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Una maqueta, un túnel y los misterios subterráneos que aún guarda Teotihuacán

Iván Carrillo 28 / Jan / 19
El hallazgo del túnel bajo el Templo de Quetzalcóatl estableció un parteaguas en la comprensión contemporánea del pensamiento cosmogónico, la religión y las estructuras de poder en Teotihuacán

El 2 de octubre del 2003, Sergio Gómez conoció el inframundo teotihuacano. Fue Tláloc —el dios de la lluvia en la tradición prehispánica— quien le reveló “el lugar lleno de abundancia donde se adquiría nueva vida”, según lo describe Alfonso Caso en El pueblo del Sol. Aquella lluviosa madrugada, el arqueólogo responsable de la restauración del templo de la Serpiente Emplumada fue avisado por uno de sus trabajadores de una filtración frente al edificio que había conocido muchos años antes, en 1981, como estudiante de cuarto semestre de psicología.
 
En aquél entonces, el joven universitario aceptó por necesidad hacerse cargo de la biblioteca de Teotihuacán. Su labor consistía en llevar los libros requeridos por los investigadores desde la Ciudad de México hasta la zona arqueológica. El trayecto era largo y pesado, y se hacía acompañar por los volúmenes que transportaba: “Mi trabajo era leer”, me dice este hombre que ronda los cincuenta y ocho años, mientras da una calada profunda a su cigarrillo.
 
La madrugada del hallazgo, Sergio constató que el agua acumulada en la plazuela se iba por un boquete con un diámetro de 83 centímetros. Pidió a sus trabajadores que lo bajaran amarrado con una cuerda a la cintura. Durante el descenso de trece metros sintió la humedad de las paredes de un tiro perfectamente labrado en el tepetate. Abajo observó lo que parecía ser un túnel. “Estaba completamente relleno de tierra y piedra. Solamente por la parte superior logramos ver las marcas de herramientas con las que había sido excavado. Ya en ese momento nos percatamos de que no era algo natural; que (tampoco) se trataba de un pozo artesano para el riego (…). Entonces fue un momento muy importante de emoción”.
 

   Excavar en la burocracia

El instinto de los arqueólogos es excavar. Cual sabuesos, obedecen a su olfato y un deseo irrefrenable de remover la tierra les invade. Pero el mundo de la arqueología no funciona tan impulsivamente. Menos aún, tratándose de la emblemática zona arqueológica de Teotihuacán —el lugar donde fueron hechos los dioses— un destino que recibe cerca de cinco millones de turistas al año para visitar la ciudadela de una urbe que, en su momento de máximo apogeo, concentró a unos 100 mil habitantes, según el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).
 
En los meses siguientes, el arqueólogo intentó por diversos medios conocer el interior de su hallazgo. Junto con un amigo adaptaron un carrito de control remoto con una cámara de video y lo introdujeron en la rendija que quedaba entre el lodo y la bóveda. Pero el plan falló, el vehículo avanzó un metro y medio y se atascó.
 
Fue un mal comienzo y el primer obstáculo de los muchos que tendría que librar antes de extraer el primer puñado de tierra. Le siguió un cambio en la dirección del INAH, y la consecuente cancelación “por falta de presupuesto” del proyecto de conservación del templo que le permitía trabajar en la zona.
 
El golpe fue duro. El joven investigador se había mudado desde la Ciudad de México a Teotihuacán después del terremoto de 1985. El trabajo de bibliotecario había terminado por involucrarlo a fondo con los arqueólogos con quienes le gustaba “ir de metiche” y fue uno de ellos quien lo motivó a cambiar de carrera cuando conoció su habilidad para dibujar.

AltExploración en el túnel. Foto: Cortesía INAH

Ya como profesional había conseguido autorización para restaurar el templo con base en una preocupación legítima, pues “veía como se caía en pedazos”. Se trataba del primer proyecto importante a su cargo. Lo que nunca se imaginó es que su pasión por ese edificio lo llevaría al pasaje oculto que ahora se le revelaba en la zona arqueológica más explorada del país.
 
Consciente de la oportunidad se lanzó en busca de recursos. Los siguientes años los invirtió en enfrentar a la burocracia. Fue hasta en el 2009, —seis años después de haber hecho el hallazgo— cuando el arqueólogo finalmente tuvo entre sus manos el documento que le autorizaba iniciar la exploración.
 

                              El Túnel

Desciendo junto con Sergio por la entrada principal del túnel. Un boquete cuadrangular de unos cuatro metros de lado. Se trata del mismo punto donde, muchos años antes —en 1982—, la arqueóloga Patricia Quintanilla excavó hasta 9 metros. Aquella investigación se quedó a escasos 20 centímetros de encontrar el túnel, me dice Sergio, quien recuerda que en su tiempo de bibliotecario dotó de libros a su colega.
 
