebida o pedazo de carne se encuentra la historia de un viaje que repercute tanto en el planeta, como en nuestra salud, economía y cultura. De nosotros depende si es para bien o para mal.
 

Autor: Citlali Aguilera
Maestra en Gestión Ambiental para la Sustentabilidad. Dirige el proyecto SiembraUV del Centro de Eco-Alfabetización y Diálogo de Saberes de la Universidad Veracruzana. Periodista ambiental y conductora de los programas El Show de la Tierra (RadioMás) y La Ensalada (Radio UV). En el 2018, recibió la Mención Honorífica Nacional del Premio al Mérito Ecológico en la categoría Cultura y Comunicación Ambiental entregado por la SEMARNAT.