No es la primera vez que ingreso a este espacio. En mi visita previa, en el año 2015, la excavación se encontraba con un avance del 70% al 80%. Pude constatar el delicado y arduo trabajo realizado por su equipo, conformado por unas 40 o 50 personas, para extraer y cernir cada puñado de tierra. Entonces se sentía en el aire una gran expectativa: La posibilidad de hallar alguna tumba o un depósito funerario. Aunque Sergio era muy cauteloso al referirse a ella, la ilusión que sentía se delatada en su mirada: “Hay indicios que nos dicen que hay algo más importante que la ofrenda”, me dijo entonces.
 

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Adaptaron un carrito de control remoto con una cámara de video y lo introdujeron en la rendija que quedaba entre el lodo y la bóveda. Foto: INAH
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Foto: INAH

El proceso total para vaciar el túnel de 103 metros de largo y 18 metros en su parte más profunda duró nueve años. La labor realizada “con herramientas de dentista” extrajo casi mil toneladas de piedra y lodo y cerca de 100 mil objetos: jade de Guatemala, turquesa de Arizona, conchas del Mar de Cortés, restos de bastones de madera, mercurio, semillas en perfecto estado de conservación, caracoles labrados del Caribe, cerámica de Puebla, garras y cráneos de grandes felinos…
 
¿Qué importante acontecimiento sucedió hace cerca de 2000 años en este sitio para congregar todos los poderes de Mesoamérica? “El contexto y la variedad de objetos indican que fue una ceremonia muy fastuosa, que muy probablemente la hicieron para sepultar a alguien”, me responde Sergio.
 

                              Metáfora del inframundo

Conforme iba avanzando la excavación, la idea de una representación metafórica del inframundo fue cobrando fuerza en la mente del arqueólogo. Resonaban en su cabeza las palabras del cronista Bernardino de Sahagún, quien lo había descrito como un “lugar oscuro y húmedo por el que corrían las aguas sagradas”. La bóveda recubierta de pirita como una representación del cielo brillante, y una reproducción en miniatura de un paisaje montañoso con diminutos lagos de mercurio reforzaban su hipótesis.
 
Además, si el túnel era el inframundo se podía pensar que el templo no estaba dedicado a Quetzalcóatl, como se había pensado hasta la fecha, sino que era una representación de la serpiente que penetra al inframundo y emerge con el símbolo del principio de los tiempos: el cocodrilo negro o Cipactli. Es decir, que toda la infraestructura podría ser referirse al inicio del tiempo mítico, a la fundación de Teotihuacán.
 
No obstante, para Sergio esos pensamientos no son mas que conjeturas que deben ser sometidas a estudio: “Terminamos la etapa más fácil que es la exploración. Viene la etapa más complicada (…) la clasificación para llegar a la interpretación. Se trata de estructurar todos estos elementos que nos ayudan a constituir un discurso con bases científicas para poder dar una explicación de lo que pudo haber sido este lugar, el significado, el uso”.

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Retrato del arqueológo Sergio Gómez
 

                             Desenterrar tesoros

Finalmente llegamos al final del túnel que termina justo debajo del templo. Frente a mí observo tres cámaras dispuestas en forma de cruz y la maqueta que simula un paisaje montañoso. Siento la fascinación del misterio de lo que allí pudo haber sucedido. En ese sitio, fueron encontradas tres figuras antropomorfas (y los restos de una cuarta). Las esculturas representaban a dos grandes mujeres elegantemente ataviadas y a un hombre pequeño y desnudo. “quizá como una representación de los fundadores de Teotihuacán”, afirma Sergio.
 
Ahí, frente al espacio que se convirtió en el objetivo que persiguió durante años, le hago la pregunta que me corroe desde el principio de la entrevista. “¿Qué sentiste cuando te diste cuenta que no había una tumba o un depósito funerario?”.  Su respuesta la expresa con una auténtica serenidad: “Yo lo planteé como una hipótesis, pero no es algo que me preocupe ni me obsesione. Nosotros trabajamos así, con hipótesis, no somos magos”.
 
Le hago mi último cuestionamiento: “¿hay algún momento en tu infancia que haya determinado tu vocación como arqueólogo?”.
 
Esta vez, el arqueólogo se toma su tiempo en responder. Su memoria lo ha hecho retroceder a la colonia Moctezuma, cuando tenía 8 o nueve años. Sergio fue el tercero de nueve hermanos. Su padre era contador y su madre trabajaba en casa. Nadie le inspiró su vocación dice, pero de pronto ríe divertido: “De niño me gustaba siempre jugar con la tierra. Recuerdo que me gustaba enterrar mis juguetes buscar y encontrarlos como tesoros. (…) A veces los dejaba ahí olvidados. Me regañaban en casa porque me ensuciaba, y lo más chistoso es que ahora me pagan por ensuciarme y me divierto mucho”.

Autor: Iván Carrillo
Editor de Tangible. Forma parte de la generación 2016-2017 del Knight Science Journalism Fellowship del MIT. Conductor del programa Los Observadores de TV Azteca y del Noticiero Científico y Cultural Iberoamericano.
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